Mi ignorancia sobre la literatura actual -española y universal contemporánea- es tan enorme que, si me preguntaran -como hoy mismo ha ocurrido- sobre la opinión que me merece Fulanito Mengano o Mengana Fulanita... Tendría que decir: "¿Y quién es ese?". En cambio, la curiosidad que tengo por todos los difuntos autores es inversamente proporcional a la indiferencia que tengo por todos los vivos. Y mi desdén por todos los vivos (a excepción de mis seres queridos, entre los que incluyo al lector si no me hizo alguna trastada) es algo que cada día se hace más grande, sin visos de menguar.
Cuenta Juan Manuel de Prada (que si me lee, no se acordará de mí; aunque yo sí que me acuerdo de él), que él conoció a Léon Bloy merced a Jorge Luis Borges. Yo conocí a Bloy gracias a las referencias que en sus diarios ofrece Ernst Jünger.
Acabo de finiquitar la selección de los "Diarios" de Bloy que ofrece la Editorial Acantilado, y una vez que he cerrado el libro, he sentido la pesadumbre de una despedida. Pero, como Bloy y yo nos hemos reconocido, sé que si Dios quiere, volveré a leerlo, a reencontrarme con él. Muchas son las pegas que se le pueden poner a Bloy: intransigente, panfletario, incendiario, gorrón... Pero no seré yo quien le ponga esos sambenitos. Más bien, aquello en que hemos discrepado él y yo es en su germanofobia (tan contraria a mi germanofilia, como bien sabe el lector de LIBRO DE HORAS) o, tampoco le puedo reír la gracia por la admiración que rinde a Napoleón Bonaparte. Napoleón, para mí -como español, descendiente de quienes lo combatieron- no merece ni amagar un aplauso: fue un pelele de la Revolución, un instrumento del diablo que se sirvió de él para disolver el Sacro Imperio Romano Germánico y extender la porquería revolucionaria por doquier.
Pero, amén de esas dos objeciones, Bloy es sublime en sus pataletas. Católico de Misa diaria, anticlerical, reaccionario, aficionado al vino, al dominó, al ajedrez, de verbo vehemente, como una espada tajante Bloy se opuso a una Francia masonizada, descreída y disoluta. Ninguneado por los árbitros del buen gusto literario, malvivió mendigando a los amigos y lectores una limosna que recibía con la tranquilidad más absoluta de conciencia, incluso con la certidumbre de estar haciendo un favor al aceptar el obsequio (en francos o en vino) que le presentaban sus oferentes.
Es un hombre curioso este Bloy. Contaba Jünger que. amigos de Bloy a los que el escritor alemán llegó a conocer, contaban de Léon Bloy que éste hizo imprimir en cierta ocasión unas tarjetas de visita en que, bajo su nombre y apellido, había hecho grabar el autotitulo que se daba: "Experto en demoliciones".
Murió en paz con Dios. Sus coléricas fulminaciones contra los enemigos de Dios -y contra sus enemigos literarios- dejaron paso, con los años, a una dulce mansedumbre acariciada por un grupo humano cuya buena parte de miembros le debía su conversión a la Iglesia Católica. Pobre, extravagante, sublime, pobre de solemnidad... Era a la vez canal de Dios para convertir a algunas almas que lo leían y lo trataban. Pero, incluso en aquella paz crepuscular de su vejez, como se hace patente en el último tramo de su diario, propincua la muerte, todavía había calor bajo aquellas cenizas. Y de los rescoldos de su convalescencia todavía podían asomar flamas de genio y llamaradas de geniazo, cuando dígase por caso alguna visita impertinente -tal fue la de cierto polaco ocultista- le venía a importunar.
Ernst Jünger, como es sólito, acertó en la valoración que hiciera de Bloy. Ha sido una delicia leerlo, no pocas veces he tenido que reprimirme la risa, pues quienes me han podido ver, me miraban extrañados temiendo por mi salud mental. Léon Bloy es un autor para minorías... Y, según he podido comprobar, un alma amiga de la mía.
Preparando ahora la siguiente remesa de libros, he terminado también de leer un breve ensayo de Alain de Benoist sobre Gottfried Benn. Gottfried Benn será el próximo... O mejor dicho, uno de los próximos. Hay unos cuantos aguardándome en la mesita de noche.
Por cierto, puse los diarios de Léon Bloy junto a los de Ernst Jünger. Creo que ambos estarán muy contentos de ocupar el espacio que ocupan, tan cerca de mí, en mi biblioteca.
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