
PASO A PASO... HASTA LLEGAR AL DESTINO
Vuelto a Dresde, Richard Wagner reanudó su vida de escolar díscolo y pendenciero. Había estado en Praga, que le había dejado una marca en su impresionable sensibilidad estética:
"En esta capital me encontré repentinamente transplantado a un ambiente por completo nuevo para mí. Como venía de Sajonia, saboreé doblemente el encanto poético de Bohemia y, sobre todo, de Praga. La distinta nacionalidad, el peculiar alemán de la población, ciertos peinados de sus mujeres, el vino del país, las arpistas, los músicos, las insignias católicas que se veían por doquier, las numerosas capillas, las imágenes de los santos, todo ello me dejó embelesado."
Y entre los encantos de Praga estaban las dos amigas de Ottilie. Ottilie era la hermana de Richard. Las amigas de Ottilie eran dos jóvenes hermanas, a cada cual de las dos más bonita. En la mente febril de un poeta como era Wagner, ambas eran unas beldades. De origen aristocrático, pues eran hijas del conde Pachta, Jenny era la morena fatal y Auguste, el esplendor solar de la blonda melena. Jenny y Auguste eran dos jóvenes de singular belleza. Y las dos bellas rindieron el corazón, tan inclinado a la belleza femenina, del mujeriego Wagner. Aunque ambas eran unas frívolas irremediables, Wagner se las ingenió para idealizarlas.
Richard tenía 14 años de edad. En Dresde su corazón suspiraba, recordando la hermosura de Jenny y Auguste. Lejos de aquellas beldades, exaltada su imaginación, Richard comunicaba a su amigo Rudolf Boehme la rara belleza de las condesitas. Y, tanto poder tiene el entusiasmo, que Wagner se las compuso para convencer a su amigo Rudolf Boehme. Llegado el verano de 1827, Richard tiraría de Rudolf y, un buen día, ambos desaparecieron de Dresde, lanzándose al camino y a la aventura. Emprendieron la caminata a Praga, dispuestos a llegar a aquella ciudad a pie.
Y llegaron. Agotados, pero llegaron. Lograron avistar a las hermosas damiselas, pero éstas no les hicieron ni el menor de los casos a la pareja de amigos tan andarines.
Leí este pasaje de la vida de Richard Wagner las pasadas Navidades. No quise comentarlo hasta hoy cuando, por detalles que no vienen al caso, tan ricamente me viene a las mientes y, por ello mismo, a colación.
. . .
Entre ella y yo distaban unos cincuenta y tantos kilómetros. Yo no tenía vehículo. Pero, desde que la había visto, no podía dejar de pensar en ella ni un momento.
Un buen día, tan harto de lamentarme por aquella distancia que había entre ella y yo, bajé las escaleras. Abrí la puerta y la cerré a mis espaldas. Y eché a andar por la calle. Sin mirar atrás. Dejé mi ciudad que se perdió bajo las colinas, y seguí andando. Avanzando por el margen de la carretera. Por la calzada me adelantaban, veloces, los coches. Pisando implacablemente con mis suelas los jaramagos. Me rebasaban los camiones que rodaban raudos por la autovía. Dejé a mi izquierda el caserío de un pueblaco. Y seguí andando. Caminé por la calle del medio del campo. Y atravesé otro pueblo. Una buena mujer me dio agua, haciéndome el honor de sacar una botella de su frigorífico. Y, tras el refrigerio, continué andando. Un paso adelante, y otro paso adelante. Pensaba en ella, en aquella joven que era, para mí, el dechado de todas las hermosuras y virtudes.
Pensé que, aunque la peripecia no surtiera el resultado que, en mi opinión, merecía la fazaña, con semejante demostración de mi granítica voluntad, yo no estaba haciendo algo que no fuese lo más correcto. Era un asunto de conciencia. Mi naturaleza me dictaba, por encima de la sensatez y de cualquier otra objeción, dar un jaque a aquella situación. Y lo que me dictaba aquello -¿sería amor?- era no dejar que las cosas sucedieran sin mí. Lo que mi carácter me imponía era la intervención contundente en el curso de los acontecimientos, para modificar el estado de las cosas. Lo tenía que hacer. Me crié en mi casa, escuchando desde siempre: "De ningún cobarde se ha escrito nada". Ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en esta vida. Un español no puede ser un cobarde que, pasivo, asiste al desenvolvimiento de los sucesos, para luego lamentarlos. El español verdadero no se queda contemplando. Para nada hablo de esos postizos que se dicen españoles en virtud de un papelajo oficial, expendido por un Estado que no puede representar en justicia a la verdadera España. El español verdadero y entero que yo era, soy y seré, tenía que intentarlo, jugándosela siempre. Y razonaba para mis adentros: "Cueste lo que cueste... Lo he de conseguir. Y si no lo consigo, bien alta la cabeza y todo puesto en la demanda que, luego, bien con los laureles del triunfo o bien con el acíbar del fracaso, aquí paz y después gloria."
Avisté la ciudad en que ella vivía. Me dolían un poco los pinreles. Llamé a su timbre. Ella sabía que, en aquel entonces, yo no tenía coche. Tampoco había autobús, ni había por dicha un tren que acortara aquel abismo rodeado de olivos y tierra. Nuestras ciudades yacían sobre el sitio en que las pusieron, lejos la una de la otra, aunque en la misma provincia. Me recibió ella.
En su casa, la familia tendría que haber comentado lo difícil que yo lo tenía para llegar hasta ella. Al verme, su abuela se hizo cruces, y dijo: "Este mozo es de los antiguos". Es uno de los halagos que más pueden enorgullecerme: que me comparen con los antiguos, y me descuenten del número de los actuales.
Fue, de todos modos, una tarde gloriosa. Paseamos juntos por un parque. Y me despedí de ella. Regresé a mi casa.
A pesar de aquella caminata mía -me la ha recordado la que hicieron Wagner y Boehme-, a pesar de mi esfuerzo de caminante no me acompañó la fortuna. Era otro el destino de ella, y otro el mío. A la postre, la realidad fue más fuerte que mi voluntad...
Pero mi voluntad y la realidad se habían medido. Y, desde entonces, la realidad sabe que, como yo me ponga, la hago temblar.
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