domingo 22 de febrero de 2009

OREMOS A LOS ÁNGELES CUSTODIOS


ANECDOTARIO HISTÓRICO DE 1936: EL SACRISTÁN Y EL ÁNGEL CUSTODIO

Me contó un viejo, hijo de un antiguo sacristán, una anécdota que le sucediera a éste en el convulso verano de 1936. En su pueblo, un pueblo del Reino de Jaén, el Frente Popular implantó el terror desde los primeros días del Alzamiento Nacional. Las primeras medidas que adoptaron los energúmenos del poder local, como en todos los lugares en que desgobernaron, fueron la de armar hasta los dientes a todo resentido social que pidiera la revancha. Se apresó a todos los sospechosos de “rebeldes” (o sea, a toda persona decente y de orden) y se les recluyó en un Convento, convertido en Cárcel del Pueblo. Palizas, torturas, privaciones y paseos definitivos…

Como no podía ser menos, me contó aquel anciano, las iglesias fueron las primeras en sufrir la saña y el furor de aquellos monstruos revolucionarios. El sacristán de una de ellas, el padre de este viejo amigo mío, tenía oculto en su casa al párroco de la iglesia a la que servía. El sacerdote estaba muy preocupado. Y le participó a su sacristán la razón de sus congojas: el Santísimo Sacramento se había quedado reservado en el Sagrario.

Por el amor de Dios, ve, Fadrique, ve a la iglesia… Y así, como quien no hace la cosa, trae a Cristo, no vaya a caer en manos de estos demonios”.

El sacristán consideró que, verdaderamente, nadie mejor que él para esa misión. Pidió la bendición del señor cura –que, como era obvio, no podía salir sin exponer su persona a las pistolas marxistas- y, haciendo de tripas corazón, fuése a la iglesia. Pensaría el hombre que no era él digno de tamaña hazaña, pero –encomendándose a su ángel custodio- allá que se fue. Pese a ser verano, Fadrique se puso un chaquetón para poder ocultar lo que iba a extraer de la iglesia.

Los rojos habían convertido la iglesia parroquial en almacén. Profanado el templo, las magníficas tallas habían sido pasto de las hogueras. Y las naves y capillas exhibían un aspecto desolador. Unos milicianos montaban guardia a la puerta del templo. Fumaban sus cigarrillos de liar, y llevaban todo el día bromeando entre sí y silbando a las mozas que pasaban. El sacristán llegó a ellos. Caía la tarde.

-¡Hombre, Fadrique…! ¿Pero qué se te ha perdido a ti por aquí? ¿Es que hay Novena? –dijera uno de aquellos centinelas, en tono irónico.

-Pues, nada, camaradas –dijo Fadrique el sacristán. Que resulta que me dejé en la sacristía los libros del nene, y pido que me dejéis pasar, por si puedo cogerlos, para que me siga estudiando en casa.

-¡Pues claro, hombre! Venga, entra y busca los libros, que el zagal aproveche en casa.

El sacristán penetró en el templo parroquial y quedó espantado de lo que habían hecho aquellos bárbaros con la iglesia de sus amores. Hasta el retablo lo habían descuajado. Se fue al Sagrario con la llavecita, y temblándole la mano abrió aquella terrenal alcancía para el Pan Celestial. Miraba a sus espaldas el sacristán, por ver si los milicianos le habían seguido y pudieran estarlo viendo. Abrió y su alborozo fue muy grande cuando descubrió que allí estaba el Copón, con la Sacratísima Hostia. Con gran sentimiento, el sacristán cogió el Ciborio –mientras repetía en un susurro, a guisa de jaculatoria: “Yo no soy digno de que entres en mi casa… Yo no soy digno de que entres en mi casa…”.

Y con agilidad, guardó el Copón con el Señor Sacramentado, en el interior de su chaquetón apretándolo contra su pecho. Al salir recordó que ni había mirado lo de los libros, achaque que puso a los milicianos para entrar en el templo, y ensayaba una piadosa mentira para deshacerse de los posibles comentarios de aquellos dos.

Al salir, los milicianos le dijeron: “Bueno, Fadrique, ¿qué tal, hombre, encontraste los libros?”.

-Sí, sí… aquí los llevo.

Caía la tarde, se hacía la noche, y los milicianos sabían que a esa hora quien anduviera por la calle podía pagarlo caro en caso de encontrarse con una patrulla. Uno de los milicianos le dijo:

-Mira, Fadrique, con la hora que es no quiero yo que vayas solo a tu casa. Nosotros no sabemos escribir, ni tampoco tenemos aquí papel para hacerte un permiso, pero si te pillan los Hermanos Proletarios, te puede costar caro lo de los libros. Así que yo mismo voy contigo, y de esta manera seguro que te respetan.

-Pues… No sabes cómo te lo agradezco, camarada. –dijo el sacristán.

Y, quedando uno de los milicianos a la puerta de la iglesia profanada, aguardando el retén, marchó el otro a la vera de Fadrique, con su máuser.

Y me contó el hijo de Fadrique que éste, pasados los años y despejada España del terror rojo, reía muy contento aquella hazaña que con tan buen fin concluyó. Y, hasta el fin de sus días, mantuvo Fadrique que aquel desenlace no podía ser cosa sino de su Ángel Custodio… “Que, míralo, mira el Ángel de la Guarda que tengo… que fue pedirle que no me dejara solo en aquel aprieto y hasta nos puso escolta al Santísimo Sacramento y a mí…”.

11 comentarios:

JM dijo...

magnífico relato, desde luego el Santo Reino da para escribir muchos libros!

Saludos!

Luis dijo...

Una gran entrada, como otras que suelen publicar.
Saludos.

Anónimo dijo...

Otras personas "rebeldes" (ya que fueron "juzgadas" por auxilio a la rebelión), tambíen dedentes y de orden, sufrieron lo mismo, pero tres más tarde, en esa maldita guerra.

Maestro Gelimer dijo...

Anónimo. Esa "maldita guerra" no perdonó a nadie. Es cierto.

Anónimo, dices que los "rebeldes" fueron "juzgados" -se supone que por Tribunales del Frente Popular- por "auxilio a la rebelión". En muchos casos, es bien cierto. Pero atendamos a esos Tribunales Rojos: los mismos estaban constituidos por elementos menos "imparciales" de lo que necesitarías tú y los que, contigo, queréis convencernos de la calidad de esos juicios en zona roja. Esos tribunales rojos no tenían las mínimas condiciones de imparcialidad y equidad. Así de crudo.

Claro que hubo personas decentes y de orden juzgadas tras la guerra civil por el bando victorioso. Pero, muchos de esos juicios se hicieron sobre criminales de guerra que habían asesinado en la retaguardia. Y, lo siento, pero eso para nosotros no puede ser tenido como persona "decente".

Y en los pueblos se mataba a diestro y siniestro -tanto en una zona como en la otra- sin mediar proceso judicial alguno: simplemente, porque "me quitaste la novia".

En cuanto a los juicios realizados posteriormente, en la época de Franco, podemos decir que es poco probable que fuesen lo "imparciales" que uno deseara, por desgracia es así.

Pero, recordemos que el poeta Miguel Hernández fue juzgado y salió de prisión. Otra cosa es que ingresara posteriormente a cuenta de un episodio desagradable, creo que con unos falangistas. El hecho de que un intelectual rojo fuese puesto en la calle la vez primera dice mucho del régimen de Franco. Si hubieran ganado los otros -esos de los tribunales que juzgaban a "rebeldes" por auxiliar la rebelión-, hubiéramos tenido otra Camboya de Pol Pot.

Y la Memoria Histórica tendenciosa no va a desmemoriarnos.

Anónimo dijo...

No es por discutir, Miguel Hernandez fue puesto en libertad por un error administrativo antes de juzgarlo en la segunda detención, es cuando le condenan a muerte, conmutada por una condena de treinta años.
Cuando me refiero a auxilio a la rebelión es el termino que aparece en las condenas a las personas que fueron detenidas al final de contienda, y por supuesto no todas comentierón algún crimen, si desea por ejemplo la puedo facilitar la sentecia de mi abuelo, en ella no se habla de ningún crimen sólo de auxilio a rebelión, pertenecer a una organizacíon del frente popular UGT es su caso, y participar en la detención de dos personas a la que insulto de palabra, (palabras textuales)sólo eso.
Perdone que texto sea un poco largo.
Un saludo
PD.: La condena de mi abuelo fue de quince años.

Maestro Gelimer dijo...

No hubo buenos ni malos, según el bando. En eso estamos de acuerdo, ¿no?

Un abuelo mío también militó en el Ejército de la República, por fuerza de las circunstancias. Tras un internamiento en un campo de concentración, fue puesto en libertad y se integró a la vida sin mayor problema.

Siento lo que le ocurrió a su abuelo. Y, no, tampoco es que nadie quiera discutir. Lo cierto es que esa guerra es una herida que no parece cerrarse.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Estoy muy de acuerdo con usted, esas heridas ya deberian de estar cerradas, lo que pasa que algunos comentarios como los que hay es su erelato invitan poco a ello.
Un saludo y buenas noches.

Maestro Gelimer dijo...

Sí. Pero tenga presente, amigo mío, que si no se hubiera excitado desde el poder eso que llaman Memoria Histórica, tal vez uno quisiera olvidar estos amargos trances.

Sea siempre bienvenido aquí. Y reciba un saludo cordial.

JM dijo...

Maestro Gelimer, tratando el artículo de nuestra provincia ese campo de concentración fue quizás Higuera? Hay bastantes interrogantes sobre esa gran prisión y sobre cómo era realmente el día a día en la misma....¿cómo lo definiría Ud.?

Maestro Gelimer dijo...

Fuese Higuera o el que fuese, un campo de concentración (prisión improvisada) no puede entenderse sino como "invivible".

Pero tengo noticia de que las cárceles ubicadas en los centros urbanos fueron peores: tanto durante la guerra como después de ella, bajo control rojo o nacional, las palizas se daban en las prisiones. En los campos de concentración el prisionero estaba, por lo que sé, vigilado y su manutención corría a cargo de los familiares, que en algunos casos tenían que desplazarse muchos kilómetros a pie, para poder llevar un trozo de pan duro al prisionero.

Reciban un cordial saludo.

JM dijo...

Muchas gracias por la respuesta. Un saludo!