sábado 29 de agosto de 2009

ATILA, LOS HUNOS Y LOS OTROS


Para Jordanes el origen de los hunos estaba muy claro: este pueblo fiero y despiadado fue el fruto de las relaciones entre las hechiceras godas y los demonios. Cuenta Jordanes en el capítulo XXIV de su "Origen y gestas de los godos" que fuera Filimer, hijo de Gadarico el Grande, quien al entrar en Escitia al frente de sus tribus descubrió que, entre su pueblo, había brujas que llamaron "haliarunas". Ni corto ni perezoso, haciendo lo que mucho después hiciera Buenaventura Durruti con las putas de su horda anarcoibérica, las expulsó: "Cuando las vieron los espíritus inmundos que erraban por el desierto -sigue contándonos Jordanes-, se echaron en sus brazos y tras copular con ellas engendraron esta raza ferocísima que al principio vivió entre pantanos, minúscula, sombría y raquítica, una raza que apenas se parecía a la humana y a la que no se conocía otro lenguaje aparte de uno que parecía asemejarse remotamente al humano. Así que ésta era la estirpe de la que procedían los hunos que llegaron a las tierras de los godos".
Estos días, ocupado en la "Historia de Hungría: un pueblo entre Oriente y Occidente", de Miguel de Ferdinandy, tuve que volver al "De origine actibusque Getarum" de Jordanes, cuando me topé con los hunos. Pese a la mala fama que estos tuvieron, bien es verdad que ganada a hierro y fuego, los hunos fueron capaces de formar un imperio. Su primer príncipe fue Balamber (alrededor del 375), le sucedió Karaton, y a éste el régulo Uldin (a principios del siglo V). Oktar y Rúa, tíos de Atila, gobernarán bicefálicamente al pueblo de los hunos. Heredará el poder Atila, según tradición de este pueblo nómada que transmite el poder de tío a sobrino, más que de padre a hijo. Atila lo quería todo para sí, por eso apartó a su hermano Bleda (para no tener que compartir el liderazgo). Por si fuera poco, Atila descubrió la espada de Marte, un objeto perdido que, según tradición, aguardaban los pueblos de Escitia que fuese hallada por el Rey del Mundo. Nos lo cuenta Prisco: "Un pastor observó que una de las terneras de su rebaño cojeaba y, como no encontraba lo que podía haberle causado una herida tan grande, sigue con preocupación los rastros de sangre hasta que finalmente llega hasta la espada que la incauta novilla había pisado mientras pastaba. La desentierra y se la lleva de inmediato a Atila. Éste le agradece el regalo y, con la presunción que lo caracterizaba, piensa que ha sido designado señor de todo el universo y que por medio de esta espada le ha sido concedido el poder de decidir el resultado de las guerras".
Era tal la heterogénea composición de los hunos que, en efecto, bien pudiera pensarse que aquellas brujas haliarunas de los godos, y hasta los demonios del Averno, pudieran haber sido antepasados de ellos. No existía para estas tribus nómadas la condición de descender de un antepasado epónimo -la sangre- y ni siquiera tener el mismo idioma para formar parte de la confederación huna: tanto Atila como Genghis Khan -nos dice Ferdinandy- vieron la pluralidad de idiomas y la mezcla de razas como una ventaja para sus empresas guerreras de dominación mundial. "Débil y frágil es un país de idioma y costumbres iguales" -sentenciará más tarde San Esteban, Rey de Hungría. Heinrich Himmler, el tenebroso Reichsführer de las SS, cautivado por la biografía de Genghis Khan, distribuyó biografías del terrible Khan entre todos los jefes de sus SS... Ignoraba a buen seguro el carácter multiétnico de los grandes imperios bárbaros. De todas formas, el nomadismo de estos pueblos bárbaros hace de ellos lo que son. Cuando se establecen, asentándose en cualquier suelo, echando raíces como sendetarios, estos pueblos se disuelven como un azucarillo en el magma autóctono del territorio elegido.
"Para los pueblos que han sido nómadas a caballo, que han "hecho historia", el tratar de cambiar su estructura y su vida espiritual, económica y social, es decir, copiar la manera de vivir de pueblos sedentarios, signfica un gran cambio. La prueba solía terminar, o con una catástrofe total, un desmenuzamiento y asimilación de estos nómadas, o con un abandono absoluto del carácter heredado, del idioma y de la cultura, de su particular sentimiento de la vida" -concluye Miguel de Ferdinandy. Y esto nos trae a las mientes aquel consejo dado a Genghis Khan que el otro día comentábamos: "Si empezamos a construir poblaciones y cambiamos nuestros hábitos ancestrales, no prosperaremos. Los monasterios y templos engendran la dulzura del carácter. Pero únicamente la fiereza y temperamento belicoso dominan el mundo".
Los pueblos nómadas -más belicosos o más pacíficos- muestran, en razón de su propia forma de vida, una mezcla racial y una pluralidad idiomática que les da su color y su tono. Si estos pueblos se establecen en un emplazamiento, estos pueblos sucumben. Pensemos en los gitanos: pueblo errante desde antiguo, los gitanos se han ido asentando paulatinamente, perdiendo su nomadismo atávico. Muchas veces se les acusa de malvivir en casas cochambrosas -chabolas- mientras ostentan vehículos lujosos. Es una acusación injusta, me parece. Para los gitanos todavía sigue siendo más importante el coche que la casa, porque -a pesar de su asentamiento- siguen teniendo esa propensión a los caminos, desapegados de todo campanario fijo. Por ello mismo, comprenderemos mejor que sean capaces de gastar dinero en un coche antes que en una casa. Sobre el origen de ese dinero con el que compran el coche, lo mismo que antaño compraban la burra o el carromato, no nos vamos a pronunciar, que hay mucho malpensado por ahí.
Pero -y aquí queríamos llegar- pensemos en el reverso de lo que llevamos dicho: si la extinción de los pueblos nómadas consiste en fijarse -racial, idiomática y espacialmente: ¿no supondrá la extinción de los pueblos sedentarios el sucumbir a la tentación contraria? Esto es: mezclarse racialmente, admitir la coexistencia de varios idiomas (culturas) en el mismo ámbito local y, sutilmente, adquirir ese neo-nomadismo urbano... Supone la destrucción de nuestro pueblo, que es cultural y tradicionalmente sedentario. Ese multiculturalismo que trata de ganar carta de naturaleza, tan de hoy -y tan de moda con tantos apologetas como se empeñan en alabarlo- hace de nuestros compatriotas unos nuevos nómadas. En el mejor de los casos nosotros, descendientes de un pueblo arraigado, tenemos un trabajo fijo, pero nunca definitivamente establecido en el mapa; estamos cautivos de los Bancos, a los que muchos de nosotros están ligados en un nuevo clientelismo económico que los convierte en "siervos de la hipoteca" (como analógica y antiguamente existieron "siervos de la gleba"); a no tener casa propia, sino de alquiler. En fin, muchos de nosotros que tenían Patria, hoy son inquilinos, y a duras penas pueden rezar en los documentos oficiales como "naturales y residentes" en un mismo sitio.
Teníamos Patria, y mientras la teníamos éramos nosotros. Las tumbas de nuestros antepasados, compartíamos la pila bautismal en que generaciones y generaciones de nuestros ancestros fueron bautizados, nuestras costumbres y tradiciones locales, nuestro campanario y los rincones del pueblo de nuestra infancia, los parajes amados en que despertamos al amor o nos sumimos en la melancolía... Todo eso nos lo quieren quitar, nos lo están quitando. Y ahora, nuestros pueblos son una feria continua con gentes extranjeras que se pasean con ropajes exóticos. No obstante, esas gentes no hubieran venido aquí -tengámoslo presente- de no ser por la complicidad de políticos nefastos y de intereses capitalistas tan imposible de localizar como buscar una aguja en un pajar.
Teniendo esto en cuenta, muchos contemporáneos que piensan estas cosas y creen poder solucionarlas políticamente, podrían hacer su particular reflexión. Cuesta trabajo, sí, poner en pie una opción política definida que, celosamente, defienda no solo nuestros intereses, sino nuestro ser mismo. Están destruyendo incesantemente todo lo que nos unía, de un modo previo a las cantinelas constitucionalistas y liberales: por eso no hay forma de hallar una solución. Para encontrarla, tendríamos que recobrar primeramente las señas de identidad de nuestro sedentarismo: dejar de vestirnos como visten todos, volver a vestirnos como nuestros antepasados; volver a nuestros cocidos garbanceros, a nuestros potajes; cambiar nuestro estilo de vida... Reivindicar el patriotismo, -sí- el patriotismo de campanario.
Así, un buen día, el menos pensado: la campana de la ermita se unirá a la campana de la parroquia, y la campana parroquial tañerá acorde con la campana catedralicia, y se sumarán las campanas conventuales... Y nuestra liberación estará cerca. Volveremos a ser nosotros mismos... Y nosotros solos: y allá los hunos y los otros.