De izquierda a derecha: Don Antonio Almendros Aguilar (de perfil), Don José del Prado y Palacio (en el centro) y Don Antonio Grilo (a la derecha), en un retrato de amistad.El retrato está dedicado al Marqués de Villalta, D. Antonio Fernández de Villalta, que fue suegro de D. José del Prado y Palacio que fue alcalde de Madrid y Ministro de la Restauración. Dicho retrato está publicado en el blog PARA LA LIBRERÍA DE DON LOPE
UN POEMA DE ALMENDROS AGUILAR... DE LA TIERRA DEL RONQUÍO
Citábamos ayer al poeta de Jaén, D. Antonio Almendros Aguilar. Poeta nacido en Jódar (antigua Galduria, en el Reino de Jaén, el año 1825 y muerto el año 1904 en Jaén capital). Fue un hombre de ideas liberales -opuestas a las nuestras, por lo tanto-, pero en aquel tiempo hasta un liberal era patriota, comparados con los de hoy. Poeta de sentimientos cristianos, nunca renunció al catolicismo -aunque fue amigo del masón Sagasta; su arraigo a la tierra natal del Santo Reino lo preservó de las modas corruptoras y, por eso mismo, su poesía todavía perdura con la garantía de la sangre y el suelo. Su Musa está entrañada en la tradición local, y viste manto de Pastira.
Queríamos tributarle un homenaje desde LIBRO DE HORAS, y lo hacemos redescubriendo para nuestros lectores un poema suyo, publicado en 1868 con otros de parecido jaez: son leyendas populares de Jaén que el Maestro recogió, dándolas a la estampa en el periódico FLOR DE LA INFANCIA y bajo el título "Cuentos de abuela".
En la que a la presente publicamos, Almendros Aguilar vendría a dar cuenta de la leyenda por la que a este Santo Reino de Jaén se le llama también la Tierra del Ronquío. El poema, de una sencillez admirable, reproduce una estampa hogareña. Unos nietos incordian a su abuela, pidiéndole que les narre un cuento. Y así dice el poeta:
"-¡Un cuento, abuela!
-A callar,
que estoy rezando, no hay cuento...
Bastián, deja esas tenazas
que vas a quemar a Pedro.
¡Ahora tú con los tizones!
¿Hay muchacho más travieso...?
Mariquilla, que te abrasas,
recoge ese zagalejo.
-¡Un cuento!
-¡Déjame en paz!
¿No oís cómo ronca el viento...?
¡Jesús, qué Jaén! Las tejas
andan bailando el bolero
y suenan de San Francisco
las campanas sin el lego.
-Abuela, ¿caerá la casa?
-Dios no querrá... "Padre nuestro,
que estás..."
-Un cuento, abuelita,
que nos morimos de sueño.
-¡Vaya...! ¿Lo queréis de risa...?
-Sí, sí, de risa...
-¡De miedo!
-Bien, del tiempo de los moros.
Venid más cerca y silencio.
Era San Fernando un rey
de hace muchísimo tiempo,
que ganó a Jaén del moro
y dejó cristianos dentro.
Cada noche, los cristianos
de San Cristóbal al cerro
enviaban diez o doce,
o soldados o labriegos,
con ballestas, que velaran
de los otros el sosiego.
Les tocó a diez campesinos
una noche de febrero
que todo el día, escardando,
trabajaron en el ruedo.
Apenas allí tumbados,
cátate que te llega el sueño;
del cansancio, y por los ojos,
se mete, y cierra por dentro,
Uno, que tardó en dormirse
y el peligro vio más cuerdo,
dijo: "No quiero mañana
despertarme sin pescuezo."
¿Y qué va y hace?: sentado
y con cada ojazo abierto
como el del Puente de Tablas
exclama: "Yo no me duermo".
Y a contar se pone estrellas
como si tuvieran cuento,
con una cara de bruto
que daba lástima verlo.
A poco, empiezan sus párpardos
en la mejilla a dar besos,
echa el codo en un tomillo,
acomoda bien el cuerpo,
y, a diez pasos de los otros,
resiste, cede, hace gestos,
juzga que no hay en el mundo
un moro para un remedio,
y, en las estrellas pensando,
se queda el pobre durmiendo.
Acostumbrado a roncar
con más pulmón que un becerro,
mientras duerme empieza el órgano
a sonar los pitos recios.
Subiendo de callandita
van los moros por el cerro,
arrastrando, cual lagartos
con la cabeza en acecho.
¡Ay de la guardia dormida,
Virgen Santa del Consuelo!
-¿Los mataron, abuelita...?
-Ya estaban cerca los perros
cuando Dios puso un ronquido
del avanzado en el pecho,
que le saltó por la boca
con el ruido de un trueno.
Se alzan los nueve azorados,
sacan al aire los hierros,
ven que moros se levantan
y van, cual tigres, a ellos
echándolos por el repecho,
dejando a muchos tendidos
de la cumbre en los senderos.
Despierta el de las estrellas
de la embestida al estrépito
y ayuda, que no era manco,
a sus bravos compañeros.
De aquí nació la costumbre
proverbial de que, en oyendo
un disparate o palabra
que merezca menosprecio,
o, como quien dice, "Vaya,
¿pues qué, yo me mamo el dedo?",
al "sursum corda" le ronque,
en nuestro Jaén, el pueblo.
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