miércoles, 6 de enero de 2010

GÉRMENES DE LA REVOLUCIÓN

Choderlos de Laclos
"¿Acaso no se ha percatado aún de que el placer, que en efecto es el único móvil del encuentro de los dos sexos, no basta, sin embargo, para formar una unión entre ellos? ¿Y de que si es verdad que viene precedido por el deseo, el cual acerca, no por ello va menos seguido de la saciedad, la cual repele? Es una ley de la naturaleza que sólo el amor puede cambiar."
De la Marquesa de Merteuil al Vizconde de Valmont, 6 de noviembre de 17... "Las amistades peligrosas", Piere-Ambroise François Choderlos de Laclos (1741-1803).

En las vísperas de la Revolución de 1789 buena parte de la aristocracia francesa se dedicaba al cortejo, se empleaba a fondo en la seducción ilícita, se extraviaba en el adulterio y el libertinaje sexual. Fueron llamados "libertinos". Eran hedonistas de peluca y rapé, descuidados de otra cosa que no fueran los tantos que se apuntaban en sus conquistas eróticas; como el crapuloso Vizconde de Valmont o la maquiavélica ramera de la Marquesa de Merteuil.

Pero, como bien dijera William Blake: "El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría". Y hasta la Marquesa de Merteuil pudo escribir esta verdad: "el placer, que en efecto es el único móvil del encuentro de los dos sexos, no basta, sin embargo, para formar una unión entre ellos". El libertino o la libertina pueden acumular todas las experiencias sexuales que quieran, pero en lo más íntimo se sabe solo; pues el amor no es eso -el sexo- con lo que juegan él o ella. A William Blake se le olvidó que el palacio de la sabiduría es el palacio más frío y desangelado, y la sabiduría del vicioso la más inútil de las sabidurías, si el vicioso no cambia. La Revolución empieza su subversión en la sensibilidad, enfermando la voluntad y obnubilando la inteligencia.

Desde los inicios del siglo XVIII San Luis María Grignion de Montfort denunciaba la inmoralidad. En 1705, estando el santo en Poitiers, las autoridades eclesiásticas contemporizadoras interrumpieron los "autos de fe" que Luis María Grignion animaba. Se le negó el uso de órdenes en casi todas las diócesis de Francia. Seis años antes de subir al cielo, el mismo Rey Cristianísimo (sí, suena a sarcasmo) Luis XIV ordenó destruir el Calvario que había erigido San Luis María en Pont-Château.

Los enemigos del santo bretón fueron siempre los extremos: por el lado del extremo del vicio, los mundanos libertinos, y, por el extremo del rigorismo, los jansenistas. Fue el primero en denunciar los gérmenes de la descomposición moral que sufría Francia. Anunció la convulsión revolucionaria que en 1789 tendría lugar. La aristocracia voluptuosa, revolcada en el lujo y la lujuria, fue guillotinada.

Como profeta fue perseguido. Como profeta se cumplieron sus vaticinios.

2 comentarios:

Coronel Kurtz dijo...

Muy buena entrada.

Creo que la gran diferencia entre esos tiempos y los nuestros es que aún estaban abiertos al arrepentimiento y la conversión. Ni no recuerdo mal, el profesor Canals cuenta en "Mundo histórico y Reino de Dios" acerca de la conmovedora recepción de Luisa de la Vallière, una de las "queridas" de Luis XIV, en el Carmelo con toda la Corte francesa presente en actitud de compunción y con durísima homilía de Bossuet incluída.

Maestro Gelimer dijo...

Gracias Coronel Kurtz:

Estoy de acuerdo: en nuestra época las puertas de la conversión se han hecho más estrechas por el indiferentismo y por la tibieza de los pecadores, que pecan como quien masca un chicle.

El hombre contemporáneo parece haber suprimido la noción de pecado. Pero, como muchas cosas, por mucho que se quiera, el pecado está ahí.

Gracias por su apunte histórico, recordando la conversión de Luisa de la Vallière, y a nuestro reverenciado profesor Canals.

Un saludo.