
Y DEL ALEGRE Y PROFUNDO PEREGRINO
Saboreando el "Viaje a la Alcarria", de Camilo José Cela; y después de haberme despachado unos cuantos libros más de viajes, de otros amigos trotamundos escritores, dejo a Cela en las Tetas de Viana (que no en las Tetas de Bibiana), deposito el volumen en la mesita de noche y me pongo a pensar, fumando un pitillo a la ventana. Luego me vengo aquí y le doy la serenata al lector.
¿Para qué viajamos?
En no pocos casos, a los románticos les movió a viajar una voluntad de fuga, un querer huir de donde vivían (¿escapar acaso de sí mismos?), y así, entretenerse, mientras se va de aquí para allá sin ver el paisaje exterior: pues el romántico sólo tiene ojos, como buen narcisista, para su mundo interior.
En otros, no son pocos tampoco, quizá les haga viajar el prurito de echarse fotografías y decirle luego a los demás: "Mira, yo estuve ahí". O grabarse en vídeos (la manía que se le imputaba a los japoneses, en son de burla, es una tema en la que han dado casi todos los que viajan de turista).
El turista será reconocido por su superficialidad. La información sobre los sitios a los que llega no pasa de ser un prospecto de dudosa autoría. Tampoco hace nada para ampliar su conocimiento cuando visita el lugar de que se trate. Mira un espacio, con el propósito de encontrar el emplazamiento más adecuado para que le hagan una fotografía.
El escapista, por mucho que se empeñe no podrá huir de sus problemas; ni de sí mismo por muy lejos que se vaya. Lo dijo Horacio y lo repetió Quevedo: "Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres".
Puede que los hombres viajen por muchos motivos. Por motivos profesionales, pongamos por ejemplo.
El caso es que entre el escapismo romántico y el turulato turismo, todavía existen viajeros; aunque son los menos.
Hombres como Heródoto de Halicarnaso, que viajaba para aprender. Y, aunque parezca mentira, también existimos peregrinos que viajamos para aprender lo más importante.
Recuerdo mi peregrinación a Santiago de Compostela. Ser peregrino es algo más que una experiencia o un saber. Culmina en un saberse.
2 comentarios:
Me ha gustado mucho tu reflexión.
Ciertamente viajar es una actividad que las masas han acabado por vulgarizar de un modo execrable.
Tal como previera ya Ortega y Gasset, hoy no se puede visitar en condiciones un museo o una iglesia, incomodado por la "manadas" de turistas y sus infames videocámaras y aparatos fotográficos. Yo he visto a mucha gente agolpada frente a la Gioconda en el Louvre, incapaces de mirar el cuadro con sus propios ojos, sólo a través del objetivo de sus cacharros.
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