
La orquesta estaba ahí. Siempre lo ha estado y lo seguirá estando. Como sombreros mudos estaban los tejados con sus tejas; enmudecidas permanecían las rasas azoteas; los canalones estaban vacíos cual los cañones en paz; las aceras y calzadas de las rúas eran el laberinto de imaginarios forasteros; las avenidas, unos desolados fosos de las azoteas más altaneras; y ni los gatos maullaban por los callejones, desamparados del alumbrado público; también los contenedores de basura querían cantar, pero apenas apestaban, bien tapados y estaban callados. Todo a punto de comenzar.
Y entonces, sin que nos diéramos cuenta, la noche había puesto el silencio. Pronto se adivinó para qué finalidad telúrica lo establecía: así fue como percutieron mejor los goterones pulsátiles, el copioso enjambre vertical de gotas que descarga el aguacero pertinaz. Granizar... pudiera. Nevar... tal vez, pero con más frío. Empero no fue la nevada, ni el granizo graznó. Hubo en aquella noche, esta noche misma, sinfonía minimalista. De percusión primitiva. De cobertura universal. Ametralladora bien municionada.
Sobre todas las superficies, sobre los cilindros de los depósitos de agua, sobre las aristas, sobre los tejados, sobre los planos inclinados, rozando las antenas de televisión, ladeando los cables de los pájaros funambulistas ausentes, y dando en las chimeneas... Todo eso y hasta lo que me dejé en las teclas, pues no me acordé de ello, se cubrió de un manto de agua.
La lluvia que arrecia hasta el clímax fue. La lluvia que, de su apoteosis, desfallecía amainando a intervalos, amagando retirada, y luego volvía valiente a la carga para redoblar, al cabo, con más intensidad, en su indiferente insistencia inundatoria.
Suena el toc toc pluvioso, y luego es el glu glu que va promiscuo por el curso de los albañales. Los caños, el agua.
Horas mágicas. Soy su testigo. Pero, después de las bodas, dejemos a los novios -el Agua del Cielo y la Tierra recipiente-, dejemos a los enamorados que se digan sus amores, sin entorpecerlos. Hay cosas íntimas que tiene que decirle el Cielo a la Tierra. Y cualquier mirada es indiscreta. Himeneo se quiere quedar.
¿Y tú, dónde estás?
Aunque estuviera a la intemperie, estoy en mi interior, ceñido por muralla de piedra numantina; la pátina que dejó la sangre celtíbera sobre el granito peninsular esmalta mi cerco murado. Mis murallas las describió Platón, cuando habló de Atlántida (hoy España), y Santa Teresa de Jesús en su Castillo Interior. Cuando cae cualquier hora siniestra, un pájaro aletea dentro. "Amas todo lo que es de Dios... España" -¿lo dice el pájaro? Sí. Amo todo lo digno de ser amado: la Santa Religión (con Misa versus Deo), nuestro Imperio y sus Siglos de Oro. Y todo lo que está por amar: nuestro Imperio, y la descendencia que salvaremos de los carniceros. Y amo a la Mujer, firme y fuerte, portadora de nuestra sangre, inviolable y sin contaminar.
Aunque estuviera lejos de mi centro, por descentrado que estuviere, discurriendo tomaré la espiral centrípeta. Llegaré, con la ayuda de Dios, al ápice de la voluntad. Allí donde todo es fruición por lo visible sin desear infernalmente, fruición anticipatoria de la que no tendrá fin.
Me voy a rezar el Santo Rosario: ¿Quién lo quiere rezar conmigo?
Lluvia. Himeneo. Unión en la oración.
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