
"El Tratado de Reparto de la monarquía de España comenzaba a producir gran expectación en Europa. El Rey de España no tenía hijos ni esperanza ninguna de tenerlos. Su salud, que siempre había sido muy débil, era muy mala desde hacía dos o tres años, y, desde hacía uno, había estado varias veces extremadamente grave." (Memorias, del Duque de Saint-Simon.)Ese Rey de España, piadoso y malhadado, que fue Carlos II estaba en las últimas. Revuelo de embajadas: el Conde de Harrach, embajador del Emperador de Austria, se las prometía muy felices: y esperaba más pronto que tarde que el Archiduque Carlos subiera al trono de España, pues era fama el amor que Carlos II tenía por su Casa de Habsburgo, así como la aversión que sentía por la sangre de la Casa de Borbón. Pero, las alianzas matrimoniales habían hecho que un Príncipe de Francia pudiera competir con el Archiduque de Austria en sus pretensiones por el Trono de la legendaria España. Los excelentes políticos franceses no dejaban de intrigar. Inglaterra aguardaba, agazapada como un buitre, para caer presta sobre los despojos del Rey de España. Carlos II estaba todavía vivo, y el monarca inglés no se recataba de publicar cuáles eran los planes de repartimiento de los vastos territorios de la poderosa España.
"El Rey de España protestó tan vivamente como si se hubiera tratado de despojarle en vida, y su embajador armó tal alboroto en Roma y en términos tan poco respetuosos -hasta llamar al Rey de Inglaterra "el Rey Guillermo"-, que este príncipe le envió la orden de salir de Inglaterra en el término de cuatro días, lo que cumplió, retirándose a Flandes."Nos lo cuenta en sus deliciosas "Memorias" Louis de Rouvroy Duque de Saint Simon.
El Día de Todos los Santos del año del Señor de 1700, Carlos II entregaba su alma a Dios.
La Casa de Habsburgo dijo de esta manera adiós a España. Lejos quedaron los gloriosos años en que los españoles éramos dueños del mundo. Empezaría para nosotros el largo calvario de nuestro eclipse.
Sobre un pueblo belicoso en extremo, cuya vocación era la Santa Cruzada, una chusma de tenderos, una batahola de las verduleras democráticas, la morralla de los inferiores con pretensiones de ser más a costa de los mejores, toda la canalla del número con sus vaniloquios democráticos; las soflamas marxistas de gentuza extranjerizada; toda la plaga de parásitos autosatisfechos y cosmopolitas, esos donnadies de izquierdas y derechas vendidos a su amo el usurero, toda esa mezcla hedionda ha triunfado sobre ti, pueblo español, convirtiéndote en una masa amorfa y desgraciada; una muchedumbre de individuos, ignorantes del esplendor y la gloria, inconsciente de sus fuerzas.
Pero a poco que soplemos, hermanos y correligionarios, se avivará el fuego. Pues todavía se conservan, recónditas, bajo las cenizas, como ígneos rescoldos un inefable y poderoso amor a Dios, un orgullo santo por la Patria y los Antepasados... Una esperanzada espera que aguarda al Rey que ha de venir... Y las ascuas volverán a dar calor a la tierra.
Tú, pueblo mío, pueblo español, hechura de la Cruz y la Espada... Tú, te revolverás contra los usurpadores, volverás tus ojos airados a los cobardes lacayos que sirven a las potencias extranjeras, a toda esa infame caterva de los que te han extraviado. Y ese día, ese día... El Sol de Justicia deslumbrará a todos.
¿Hasta cuándo, Señor mío, hasta cuándo...?
Está todo por hacer... Pero lo haremos.
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