È BEN TROVATO: LAS ESTRATAGEMAS MENTIROSAS DE LA REVOLUCIÓN
Con el propósito, más que probable, de dividir a la Iglesia Católica en una "antigua" (para entendernos: la verdadera) y otra "reformada" (esto es: la falsa, una caricatura grotesca como Satanás), los revolucionarios franceses pretendieron obligar a jurar al clero católico galo la cismática Constitución Civil del Clero que los enciclopedistas anti-clericales habían aprobado el 12 de julio de 1790.
Los revolucionarios contaban con algunos clérigos -incluso altas dignidades- conchabados con la maligna conspiración revolucionaria contra la Iglesia Católica. Entre ellos, el indigno obispo de Autun, Charles Maurice de Talleyrand-Périgord. Talleyrand terminará colgando la sotana que nunca llevó con dignidad, y una vez "secularizado" se convertirá en una de las encarnaciones históricas más acabadas del modelo maquiavélico de político: superviviente de todas las tormentas y terrores producidos por la Revolución que él alentó y secundó. Pero, a pesar de defecciones tan clamorosas -como la del infame Talleyrand-, el historiador Jean de Viguerie cuenta que el rechazo del clero a jurar la Constitución cismática fue abrumador. Y ello, pese a todas las medidas de presión revolucionarias. Las páginas de esta historia son edificantes, y sirvan de aviso a navegantes en los tiempos de apostasía que vivimos.
Por ejemplo: Monseñor de Beaupoil de Saint Aulaire, obispo de Poitiers, sube a la tribuna revolucionaria. Todo el mundo está expectante, ante la digna imagen que ofrece el venerable prelado anciano. Toma la palabra y, delante de la Asamblea revolucionaria, dice:
"Tengo sesenta años, durante treinta he sido obispo y desde mi cargo he tratado de hacer todo el bien posible. A mi avanzada edad no voy a deshonrar mi vejez. No juro y acepto mi porvenir con espíritu de penitencia".
Viguerie convence con cifras -dado que existe abundante material estadístico de la época: se ve que con la Revolución creció el afán estadístico. Pero las "encuestas" no acompañan a los progresistas e ilustrados conductores de la Humanidad: El clero francés, desde el Obispo de Poitiers ahí arriba evocado, hasta el último párroco de aldea nos dan lecciones de fidelidad a Jesucristo -esa lealtad antigua brilla todavía más hoy en día, cuando más escasea en este mundo esa misma fidelidad, tantas veces hollada por los cobardes y traidores.
Los resultados previstos por la Revolución no acompañaban a la ímproba tarea de los revolucionarios, dedicados a lograr el mayor número de adhesiones a su Constitución Civil del Clero -ensayo dieciochesco de la imposición totalitaria del laicismo estatalista sobre la Iglesia. El mismo laicismo que tantas veces repite que no quiere la confusión de la Iglesia y el Estado es el mismo que, con el poder en las manos, quiere abolir la Iglesia convirtiéndola a la religión del Estado.
Los revolucionarios querían "vender" (como se dice hoy en el lenguaje mercantilizado que usamos) el juramento del clero como un absoluto éxito ante la incipiente "opinión pública" (en ese entonces, recordémoslo, un populacho soliviantado por una minoría maligna). Así es como, para lograr camuflar la frustración, los "tentadores" ensayan otros mecanismos no menos mezquinos.
Veamos lo que hicieron con los deshollinadores de Montevrault, en los Mauges:
"...la esposa del administrador del castillo de la Bellière [...] se queja al deshollinador porque no ha ido a deshollinar las chimeneas según estaba acordado. "¡Ah, madame!", le resopndió, "me fue imposible". "¿Y qué tenía que hacer?". "Ganar dinero, madame; estaban pidiendo a los curas el juramento. Como no lo conseguían, recurrieron a nosotros, ya que nadie nos conoce en París. Nos vistieron de curas y nos llevaron a las iglesias, donde teníamos que jurar, y algunas veces lo hiciemos en dos o tres distintas...".Nos lo cuenta Jean de Viguerie, en "Cristianismo y Revolución", obra que recomendábamos hace unos meses y que, tal y como está la cosa, aconsejamos encarecidamente.

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