
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmienda, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la imprenta.
En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.
QUEVEDO Y UN HIDALGO DEL SANTO REINO SU AMIGO
Este soneto de Francisco de Quevedo fue compuesto en la Torre de Juan Abad, señorío del genio manchego. Allí fue desterrado en más de una ocasión, por ser tan incordio y maldiciente. Es uno de mis sonetos favoritos, pues en él se encuentran las dulzuras de un grato apartamiento de los mundanos afanes, depositando en la lectura -el placer sin tacha- la mejor receta para mejorarnos moralmente. La vida de Quevedo en la Torre de Juan Abad nos la cuenta, a grandes rasgos, un libro de D. José María Lozano Cabezuelo que ha caído en mis manos, en régimen de préstamo, y que a lo largo de sus 104 páginas podemos, como quien mira por el ojo de una cerradura, ver al filósofo, poeta y polemista en ese retiro aldeano que sufrió D. Francisco, muchas veces enfrentado a sus vecinos que no soportaban haber perdido la antigua libertad.
La villa de la Torre de Juan Abad se había emancipado de Villanueva de los Infantes entre los años 1589 y 1590, pagando 2.598.000 maravedíes a la Hacienda Real. En Julio de 1597, la Torre de Juan Abad ganó su libertad. Pero la villa se vio apurada, debido a sus muchas deudas y, a la postre, la madre de Quevedo (Doña María de Santibáñez), se convierte en la prestamista a la que los vecinos tienen que pagar una deuda cuyo pago se dilatará, con más de veinte pleitos. Con el tiempo, Quevedo se convierte en el Señor de la Torre de Juan Abad. Y, poco después, dada su proverbial propensión a meterse en líos será desterrado de la Villa y Corte de Madrid, encontrando su destierro en el lugar manchego. Allí, entretenido en libros, paseando los campos y escribiendo pasará las malas rachas de su vida.
"Hallábase Don Francisco muy bien en la solicitud, acompañada de sus libros, y sazonada con la docta comunicación de tantos autores, como tenía en su librería, no dejando a veces divertirse, intermitiendo el rigor de sus estudios. Conversaba con los serranos de la Torre de Juan Abad con igual llaneza que con los hidalgos, tratando a todos los del lugar como a hijos; y usaba de tal moderación y templanza con algunos testarudos que se le oponían en las cosas tocantes al gobierno y jurisdicción, que solía llevar por chanza los pesares, rompiendo con blandas respuestas lo más duro de un corazón enojado, siguiendo el consejo del sabio en los Proverbios: la respuesta blanda quiebra la ira, y las palabras ásperas despiertan furor. A un vecino, que le dijo que si no se componía con ellos, vendería sus hijos para ponerle pleito, respondió: Los hijos bien los podréis vender; pero no digáis cuyos son, porque no darán una blanca por ellos".De Pablo Antonio de Tarsia, "Vida de don Francisco de Quevedo y Villegas", 1663.
Este episodio que nos refiere Tarsia es de las que podríamos esperar de Quevedo, ese cáustico y profundo conocedor de la naturaleza humana. Digna de los dichos de los Siete Sabios de Grecia o de los anécdotas que Diógenes Laercio nos cuenta de Heráclito Efesino. Y es que "genio y figura"... Más allá de la hora postrera, incluso en el polvo enamorado. Crecí leyendo a Quevedo. Fue mi poeta preferido. Mi novelista favorito. A él le debo las risas, las carcajadas, los consuelos... En su estoicismo, me reconocí y, cuando fue pasando el tiempo, más me reconocí en su heraclitismo atávico.
Un amigo tuvo D. Francisco que era de Beas de Segura (en la hoy provincia de Jaén). Don Sancho de Sandoval, caballero de la Orden de Calatrava. Con Don Sancho se franquea el santiaguista Quevedo, y D. Sancho obsequia pródigamente a Quevedo que, pese a su ejecutoria, no está para tirar cohetes. Los presentes de D. Sancho a Quevedo muestran el natural dadivoso de nuestros recios hidalgos, siempre piadosos, a ratos taciturnos y nunca desalentados. Sandoval es caballero del oleífero Santo Reino de Jaén, por lo que no es raro que guste mandarle a D. Francisco el más sabroso regalo que podemos hacer los de Jaén: garrafas de aceite.
Para agradecerle una entrega de aceite que llega a Torre de Juan Abad, D. Francisco de Quevedo escribe a Sancho de Sandoval, con la gracia que le caracteriza:
"Yo quedo de manera uncido por su liberalidad de v(uestra). m(erced)., que puedo temer visitas de lechuzas. He dado grande alegría a los candiles y ensaladas."
Gracejo que no se entenderá a menos que se sepa que golosina de las lechuzas fue siempre el aceite de los lampadarios. Quevedo empleará esta imagen de las lechuzas amigas del aceite de las lámparas en más de un verso. El aceite de Sandoval se empleó por Quevedo tanto para alimentar la luz con la que leía sus libros, como para crismar ensaladas con las que yantar. También sabemos, por estas cartas, que Quevedo era fumador. El tabaco se lo mandaba el mismo Sandoval que ceñía espada, y lucía la cruz flordelisada en su pecho. Todavía a mediados del siglo XVIII había Sandovales en Beas de Segura, descendientes del amigo de Quevedo.
D. José María Lozano Cabezuelo nos hace pasar un ameno rato, acercándonos a la vida cotidiana de nuestro insigne poeta, que supo cantar con tonos sublimes el amor platónico tanto como hacernos reír con audaces imágenes para censurar las malas costumbres de los hombres.
La Torre de Juan Abad es un hospitalario lugar al que todo amante de nuestra cultura tendría que peregrinar en algún momento de su vida, para empaparse de aquel cielo y aquel terruño en que paseó y escribió nuestro españolísimo Heráclito Cristiano (que goce de la gloria de Dios).
FICHA DEL LIBRO:
Título: "Francisco de Quevedo desde la Torre de Juan Abad"
Autor: José María Lozano Cabezuelo
Edita: Ayuntamiento de Torre de Juan Abad y Fundación Francisco de Quevedo
Fecha: Agosto de 2007

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