
Nuestro amigo Seneka escribió, al hilo de la entrada que dedicábamos al libro "Cristianismo y revolución" de Jean de Viguerie, el siguiente comentario: "Maestro, no olvides hacer una reseña aquí en cuanto lo hayas leido.Por mi parte, intentaré hacerme con un ejemplar y devorarlo ... cuando pueda.Un abrazo en Xto. 9 de junio de 2009 14:44."
En cordial respuesta, valgan estas palabras.
El libro de Jean de Viguerie se titula "Cristianismo y revolución. Cinco lecciones sobre la historia de la Revolución Francesa". Son más de 300 páginas, y hemos leído hasta la presente hora la primera lección, cuyo título es "La religión y la Iglesia en Francia durante los últimos años del Antiguo Régimen (1780-1789)". Se nos describe con profusión de datos el estado en que se encontraba la Iglesia Católica en Francia en vísperas de la erupción revolucionaria.
Las actitudes de los franceses ante la religión, según Viguerie, podrían clasificarse en cinco grupos:
1. Los enemigos de la religión, entre los que estaban los "philosophes" y los "libertinos" que tenían su lugar en ciudades como Lyon y eran profesionalmente empleados, secretarios, artistas y funcionarios.
2. Los católicos ilustrados, entre los que hay propensos al deísmo y, es de notar, flaco fue el favor que le hicieron a la Iglesia. Los podíamos encontrar en los conventos masculinos (oratorianos y benedictinos sobre todo). Entre ellos también había francmasones infiltrados.
3. Los jansenistas, que habían pervivido después de la clausura de Port-Royal.
4. Los católicos fieles y practicantes, pero de moral relajada y poco combativos.
5. Los católicos piadosos, el sector más numeroso, enraizado en la tierra y domiciliado en las aldeas, sincero y practicante; pero falto de liderazgo.
Se desprende de esta lección que la sociedad francesa del Antiguo Régimen no era clerical, más bien la separación entre el poder temporal y el espiritual estaba bien asegurada. No obstante, la colaboración era estrecha por la dilatada tradición. En el reinado de Luis XVI son desoídas las recomendaciones del clero para frenar las acometidas de los filósofos, y ocurre también que los grupos minoritarios (protestantes y judíos) comienzan a lograr posiciones que anteriormente eran impensables para ellos.
"La religión y la Iglesia están expuestas a los repetidos ataques de los filósofos, dueños de la opinión pública. Caricaturizan a ambas para desacreditarlas mejor, o dicen lo contrario de la realidad. Acusan a los padres de encerrar a sus hijas en los monasterios, cuando lo más frecuente es que les impidan ingresar en ellos" -recuérdese la novela de Diderot "La Religieuse" (1760), una auténtica novela panfletaria contra el estado religioso -el "Código Da Vinci" del siglo XVIII.
Los filósofos -esa cuadrilla de publicistas ateos y deístas- lograron desacralizar la religión, presentándola como inhumana y ridícula -inventando toda una Leyenda Negra- hasta calar en la mentalidad de un pueblo crédulo que, lo peor de todo, no tuvo la suerte de contar con apologistas católicos a la altura de la ofensiva anticristiana.
Viguerie destaca que los defensores de la Fe Católica de aquellos momentos anduvieron torpes, pues su argumentario no se apoyaba en la filosofía, por lo que se presentaba flaco para contener la arremetida de los philosophes, así es como uno de los defensores de la Iglesia de aquel entonces, cargado de buenas intenciones pero torpe, pudo escribir: "Nuestro objetivo no es tanto haceros ver que la religión es verdadera como haceros sentir que es digna de ser amada..." (Luzerne). Como queda claro, Luzerne renuncia al entendimiento "no tanto haceros ver", para alimentar el sentimiento "como haceros sentir": la degración, con respecto a la Teología tomista, es clamorosa. Los enemigos de la Iglesia hablan en términos filosóficos y los que tenían que ser defensores de la Iglesia renunciaron a defenderla desde la filosofía, respondiendo desde la Fe sin la Razón o, lo que -no sabemos si es peor- contestando desde los sentimientos.
"Los filósofos de las Luces, aun sin negar a Dios, se fabrican una especie de Dios a su imagen, un Dios "cuya sustancia era completamente inteligible, una Razón divina". Para combatir a los deístas de un modo eficaz había que comenzar por rehabilitar a Dios [...] La antigua filosofía cristiana, la de Santo Tomás de Aquino, era capaz de aquel trabajo. Hubiera sido necesario recurrir a él. Nadie se dio cuenta de tal necesidad" -sentencia Jean de Viguerie.
Como enseñanza de esta primera lección de "Cristianismo y Revolución" quisiéramos subrayar la importancia de estas últimas palabras de Viguerie. No fue solo la capacidad de los enemigos de la Iglesia para liderar la opinión pública la que, debidamente desplegada, desfiguró a la Cristianísima Francia convirtiéndola en la pendeja de los ídolos modernos "Libertad, Igualdad y Fraternidad", mucha responsabilidad tuvieron los católicos que, contaminados por las modas y debilitados en su formación, no supieron responder a toda la embestida antieclesiástica con los argumentos más sólidos y las tácticas más eficaces.
En ese sentido, extraemos como moraleja que, inmersos en cualquier proceso revolucionario, los católicos hemos de redoblar nuestros esfuerzos en solidificar nuestra formación doctrinal y en plantar cara a los desafíos que se nos hagan desde las posiciones del Enemigo. El estudio del Catecismo de la Santa Iglesia Católica, la oración y el estudio de las obras de Santo Tomás de Aquino son, en este sentido, las más recomendables recetas.
En definitiva, la crisis de la época no es más que crisis de santos.
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