SALVE, SANCTA FACIES NOSTRI REDEMPTORISSubtítulo: (Oración antigua al Santo Rostro de Jaén: "Salve, Sancta Facies nostri Redemptoris", "Salve, Santo Rostro de Nuestro Redentor.)
Escribe Santa Teresa de Jesús -que como Doctora Mística su autoridad tiene, más que cualquiera- que cuando fue a fundar Casa en Palencia: "toda la gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto, y así cada día me alegro más de haber fundado allí." Amén de esto, sigue diciendo la mística abulense que "Está en el pueblo una casa de mucha devoción de Nuestra Señora, como ermita, llamada Nuestra Señora de la Calle. En toda la comarca y ciudad es grande la devoción que se le tiene y la gente que acude allí."
Pero, ¿a cuénto de qué quiero yo referirle todas estas cosas que su merced hará bien leyendo, para su propia edificación en "Libro de las Fundaciones" de nuestra Santa Teresa? Leamos a Santa Teresa que mucho bien granjearemos en su leyenda. Pero yo quería decirle a mis lectores de este Libro de Horas que Santa Teresa fundó casa en Palencia. Como en tantos otros sitios, sí. Pero a mí me interesa dejar claro lo de Palencia, pues a Palencia lo invito a usted. Venga, venga conmigo a esta ciudad silenciosa y silenciada, como tantas capitales de nuestra España. En Palencia moraba, aunque no me pregunten de dónde había venido, un hombre de esos de la antigua España. Quiso Dios que el nombre de este hombre pasara a la fama por pintar un retrato de la misma Santa Teresa de Jesús, cuando la santa tenía 61 años. El nombre de este humilde cristiano era el de Fray Juan de la Miseria. Y su trabajo le costó al frailuno pintor, pues Fray Gerónimo Gracián que mandó hacer aquel retrato, tuvo que mandar también a la santa -que era tan inquieta- que se "estuviese queda, y se dexase retratar".

Pues, después de esta digresión que me he tomado, volvamos a Fray Juan de la Miseria, del que llevábamos dicho que andaba un incierto año de aquella época gloriosa en Palencia y miren lo que vino a pasarle: "Yendo un día de oir Misa, en Palencia, se encontró con un viejo de rostro venerable y le comenzó a hablar con tanto espíritu y suavidad, que el Hermano hizo concepto en su interior de que era Santo. Díxole, entre otras cosas, que fuera a ver la Santa Verónica en Jaén, que él le acompañaría en el camino. Saliendo con gusto al viaje, al punto que llegaron a la Ciudad, no vió más al compañero."
A mí me gustan, amigo lector, las historias de viajeros. De viajeros poco conocidos. Aunque no le hago ascos a ninguno -que hasta a George Borrow, maguer sea inglés (y, por si fuera poco, hereje), lo leo con agrado. Ya le hablaré en otra ocasión de mi amigo Ciro Bayo, con quien he hecho algunas jornadas, y ya le hablé en su momento -y volveré a hacerlo- de mi paisano Pedro Ordóñez de Ceballos, cuyos huesos yacen con los de mis ancestros aquí en Jaén la del Lagarto. Comprenda, pues, que cuando leí en "Crisis Theológica historial de la Santa Verónica de Jaén, vindicada de la incertidumbre en que algunos modernos la capitulan", de D. Vicente Rodríguez de Medrano, impreso en 1759, la historia de Fray Juan de la Miseria, un temblorcillo me diera, con tan solo imaginar aquella escena.
Imagínela usted mismo: Va usted a Misa, o viene de Misa, y un desconocido, haciéndose el encontradizo, entabla con usted una conversación, como la que mantuvo aquel extraño anciano con Fray Juan de la Miseria. Y en la plática, como quien no quiere la cosa, le propone -recuerde que están en Palencia- que vaya en su compaña a la Ciudad de Jaén, para venerar el Santo Rostro. El sentido común nos dirá: "Quieto parao: ¿pero adónde vas, hombre de Dios, con el primero que te aborda en la calle?". A Dios gracias, Fray Juan de la Miseria tenía muy poco sentido común, y mucho sentido divino. Y con ese sentido que, a través de los sucesos corrientes, ve la dirección que Dios quiere para nosotros, Fray Juan de la Miseria contaba con no poca dote de ese don de discernimiento de espíritus, del que bien usó para calar a aquel enigmático viejo. Y allá que los dos nuevos amigos abandonaron Palencia y se pusieron en marcha para Jaén. 597 kilómetros de los de hoy. Pero, por caminos mucho peores que los de hoy, por malos que estén los de hoy. Y con menos seguridad que la de hoy, por muy poca que sea la seguridad de hoy. Y, no lo olvide usted, a pie.
Después de dormir al raso, calarse con los aguaceros y hablar con muchos arrieros -que, por el Quijote lo sabemos, eran los dueños de los caminos- nuestros dos hombres llegaron a la Capital del Santo Reino de Jaén. Nos cuenta el P. Fray José de Santa Teresa, en "Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen, de la primitiva observancia, hecha por Santa Teresa de Jesús, en la antiquísima Religión fundada por el gran Profeta Elías" (de 1684), este episodio de la vida de Fray Juan de la Miseria. Y ahí se nos dice que Fray Juan de la Miseria, tras llegar a Jaén, habiéndose quedado sin su compañero de viaje que, con la misma donosura con la que había llegado, se había esfumado, buscó Fray Juan de la Miseria una cueva, cerca de la Ciudad de Jaén, en el paraje conocido de Río-Cuchillo, propincua a una ermita. Y en aquella cueva se lo pasó rezando, yendo los Domingos a la Catedral a confesar y comulgar, oyendo allí la Santa Misa, pidiendo limosna para mantenerse con cuatro mendrugos de pan duro y unas habas, y quedándose, al fin y al cabo, en Jaén una buena temporada.
Después de estar un tiempo de oración y penitencias en aquella covacha de Río Cuchillo, Fray Juan de la Miseria abandonó Jaén. No sabemos si se le apareció otro extraño anciano, como el de Palencia, que le dijera: "Hermano Juan, haga el hato, y partamos enhorabuena allí donde luego nos quiere Dios".
Lo que sí sabemos es lo que Santa Teresa le dijo a Fray Juan de la Miseria, tras verse retratada por él: "Dios te perdone, fray Juan, que ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa". ¡Menudas las gastaba la Santa de Ávila!
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