
Enrique III de Castilla, (1379-1406)
LAS PRINCESAS CAUTIVAS QUE TRAJERON A CASTILLA LOS CABALLEROS FRONTERIZOS DE JAÉN
Reinaba en Castilla Enrique III el Doliente. Después de casar con la hija del Duque de Lancaster, el Rey de Castilla proyecta contactar con todos los reyes del mundo conocido. Quiso el Rey de Castilla mandar embajada al Gran Tamerlán, Señor de Escitia. Para llevar a cabo esta empresa nombró embajador a Payo Gómez de Sotomayor, Mariscal de Castilla, miembro de la Orden de la Banda, Señor de Santo Tomé en Jaén y otras villas. Y con él, machó Fernán Sánchez de Palazuelo.
Nuestros castellanos llegaron a Anatolia y allí fueron recibidos por el Gran Tamerlán, reciente vencedor del Sultán Bayaceto. El tártaro recibó con suma extrañeza a la embajada de D. Enrique III, pero creyó que su victoria sobre los turcos había llegado a tierras tan remotas como Castilla y, agradecido, mandó el Gran Tamerlán a un Caballero Catay, Mahomet Alcasi, con encargo de presentar al Rey de Castilla la muestra de su gratitud en concepto de seda, tapices y dos bellas cautivas.
Las cautivas se llamaban Angelina y María. Eran estas dos princesas húngaras, hijas del Duque de Esclavonia, sobrinas de Segismundo, primer Emperador y Rey de Austria-Hungría y Bohemia, capturadas por los turcos.
Habían caído cautivas de Bayaceto en la batalla de Stella, pero una vez que pasaron a manos de los del Gran Tamerlán, estos las capturaron y, más tarde, como se ha referido, los tártaros se las ofrecieron a la embajada castellana. Desembarcó la comitiva en Sevilla, logrando la admiración de toda la vecindad por su belleza. Micer Francisco Imperial escribió, ante la hermosura de las princesas cautivas:
Gran sosiego y mansedumbre
fermosura e dulce ayre
honestidad e sin costumbre
de apostura e malvexaire
de las partidas de Cayre.
ví traer al Rey de España
con altura muy extraña
delicada e buen donayre.
Ora sea Tarta o Griega
en cuanto la pude ver
su disposición non niega
grandioso nombre ser.
Que debe sin duda ser
mujer de alta nación
puesta en gran tribulación
depuesta en gran poder.
Parecía su semblante
decir: "¡Ay de mí! Cautiva
conviene de aquí avante
que en servidumbre viva
¡O ventura muy esquiva!
¡Ay de mí porque nací!
dime que te merecí
porque faces que viva!
Grecia mía Cardiamo
¡O mi sengil Angelina!
dulce tierra que tanto amo
do nace la tal rapina
¿Quien me partió tan ayna
de ti et tu señorío
e me trajo al grande río
do el sol nace e do se empina?
Llegada a Sevilla, la comitiva partió rumbo a Madrid, donde estaba la Corte del Rey, pero antes tenían que pasar por Jódar (en el Reyno de Jaén), villa que pertenecía a Luis de Sotomayor, primo del embajador D. Payo. Al pasar las cautivas por Jódar hubo grandes fiestas, hospedándose a las princesas en la villa, no sin ser agasajadas por músicas, luminarias y danzas de espadas.
Un caballero de Bedmar, villa vecina de Jódar, de la familia de los Mendozas, fue a la fiesta y allí quedó prendado de los encantos de una de las cautivas, la Infanta María. Pero el embajador D. Payo había puesto sus ojos en ella, enamorado de María y sin que su diferencia de edad le hubiera impedido declararle su amor. La llegada de aquel caballero de Bedmar impulsó a D. Payo a lanzarse y, aprovechando un momento para apartar a su amada del jolgorio, a solas le declaró cerca de una fuente, su amor. Ella le correspondió. Y así lo canta todavía el pueblo de Jódar:
"En la fontana de Jódar
Vi la niña de ojos bellos
E finqué ferido de ellos
Si tener de vida una hora"
Terminaron las fiestas y la comitiva se echó nuevamente al camino y, pasando por Úbeda y Baeza, la caravana llegó a la Corte, que a la sazón estaba en Alcalá de Henares. El Rey quedó admirado por la galanura de las princesas cautivas y las tomó bajo su protección. Quiso el Rey que las princesas casaran con ricos y nobles señores de su Corte, pero el caballero de Bedmar, enfadado por la delantera que en Jódar le había tomado el embajador D. Payo, denunció al Rey los tratos de D. Payo con una de las princesa. El Rey montó en cólera y mandó encarcelar a D. Payo. No pudo meterlo en prisión, pues D. Payo, toda vez enterado de lo que se avecinaba había escapado a tiempo a Galicia y, desde ahí, a Francia. Pasado el tiempo, las lágrimas de la princesa hicieron deponer al Rey su ira y, ablandando la cólera de D. Enrique, éste perdonó a D. Payo y le concedió la mano de María.
Angelina, la otra princesa, casó en Segovia con el Regidor de la ciudad, D. Diego Contreras y fue enterrada en la Iglesia de San Juan de los Caballeros. Sus descendientes fueron después los Marqueses de Lozoya.
Largo camino el de la felicidad de estas mujeres que tanto cautiverio y tribulaciones sufrieron hasta ser rescatadas por hombres de la frontera que, indisponiéndose con el mismo Rey, fueron capaces de marchar al exilio por su amor.
Reinaba en Castilla Enrique III el Doliente. Después de casar con la hija del Duque de Lancaster, el Rey de Castilla proyecta contactar con todos los reyes del mundo conocido. Quiso el Rey de Castilla mandar embajada al Gran Tamerlán, Señor de Escitia. Para llevar a cabo esta empresa nombró embajador a Payo Gómez de Sotomayor, Mariscal de Castilla, miembro de la Orden de la Banda, Señor de Santo Tomé en Jaén y otras villas. Y con él, machó Fernán Sánchez de Palazuelo.
Nuestros castellanos llegaron a Anatolia y allí fueron recibidos por el Gran Tamerlán, reciente vencedor del Sultán Bayaceto. El tártaro recibó con suma extrañeza a la embajada de D. Enrique III, pero creyó que su victoria sobre los turcos había llegado a tierras tan remotas como Castilla y, agradecido, mandó el Gran Tamerlán a un Caballero Catay, Mahomet Alcasi, con encargo de presentar al Rey de Castilla la muestra de su gratitud en concepto de seda, tapices y dos bellas cautivas.
Las cautivas se llamaban Angelina y María. Eran estas dos princesas húngaras, hijas del Duque de Esclavonia, sobrinas de Segismundo, primer Emperador y Rey de Austria-Hungría y Bohemia, capturadas por los turcos.
Habían caído cautivas de Bayaceto en la batalla de Stella, pero una vez que pasaron a manos de los del Gran Tamerlán, estos las capturaron y, más tarde, como se ha referido, los tártaros se las ofrecieron a la embajada castellana. Desembarcó la comitiva en Sevilla, logrando la admiración de toda la vecindad por su belleza. Micer Francisco Imperial escribió, ante la hermosura de las princesas cautivas:
Gran sosiego y mansedumbre
fermosura e dulce ayre
honestidad e sin costumbre
de apostura e malvexaire
de las partidas de Cayre.
ví traer al Rey de España
con altura muy extraña
delicada e buen donayre.
Ora sea Tarta o Griega
en cuanto la pude ver
su disposición non niega
grandioso nombre ser.
Que debe sin duda ser
mujer de alta nación
puesta en gran tribulación
depuesta en gran poder.
Parecía su semblante
decir: "¡Ay de mí! Cautiva
conviene de aquí avante
que en servidumbre viva
¡O ventura muy esquiva!
¡Ay de mí porque nací!
dime que te merecí
porque faces que viva!
Grecia mía Cardiamo
¡O mi sengil Angelina!
dulce tierra que tanto amo
do nace la tal rapina
¿Quien me partió tan ayna
de ti et tu señorío
e me trajo al grande río
do el sol nace e do se empina?
Llegada a Sevilla, la comitiva partió rumbo a Madrid, donde estaba la Corte del Rey, pero antes tenían que pasar por Jódar (en el Reyno de Jaén), villa que pertenecía a Luis de Sotomayor, primo del embajador D. Payo. Al pasar las cautivas por Jódar hubo grandes fiestas, hospedándose a las princesas en la villa, no sin ser agasajadas por músicas, luminarias y danzas de espadas.
Un caballero de Bedmar, villa vecina de Jódar, de la familia de los Mendozas, fue a la fiesta y allí quedó prendado de los encantos de una de las cautivas, la Infanta María. Pero el embajador D. Payo había puesto sus ojos en ella, enamorado de María y sin que su diferencia de edad le hubiera impedido declararle su amor. La llegada de aquel caballero de Bedmar impulsó a D. Payo a lanzarse y, aprovechando un momento para apartar a su amada del jolgorio, a solas le declaró cerca de una fuente, su amor. Ella le correspondió. Y así lo canta todavía el pueblo de Jódar:
"En la fontana de Jódar
Vi la niña de ojos bellos
E finqué ferido de ellos
Si tener de vida una hora"
Terminaron las fiestas y la comitiva se echó nuevamente al camino y, pasando por Úbeda y Baeza, la caravana llegó a la Corte, que a la sazón estaba en Alcalá de Henares. El Rey quedó admirado por la galanura de las princesas cautivas y las tomó bajo su protección. Quiso el Rey que las princesas casaran con ricos y nobles señores de su Corte, pero el caballero de Bedmar, enfadado por la delantera que en Jódar le había tomado el embajador D. Payo, denunció al Rey los tratos de D. Payo con una de las princesa. El Rey montó en cólera y mandó encarcelar a D. Payo. No pudo meterlo en prisión, pues D. Payo, toda vez enterado de lo que se avecinaba había escapado a tiempo a Galicia y, desde ahí, a Francia. Pasado el tiempo, las lágrimas de la princesa hicieron deponer al Rey su ira y, ablandando la cólera de D. Enrique, éste perdonó a D. Payo y le concedió la mano de María.
Angelina, la otra princesa, casó en Segovia con el Regidor de la ciudad, D. Diego Contreras y fue enterrada en la Iglesia de San Juan de los Caballeros. Sus descendientes fueron después los Marqueses de Lozoya.
Largo camino el de la felicidad de estas mujeres que tanto cautiverio y tribulaciones sufrieron hasta ser rescatadas por hombres de la frontera que, indisponiéndose con el mismo Rey, fueron capaces de marchar al exilio por su amor.
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