
Francisco de P. Ureña Navas. Poeta tradicionalista nacido en Torredonjimeno (Reyno de Jaén) fue asesinado en Madrid por las hordas rojas en 1936... Es el otro García Lorca que nadie reivindica.
VISIÓN DE JAÉN
Señora: pues sois de la ínclita España
Quien luce las flores, orlada la sien,
Sufrid que os entregue, cogidos en maña,
La humilde violeta, la pálida extraña
Y el dictamo blando, que os brinda Jaén.
Quisiera ofreceros espléndida rosas,
Magnolias, claveles, azahar y jazmín,
Y cárdenos lirios y hortensias vistosas,
Con todas las flores, fragantes y hermosas,
Que ostenta el hesperio lozano jardín.
Mas de él a entregaros las galas no voy
Con nácares bellos en áureo collar;
Ni argénteas ajorcas con gemas os doy,
Pues, ínopes todos allí de do soy,
Por más que lo quieren, no tienen que dar.
Mi tierra es la tierra de la Andalucía,
Que menos parece de sello andaluz:
Ni en luengas llanadas cuadrúpedos cría
-corceles o toros-, ni en vano porfía
Por rubios trigales, en vez de orozuz.
Por eso a nosotros, los pobres jurdanos
-giennenses, sin duda, debiera decir-,
Apenas nos miran con ojos hermanos
Aquellos que beben, gozosos y ufanos,
Las aguas jaenesas del Uuad-el-Quivir.
Aquí, en esta fiesta, por rara ventura
Logramos la dicha de asiento obtener;
Que a un pueblo sin nombre, perdido en la obscura
Región de lo ignoto, sin fuerza ni holgura,
¿quién hay que lo quiera tan alto ascender?
Sus montes y llanos, cien veces al día,
De trenes veloces cruzados están;
Mas son como silfos centauros con guía,
Que al centro, o del centro, de la Andalucía
-latidos del mundo- retornan o van.
No allí miran nunca, pues nunca allí tienen
Motivos de excelsa divina ilusión;
Ni, avaros de goces, el paso contienen,
Halagos buscando que el pecho les llenen,
Con ondas felices, de dulce fruición.
De sierras peladas la ruda aspereza,
De míseros valles el mísero bien,
A cambio de alguna mezquina grandeza,
Pregonan la causa de helor y pobreza
Del, ínope siempre, moruno Jaén.
Tal fuera mi canto, Señora, si fuera
Del grupo giennense reflejo o trasluz,
La de él mal formada noción o quimera,
Pues es, en justicia, valiente cimera
Y airón de la gloria del pueblo andaluz.
Por dicha no es ese concepto menguado
-de ignavia o desidia, falaz expresión-
Aquel que en los siglos con oro ha grabado,
De rico y de fuerte, de noble y de honrado,
Con prez para España, mi patrio rincón.
En él sacros montes de eterna verdura,
Que plácida besa la Aurora al salir,
Despeñan ruidosos, de olímpica altura,
A un lado, las aguas que bebe el Segura,
Y al otro, las aguas del Uuad-el-Quivir.
Lanzadas aquéllas al gran Mar Latino,
Siguiendo las otras el curso del Sol,
Si a razas y pueblos, de incierto destino,
Fijándoles rumbo, les dieron camino,
Los rumbos trazaron al genio español.
Valiente cintura de cumbres riscosas,
Con fértiles valles haciendo un edén,
Dió abrigo y delicias a gentes briosas,
Que siglos y siglos vivieron dichosas,
Las tierras llenando que llena Jaén.
Y tales riquezas y brillo alcanzaron,
Tal nombre a sus minas logaron prestar,
Que, estrechos los montes, los montes dejaron
Y, altivos, potentes a Cástulo alzaron,
No lejos del margen del Uuad-el-Limar.
En Cástulo, Himilce –mujer peregrina,
De hechizos de saga, de regio esplendor-,
A Aníbal, el grande, seduce y fascina;
Y al genio que al genio de Roma domina,
Lo mira rendido…, rendido de amor.
Del tiempo las fauces, que todo lo tragan,
Tragáronse aquella riqueza y poder:
Ya de ellos ni sombras discurren ni vagan,
Y flébiles piedras y musgos propagan,
Con lágrimas de hoy, las glorias de ayer.
Volcáronse tronos, coronas cayeron,
Del mundo dos veces con gran conmoción,
Y bárbaras hordas dos veces vinieron
Y en loco exterminio dos veces cubrieron,
De ruinas y sangre la hispana Nación.
Cual aguas revueltas de inquieto océano,
Que en flujo y reflujo ya vienen, ya van,
El pueblo muslime y el pueblo cristiano
Se aprietan, se agitan, destrúyense en vano,
Mostrando en la lucha furor de titán.
Y pasan los lustros en brava pelea,
Y pasan los siglos en guerra sin fin;
Y estéril deplora crueldades Astrea,
Pues, viva en los pechos del odio la tea,
Ni cede el cristiano, ni cede el muslím.
Ya Palas en furias terribles estalla,
Cansada del vago guerrero vaivén;
Y a miles y miles de alárabes malla,
Que, fieros, dispuestos a fiera batalla,
Destruyan las huestes de Europa en Jaén.
¡No, no!; que Dios quiso, realzando su gloria,
Que aquel santo cielo, bendito, andaluz,
Cual sol que fulgure por siempre en la Historia,
Mostrara a los hombres, tras alta victoria,
Con bien para el mundo, triunfante la Cruz.
¡Así Dios castiga los pueblos sin alma,
Que al suelo, cual bestias, pegados están!
¡Así sus audaces proyectos ensalma!
¡Así da a los buenos del triunfo la palma,
De fe y de justicia premiando el afán!
Y muerta en las Navas la líbica fiera,
Deshechos los hijos del triste Ismael,
Ya puedo el Rey Santo vencer dondequiera;
Ya pudo en las torres la invicta bandera
Poner de la Alambra la invicta Isabel.
Las águilas luego de Carlos volaron,
Tomando atrevidas la altura del Sol:
Ganaron las tierras, los mares ganaron,
Y en todos los mares y tierras dejaron
El nombre de Cristo y el nombre español.
Mas ¡ay! Que al halago de tanta grandeza
O al peso rendida de tanto poder,
Sintiendo en las alas cansancio o flaqueza,
La reina del mundo la marcha empereza
Y cae de la altura con lento caer.
¡Cayó! Descompuestas sus alas al rudo
Rebote del cuerpo la roca al herir,
Exangüe, sin vida, volar ya no pudo;
Y, asida al brillante blasón de su escudo,
Pensando en sus glorias, sintiese morir.
Por todos los aires su aliento esparcido,
Su aliento aún llenaba la tierra y el mar.
¡Mirara la reina su cuerpo no herido,
Y viera su imperio doquier resurgido,
Y viérase el mundo de nuevo temblar!
Entonces, un hombre, de genio gigante
-decoro de Europa, de Europa terror-,
No sacio de tronos, concibe arrogante
Cargar con el orbe, potísimo Atlante,
Y hacerse del orbe divino señor.
Y artero ocultando sus ansias crueles
De inmensa grandeza, de mando sin fin,
Desata en España sus raudos corceles,
La frente ceñida de verdes laureles,
Con brillo ganados del Nilo hasta el Rin.
Mas no ha muerto España! Siquier descaecidas
Estén sus regiones, sus hijas estén,
Sus fuerzas heróicas, tan sólo dormidas,
De súbito surgen, en odio encendidas,
Y estrechan y hieren al Corso en Bailén.
¡El mundo ya es salvo! Por más que la guerra
Prosiga, ¡no importa! ¡La guerra acabó!
La herida del Corso no cura; le entierra!
¡Albricias a España!
Señora, mi tierra
Del nuevo tirano la muerte causó.
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Sus montes y llanos, cien veces al día,
De trenes veloces cruzados están;
Mas son como silfos centauros con guía,
Que al centro, o del centro, de la Andalucía
-latidos del mundo- retornan o van.
No allí miran nunca, pues nunca allí tienen
Motivos de excelsa divina ilusión;
Ni, avaros de goces, el paso contienen,
Halagos buscando que el pecho les llenen,
Con ondas felices, de dulce fruición.
¡Ignavia o desidia! Los montes riscosos,
Que fuertes guardaban antaño a Jaén,
Aún siguen guardando –perennes colosos-
Las fértiles lomas, los valles umbrosos,
Que hiciéronlo antaño bellísimo edén.
Florestas y bosques de fosca espesura,
Soberbios pinares, lejano el confín,
Aún orlan a Orcera, Cazorla y Segura;
Y capas de nieve, de hermosa blancura,
Recubren las cimas del alto Aznaitín.
Barrancos profundos, peñascos altivos,
Si aún cortan las sierras, al norte y al sud,
Al centro aún protegen –solemnes o esquivos-
Riquísimas cumbres de mansos olivos;
Riquísimas vegas de humilde quietud.
Y en todos los cerros, y en todos los llanos
-doquier que se quiere las minas buscar-,
La tierra aún descubre sus ricos arcanos
Y entrega a los hombres, con pródigas manos,
Filones sin cuento, riquezas sin par.
En verdes alcores o en riscas peladas
-las casas en muchos tendidas al pie-
Morunos castillos o torres aisladas
Refieren leyendas de edades pasadas;
Refieren historias de un tiempo que fue.
Y es fama que algunos, en noches bravías,
De vientos y lluvias al tétrico son,
Los tristes suspiros del dulce Macías,
Mezclados con ecos de tristes poesías,
Oyeron, al lado de algún torreón.
Al pie de uno destos castillos roqueros
-antigua realeza, presente orfandad-,
Contando aventuras, soñando en guerreros,
Y alzados –no rotos- los limpios aceros,
Descansa adormida mi heróica ciudad.
Descansa adormida; mas quiere y espera,
Clavados los ojos del Cerro en la Cruz
Y siendo la Cara de Dios su bandera,
Poder ser cien veces valiente cimera
Y airón de la gloria del pueblo andaluz.
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Señora: pues sois de la ínclita España
Quien luce las flores, orlada la sien,
Sufrid que os entregue, cogidos en maña,
La humilde violeta, la pálida extraña
Y el díctamo blando que os brinda Jaén.