miércoles, 3 de marzo de 2010

POR LAS VIEJAS COSTUMBRES


ENDECHAS QUE SE FIZIERON A MI ABUELO, TERROR DE LOS GALENOS, EN LA HORA DE SU MUERTE

En la vieja casa del abuelo siempre estaba rondando yo el hogar. Hasta que un día me llevaron de allí, apremiándome a dejar las tenazas con las que jugaba frente a la chimenea. Me vienen en tropel imágenes de aquella casa, en la que tantas horas pasé gateando su suelo y correteándola luego. Cuando paso por aquella calle, miro su fachada y me acuerdo de él, de mi abuelo. En las postreras semanas de su enfermedad, el abuelo desarrolló una progresiva sordera:

"No fume usted" -le decía el médico.

Y como quien oye llover.

En un descuido de abuela, el abuelo se nos iba al patio. Y, como los tenía liados, se encendía el pitillo con el mechero de yesca. Y hubo vez en que el médico regañó al abuelo. Nunca lo hiciera. Pues abuelo tuvo arrestos suficientes, pese a la "fatiga", de levantarse de la cama en que estaba postrado y, agarrando la garrota, corrió al galeno blandiéndola por los aires al más puro estilo de los majos que pintara Goya apaleándose o apaleando franceses.

Cuando abuela dejó la casa (pues viuda la recogió tía en la suya), todavía había cigarrillos en el cajón de la mesita de noche del finado. Aparecieron esos cigarros en una de mis esporádicas visitas con mi tío.

Y me acuerdo de la cama de matrimonio de los abuelos. Allí le llevaron al abuelo el Viático. Cuando vio asomar a D. José, el cura párroco, me contaron después que abuelo dijo: "Ya falta menos".

Esperó, supongo que con cierta congoja, el postrer momento. Un momento tan ordinario y supremo como cualquier otro: el de dejar la "Casa" para siempre. El momento de la mudanza definitiva.

Pienso en el cuadro que pendía a la cabecera del lecho mortuorio. Era un cuadro viejísimo de la Sagrada Familia. Nada artístico. Su valor consistía en haber asistido a muchas agonías. Era una lámina de esas que ya apenas se ven. Representaba una escena doméstica: San José en la carpintería, la Virgen María cosiendo y el Niño Dios alcanzándole los tablones al Santo Patriarca. Todo en orden en aquella casa de Nazareth, ergasterio e iglesia. No había guarderías para el Niño Jesús. Señalándome el cuadro mi abuela aprovechaba para decirme, piadosamente: "Mira: lo que San José está haciendo es la Santa Cruz al Niño Jesús." Sin estudios, mi abuela sabía más que los hogaño catedráticos.

Y el abuelo se puso a morir. Por eso me llevaron de allí, dizque ni lo adiviné; pues con la edad que yo tenía, no estaba para adivinanzas: ni sabía lo que era la muerte. Una vecina se ocupó de mí, mientras la familia atendía la agonía del abuelo. En la casa de la vecina, frente a la del moribundo, aquella buena mujer me dijo: "Quédate aquí, con Carmela, que ahora vengo yo". Carmela era la nieta de la vecina, un poco mayor que yo. La niña me miró de hito en hito. Como yo me criaba de solateras, la casa era extraña y aquella niña me miraba sin mediar palabra, pues vi el cielo abierto cuando abrí la puerta y salí a la calle. Y maguer la abuela de Carmela me hubiera dicho que fincara en su zaguán, allá que me fui. A mis espaldas quedaba Carmela, mientras yo me largaba, diciéndome:

"No te vayas. Lo ha dicho mi abuela."

Pero... Como quien oye llover.

Crucé la calle y me planté en el zaguán de la casa del abuelo. Sí que había gente allí. Y escuché a las mujeres el planto, desde fuera de la habitación en que éste tenía lugar. Viejas mujeres vestidas con toca y pañuelo negro. Dos para ser exacto. De la vecindad ambas. Ambas extrañas a la familia. Mandaría mi abuela que las llamaran.

Las comadres salmodiaban una antigua oración rimada, aprendida para tan solemne hora. Años después una de ellas (Dolores La del Adarve), me dio el libro en que aprendieran aquellas largas retahílas, pues sabía de mi curiosidad por estas cosas, y como ella dijo: "Si no te lo doy a ti, lo tirarán mis hijas. Que para qué quieren esto... ¡Si ya ni los curas rezan!".

Es, para entendernos, un librejo del siglo XIX, raído por los ratones. Sus folios están atados con hilo grueso. Todo indica que es una colección de pliegos que se adquirieron por separado. Ni fecha tienen. Por las ilustraciones que tienen se saca que es de un año impreciso del ochocientos. Para más reforzar la idea de que es una colectánea de pliegos de cordel, considérese que, al pie de las piezas, lo mismo dice en al término de una:

"MADRID.-Despacho de Marés y Compañía, calle de Juanelo, núm. 19."

Como en la otra léese:

"MADRID.-Despacho: Sucesores de Hernando, Arenal, 11."

Forma este rimero de papeles un rancio centón de oraciones en rima. En sus imágenes grabadas pueden verse algunas estampas que representan a soldados con morriones y curas prebendados con sombrero de teja.

Entenderá el amable lector que yo, a tan tierna edad cuando aquel trance, no iba a quedarme con aquellas oraciones en la memoria, pero que, gracias a conservar el libreto de Dolores la del Adarve, pueda hoy reconstruir las estrofas de esta piadosa oración que se intitula:

"Separación del alma del cuerpo. Relación para contemplar sobre la hora de la muerte y el gran dolor que siente el alma cuando se despide del cuerpo".

La que alguna otra vez vi recitar a Dolores con la su compañera de plantos.

Aquella oración, lo va a ver ahora el lector, es de marcados acentos manriqueños. Una plañidera hacía el papel del "Cuerpo" -pues el cuerpo tomaba voz y "hablaba", diciendo:

"Despierta, alma, despierta
llena de mundanos vicios,

que ya ha llegado la hora
postrimera en que hemos visto
á la parca que pretende
con el acerado filo

de su guadaña, cortar
hoy de nuestra unión el hilo.
Ya se acabaron los gustos
y los ratos divertidos
que en las fiestas te ocupabas,
echando siempre en olvido
las fiestas y los sermones
por no querer ir á oírlos,

y que ya llegó la hora
de tu ida y el fin mío;

tú serás de Dios juzgada

y yo en tierra sumergido.
"

A lo que la otra vieja, aína tomaba la palabra, y respondía con voz gemebunda:

"-¡Oh, tirano compañero!
respondió dando gemidos
el alma diciendo al cuerpo:
Pues sabiendo que tú has sido
el autor de mis engaños,
la causa de mis desvíos,
ahora me eres cruel,
tirano, adverso y maligno."

Todo dicho de carrerilla, turnándose sin trabarse. La rezadora "Alma" continuaba salmodiando, mientras la otra anciana se mecía, con los pies apoyados en la chambrana de la misma silla en que estaba sentada.

Eran los años 70: Los niños no teníamos guarderías, como el Niño Dios no las tuvo. Y nos criábamos en nuestra casa, en la del abuelo y, cuando había emergencias, en la de las vecinas.

Eran los años 70: Los abuelos todavía morían en su cama. En su casa. Bajo el cuadro de la Sagrada Familia.

Eran los años 70: Todavía quedaban viejas oraciones rimadas, aprendidas en viejos libros sin cubiertas, cosa de pliegos de ciegos, tradiciones orales mantenidas por viejas rezadoras.

Hoy, como todo el mundo sabe, cada quisque se muere como un perro.

2 comentarios:

truenos dijo...

Maestro Gélimer. Hoy, morir como un perro es todo un honor, pues ya se sabe lo mucho que las protectoras de animales hacen por velar de los chuchos o cualquier otra especie animal.

Los hombre mueren solos. En soledad quiero decir, alejados de todo indicio de humanidad o calor afectivo de parte de parientes o congéneres.

Ese es el progreso del progresismo y sus adláteres.

¡¡Viva el pueblo y abajo la modernidad!!, que al menos en el pueblo, hasta los enemigos tienen nombre y apellidos y casa donde encontrarlos.

Seneka dijo...

Triste verdad, que si no alcanza a todo quisque, a pocos convierte en excepción digna de museo.

Y lo más triste es que sea la propia familia la que así lo quiere. La muerte se ha convertido en indigna vecina circunstancial. Por no hablar de las facilidades que da la Administración del bienestar hogaño.