lunes 23 de febrero de 2009

PUESTO YA EL PIE EN EL ESTRIBO...


"Puesto ya el pie en el estribo..." -recordaba Cervantes este verso de una quintilla en las palabras preliminares de "Los trabajos de Persiles y Sigismunda", dedicadas a D. Pedro Fernández de Castro. "Puesto ya el pie en el estribo..." -nos está diciendo este caballero anciano inmortalado por el Greco. Mirad esos ojos hidalgos y mortecinos, "con las ansias de la muerte". Es el rostro de un hidalgo de los siglos espléndidos del Imperio y de los pordioseros años de la cuesta abajo sin frenos de España.


Han quedado esos ojos aterciopelados, a fuerza de tantas tribulaciones pasadas, sobrenaturalizados por una vida, tal vez holgada en lo material, pero acrisolada en rigores sin cuento. Su mujer fue contada en la mortandad de una epidemia que se llevó a medio pueblo. Ha perdido un hijo en Flandes, y otro fue capturado por los piratas berberiscos. Tiene una hija en un convento, y la otra hija casó con un caballero no poco principal, yéndole lo más de su hacienda a nuestro hidalgo en las dotes. En manos de prestamistas sin escrúpulos, gente que medra a costa de las espadas, los haberes se le van perdiendo, como se le perdieron los dos hijos queridos.


Mirad su cara. Pueden haberlo engañado mil veces. Lo han traicionado otras tantas. Sus decepciones siempre las ha pasado por las cuentas del Santo Rosario, y suplica a María Santísima para que la Medianera interceda, ante Jesucristo Nuestro Señor, por la victoria de las armas de Su Sacra Católica Majestad el Rey de España. Sabe que de nadie se puede esperar mucho. Sólo en Dios cabe aguardar. Cuando sale de su casona, contempla el escudo en piedra de su linaje, y repasa los blasones en los que se cifran las hazañas de sus ancestros que blandieron la espada en las Navas de Tolosa, y en la conquista de Baeza... Y en tantas otras jornadas que fueron pruebas en que sus antepasados cargaron con armas heráldicas el escudo de la familia. Y con amor contempla, a la luz de un candil, las ejecutorias que recuerdan las proezas de sus antepasados, de tan esclarecida sangre.


"Puesto ya el pie en el estribo..." nuestro hidalgo se sabe sin descendencia, y columbra a la Muerte que, con su guadaña, le acecha en una danza macabra. Todas las vanidades de este mundo pasajero se arruinarán en la podre, bien lo sabe. Dos hijos que hubo, los perdió sirviendo al Rey. Se consuela el hidalgo, pues lo que el Rey no paga, lo recompensará con creces Dios Santo, Dios Fuerte, Dios Inmortal Señor de los Ejércitos. Y "con las ansias de la muerte", el hidalgo vuelve a rezar todas las tardes, a la caída de la tarde, para que sea leve la caída de un Imperio que es su misma Casa.

3 comentarios:

Terzio dijo...

Bella y cabal semblanza, sí señor. Le tengo querencia a ese retrato porque en mi casa hay una copia del XIX, muy buenecita. Me parece que le voy a dedicar una entrada en mi blog (y te cedo medio copyright).

Salutem!

'

Seneka dijo...

Maestro, esta vez se superó con creces.

Y amasa más melancolía el relato que el retrato, y más bien se diría ... ¿un "autorelato"?

Muchas gracias, maestro.

Maestro Gelimer dijo...

Gracias, amigos. Contemplar ese cuadro procura bendiciones muy grandes: es la catolicidad de España. Vayamos a esos cuadros y, abiertos a las mociones del Espíritu, aprendamos de nuestros nobles ancestros.

Esas caras salen ganando en nobleza y en profundidad: es la piedad, y las acendradas virtudes de la raza las que nos siguen hablando desde esas mudas semblanzas. Y, comparadas con las caras de hoy, las de hogaño salen perdiendo.