Leyendo poesía nunca me he encontrado a un poeta encomiando las patatas -ni mención de ellas encontrará nadie en soneto, espinela o silva, dudo mucho que en octavas reales. Es curioso. Con lo ricas que están, no me explico en qué piensan los poetas. Ya sabemos: el poeta siempre anda entre rosas. Vengan rosas, y nada de patatas.Ayer, mientras pelaba unas patatas para freírlas a seguido, me llegó el olor que desprenden estos tubérculos, al contacto con el agua. Cuando son del país el olor es cibeleo, telúrico... Las patatas autóctonas -no quiero cuentas con las foráneas- nos comunican con el suelo a través de su tacto, de su aspecto visual, pero sobre todo de su aroma. Al oler las que mondaba, me acordé de Frasquito el Viejo, vecino mío él, que era capaz de identificar el solar patatero con sólo olfatear las papas que le pusieran antes de freír. Pardiez, ¡qué olfato tenía el tío!
-Estas papas son del patatal de Josico.
Y, en efecto, eran patatas de Josico, de las de la vera del arroyo, cabe el cañaveral. Y estos recuerdos me hacen evocar ese cuadro maravilloso de Millet, en que los campesinos rezan el Angelus, sobre la gleba que, cultivada, será su alimento. Pero también acude cierto recuerdo...
Un amigo que me estará leyendo me contó lo muy sorprendido que quedó cuando supo que, en Bailén, verdulero había que pregonaba las lechugas que vendía voceando que no había otras mejores, por ser de la huerta propincua a la Noria de San Lázaro -donde, según refiere una abonada tradición oral, tanta gabachería entregó el alma a Satanás y la carne al carnero, en la famosa batalla que ganamos los españoles. Uno tiene claro que un revolucionario es estiércol, pero el uso literal, como abono, de la cadaverina napoleónica por aquel horticultor rebasa lo imaginable. Y el caso es tan cierto como que ganamos la Batalla. El hortelano era un hombre que, bien mirado, explotaba para su negocio el rencor patriota contra los invasores.
Mirando el corral de mi casa se me ocurre que, ante la crisis, no estaría mal plantar unas patatas; repoblar con gallinas ponedoras el fondo. Y hasta algo se podría hacer con más suelo aprovechable.
Espero que este suelo dé tan buenos comestibles como la huerta de la Noria de San Lázaro de Bailén, cuando había huerta allí -que hoy no la hay. Pero, de verdad, espero que bajo este suelo que piso no haya una fosa de franceses. Y si la hubiera, no lo quiero saber.

Siempre quise tener un caballo. Pero, ¡qué ilusiones las mías...! Con los pisos de hoy en día, sería difícil hacerle hueco. Los de mi familia llevamos en la sangre esto de los caballos, pues hay arraigada tradición de haber sido "caballistas". Y aquí, en Andalucía, decir caballista quiere decir algo más que jinete o aficionado a los caballos. Caballista es como contrabandista, cuatrero y bandolero que, tanto monta y monta tanto en estas tierras antaño de forajidos.
Desde tiempo inmemorial y, hasta hace bien poco, fuimos los de mi estirpe gente de monta. Supongo que, de ahí, la querencia por los equinos, por incumplida que esté a día de hoy en mi caso. Descarto que a mi edad vaya a dedicarme al arte ecuestre.
Para hoy ser caballista hay que ser socialista, vean si no me creen el ejemplo de la familia Bono, que tan ecuestres han salido sus varones.
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