
El gran novelista portugués, José María Eça de Queiroz
LA CIUDAD Y LAS SIERRAS
Mientras llovía, ayer noche, me lo pasé releyendo nuevamente, después de algunos años, "La ciudad y las sierras". Obra -a mi juicio, la mejor- del ínclito escritor luso José María Eça de Queiroz. El personaje principal de esta novela -Jacinto- es nieto de un miguelista portugués que se exilia a París. Jacinto es todo un tipo literario, capaz de encarnar al decadente burgués de finales del ochocientos. Recuerda a De Esseintes de Huysmans, pero el libro tiene -a mi juicio- más miga que "A rebours".
"La ciudad y las sierras" consiste en una magnífica sátira del mundo moderno y burgués. La caricatura del personaje principal constituye, de suyo, una profunda enseñanza. Jacinto, el protagonista, lleva una gris e insípida existencia en el palacio número 202 de Los Campos Elíseos. Allí, rodeado por todos los lujos y novedades, Jacinto ha configurado su vida desde su juventud, cuando abrazó la fe en el progreso. El positivismo y el utilitarismo que preconiza y practica Jacinto se vuelven ridículos en manos del genial autor portugués.
Asoman a la novela los lugares comunes de la época: el progreso técnico como panacea de la felicidad, el indiferentismo religioso se convierte en mórbida curiosidad por los fenómenos paranormales: estos burgueses que nos pinta Queiroz no creen en Cristo, pero secundan crédulamente las funciones espiritistas y se interesan por la expansión del esoterismo.
La cantidad de cachivaches y aparatos que ha ido acopiando Jacinto en su palacete número 202 son motivo, primero de curiosidad, mas luego de hastío. La frase que caracteriza a Jacinto, abotargado entre tanto invento, tanto aparato y tanta nadería es todo un juicio del mundo moderno: "Es un fastidio" -repite Jacinto, una y otra vez, abrumado por el "spleen" que produce la vida tan sofisticada que lleva en París. El palacio parisién se ha trocado en una especie de barraca de feria con atracciones técnicas, la acumulación de chismes tan sofisticados propicia una serie de percances "técnicos" que mueven a la hilaridad.
La voz narradora de "La ciudad y las sierras" es un tal José Fernández, amigo de Jacinto. Falta por leerme la segunda parte de la novela: cuando los personajes abandonan la comodidad degradante del mundo burgués de París y regresan a Portugal, país que como España vive en el atraso... En un atraso menos fastidioso que la avanzada sociedad europea.
SOFONÍAS PROFETA
Para cerrar el provechoso tiempo de lectura, repaso a los profetas veterotestamentarios (sin ningún orden, pero eso sí: empezado un profeta lo leo hasta el final): esta madrugada tocó meditar el libro de Sofonías:
"¡Ay de la rebelde, de la contaminada, de la ciudad opresora! No quiso escuchar, no se dejó enseñar, no quiso acercarse a su Dios. Sus príncipes son rugientes leones, sus jueces lobos nocturnos, que no dejan hueso que roer a la mañana. Sus profetas son hombres vanos y pérfidos, sus sacerdotes profanan las cosas santas y falsean la Ley. Yavé es justo en medio de ella, no hace Él iniquidad; todas las mañanas establece su juicio para alumbrar, no falta nunca y no hay en Él iniquidad".
La Ciudad Santa -Jerusalén, Roma, Toledo, la Cristiandad- era una sociedad y por su rebeldía, tras haber sido contaminada por los demonios y sus agentes malignos, se ha convertido en disociedad, en una maldita cueva de apóstatas que, confabulados todos contra Dios oprimen a los buenos y justos que todavía viven en ella. Las dignidades (príncipes, jueces, profetas y sacerdotes) que el profeta nos pone ante los ojos se han degradado, corrompiéndose en sus oficios, lo cual es de una actualidad patente:
Los "príncipes" de Sofonías son nuestros políticos, esos hombres públicos "principales" que rugen en las tribunas mediáticas.
Los jueces de los que nos habla... Qué vamos a decir de esos jueces: a las mientes nos viene Garzón.
Los profetas de Sofonías... Son hoy esos periodistas que se atropellan en las tertulias televisivas y radiofónicas, dispuestos a sacarse los ojos para defender a sus amos, ganar admiradores. Pérfidos, por disfrazar la verdad a sueldo de sus dueños... Vanos, cuando se pavonean en las televisiones, creyéndose luminarias.
Sus sacerdotes... Lo que más nos duele a los cristianos: nuestros sacerdotes entibiados que parecen ser los primeros en no creer, por su ñoñería generalizada, por su conformismo tan lejano al celo por la gloria de Dios. Esos sacerdotes de hoy que, por tibios, son incapaces de comunicar el fuego de Dios, "profanan las cosas de Dios" cuando -sin ir más lejos- dan la Comunión en la mano... ¿Es que no creen que es el mismo Jesucristo Nuestro Señor? ¡Por comodidad dejan que laicos den la Comunión a otros laicos! Y no son pocos los que falsean la Ley, cuando quieren contemporizar con los lobos nocturnos y los leones rugientes, cuando guiñan el ojo a los profetas pérfidos y vanos.
La Ciudad que tenía que estar vestida de blanco, como una Novia, es una puta... Una maldita disociedad rebelde, contaminada y opresora.
Pero Habacuc, al que leíamos antes de ayer, nos previno sobre el destino de esta Sodoma:
"Tranquilo espero el día de la aflicción, que vendrá sobre el pueblo que nos oprime".
Augusta majestad del hijo de Dios que aguarda el castigo de los malos que lo oprimen, de esa manada de lobos infieles y apóstatas.
Ven, Señor Jesús.
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