jueves 28 de enero de 2010

EL OBISPO CARLISTA DE JAÉN

D. Antolín Monescillo Viso

DON ANTOLÍN MONESCILLO, PAN Y CATECISMO


Recientemente, visitando a un viejo amigo en su vetusta casona de escudos a la puerta y rancios muebles, quiso la Providencia que mi anfitrión me mostrara un diploma de indulgencias que, según él, encontró el otro día en el trastero. Me lo ofreció, preguntándome por el contenido de aquel documento. Vi el escudo del Obispo Monescillo, y pude leer que, en efecto, dicho Obispo había otorgado aquel diploma que, pese al tiempo, se conservaba elegantemente enmarcado. La incuria no ha podido afectarle y desde 1870 y tantos -no me acuerdo ahora del año exacto- aquel papel tras el cristal sigue ahí ofreciendo sus indulgencias y bendiciones.

Según se lee en el documento, D. Antolín Monescillo y Viso, Obispo de Jaén desde 1865 hasta 1877, era quien lo había concedido, otorgando indulgencias a quien rezara un Ave María, Rosario, etcétera ante la imagen de la Virgen del Carmen que en casa de mi amigo todavía está.

-¿Y quién es éste Obispo? -me preguntó el propietario de aquella reliquia documental.

-Pues uno de los míos, el Obispo Carlista de Jaén.

Nació D. Antolín Monescillo en Corral de Calatrava (Ciudad Real) el 2 de septiembre de 1811. Y vino a nacer en hogar humilde, cuyo cabeza de familia era labriego. Pero Antolín no seguirá los pasos del padre, pues pronto se despiertó en él la mucha afición por los libros. Estudia Latín con el dómine de su pueblo, y éste lo recomienda al deán de Toledo que, a su vez, era hijo nativo de Corral de Calatrava. Así funcionaban las cosas, cuando los paisanos se ayudaban por serlo: hoy se pisan por lo mismo. Los pobres siempre tuvieron ocasión de escalar a las más altas dignidades, si estaban dotados para los estudios, aplicándose a ellos haciendo carrera eclesiástica.

Fue, en lo manchego, un Don Quijote del Carlismo.

D. Antolín fue preconizado Obispo de Calahorra y la Calzada en el año 1861, y en 1865 se le promueve a la Diócesis de Jaén. Y aquí, en Jaén, desarrollará su labor apostólica como Obispo que no cesó de propagar la Santa Fe frente a todas las herejías y errores de la época que le tocó vivir. No es mi propósito escribir su biografía, llena de radiantes intervenciones públicas allí donde Dios lo puso. Después de estar en Roma, es nombrado Senador por Vizcaya en 1871, entendiendo que Dios le encomienda el enaltecimiento del tetralema sagrado de la Santa Tradición: Dios, Patria, Rey y Fueros. Abandonará Jaén en 1877, promovido a la dignidad de Arzobispo de Valencia, siéndolo de Valencia hasta 1892. En 1892 aquel hijo de labrador manchego y leal servidor de la Santa Causa será promovido al Cardenalato, siendo Cardenal Arzobispo de Valencia y Primado de España. En Toledo entregará su alma a Dios, año del Señor de 1897.

En D. Antolín Monescillo podemos ver de qué modo tan sublime Dios hace Príncipes de su Santa Iglesia a los hijos de los más modestos pobres de Cristo. Suyo, de Monescillo, fue aquel lema de "Pan y Catecismo"; eslogan que acuñó Monescillo en clara competencia con el "Despensa y Escuela" de los regeneracionistas extranjerizantes; esos que, so capa de progreso, metían en la Escuela: el ateísmo y, en la Despensa: al diablo.

Su paso por Jaén tuvo grandes repercusiones. Los carlistas jaeneros pudieron sentirse amparados por aquel Obispo robusto y fuerte, de brillante oratoria y grandes capacidades intelectuales. Fue una época espléndida para el carlismo en el Reino de Jaén.

En aquel entonces, en los convulsos años del Sexenio Revolucionario, eran diputados carlistas el Cardenal Arzobispo de Santiago de Compostela (D. Miguel García Cuesta), el canónigo de Vitoria (D. Vicente Manterola) y el Obispo de Jaén, D. Antolín Monescillo: triunviros inexpugnables de la Tradición, trío de torreones de la Santa Religión y baluartes firmes de la Santa Causa del Rey Carlos VII.

Capilla ardiente de D. Antolín Monescillo

Mi amigo, ante la sucinta semblanza que le tracé de aquel Obispo de Jaén del siglo XIX, miró el diploma de indulgencias y dijo:

-Un hombre santo...

-No cabe duda. Un Príncipe de la Iglesia y un defensor de Cristo Rey -contesté. Pero también tenía su punto de socarronería, muy manchegazo su humor, como propio del Sancho Panza que era. Cuando se proclamó la I República, encontróse D. Antolín con el poeta liberal de Jaén, el gran D. Antonio Almendros Aguilar y el Obispo le dijo al poeta: "Habéis traído la República para el pueblo; sólo falta traer el pueblo para la República".

-No entiendo -dijo mi amigo.

Mi amigo es hombre muy poco amigo de la Historia y, por eso mismo -supongo- más torpe todavía en sus filias y filiación políticas. Tuve que explicárselo:

-Hasta tal punto la "República" era una flor extraña para los españoles, que el Obispo de Jaén podía embromar a un liberal, como diciéndole: hagan lo que hagan, ustedes no convencerán.

-¡Por supuesto! -exclamó mi amigo- Como D. Juan Carlos I de Borbón no hay nadie. Nada de Repúblicas, nada de Repúblicas.

Devolví el diploma de indulgencias y me dije a mí mismo: "No ha entendido nada... Pero, en fin, que Monseñor Monescillo lo ilumine".

-Bueno -corté a mi amigo, para que no dijera más tonterías-, anda: recémosle un Ave María a Nuestra Señora del Carmen.

-Sí. Las indulgencias no caducan.

Rezamos el Ave María. Y tengo que decir que se lo ofrecí a la Virgen del Carmen, teniendo muy presente a D. Antolín Monescillo y pidiéndole su intercesión para que Dios derrame sobre el clero español cuanto precise éste para ser tan íntegro -e integrista- como lo fue D. Antolín.