miércoles, 18 de marzo de 2009

NIETZSCHE FRENTRE AL MATRIMONIO






CONTRA LOS TIEMPOS MODERNOS Y CONTEMPORÁNEOS... NIETZSCHE TAMBIÉN


Pedro Lombardo, basándose en la fórmula Justinianea, adaptó la definición de la institución matrimonial de este modo: “matrimonium est viri et mulieris maritalis coniunctio inter legitimas personas, individuam vitae consuetudinem retinens” (El matrimonio es la unión marital de varón y mujer entre personas legítimas, que retiene una comunidad indivisible de vida).

A vueltas con Nietzsche, otra vez a vueltas con él, merece la pena que reparemos en la defensa, clarividente y contundente, que del matrimonio realizó el más iconoclasta de los filósofos. Muy poco conocido, Nietzsche se planta frente al matrimonio y denuncia la decadencia de esta institución, insinuada ya en sus tiempos por el romanticismo que "prestigió" el adulterio, las relaciones inconvenientes y el feminismo. Por más que se repitan hasta la saciedad las frases más provocadoras de este filósofo (“El matrimonio acaba muchas locuras cortas con una larga estupidez”), hay que profundizar en la obra polifónica del pensador teutónico para hacerse una cabal idea de la reverencia que el matrimonio le inspiraba a este grande solitario. En “Crepúsculo de los ídolos” Nietzsche rectifica ese aforismo, tan socorrido por los amantes del diletantismo filosófico y la frivolidad, yendo en derechura a las razones que, ya en el siglo XIX, afectaban a la institución matrimonial.

Crítica del modernismo: Nuestras instituciones no valen nada: en esto está conforme todo el mundo. Pero la culpa no es de ellas, sino nuestra. Como todos los instintos de que han provenido esas instituciones se han extraviado, ellas, a su vez, se nos escapan porque no acertamos a adaptarnos a ellas. En todos los tiempos, la democracia ha sido la forma de descomposición de la fuerza organizadora. En mi libro “Humano, demasiado humano” califiqué ya a la democracia moderna y sus paliativos, tales como el imperio alemán, de una de tantas formas de la decadencia de la fuerza organizadora. Para que haya instituciones es necesario que haya un género de voluntad, de instinto, de imperativo antiliberal hasta la maldad; una voluntad de tradición, de autoridad, de responsabilidad, cimentada sobre siglos, de solidaridad encadenada al través de los siglos, desde el pasado al porvenir, in infinitum. Cuando esa voluntad existe se funda algo, como el imperio romano o como Rusia, la única potencia que tiene hoy esperanzas de alguna duración, que puede esperar, que puede prometer algo; esa Rusia, que representan la idea contraria de la miserable manía de los pequeños Estados europeos, de la nerviosidad europea, que ha entrado en su período crítico con la fundación del imperio alemán. Todo el Occidente carece de esos instintos, de donde nacen las instituciones, de donde nace el porvenir. Se vive al día, se vive muy deprisa, se vive sin responsabilidad alguna, y esto precisamente es lo que se llama libertad. Todo lo que hace que las instituciones sean instituciones, es despreciado, odiado, descartado; se creen los hombres nuevamente en peligro de esclavitud, en cuanto se oye la palabra autoridad. La decadencia del instinto de evaluación de nuestros políticos, de nuestros partidos políticos, llega hasta preferir instintivamente lo que precipita el fin.

Testigo de ellos es el matrimonio moderno. Aparentemente ha perdido toda su razón de ser, aunque esto no es una objeción contra el matrimonio sino contra el modernismo. La razón del matrimonio residía en la responsabilidad jurídica exclusiva del hombre. De esta manera había un elemento preponderante en el matrimonio, mientras que ahora cojea de ambos pies. La razón del matrimonio consistía en el principio de su indisolubilidad, lo cual significaba no poco frente al azar de los sentimientos, de las pasiones, de los impulsos del momento. Consistía también en la responsabilidad de las familias en cuanto a la elección de los esposos. Con la indulgencia creciente hacia el matrimonio por amor se han destruido las bases mismas del matrimonio, todo lo que le erigía en institución. Jamás se ha fundado una institución sobre la idiosincrasia; por eso, lo repito, no se puede fundar el matrimonio en el amor. Se funda sobre el instinto de la especie, sobre el instinto de la propiedad (mujer e hijos eran una propiedad), sobre el instinto de dominación que se organiza en la familia creando una pequeña sociedad que necesita de hijos y herederos para conservarse fisiológicamente ha perdido toda su razón de ser, aunque esto no es influencia, de la riqueza, para preparar dilatadas misiones, una solidaridad del instinto en los siglos. El matrimonio, como institución, contiene ya la afirmación de la forma de organización mayor y más duradera. Si la sociedad, considerada como un todo, no puede fiarse de sí misma hasta las generaciones más remotas, el matrimonio carece de sentido. El matrimonio moderno ha perdido su significación; por consiguiente, se le suprime
”.

(Crepúsculo de los ídolos, Pasatiempos intelectuales, XXXIX)

El matrimonio está fundado para Nietzsche, como para el pensamiento tradicional, en la indisolubilidad, “lo cual significaba no poco frente al azar de los sentimientos, de las pasiones, de los impulsos del momento”. La razón que halla Nietzsche como explicación de la decadencia de esta institución en los tiempos modernos es “la indulgencia creciente hacia el matrimonio por amor”. Y la decadencia de la institución matrimonial viene envuelta en un movimiento al parecer irreversible que precipita a las multitudes a un cataclismo. Enfermas de debilidad, las muchedumbres, atiborradas de ideas igualitaristas y degeneradas, confunden la libertad con el veneno y rechazan toda autoridad. El matrimonio, como una de las instituciones más vitales de la sociedad humana, no ha escapado a las insidias de esta decadencia nihilista.




Haremos bien en entender lo que Nietzsche denomina “matrimonio por amor” como “matrimonio por amor-romántico”. Es, en definitiva, el amor romántico –producto del romanticismo mórbido- lo que está minando la institución matrimonial a los ojos de Nietzsche. Sobre el amor romántico, grotesca caricatura del amor auténtico y, en último extremo, sobre el narcisismo y egotismo en que se funda ese espejismo de amor no puede sostenerse una institución que aspira a perdurar; pues “los sentimientos, las pasiones y los impulsos del momento” son tan inconstantes que están condenados a la más precoz o tardía extinción y alteración. El enamorado romántico no cuenta con la realidad del “otro”; lo idealiza y, tras los hechizos de la idealización, la realidad vuelve por sus fueros mostrándonos la precariedad de la criatura que, habiendo idealizado, habíamos convertido en objeto de nuestro presunto “amor”. Sólo una voluntad fuerte y -claro está, para un católico y no para Nietzsche- la gracia de Dios actuando en el matrimonio sacramental, pueden ayudarnos a sobreponernos de las diarias decepciones. No es el amor el que destruye el matrimonio, podríamos corregirle a Nietzsche; pero sí que una idea degradada de “amor-romántico” es hogaño la que conduce a tantas parejas al matrimonio. Cuando al matrimonio se llega así –con la falsa idea de quién es el otro, al que decimos amar- es fácil pronosticar que al menor cambio de humor, a la más mínima contrariedad… Eso que llamaban “amor” se quiebre en mil pedazos y se llegue a un mayor o menor desenlace estrepitoso, pero siempre traumático.

Es así que la mala educación –la que no forma en virtudes, la que no modela la voluntad- es la culpable del fracaso matrimonial. No es, pues, a la institución matrimonial como tal a la que hay que culpar del dolor que producen los fracasos matrimoniales –culpar al “matrimonio” de su propia frustración sólo pueden hacerlo los progresistas en su idiotez o maldad irredentas. Hay que buscar las causas de la ruptura matrimonial en el déficit de virtudes teologales que presentan los cónyuges, en la falta de fe, de esperanza y de amor que había en ellos. Y, en términos humanos, habría que ir a buscar la causa del fracaso matrimonial de tantos y tantas en esa pusilanimidad en que nuestros contemporáneos se han instalado, debilidad que es continua tentación para todos cuantos vivimos en esta sociedad disoluta y decadente del Occidente laicista.

El pasaje de Nietzsche, prolijo y enjundioso, creo que merecía la pena. Tenemos comprobada la experiencia de que Nietzsche es un pensador sugerente. Nietzsche es, creemos, algo así como una espada afilada: pero no olvidemos nunca que las espadas afiladas hay que cogerlas por la empuñadura… Sólo los idiotas la empuñarían por la hoja.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo mismo me corto, pero con la profecía sobre Rusia (como, por otra parte, con todas sus otras profecías) Nietzsche se lució.

Maestro Gelimer dijo...

No te cortes. Serás bienvenido siempre a este blog.

Sí. Nietzsche se lució con muchas cosas. Pero Marx se lució mucho más, jajaja: mira que pensar en una sociedad sin clases... Cuando todos los días nos recuerdan -Almodóvar & Co que son una "clase privilegiada".

Un saludo.

Anónimo dijo...

Sé que puede parecer una impertinencia, pero, podría maestro Gelimer, modificar un poquito más amenudo el blog? Gracias por adelantado

Anónimo dijo...

Debiera usted guardarse de incluir en un blog como este al gran pensador teutónico.

Anónimo dijo...

desde mexico se le saluda y no se le aprecia, debe a mi parecer dar una revision a su modo de interpretar en este caso a nietzsche, que ni filosofo era sino filologo. Una posicion tan reaccionaria no queda en ninguna sensata lectura de este pensador.