viernes, 16 de abril de 2010

APÓLOGOS AL ALBUR


DE LA INCOMPATIBILIDAD ONTOLÓGICA DEL PERSEVERANTE Y LA CAPRICHOSA

Una tarde cualquiera empezó una conversación, que duró más de un año.

Persona Caprichosa
: Soy "esto".

Persona Perseverante: ¿Eres "esto"?

Persona Caprichosa: No, no... Soy "eso".

Persona Perseverante: ¿Eres "eso"?

Persona Caprichosa: No, ya no... Ahora soy "aquello".

Persona Perseverante: No eres ni "aquello" que dices, ni "eso" que has dicho, ni "esto" que dirás.

Persona Caprichosa: No, no... Claro que soy: soy "estotro".

Persona Perseverante: No eres nada; no eres capaz de ser constante en nada, y lo que no permanece, no es. No te mantienes en nada de lo que dices (¿para qué escucharte, si tu palabra dura lo que una raya en el agua?). Tampoco eres capaz de hacer nada, pues lo que empezaste a hacer, lo dejaste a medias (¿para qué cooperar contigo, si te cansas y no terminas nada?). Tampoco te gusta nada de verdad (¿para qué complacerte, si lo que decías hace un momento que te gustaba, en un abrir y cerrar de ojos te disgusta?).

"Suelo ser muy sincero, perdona el tiempo que me di hasta hoy para decirte lo que pienso, pues cuando tomo una determinación, no hay marcha atrás.

"No puedo creerte. No puedo colaborar contigo. No puedo complacerte. No me vales... Y, probablemente, no vales para nada ni podrás valer para nadie. Tu egoísmo es tan profundo como las aguas en las que se sumergió Narciso. Apártate de mí. Te lo digo sin odio: No quiero volverte a ver nunca más."

Persona Caprichosa: Eres intolerante y brutal en tu sinceridad. Siempre te dije que no me gustaba tu honestidad. Tanto perseveras que me aburres. Tu perseverancia da miedo: es compulsión obsesiva. Tu constancia aterroriza: es una obsesión psicótica. Tengo miedo de tu voluntad, pues nunca supe lo que es la voluntad.

Persona Perseverante: No temas a mi voluntad. Simplemente, te ignoraré para siempre jamás.

Dentro de la infinitez de la tontería humana, la caprichosa había ganado al perseverante; no fue una victoria merecida, pues la tontería estaba de su parte. Por eso mismo, el perseverante, que pareció perder... Había ganado más.

El Perseverante escupió en el suelo. Se sacudió el polvo de sus botas y siguió su camino. Cuando recordaba a los que había dejado atrás, a veces pensaba si merecía la pena que los odiara, a veces pensaba si no era más acertado tenerles lástima.

-¿Me estaré convirtiendo en un caprichoso alternando aversión y lástima?

Fue preguntarse eso, y se apresuró a suprimir la pregunta. En sus lindes, el perseverante tenía prohibido el dilema. Tachó la aversión. También borró la lástima. Y se hizo la indiferencia... Brilló el sol. El mundo fue otra vez perfecto para él.

-Mejor solo que mal acompañado. -terminó diciéndose. Y dio gracias a Dios por haberlo hecho duro como el pedernal. Mas reparó en una cosa: estaba visto que no podía amar a nadie.

-"Señor, si a esta voluntad le dieras un poco de caridad, ¡hasta podrías hacerme santo!".