
A VEINTE AÑOS DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN
Golpe a golpe, las oraciones de los justos rompieron el muro de Berlín. El comunismo -pensamos todos- cayó. Fue una victoria, en efecto. Pero no la definitiva. Otros muros iban construyendo con sigilo siniestros personajes, para confinarnos a todos. Se alzó un invisible cinturón mural dentro de cuyo circuito cabíamos todos (también los comunistas), y a ese recinto le llamaron mundo libre, pues nadie veía las alambradas ni las torretas de vigilancia.
En ese mundo cercado en que vivimos se nos habla de libertades, justo cuando más nos las reducen. En nombre de la libertad, quitan los crucifijos y ofenden a Dios con sus sucias lenguas. Invocan la libertad, para que las madres maten a los frutos de sus vientres. En nombre de la libertad, vienen y nos dictan que tenemos que dejar de ser lo que fuimos, para convertirnos en lo que "ellos" quieren que seamos: esta horrorosa confusión de pueblos, de sangres y de creencias, todas importadas por la traición.
Nos hablan de paz, pero su paz no es la de Cristo. Es la paz de los cobardes, tiranizados por las propias ideas que han propalado. Es la paz lograda no por nuestra victoria, sino la firmada por nuestra cobardía, tolerando lo que no hemos de tolerar. Los traidores instalan a marchas forzadas los gérmenes de futuros conflictos en España, y en Europa. Y piden de nosotros la tolerancia: quien no es tolerante es un sospechoso, es un apestado; pero quien, incauto de él, la otorga está siendo cómplice del enemigo. Estamos ante un peligro tal vez mayor que el que sufrimos con la amenaza de sovietización de los años 30.
Mientras el liberalismo aliente como la mala bestia que es; mientras el capitalismo negocie con la inmigración, convirtiendo a España en un zoco; mientras el laicismo rampante se envanezca de sus triunfos forenses; mientras el feminismo enfrente a Eva contra Adán; mientras Sodoma y Gomorra celebra su orgía perpetua pecando contra-natura y jactándose de su pecado nefando; mientras Caín mate a Abel... Y no haya justicia para Caín ni para Abel... Nosotros, los tradicionalistas, no tenemos derecho al reposo. Nuestra vida sigue siendo milicia. Y el monte y el bosque están ahí, llamándonos para volver a dar la batalla a las fuerzas de la disgregación.
Existen muros invisibles. En su recinto nos han metido a todos (a musulmanes y a judíos, a cristianos y a laicistas, a ateos y paganos...) Y alguien que no sabemos quién es, sonriendo malignamente, desde un balcón y a buen seguro nos contempla: ese maldito está esperando ver cuándo nos liaremos todos a mamporros. Es un plan diabólico... Pero, creedme, ese es el plan: ha tiempo que comenzó el Eón de Babel... La resistencia, la organización de la reacción, y la reacción contraofensiva podría, con la ayuda de Dios, hacer que retorne el Eón de Roma... O sea:
El Sacro Imperio Romano-Germánico contra el bastardo imperialismo de castas sin legitimidad.
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