viernes, 12 de marzo de 2010

MÁS ALLÁ DE LA COSTRA MISERABLE DE LA REALIDAD

El gran D. José María de Pereda.




En Coteruco, pueblo surgido en la obra de D. José María de Pereda (no vayan a buscarlo en los mapas), la alianza entre un indiano nuevo rico y despechado, un estudiante botarate y revolucionario y unos logreros, ha formado un grupo peligroso en el que se mezcla la ambición y el resentimiento. Con malas artes han contagiado a un pueblo de buenas gentes, inoculándoles el virus revolucionario. El patriarca del pueblo, un hidalgo católico y tradicional, ha sido objeto de un ataque a domicilio instigado por las malas lenguas de la revolución. El cura ha sufrido parecido ataque días antes. Son las vísperas de la Revolución de 1868. Así piensa para sus adentros D. Román, el hidalgo español que ha sufrido este inicuo ataque. Por ser una profunda reflexión sobre cuestiones que a todos nos pueden interesar, aquí la pongo:



"Examinó en seguida la marcha de los acontecimientos; y vio, de una parte, imposturas groseras, calumnias mal urdidas y ambiciones mal disimuladas; de la otra, incapacidad absoluta de distinguir el bien del mal, la verdad de la mentira. «Aquí está el flaco», se dijo; y luego discurrió así: «¿De qué procede esta incapacidad? De falta de criterio. ¿Y la falta de criterio? De otra falta de educación. Y esta falta, ¿se me puede imputar a mí como una culpa? No. Yo me he afanado por enseñar a estos hombres cuanto podía conducirlos a mejorar su condición de labradores, y por ilustrarles la inteligencia en todo lo que fuera compatible con esa misma condición... Pero también me afané porque ignorasen lo que, mal entendido, los llevaría a aborrecerla por deseo de otra cosa que no penetrarán jamás sin dejar de ser lo que son. ¿Hice mal en esto, por lo que, en la apariencia, se opone al curso de las ideas, según el criterio de los flamantes reformistas? No, mientras no se me demuestre que puede hacerse de cada tosco labrador un estadista, sin dejar el arado de la mano: o que pueden resignarse a labrar sus heredades y a no comer otro pan que el que produzcan éstas, los hombres que poseen la ciencia del gobierno de los pueblos; o, en fin, que lo de Jauja no es conseja estúpida, y puede llegar un día en que, siendo todos los españoles consumados políticos y altos funcionarios, de la tierra broten, en virtud de la ley maravillosa del progreso intelectual, las casas construidas, el pan en hogazas, y planchadas las camisas, y viertan las nubes, en vez de los prosaicos aguaceros de ahora y de antaño, las onzas acuñadas y la ciencia digerida... Tiene, pues, por necesidad, que encerrarse en muy angostos límites la instrucción del hombre rudo del campo, cuyas ocupaciones han de alejarle, necesariamente, del trato de toda persona extraña a su condición... Luego su criterio no puede tener jamás el temple del de los hombres avezados a luchar contra la astucia, la deslealtad y la perenne mentira del mundo... luego yo no obré mal dejando de fomentar en estas gentes insensatas ambiciones, ni es cargo que, en buena justicia, puede hacérseme... ni siquiera es esa falta de criterio enfermedad cuya curación deba intentarse... Pero la falta existe y debe remediarse con algo; y este algo ¿qué es? El cuidado de separarlos del mal, como se separa el fruto sano del podrido. Para esto no alcanza el poder de un hombre aislado, como yo: necesita hallarse revestido de una fuerza de autoridad que sólo tienen los representantes de la ley divina y de la ley social. El primero señala el vicio y le condena; el segundo le busca, le persigue en sus madrigueras y le extermina... Este último ha faltado aquí, no el primero, que, ni por un instante, se ha separado de su deber. Pero ¿quién pudo en este pueblo ejercer tan delicado cargo y ser, a la vez que juez severo, padre cariñoso y vigilante de sus administrados? ¿quién pudo, en la ocasión presente, haber atajado el mal en sus orígenes, y exterminarle, en vez de hacerle irreparable uniéndose a los malvados y aplaudiendo sus iniquidades?... Nadie más que yo, sin el propósito que siempre hice de no aceptar cargo ni preeminencia que pudiera traducirse en logro de mezquinas ambiciones. Pero ¿qué hay que fiar de la virtud que necesita un tutor para no dar a cada instante en las garras del vicio?... ¡Extremada sutileza!... Pues ¿cómo se guardan de los ladrones las alhajas? Con cerrojos. Hay que considerar que no se trata de una virtud aislada, de un hombre que se encierra en su conciencia y en su casa: se trata de un pueblo entero que tiene muchas puertas abiertas al campo de las asechanzas, y escasos centinelas que sepan distinguir el enemigo del hermano... Pero también es triste que un pueblo virtuoso no pueda guardarse por sí mismo... ¿Y qué ha de hacer un conjunto de virtudes pegadizas, hijas del egoísmo en su mayor parte, sino quebrarse al menor descuido, si las adquiridas por el convencimiento y templadas al fuego de todas las batallas, se adulteran, se corrompen... y hasta se venden? ¡Ay!... ¡Es que nos olvidamos de nuestra condición miserable; de que habitamos, como de tránsito y por supremo designio, este montón de tierra donde la vida es un perpetuo deseo, y nuestro viaje una incesante caída!...Pero, así y todo, ¿puedo yo, con mis propias fuerzas, evitar la que ahora lamento? ¿He cumplido con mi deber cruzándome de brazos enfrente del enemigo? Sí: luchando contra él, le daba una importancia que me desautorizaba: ciertas acusaciones no debe mencionarlas un hombre honrado, ni aun para desvirtuarlas, porque se mancha con ellas y rebaja el nivel de su dignidad; y la mía es aquí muy necesaria. Si mañana vuelven a mí esos hombres, me encontrarán limpio hasta del polvo de esta inicua batalla, y no me creerán animado del deseo de venganza, porque no me han oído quejarme del agravio... Sin embargo, esto es cuestionable, como lo es también si yo pude dar a sus criterios más luz, sin tocar el extremo de que huía... Pero ¿quién es el hombre que en tan espinosa materia se atreve a decir, sin temor de equivocarse: «hasta aquí lo conveniente; desde aquí lo temerario»? Y, en esta duda necesaria, ¿debe pecarse por exceso, descorriendo todos los velos, o por defecto, ocultando todo lo peligroso? ¿Es preferible el deslumbramiento del primer caso, o la sorpresa a que se expone una curiosidad excitada de pronto? El primer extremo es inevitable; el segundo es contingente... luego el segundo es preferible. Y, entre tanto, no hay duda, mi obra ha sido imperfecta. ¡Ceguedad humana! ¡tanto blasonar de linces, y no penetran nuestros ojos más que la costra miserable de las más comunes dificultades!»


Y en esta batalla empeñado, quedóse al fin dormido el noble Pérez de la Llosía, dejando la cuestión intacta, como seguirá, si Dios no dispone otra cosa, por los siglos de los siglos."

2 comentarios:

Maestro Gelimer dijo...

De "Don Gonzalo González de la Gonzalera", novela muy recomendable de D. José María de Pereda.

Seneka dijo...

"...quedóse al fin dormido el noble Pérez de la Llosía, dejando la cuestión intacta...".

Cómo me suena ésto.