PEDRO ORDÓÑEZ DE CEBALLOS Y SU VICTORIA SOBRE EL CACIQUE CAPIEn la imagen, retrato de época de Pedro Ordóñez de Ceballos, incluido en la "Historia de Jaén" que escribió y concluyó su amigo manchego Ximénez Patón.He vuelto los ojos a los libros de viaje. Será que por viajar poco, la salud de mi patriotismo está a buen seguro. No obstante, existe en todo hombre esa tendencia al viaje -que en su versión profana y democratizada es llamada "turismo". Me pasa, hasta cierto punto como a ese fingido cosmopolita de Königsberg -el nefasto ilustrado Inmanuel Kant- que, aunque jamás salió de su villorrio, siempre quiso estar al tanto de cómo vivían otros pueblos y cómo eran. Y sin salir de su pueblo, va Kant y escribe una "
Idea para una historia universal en sentido cosmopolita".
Buscando viajeros, voy y me encuentro con Pedro Ordóñez de Ceballos, de uno de sus parientes tuvimos ocasión de relatar aquí mismo, en Libro de Horas:
http://librodehorasyhoradelibros.blogspot.com/2008/07/aventuras-del-soldado-antonio-ordez.html
Recientemente se ha visto publicada una obra, a cargo de D. Raúl Manchón Gómez, cuyo título es "
Pedro Ordóñez de Ceballos. Vida y obra de un aventurero que dio vuelta y media al mundo", interesante estudio publicado por la Universidad de Jaén, que para quien no tenga -como yo tengo, por suerte- la obra de Pedro Ordóñez de Ceballos -estoy hablando de "
Viaje del mundo"- bien le hará el apaño para acercarse a una de esas biografías españolas que reconcilian a uno con sus compatriotas.
Pedro Ordóñez de Ceballos -a distinguir de Antonio, que era del que hablábamos en su día- escribió su "
Viaje del mundo" en 1614. Posiblemente nació allá por 1555 o 1557 y seguramente que en Jaén capital, bajo el techo de una familia hidalga de cristianos viejos. En esta Capital del Santo Reino vivió hasta los nueve años. Entonces fue cuando pasó a Sevilla bajo la tutela de un tío suyo que respondía al nombre de Alonso de Andrade de Avendaño. En Sevilla se criaba el mozo, aplicándose a los estudios, cuando cierto día paseando, pasaba bajo los balcones de una casa principal. A una señora casada que en uno de esos balcones estaba se le cayó un ramillete que tenía en la mano; Pedro Ordóñez de Ceballos se agachó a recogerlo y en eso estaba el de Jaén, cuando el marido lo vio alzando el ramillete. Aquel marido, celoso y atacado de cuernos, concibió por Pedro Ordóñez de Ceballos un odio homicida que le hubiera costado la vida al mocito, de no haber puesto tierra de por medio. Juró matarlo el esposo endemoniado, y no logró salirse de la suya gracias a los oficios de un criado de dicho señor que, enterado de sus planes de asesinar a Pedro, advirtió a éste para que tuviera precaución. Aquel criado, claro es, era de Jaén y por buen paisanaje así le salvó la vida.
Por esa razón fue por la que Ordóñez de Ceballos tuvo que hacer su hato, y abandonando la magnífica y noble ciudad de Sevilla, Puerto de las Indias al que arribaban los galeones preñados de riquezas exóticas, irse a recorrer mundo. Como viajero comercial, Ordóñez recorrió los mares en la flota de Cardona, conociendo las costas mediterráneas, las del Mar Negro y las del Azov. Rescató cautivos cristianos en Túnez y Marruecos, peregrinó a Tierra Santa, y en Roma incluso conoció al Papa Gregorio XIII. A punto estuvo de embarcarse con el hadario Don Sebastián de Portugal, para muy probablemente morir en Alcazarquivir. Pero se libró de aquel destino providencialmente. Y se embarcó en la flota de Diego Maldonado, para ir a las Indias. Varias veces estuvo en América. Su vida mercantil pasa a la soldadesca en un santiamén, como de la soldadesca -en su momento se verá- pasa al sacerdocio: este hombre, como lo vemos, fue completo, siéndolo todo: hasta padre cura y evangelizador. Antes de recibir las Órdenes Sagradas, todavía militar, encontramos una de las anécdotas más simpáticas de este personaje trotamundos de epopeya.
CONVERTIR A UN INDIO POR LOS TESTÍCULOSComisionado por el gobernador de Cartagena de Indias, Pedro Ordóñez de Ceballos tuvo que ir a aplacar una rebelión de indígenas -los indios taironas y caribes de Urabá y Caribana. Aquella insurrección se quiso resolver en un combate singular. Nos lo cuenta el mismo Pedro Ordóñez de Ceballos: "
Llegó allí cerca del real un indio todo embijado y a punto de guerra, dando voces con una banderilla de paz [...]
dijo que pasaría y pelearía conmigo y si lo venciese que serviría toda la tierra y si me venciese que se fuesen de ella todos los españoles". Pedro Ordóñez de Ceballo, el jefe de los españoles, combatiría con Capi, el cacique de los indios. Ximénez Patón nos contó la manera como zanjó el problema nuestro Ordóñez de Ceballos:
"
Comenzóse nueva batalla de lucha a brazo partido, procurando cada uno mostrar sus fuerzas anudándose con los brazos, forcejeando pecho a pecho con traspiés y zancadillas, solicitando cada uno la victoria y valiéndose cada uno de cuanto podía. Ordóñez le agarró a Capi de sus vergonzosas partes tirándoles dellas con su posible fuerza; le causó gravísimo dolor y sentimiento, de suerte que comenzó a dar voces con su lengua, y constó que en ellas se daba por vencido y pedía el frasco o mate de agua para que le batizase, confesando ser el poderoso y verdadero el Dios de los cristianos y sus ídolos, burlería. Salíale mucha sangre de las heridas antes recibidas; íbase enflaqueciendo y desmayando. Llegó el indio ladino con el agua y declaró lo que decía y pedía Capi. Ordóñez le estaba diciendo: "¡Ríndete o te mataré!", y él respondió, "yo me rindo. Déjame no me mates hasta haberme hecho cristiano, porque Dios me inspira con nuevos favores y auxilios. Lo que me importa es serlo para vivir en la gloria que confieso ser vuestra religión católica la verdadera y sin mezcla de engaño, ni falsedad: ¡bautízame, bautízame!"." ("
Historia de la antigua y continuada nobleza de la ciudad de Jaén", compuesta e iniciada por D. Pedro Ordóñez de Ceballos y concluida por Bartolomé Ximémez Patón, 1628.)
Será el mismo Ceballos quien nos diga cuánto duró la ordalía aquélla: "
duró desde la mañana hasta ponerse el sol", y también hará él mismo el elenco de cómo quedaron los dos contendientes en cuanto a magulladuras y heridas, tras la reñida pelea:
"...
y hasta los dientes pelearon, pues de dos bocados le tronché un dedo y le saqué un pedazo de carrillo, y cayendo ambos a tierra, le cogí las partes inferiores con tanta furia, que se rindió. Saqué nueve heridas; la mayor fue un macanazo en un hombro, que no podía levantar el brazo, y el cacique tenía cinco heridas".
En definitiva, el español concluye que fue tan atroz aquella pelea con el indio Capi que: "
quedamos tales [el indio y Ceballos]
que pensaron muriéramos".
Algunos envidiosos y fementidos acusaron a Ceballos, una vez regresado a Jaén, de ser muy fantástico en el relato de sus andanzas. Tendríamos así a una especie de Barón de Münchhausen. Pero lo cierto es que existen documentos oficiales que refrendan las hazañas contadas por Ceballos en sus libros; como bien apunta la autoridad de D. Raúl Manchón Gómez, especialista en Ceballos, hay documentos, como el expedido en la Audiencia de Quito que: "
contiene los servicios que Ceballos prestó a la corona durante su etapa en América, servicios que, a grandes rasgos, concuerdan con los que aparecen en el relato del Viaje". Ceballos no sufría una fantasía desquiciada, no mentía: vivió lo que nos contó.
REFLEXIÓNQuería traer a colación esta aventura de Ordóñez de Ceballos, referida tanto por Ximénez Patón como por el mismo protagonista de la dicha; y muy bien traída al caso en el libro de D. Raúl Manchón Gómez. Pero no es la única proeza de este viajador y aventurero de Jaén. Como Alonso de Contreras y tantos otros, Pedro Ordóñez de Ceballos "
vivió peligrosamente", más de lo que podía imaginar el sedentario megalomaníaco F. W. Nietzsche. Muchas de esas vidas, la de soldados y otros esforzados varones de los Siglos de Oro españoles no fueron escritas, y fue una lástima que sus protagonistas no tuvieran el acuerdo que tuvieron tanto el madrileño Contreras como el jaenés Ordóñez de Ceballos. Son, para el lector contemporáneo, un remanso en el trajín de una vida prosaica, como la que todos llevamos; también una fuente inagotable de risas, por las anécdotas tan bravas que cuentan estos viejos aventureros. Y, sin ninguna duda, el testimonio de nuestros antepasados en aquellos siglos espléndidos en que fuimos los dueños del mundo. Puede ser que, después de esas centurias en que los españoles tanto dimos de nosotros en una exuberancia vital que ya quisiera el "
superhombre" nietzscheano, tal vez, nos extenuáramos; y como dijera el malaventurado escritor francés Pierre Drieu La Rochelle:
"
He aquí un pueblo llegado a su madurez, que sabe que ha cumplido su parte, su parte terrestre, su parte humana. Este pueblo deja de ser humano: unos parten hacia lo espiritual sin retorno, los otros regresan al animal".
Pero yo recuerdo que, aunque muchos partieron a los conventos y otros se hundieron en lo zoológico, nuestros antepasados españoles pelearon contra Napoleón, contra los yanquis en 1898 y contra los moros en el Rif... Malo fue que peleáramos entre nosotros -durante las guerras carlistas y durante 1936-1939- por culpa de demagogos miserables y enemigos en la sombra que, desde que fueron expulsados por los Reyes Católicos, juraron odio eterno a España.
Pedro Ordóñez de Ceballos fue uno de esos españoles que vivieron peligrosamente. Y no será esta anécdota de Capi la única que contaremos aquí, pues darlo a conocer siempre será un servicio a España y un placer para nosotros al pensar que entusiasme a quienes nos leen. A Raúl Manchón Gómez hay que agradecerle también, nobleza obliga, que con este libro nos lo haya traído a la memoria y nos haya presentado la vida de un giennense que merece el homenaje de todos sus paisanos.
Seguiremos viajando en los libros de Pedro Ordóñez de Ceballos.