
Sin muchas ganas de venir aquí, hago un poder y termino viniendo. Es la autodisciplina del escritor -perdonen que falte a la falsa modestia y me califique de escritor sin sonrojos ni sonsoles. Cuando he desasistido este blog, incluso cuando veía que otros colaboradores del mismo no participaban no era la falta de ganas, más bien era la falta de tiempo. Ahora -nunca- estoy sobrado de tiempo. Pero unas letras, ¿quién no se las pone a un amigo?
La relación con este chisme, con el ordenador y con internet, ha experimentado para mí una inflexión en estos días. Esto es una servidumbre que no estoy dispuesto a sufrir: mirar el correo, revisar el blog, leer algún foro que merezca la pena, "chatear" (aunque sea con una persona especial), supone un tiempo que se lo quito a mis deberes: entre esos deberes está el de llevar una casa sobre mis espaldas, con más pesadumbre que la que la naturaleza le carga al caracol. Pero el blog, como bien me dijo mi mejor amigo, es un deber para con mis lectores. No puedo esquivar mi deber. Mientras que termino alguna lectura que me ofrezca materia prima, tendré que poner aquí renglones, a manera de diario, con los que poder entretener a quien pase.
Lo más destacado de ayer: varios encuentros fugaces. Por las calles de la capital provinciana, a la cual voy a diario. Hay aceras bastante anchas en algunas calles. Pese a ello, nunca faltará que nos encontremos a la mujer que, a falta de niños o carritos de niño, lleve al perro de la cadena. La que ayer me encontré no traía un chucho... A falta de niño, llevaba cuatro canes. Tuve que bajarme de la acera, por espaciosa que era, para permitir que pasara la rehala.
Llego a la puerta de un ascensor. Aguardo que se abran las puertas. Hay una joven a mi lado que entra conmigo. No me he fijado en ella. Pero, una vez dentro, no tengo más remedio que fijarme en ella: el ascensor está a tentebonete. Son varios pisos los que hemos de subir, y la chica está frente con frente: lamento que para ella sea menos agradable tener mi cara como paisaje. Yo he salido ganando teniendo su rostro frente a mis ojos. Claro, en situaciones así, el tímido siempre mira al suelo o al techo... o a los lados. Pero, yo he sido siempre un temerario. La miro, eso sí, con curiosidad estética: como quien mira un cuadro. Pero, aun así, es comprensible que para ella resulte un poco inquietante. Observo que la joven es rubia. En estas tierras meridionales la mujer morena se lleva la fama, pero se nota que celtas y germanos dejaron aquí un buen legado, más grande que el andalusí. Su rostro está muy bien delineado: nariz alpina, ni grande ni chica... Y, para que nadie extienda la sospecha de que su rubicundez es de bote... Helos ahí: ojos azules. Amén de esto, como señal que la singulariza muestra la chica una pequeña cicatriz en la mejilla. No la afea, la hace más persona. Es uno de esos rasgos que nos personalizan, pienso rápidamente si no se lo hizo en cualquier juego cuando era una niña. Frisará los 30 años. Un buen partido. La chica va acostumbrándose a mi falta de timidez. No quiero ser descortés, pero dos cosas tiene: o se acostumbra o se baja antes de llegar a la planta de su destino. Para que esté más a gusto ensayo un diálogo, de esos de poca monta. Tengo que saber el timbre de voz que tiene, pues muchas veces ha ocurrido que mujeres muy bellas... Me han frustrado con solo abrir los labios.
Cuando le dirijo la palabra, la chica muestra algo maravilloso que yo pensaba que se había agotado: se ruboriza, pero me contesta amablemente. Es un pensamiento que cruza por mi mente. En este mundo del mojigaterío marica y feminista, cuando un hombre habla con aplomo, las mujeres se sienten complacidas y halagadas. No es para menos, aunque uno no sea un figurín.
Me despido de la rubia. Ha sido un placer intercambiar unas palabras con una mujer hermosa. Las que llevan cuatro perros por las aceras no tienen tanta conversación, y ahora se entiende que lleven perros y no niños. Es muy probable que nunca vuelva a ver a esta rubia, pero si se da el caso de verla espero que se ruborice cuando le dirija la palabra -es algo que, pese a como están los tiempos, no puede perder la mujer y la embellece más que todos los adornos. Obviamente, esta rubia de la que hablo no es la de la foto que hoy pongo: pero le da un parecido.
Pensando en el lance de ayer con la rubia: me asombro de la mala suerte que tengo yo con las mujeres. Siempre quieren ser mis amigas, pero qué pocas han querido ser otra cosa... Y lo poco que me han durado a mí las alegrías.
Voy a tener que subirme a más ascensores.
5 comentarios:
Wauuuuuu, menuda rubia has puesto ahí, Maestro!!!
No me explico lo mal que te van las cosas con las mujeres con la lavia que tienes jajajaja
Yo soy morena, pero me gustaría conocerte.
Isa
Gracias. Pero no meto a la lotería. Por eso será... Jeje.
Que suerte tuviste de conocer a un ser tan angelicalmente femenino. Hoy día es difícil. Pero a veces sucede. ¿ Donde estarán escondidas ?.
Felicidades por tu blog y tus reflexiones.
Saludos desde mi tierra descubridora.
Amigo de Huelva: Verlas y desvanecerse es todo uno. Es una lástima que se las vea, y desaparezcan con tanta facilidad.
Gracias por tus renglones.
Saludos desde la Tierra del Ronquío.
Por lo que veo, Maestro, a usted no le pasa esto:
http://www.telegraph.co.uk/health/healthnews/6132718/Men-lose-their-minds-speaking-to-pretty-women.html
, Men lose their minds speaking to pretty women,
Fuente: www.telegraph.co.uk
Talking to an attractive woman really can make a man lose his mind, according to a new study.
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