
Acuciado por la edad -me dijeron que yo era viejo (juzgaban desde su vejez)- busqué a mi amor vía internet. Traté de encontrar a una mujer a través de esta puta pantalla. Y me inscribí en páginas de contactos (decentes, oiga usted que uno es católico.) Y, sí: conocí a muchas. Todas estupendas chicas. Y ellas me conocieron a mí, y conmigo -sin que yo me enterara- conocieron al resto del planeta (incluidas tortilleras). Llegué a reunir un harén, que me creía un sultán. Todas me adoraban por la letra menuda que gasto. Y con la labia caballeresca de la que hago gala, cuando de mujeres se trata, las rindo como las trompetas de Jericó. Vestido yo de punta en blanco... Lo de la punta, por decoro, vamos a dejarlo estar.
A algunas las conocí personalmente. Tuve que abandonar mis costumbres sedentarias. Arduos trabajos me costaron, pues odio viajar más allá de donde lleno las garrafas de agua (en una fuente de la Sierra). Ellas vinieron a verme: qué hermosos encuentros en la nada. Y, como siempre me pasa, me desnudé (de alma, claro: aunque a alguna le hice un "calvo"). Claro está (en lógica de hombre español) las quise tratar para enamorarlas: con mi culo, claro del ojo del ano. Y felizmente: todas se enamoraron... De otro.
De otro, como puede suponer el lector.
Para conocer a otras que formaban parte de mi serrallo electrónico tenía que embarcar en avión para verlas y tratarlas. Y yo, habiendo avión de por medio, preferí no conocerlas: no tengo costumbre de terrorista musulmán (ni ZP ni Ben Laden me pagan). Y, daré otra razón: no me gusta morir joven (pese a lo viejo que soy) ¡vaya por Dios!. La razón más poderosa es que no me creo que los aviones puedan estar en el aire con el peso que tienen. Siempre suspendí física por reaccionario cavernícola.
A la postre, tras mucho trajinar, una se me fue con un puerco inglés (o irlandés -que para mí todos son pelirrojos y pecosos como una zanahoria sazonada con azafrán). La otra me odió por no tomar un avión para irme con ella, con su madre, con su padre, con su hermano, con su cuñada y con la casta entera.
(...)
Me remuerde la conciencia. Soy capaz, por lo que tengo visto, de dejar en paro a San Antonio de Padua: algún gobierno puede pensar que formo parte de una conspiración mundial. Pobre San Antonio Bendito, patrón de los objetos perdidos y de las solteras casaderas que buscan novio: conmigo como contrincante San Antonio no encontrará ni la oficina del INEM. Y es que, avalado por la experiencia que me precede, no hay mujer soltera de la que yo me prende que no encuentre novio tras hacerme un Novenario.
Visto lo visto, preferí dedicarme a lo mío: las camareras. Soy infalible con ellas. Todas me aman, pues siempre les pido la ronda con la que no cuentan aquellos que están conmigo; en un descuido a mis camaradas de mesa les calzo una botella más, y ellas me lo agradecen con una sonrisa celestial. He pensado que las camareras no tienen tanto tiempo (como las otras) para perderlo ni hacérmelo perder a mí en internet. Son sumisas. Sonríen, por ser su profesión agradar al cliente: y hasta las malencaradas se derriten cuando les hablo. No dan crédito a lo que ven sus ojos: nunca dieron más viajes desde la barra a la mesa en que yo presido, y dicen que hacen ejercicio gracias a mí (y sin gimnasio). Y, así las cosas, esta misma noche una me confesó su amor eterno por mí.
Le dije que lo nuestro podría ser muy bonito, pero que lo mejor era que me pusiera -mientras yo sopesaba la propuesta- otra ronda más.
Delicioso. Por fin encontré a la mujer de mi vida... La rubia estaba fresquita, con el frío que hacía: y espumosa. Le dije -a la que la trajo- que se limpiara el rimmel de los ojos. Y no se lo quitó. Mujer indócil habemus: pero, les aseguro que las he conocido con vicios peores. Tras pensarlo concienzudamente, acepté interrogarla:
-¿Tienes internet?
-No. -contestó la bella.
Con esa confesión la chica ganó 10 puntos de sopetón.
Y pasé a contarle mis impresiones:
"Esa puta pantalla del ordenador -cuando es para chatear- convierte a la más casta en una puta. Todas te dicen que hablan contigo, pero están hablando con 20 mierdas (la que menos con 3) que no valen ni la mitad de un servidor. Mierdas... Mentiras... Mierdas... Mentiras y... vano juego estúpido. Si te casas conmigo no tendrás internet nunca... Tiraré el ordenador por la ventana. Y si te veo con él, te tiraré a ti, y no te salvará ni la Ministra de Igualdad: a la que con sumo gusto arrojaré por el balcón."
Quedó convencida. De lo contrario: la defenestro.
El castillo de irás y no volverás... Vine: y no volveré.
COMO ES LÓGICO: ESTO QUE CUENTO NO ES REAL, CUALQUIER COINCIDENCIA CON LA REALIDAD ES UNA PUTADA. ¿ME ESTARÉ HACIENDO UN CÍNICO?
Gracias por la colaboración. A este paso sólo creeré en Dios.
5 comentarios:
¿Busacando compasión, Maestro?
Con estas exposiciones y este rebajamiento de su persona queda al mismo nivel que los retratados por usted.
Lo siento mucho (no por el mal de amores, sino por la forma que ha elegido para declararle al mundo y a ellos su "imperiosa necesidad de que vuelvan a estar junto a usted") Pues este hilo parece más que un "adios", un "no me dejéis, por favor"
Mendicidad amorosa a las puertas de San Valentín. Patetico.
Manda cojones, Truenos, que me digas eso, cuando me he partido de risa escribiéndolo... ¡Coño!
Y si te publico la sarta de "adivinaciones" fallidas que haces sobre mí, es para que veas que no es nada de lo que dices.
Es que me lo he pasado en grande escribiendo este relato. No me seas tan literal... Pardiez, que pareces castellano de Ávila.
¿No sabes, Truenos, la de gente que liga a través de internet? Pues por eso escribí eso.
¡¡Vaya con la literalidad a otra parte!!. Si es un relato (con base en hechos reales) tiene ¡mandangas la cosa! y por supuesto me ratifico en lo anterior.
Si por el contario es ficción, ahí van mis excusas y mi promesa de reprimir mi castellanidad galopante y de domeñar mi excepticismo en estos supuestos.
Lo de "castellano de Ávila" lo decía por conocerlos bien, muy bien: son tan realistas que todo lo leen como real.
Espero que el relato sirva a aquellos que han caído en las telarañas del amor virtual y ciberestático.
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