
DE AVES Y TURISTAS MIGRATORIOS
Finales de agosto. Son las tantas de la madrugada. Estoy al raso de la noche, en la azotea, hablando por teléfono con una amiga. De repente, murciélagos, gorriones y otros pájaros atraviesan mi terraza, volando al alcance de un manotazo mío. Otras noches lo han hecho, pero no tantos ni tan apresuradamente. Por dos veces tengo que interrumpir a mi amiga, dándole parte de lo que está sucediendo. Lo cual es bastante inusual y, por eso mismo, me extraña. ¿Qué estará sucediendo para que las aves nocturnas y diurnas surquen la noche de esta manera? Lo ignoro. Al final... No llueve.
Salgo a la calle a hacer diligencias: a quien madruga, Dios le ayuda. Son esas horas matinales en que la gente no deambula, y por las legañas y cierto aturdimiento parecen sonámbulos. Aguardo en una acera a que abran una oficina en la que tengo que hacer unas gestiones. Un conocido mío sube la calle. Se viene hacia mí y, sin mediar ni saludo, agarrándome del brazo cordialmente, mira al cielo: "Mira..., mira..." -dice adelantando su mentón hacia las alturas. Le hago caso y miro.
-¿Las ves? -me pregunta.
En efecto, muy en lo alto columbro tres o cuatro pájaros que reman lentamente -tal vez esté equivocado y no sea tanta la real lentificación que percibo de aquellas trayectorias, puede ser que, más bien, sea la considerable distancia entre esas aves y nosotros la que me haga juzgar que vuelan más lentamente de lo que lo hacen en verdad.
-Van a África -me dice mi amable interlocutor.
-Pues sí que vuelan alto -respondo.
-Y van lejos... y van lejos.
Diciendo esto, el ecologista se va lo mismo que llegó: sin decir ni hola ni decir adiós.
¿Currucas capirotadas de Alemania? ¿Carriceros tordales? ¿Cigüeñas blancas? No tengo la culpa de que ningún ornitólogo estuviera allí para despejarnos la incógnita. Y mi conocimiento de los pájaros es bastante limitado.
Con Juan Ramón Jiménez, de buena gana invocaría yo a la inteligencia para que me diera el nombre exacto de las cosas, también de los pájaros:
"¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
...Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas...
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!"
Pasa el día, sin más tránsitos aéreos que yo advierta o me importen. Sin embargo, es ocioso decir que son miríadas de pájaros que, en bandada o solitarios, surcan los cielos a mayor o menor altura, más rápida o más lentamente. También hay otros pajarracos y libélulas metálicas -aviones, avionetas y helicópteros, militares o civiles- que pasan constantemente sobre nuestras cabezas. Para tantos como hay, pocos se caen sobre nosotros: gracias sean dadas a Dios. Ya no tememos, como los antiguos galos, que el cielo se caiga sobre nuestras testas... Es un progreso que ahora se nos puedan caer aparatos.
Por la tarde noche, tertulia informal. Estuve con dos historiadores: uno academicista, el otro vocacional. El academicista -con título universitario- veía su profesión con ojos apagados, exhibiendo un escepticismo en su inclinación por desmitificar. El otro, el vocacional -que llamaríamos aficionado- hablaba de la Historia con gusto. Alguien sentenció que la Historia es una prostituta. Bien se ve: los que más se acuestan con ella, pagándole sus servicios, la miran con desapasionamiento como clientes de pago. Los que reciben sus favores, por dedicarse a ella por afición, están muy dispuestos a olvidar que esta ramera tiene un precio para todos los que la tratan por interés, mientras que a los que la aman desinteresadamente, la mercenaria del amor no les demanda su soldada y es espléndida con sus devotos.
Lecturas: "Las afinidades electivas" de Johann Wolfgang von Goethe, hasta el capítulo V: "Por desgracia, conozco bastante bien casos en que una unión de dos seres que parecía íntimamente indisoluble quedó suprimida por la asociación ocasional de una tercera persona, y uno de los que antes estaban tan hermosamente unidos, quedó así expulsado".
François de la Rochefoucauld: "no hay casi nadie que no piense más en lo que quiere decir que en responder concretamente lo que se le dice [...] los más hábiles y los más complacientes se contentan con mostrar tan sólo un rostro atento, pero en sus ojos y en su mente se ve la lejanía de lo que quieren decir [...] saber escuchar y saber responder es una de las mayores perfecciones que pueden darse en el trato".
Como todas las mañanas, al despertar diviso la torre campanario de mi parroquia. No está lejos de mi casa, y es un consuelo mirar hacia allí y dar los buenos días al Señor que está en el Sagrario de esa iglesia tardogótica en donde me bautizaron, y en cuyo sagrado suelo yacen mis antepasados. No necesito salir de este limitado redondel que alcanzan mis ojos para ver el mundo. Las vacaciones tocan a su fin. Los que se hayan ido, tendrán que regresar. Los que nos quedamos en casa, veremos el retorno de las aves migratorias según las estaciones.
¡Cuánto queda por ser perfectos! Dios mío, perdona mis imperfecciones y hazme perfecto sin que duelan tus cincelazos.
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