Albert Pike, uno de los masones norteamericanos que más nos pudiera contar sobre la I, II y III Guerra Mundiales.Era la Primera Guerra Mundial, y Léon Bloy anota en su diario de 1914:
"La conspiración masónica funciona. Se hace correr en los campos el rumor de que los curas pagaron a los alemanes para hacernos la guerra, y el gobierno acaba de prohibir a las enfermeras dar medallas a los heridos." (12 de octubre de 1914.)
La masonería culpabilizó al sacerdocio católico de algo tan descabellado como esto: que Alemania atacara a Francia. Como si el Káiser Guillermo II y la protestante Prusia hiciera caso de lo que pudiera insinuarle un abate católico francés... O 20.000 abates.
El detalle que nos revela Léon Bloy es siniestro: "prohibir a las enfermeras dar medallas a los heridos". Se entiende que las enfermeras dieran a los heridos, por ejemplo, la Medalla Milagrosa que tan eficaz se muestra en la conversión de los heridos, enfermos y moribundos. Establecer la prohibición de dar medallas es una endiablada oposición a la gracia de Dios. Y esa prohibición no puede proceder sino del mismo abismo infernal: prohibir estas medallas supone, por parte del diablo, mucho miedo a estos objetos que los incrédulos toman como poca cosa. Los masones, conscientes o no de obedecerlo, hicieron lo posible para atascar los canales de la Gracia. Pero no nos extraña: con o sin medallas, se darían -y se darán- con un canto en los dientes.
En Madrid, en 1834, también fueron los masones los que extendieron el rumor de que los jesuitas envenenaban las fuentes, provocando el cólera. El populacho de Madrid, instigado por agitadores profesionales, llevó a cabo una matanza de curas que después se reeditaría en 1936-1939.
Desde luego que, como intoxicadores de la opinión pública, a los masones no hay quienes los supere.
-¿Te olvidas de los socialistas del 11-M?
-¿Y quién te ha dicho a ti que los dirigentes del PSOE y la masonería sean cosas distintas?
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