Retrato de época del tosiriano D. Miguel Gómez Damas, caudillo de la Expedición Gómez.
II PARTE. LA ASUNCIÓN DEL TRADICIONALISMO SUMERGIDO.
Cuando era aún un niño, consideré extasiado las ruinas de la Cristiandad, puedo decir con Plinio Correa de Oliveira; y, en los vestigios monumentales de mi limitado mundo (iglesias, conventos, castillo, casas solariegas...) empecé a sentir una melancolía irremediable por aquel esplendor, hogaño perdido, de una España que todavía no había sido adulterada, mancillada y maleada.
En el “Timeo” platónico, Critias nos cuenta el viaje de Solón a la Sais egipcia. Conversando con la casta sacerdotal de la Saítica, Solón hace memoria de sus antepasados, pero, para aquellos hierofantes, aquella memoria de Solón no va muy lejos. Así es como uno de aquellos egipcios le dice a Solón: “¡Ay!, Solón, Solón, ¡los griegos seréis siempre niños!, ¡no existe el griego viejo!”.
Solón le preguntó que por qué decía aquello, y el sacerdote le dijo: “Todos tenéis almas de jóvenes, sin creencias antiguas transmitidas por una larga tradición y carecéis de conocimientos encanecidos por el tiempo…”.
Miles de años después, nosotros, herederos de la filosofía griega, andamos como los griegos, olvidadizos. En su obra “La ciencia de la cultura”, Eugenio d’Ors así nos dice que existe un hombre limitado en su memoria colectiva: “La memoria de este hombre, respecto de su propio grupo, se extenderá apenas un poco más allá que el comienzo de su propia vida, apenas al tópico constituido por la evidencia de que ha tenido un padre y un abuelo y un bisabuelo [,,,] Ninguna solidaridad tendrá su conciencia, ni siquiera a través de la religión –gran civilizadora, sin embargo-, conlo que le haya ocurrido a su estirpe en el siglo V, con lo que le haya ocurrido en el siglo XVIII”.
El estudio académico de la Historia hace abstracción de algo tan importante como es eso mismo: la conexión insoslayable del sujeto –el historiador- con el objeto –la historia que estudia. Es hora de anular esa “asepsia” que pretende estudiar la Historia como quien no tiene nada que ver con ella.
En ese sentido, el libro de D. Juan Montijano, mi hierofante saítico, fue una revelación personal. Las sesiones que, en su casa, tuvimos el anciano sacerdote y yo, tengo que decir que a veces se nos sumaban algunos grandes aficionados a la Historia local, constituyeron todo un curso de intrahistoria, con más provecho y valor de lo que se podría recibir –y habría que exigirlo, pues no se da- en cualquier Universidad.
Pero no vayan ustedes a creer que aquel venerando sacerdote me reveló de sopetón toda la intrahistoria de nuestro pueblo. Eso hubiera sido antipedagógico, pues me hubiera ahorrado mucho camino, y cada día veo con más nitidez que el camino, por duro que sea, es siempre mejor hacerlo. Los caminos que no caminamos nosotros mismos, no son nuestros caminos.
En aquel libro, D. Juan Montijano hablaba –aunque sabía más de lo que decía- de un personaje romántico: D. Miguel Sancho Gómez Damas (1785-1864), héroe de la Guerra de la Independencia y general primero absolutista y, más tarde, conmilitón de D. Tomás de Zumalacárregui en la Guerra de los Siete Años (Primera Guerra Carlista). El parcial tratamiento que en “Historia de la ibérica Tosiria” hacía D. Juan Montijano de aquel antiguo Héroe de la Tradición espoleó mi curiosidad, y tras largos años de investigación en los archivos locales (parroquiales y municipales), pude reconstruir siquiera a medias la biografía de aquel paisano nuestro. La reconstrucción biográfico-histórica de aquel caudillo carlista la ofrecí a la magnífica revista ARBIL:
http://www.arbil.org/(78)dama.htm
La hipótesis de ese trabajo, así como de otros de mi producción, ha permanecido hasta hoy en la elipsis. La pregunta era:
Si la historia oficial restringía el fenómeno del carlismo a sus feudos históricos –Vascongadas, Navarra y el Maestrazgo-, ¿era el General D. Miguel Gómez Damas una “rara avis” en el corazón del Santo Reino de Jaén?
D. Miguel de Unamuno se lo había advertido epistolarmente a unos jóvenes en 1908: “El cimiento de la esperanza es el recuerdo. Acudan, pues, a los recuerdos colectivos, a la tradición del pueblo en que viven, en busca de cimiento para sus esperanzas”. Y eso fue lo que yo hacía, sin haber leído todavía ese pasaje epistolar de Unamuno.
Los datos se iban acumulando a medida que indagaba en el pasado local. Y no me refiero a los datos archivísticos, mediatos siempre. Me refiero a una serie de hallazgos que, como no podía ser de otra manera tratándose de Hispania Arcana se encontraban, como arcanos, en las arcas de mis vecinos, parientes y paisanos. Y no sólo se trataba de mi localidad. El carlismo había prendido en todo el medio rural de la comarca.
En Valdepeñas de Jaén, durante una peregrinación religiosa, pude ver a unas señoras que pasaban unos peculiares escapularios sobre el manto de la Virgen. Con la urbanidad que es de menester, les rogué que me dejaran ver aquellos escapularios: eran “Detentes” (Detente Bala, el Sagrado Corazón de Jesús…). Y no eran de la guerra civil española –que parece que no hubiera más historia que la de esa guerra: aquellos "detentes" eran del siglo XIX.
En paralelo con el descubrimiento de estos fragmentarios vestigios del tradicionalismo en Andalucía, con un grupo de jóvenes yo había fundado una Asociación Cultural en la localidad.
Cuando era aún un niño, consideré extasiado las ruinas de la Cristiandad, puedo decir con Plinio Correa de Oliveira; y, en los vestigios monumentales de mi limitado mundo (iglesias, conventos, castillo, casas solariegas...) empecé a sentir una melancolía irremediable por aquel esplendor, hogaño perdido, de una España que todavía no había sido adulterada, mancillada y maleada.
En el “Timeo” platónico, Critias nos cuenta el viaje de Solón a la Sais egipcia. Conversando con la casta sacerdotal de la Saítica, Solón hace memoria de sus antepasados, pero, para aquellos hierofantes, aquella memoria de Solón no va muy lejos. Así es como uno de aquellos egipcios le dice a Solón: “¡Ay!, Solón, Solón, ¡los griegos seréis siempre niños!, ¡no existe el griego viejo!”.
Solón le preguntó que por qué decía aquello, y el sacerdote le dijo: “Todos tenéis almas de jóvenes, sin creencias antiguas transmitidas por una larga tradición y carecéis de conocimientos encanecidos por el tiempo…”.
Miles de años después, nosotros, herederos de la filosofía griega, andamos como los griegos, olvidadizos. En su obra “La ciencia de la cultura”, Eugenio d’Ors así nos dice que existe un hombre limitado en su memoria colectiva: “La memoria de este hombre, respecto de su propio grupo, se extenderá apenas un poco más allá que el comienzo de su propia vida, apenas al tópico constituido por la evidencia de que ha tenido un padre y un abuelo y un bisabuelo [,,,] Ninguna solidaridad tendrá su conciencia, ni siquiera a través de la religión –gran civilizadora, sin embargo-, conlo que le haya ocurrido a su estirpe en el siglo V, con lo que le haya ocurrido en el siglo XVIII”.
El estudio académico de la Historia hace abstracción de algo tan importante como es eso mismo: la conexión insoslayable del sujeto –el historiador- con el objeto –la historia que estudia. Es hora de anular esa “asepsia” que pretende estudiar la Historia como quien no tiene nada que ver con ella.
En ese sentido, el libro de D. Juan Montijano, mi hierofante saítico, fue una revelación personal. Las sesiones que, en su casa, tuvimos el anciano sacerdote y yo, tengo que decir que a veces se nos sumaban algunos grandes aficionados a la Historia local, constituyeron todo un curso de intrahistoria, con más provecho y valor de lo que se podría recibir –y habría que exigirlo, pues no se da- en cualquier Universidad.
Pero no vayan ustedes a creer que aquel venerando sacerdote me reveló de sopetón toda la intrahistoria de nuestro pueblo. Eso hubiera sido antipedagógico, pues me hubiera ahorrado mucho camino, y cada día veo con más nitidez que el camino, por duro que sea, es siempre mejor hacerlo. Los caminos que no caminamos nosotros mismos, no son nuestros caminos.
En aquel libro, D. Juan Montijano hablaba –aunque sabía más de lo que decía- de un personaje romántico: D. Miguel Sancho Gómez Damas (1785-1864), héroe de la Guerra de la Independencia y general primero absolutista y, más tarde, conmilitón de D. Tomás de Zumalacárregui en la Guerra de los Siete Años (Primera Guerra Carlista). El parcial tratamiento que en “Historia de la ibérica Tosiria” hacía D. Juan Montijano de aquel antiguo Héroe de la Tradición espoleó mi curiosidad, y tras largos años de investigación en los archivos locales (parroquiales y municipales), pude reconstruir siquiera a medias la biografía de aquel paisano nuestro. La reconstrucción biográfico-histórica de aquel caudillo carlista la ofrecí a la magnífica revista ARBIL:
http://www.arbil.org/(78)dama.htm
La hipótesis de ese trabajo, así como de otros de mi producción, ha permanecido hasta hoy en la elipsis. La pregunta era:
Si la historia oficial restringía el fenómeno del carlismo a sus feudos históricos –Vascongadas, Navarra y el Maestrazgo-, ¿era el General D. Miguel Gómez Damas una “rara avis” en el corazón del Santo Reino de Jaén?
D. Miguel de Unamuno se lo había advertido epistolarmente a unos jóvenes en 1908: “El cimiento de la esperanza es el recuerdo. Acudan, pues, a los recuerdos colectivos, a la tradición del pueblo en que viven, en busca de cimiento para sus esperanzas”. Y eso fue lo que yo hacía, sin haber leído todavía ese pasaje epistolar de Unamuno.
Los datos se iban acumulando a medida que indagaba en el pasado local. Y no me refiero a los datos archivísticos, mediatos siempre. Me refiero a una serie de hallazgos que, como no podía ser de otra manera tratándose de Hispania Arcana se encontraban, como arcanos, en las arcas de mis vecinos, parientes y paisanos. Y no sólo se trataba de mi localidad. El carlismo había prendido en todo el medio rural de la comarca.
En Valdepeñas de Jaén, durante una peregrinación religiosa, pude ver a unas señoras que pasaban unos peculiares escapularios sobre el manto de la Virgen. Con la urbanidad que es de menester, les rogué que me dejaran ver aquellos escapularios: eran “Detentes” (Detente Bala, el Sagrado Corazón de Jesús…). Y no eran de la guerra civil española –que parece que no hubiera más historia que la de esa guerra: aquellos "detentes" eran del siglo XIX.
En paralelo con el descubrimiento de estos fragmentarios vestigios del tradicionalismo en Andalucía, con un grupo de jóvenes yo había fundado una Asociación Cultural en la localidad.
Uno de los proyectos que más ambicionábamos era la creación de una revista cultural que fuese difusora de nuestras modestas contribuciones a la historia y al estudio de las tradiciones locales. Esa revista se puso a funcionar en 1998; sin ayudas económicas más allá de la poquita publicidad con que algunos establecimientos locales la nutren. Y ya son once los números que se han editado. Su honrosa cabecera: ÓRDAGO.
La progresiva publicación del fruto de mis investigaciones nos fueron abriendo cada vez más puertas, y las casas tosirianas, tan celosas de sus secretos, se nos fueron franqueando. En una de esas casas, habitada por una respetable señora, la dueña nos confió la pertenencia de su familia a la Comunión Tradicionalista; no en vano, sus antepasados emparentaban con el general Gómez, y nos confesó que en su casa se habían juramentado por siete generaciones a defender la Causa de Dios, Patria y Rey. Estas declaraciones tal vez nunca se nos hubieran hecho, de no haber removido las aguas en que se hallaba sumergido el tradicionalismo local.
Como puede figurarse el lector, cada artículo de nuestra revista que ahondaba en el tradicionalismo local, nuestros más fieles lectores se prestaban a colaborar allegándonos informaciones concernientes al asunto. Así las cosas, el flujo de datos y documentación escrita (libros, papeles impresos…), manuscrita (epistolarios, memorias…) y gráfica (retratos) ha venido a confirmar mi hipótesis. Mi paisano el General Miguel Sancho Gómez Damas no era una “rara avis” del legitimismo carlista en Andalucía: el medio rural andaluz era, en su inmensa mayoría, afecto al tradicionalismo, hubiera izado el estandarte de la Tradición D. Carlos u otro D. Fulano “cualquequisiere”.
La progresiva publicación del fruto de mis investigaciones nos fueron abriendo cada vez más puertas, y las casas tosirianas, tan celosas de sus secretos, se nos fueron franqueando. En una de esas casas, habitada por una respetable señora, la dueña nos confió la pertenencia de su familia a la Comunión Tradicionalista; no en vano, sus antepasados emparentaban con el general Gómez, y nos confesó que en su casa se habían juramentado por siete generaciones a defender la Causa de Dios, Patria y Rey. Estas declaraciones tal vez nunca se nos hubieran hecho, de no haber removido las aguas en que se hallaba sumergido el tradicionalismo local.
Como puede figurarse el lector, cada artículo de nuestra revista que ahondaba en el tradicionalismo local, nuestros más fieles lectores se prestaban a colaborar allegándonos informaciones concernientes al asunto. Así las cosas, el flujo de datos y documentación escrita (libros, papeles impresos…), manuscrita (epistolarios, memorias…) y gráfica (retratos) ha venido a confirmar mi hipótesis. Mi paisano el General Miguel Sancho Gómez Damas no era una “rara avis” del legitimismo carlista en Andalucía: el medio rural andaluz era, en su inmensa mayoría, afecto al tradicionalismo, hubiera izado el estandarte de la Tradición D. Carlos u otro D. Fulano “cualquequisiere”.
Como restos de un naufragio, "detentes", retratos, cartas, papeles y recuerdos fueron apareciendo en la playa de mis investigaciones. Entonces supe que nos había callado -la Historia oficialista a sueldo del democretinismo-liberal- algo que permanecía en los fondos de Iberia sumergida.
La experiencia de la revista cultural ÓRDAGO se ha mostrado asaz útil y fecunda en el trabajo de arqueología espiritual de la que es pionera. En ello, no me cabe la menor duda, la Providencia de Dios siempre ha desempeñado el papel preponderante, conduciéndonos a los hallazgos más satisfactorios. Nosotros sólo pusimos lo había que poner: docilidad a los caminos por los que Dios nos marcaba el itinerario y amor, mucho amor, para descubrir nuestra auténtica identidad soterrada por tanta propaganda y gangas pseudo-históricas y tendenciosas.
La experiencia de la revista cultural ÓRDAGO se ha mostrado asaz útil y fecunda en el trabajo de arqueología espiritual de la que es pionera. En ello, no me cabe la menor duda, la Providencia de Dios siempre ha desempeñado el papel preponderante, conduciéndonos a los hallazgos más satisfactorios. Nosotros sólo pusimos lo había que poner: docilidad a los caminos por los que Dios nos marcaba el itinerario y amor, mucho amor, para descubrir nuestra auténtica identidad soterrada por tanta propaganda y gangas pseudo-históricas y tendenciosas.
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