
EL ÁRBOL GENEALÓGICO COMO INSTRUMENTO PEDAGÓGICO CONTRA EL EGOÍSMO DE LOS NIÑOS
Desconfío tanto de los sociólogos como de los psicólogos. Pero Christopher Lasch (1932-1994) siempre me ha ofrecido en los libros que he llegado a leer de él unos análisis tan espléndidos que me parece recomendable su lectura.
En 1975 publicó "La cultura del narcisismo" describiendo a la cultura occidental (concedámosle el título de "cultura" por no llamarla de peor modo) como una cultura obsesionada con vivir el presente, egoísta y olvidadiza tanto para con las generaciones pasadas como para con las futuras. En esa obra Lasch denunciaba que se estaba perdiendo el sentimiento de la continuidad histórica, el de pertenencia a una cadena de generaciones -la familia- que tendría que proyectarse al futuro. Pienso que, otra vez, como en tantas otras de sus obras, Lasch muestra ese don que tuvo para detectar los problemas del mundo contemporáneo.
Y pienso al pie de ese libro que las familias en crisis son aquellas en las que no se fomenta la unión espiritual con los antepasados y el gozo anticipado de los que están por venir, frutos del amor bendecido por Dios: los descendientes.
La solución a esa crisis familiar, tan exagerada intencionadamente con el propósito de dar curso normal a lo anormal, no puede estar en otra parte que en el correctivo adecuado a esa amnesia. Fomentando en el seno de la familia el reverente recuerdo de los antepasados es como se criarán hijos que rindan veneración a sus mayores. Es la mejor pedagogía para corregir el egoísmo, la de hacerles entender que ellos son un eslabón más en una cadena que se pierde en la noche de los tiempos. Esa cadena es la de la familia a la que pertenecen que no sólo es la presente, sino la pasada -la que fue- y la futura -aquella que será en los que están por venir y de quienes los presentes y actuales serán antepasados.
No son pocos los que, en este panorama desolador que nos procura el mundo contemporáneo (desarraigo y, consecuentemente, soledad, sobre todo), sienten una curiosidad por sus orígenes que deriva no pocas veces en afición genealógica. Si esos superan el frenesí de saber quiénes fueron sus antepasados por simple curiosidad, si su afán genealogista se convierte en algo que va más allá de una mera curiosidad como cualquier otra, si hacen participar a los más jóvenes de su familia de los hallazgos que les reporte la investigación genealogista, se estará en el camino adecuado de poder enseñar a los más jóvenes de la familia que no son seres aislados, que no sólo son sujetos de derechos, sino seres que forman una sucesión en el tiempo, conscientes de su estirpe y de pertenecer a una comunidad histórica que no se agota en el presente: sujetos a obligaciones también, entre la que no es una nimiedad la obligación de perpetuarse, para hacer inextinguible la herencia de la Sangre y la Tradición.
Muy útil se muestra en este sentido, recuperar algunas viejas costumbres que no tienen que ser exclusivamente propias de la aristocracia:
El mejor regalo que se le puede hacer a alguien, si no lo tiene, es su árbol genealógico; lo más detallado posible, con datos históricos y fechas que encuadren a cada uno de los ancestros cuyos nombres forman parte de ese milagro que es una familia.
La conservación de retratos de antepasados es algo que también merece nuestra atención. En caso de no disponerse de estos retratos, conviene investigar entre otros parientes si se ha dado la feliz casualidad de que alguno, más mirado con estas cosas, los haya guardado. En ese caso, se impone la copia. Sin embargo, el álbum fotográfico conviene que no figure como un cachivache entre los muebles. Los retratos más antiguos compensa tenerlos a la vista, en lugares nobles de la casa, a la vista de todos. En las casas en que se pueda, se podría hacer lo que hizo mi tío abuelo que tenía reservada una habitación para eso mismo. Era como un templo doméstico en que estaban los retratos de nuestros antepasados. Aquel cuarto se llamaba la Sala de la Tradición. Después he podido ver que en otras casas de tradicionalistas de Sevilla, por ejemplo, todavía se tiene estas habitaciones tan reconfortantes para el espíritu y para la educación de los más jóvenes.
La familia, he dicho más arriba, es un milagro de Dios. Por eso mismo es necesario que se aliente y fomente un sentido más amplio de familia que el modelo de "familia nuclear" de aquí y ahora. Iluminar a la familia del presente con el conocimiento de la familia del pasado de la que se desciende... Iluminar la familia del futuro con lo que atesore y entregue la familia del presente. Una única y misma familia que avanza por este mundo, generación a generación, y que siempre tiene presente a los que ya no están en esta tierra, con la fe firme de que los ancestros se cuidan de sus descendientes merced a la Comunión de los Santos.
2 comentarios:
Bufff... todo eso está muy bien, maestro. Pero no todos tenemos una familia "de foto".
Mis hijos aprendieron de memoria sus 8 "primeros" apellidos desde pequeñines, y tienen bastante claros muchos datos geo-históricos de sus ancestros. Sin embargo, la curricula no es para tirar cohetes, precisamente.
Lo poquito que se pueda, pero que sea así.
Por desgracia, en el largo camino de la Historia, se han perdido muchas cosas: retratos, objetos personales (reliquias familiares), pero lo poco que haya hay que conservarlo y "entregarlo" -que eso significa "traditio": entrega.
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