
Gustavo Adolfo Bécquer
De la lánguida nostalgia de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) quedan sus "Rimas", y sus leyendas inolvidables para quien las ha leído. "El monte de las Ánimas" o "Maese Pérez, el organista"... Y tantas otras que sería prolijo enunciar. Menos conocido es su epistolario, "Desde mi celda". En 1864 Bécquer se retiró del mundanal ruido, cobijándose bajo la techumbre del Monasterio de Santa María de Veruela. Amén de las cartas, allí compuso algunas de sus rimas y leyendas, albergado en la hospedería de aquel antiguo cenobio.DE TURISTAS Y VIAJEROS, DE ESCRITORES Y TESOROS
En el valle de Veruela (antiguamente llamado valle de Berola), comarca del Somontano del Moncayo, era el año de gracia de 1145 cuando doña Teresa Kaixal, madre de don Pedro de Atarés, señor de Borja, donó una propiedad para que en ella los monjes cistercienses de Nienzebas (Francia) levantaran un monasterio. De esa forma fue como se instaló un enclave más del Císter en Aragón.
Con el decreto de Desamortización del ministro judaico Álvarez Mendizábal en 1835, el monasterio hubo de ser abandonado por sus habitantes exclaustrados. Era 1835, y Veruela, su monasterio, era pasto del pillaje, parada de carromatos zíngaros y punto de encuentro de contrabandistas. En 1849, el nuevo propietario del monasterio de Veruela que lo adquirió pagándole al Estado de Ocupación liberal, abrió una hospedería, habilitando las celdas monacales como habitaciones para aquellos que las alquilaban. A partir de ese año, Veruela se convirtió en un lugar para vacacionar. Eran los primeros pasos del turismo interior, a costa de los antiquísimos inmuebles otrora eclesiásticos. La burguesía corrió presto a profanar lo que habían sido aquellos espacios sagrados. Y allí donde la contemplación y la ascesis cenobítica elevaba a los monjes por la vía estrecha a Dios, con disciplinas, cilicios, ayunos y oración... Ahora la burguesía se solazaba, ajena a las peripecias espirituales de sus antiguos moradores. Pero, aquellos burgueses hoy podrían parecernos hasta civilizados, pues la peor de las barbaries estaba por llegar. Quedaba por venir lo peor: la crasa chabacanería del turismo de los siglos XX y XXI.
Tras los pasos de los cistercienses, y siguiendo la pista a Bécquer, estuvimos nosotros allí, ha unos meses. A Veruela llegamos, y contemplando aquellos hermosos parajes, el corazón se nos encogió por tanta destrucción. Fue una ruta por libre, visitando Monasterios de Aragón: habíamos estado también en el Monasterio de Piedra, que durante el siglo XIX corrió pareja suerte a la del de Veruela. ¿Es esto progreso? Lo que fue habitáculo de hombres que, generación tras generación, vivían con los ojos puestos en Dios, construyendo monumentales edificios a la gloria del Señor, hoy están convertidos en parajes naturales. El progreso, como dice un buen amigo mío, es ese extraño movimiento -continuo y constante- que nos precipita a la pre-historia, allí donde correrán las aguas torrenciales, sin cantos gregorianos que las ensalcen en su curso a Dios.
Paseando por Veruela, lo que son las cosas: tuvimos amago de bronca con una guía turística. La razón fue muy sencilla. No es la primera vez que chocamos con individuos cortados a la tijera de la época que nos ha tocado vivir: el democretinismo desinformado.
Esta señorita acompañaba a una excursión de jóvenes, relatándole a aquella muchachada la historia oficialista. Ante ciertos dislates históricos, nosotros tuvimos que terciar, interrumpiendo con educación, para añadir que aquellos monasterios habían sido vilmente robados por chusma desertora del ghetto, como era aquel ministro de la banca Rothschild, el infame Alvárez Mendizábal.
Sorpresa del auditorio ante nuestra intervención espontánea. La señorita que ciceroneaba llevando la voz cantante no tenía ni idea de quién era Alvárez Mendizábal. Y nosotros quisimos, con toda cortesía y educación, explicárselo a ella y a los allí presentes. Pero la soberbia de los ignorantes es de tal magnitud que se resiste a la información. Aquella agente turística tenía aprendido su discurso. Sacarla de aquel guión fue considerado por ella como una intromisión intolerable. Fue por ello que, con petulancia descomunal, rechazó nuestro apunte mandándonos callar no sin grosería, y muchas cajas destempladas. Y esta es nuestra venganza blanca.
Ante aquel alarde de ignorancia pagada de sí, nosotros consideramos la alternativa de enmudecer o mandarla al cuerno. Pero, siguiendo el consejo evangélico -"No eches perlas a los marranos"- optamos por lo primero. Guardándonos a la postre un dato que, obviamente, desconocía aquella profesional "turística".
¿Qué era lo que Gustavo Adolfo Bécquer había ido a buscar al monasterio de Veruela?
Después de meses de aquel encontronazo tan ingrato, hoy lo decimos aquí.
Bécquer, pobre como buen escritor, había ido al monasterio de Veruela a buscar un tesoro. Un tesoro contante y sonante, oiga usted, que no es imagen metafórica y poética. Bécquer estaba con el agua al cuello, y pensó que en Veruela hallaría, ignoramos por qué motivo, la solución a su precariedad económica.
A esta curiosidad alude, sin entrar en mayores pormenores, el periodista Juan López Núñez en un escrito publicado por el mes de enero de 1915, cuando compara biográficamente a Gustavo Adolfo Bécquer con el novelista francés Honoré de Balzac:
"Pero porque no parezcan mis palabras alusiones a la coincidencia, ya apuntada por mí en "El Liberal", de Bécquer con aquél escritor [Balzac], y de Valle-Inclán con ambos, guardo silencio, ¡Buscador de minas! Balzac, queriendo explotar antiguas minas de plata; Bécquer buscando un tesoro en el monasterio de Veruela [...] son el triste símbolo de una profesión ingrata siempre..."Pero, ¿para qué insistir?
Las guías turísticas saben más que los que leemos. Hoy quien no sabe, es porque no quiere; que para eso está la wikipedia. Los libros, mejor no tocarlos... Entra sueño tocarlos. Abandonamos la Era de Johannes Gutenberg por la Era de Bill Gates: Todo está en internet -se dicen nuestros contemporáneos. Y, ciertamente, para el humano-masa la cultura internáutica es la horma de su zapato. Pues siempre habrá gentes que serán eso, y no pasarán de ahí: turistas por la geografía o por internet, impotentes para la vida real, refugiados en su cápsula blindada. Nunca viajeros, nunca aventureros.
Incapaces de profundizar más allá de lo que tienen frente a los ojos, viven en la superficie con temor a bucear. Refractarios a la información histórica, prefieren instalarse cómodamente en los folletines para turistas. Impermeables para el sentido de las cosas, se conforman con ver, sin mirar; con oír, sin escuchar; con existir, sin vivir. Son los mismos que prefieren las sombras por conocer a las personas conocidas. Son: eso. Harta desgracia tienen.
¡Allá ellos!
Ahora pienso en Bécquer. Bécquer, tuberculoso Bécquer. Bécquer, estampa sevillana de romanticismo. Bécquer, herido de muerte a plazos... Bécquer, amando solitario por los callejones, como una fantasma entre dos candiles. Bécquer, en su celda de Veruela. Con su sensibilidad a flor de piel, Bécquer y los "invisibles átomos del aire". Mi estimado Bécquer, con su tintero a mano, y los pliegos en blanco, aguardando recibir del corazón que las emite las palabras concertadas, fruto de la imaginación portentosa de quien sabía mirar, escuchar, palpar, oler, gustar... De quien nunca fue turista, sino viajero por España. El mismo que emprendía la locura de buscar un tesoro de monedas de oro en un monasterio de la Edad Espléndida. Bécquer.
Bécquer, buscando un tesoro en el monasterio de Veruela.
Mientras buscamos el tesoro, cuánto no habremos aprendido. No importa no haberlo encontrado -diríamos-, lo que importa es buscarlo mientras el cuerpo, el cuerpo, nos haga sombra.
Y que se queden mirando nuestra sombra aquéllos que vivan en las sombras.

2 comentarios:
estimado señor
con gran placer he leido esta última entrada; hace no más de dos semanas que he descubierto como por casualidad su blog, y desde entonces se ha convertido para mi en casi un ritual visitarlo a diario en busca de textos como el anterior.
ánimo¡¡ amigo mio, los tiempos son malos, pero todos han estado están y estarán siempre en las manos de Dios
Muchas gracias, el Quijote. Son palabras de aliento que verdaderamente se agradecen.
Reciba un cordial saludo en Cristo.
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