
En la ficción ateísta de eso que llaman "estado de naturaleza", Hobbes afirmaba que: "Homo homini lupus" (celebrada frase que, eso sí, Hobbes se la tomó prestada a Plauto). Para impedir la guerra de todos contra todos, Hobbes propuso que todos y cada uno de los seres humanos renunciáramos a nuestro "poder" (el de matar a otro), delegándolo a uno (Otro) que asume, en virtud de esa transferencia, el poder absoluto: que, así las cosas, será el de poder matarnos a todos. Es el "contrato social" (ficción politológica tan querida a las democracias). Y, con el tiempo, ha resultado una realidad cumplida y consumada tras la II Guerra Mundial cuando, progresivamente, y de un modo que ni él hubiera imaginado, "Alguien" (no sabemos quién es), investido con todas las ínfulas de filántropo nos falsifica el pasado, nos explota el presente y nos diseña el futuro. Es hora de presentar la religión que ese "Alguien" promueve, consiguiendo tantos adeptos.
La actual religión vigente en los hombres y sociedades occidentales no es el cristianismo. Es el "egoísmo": esa es la religión más secundada, la mayoritaria, la religión del "yo": el "yo" auto-proclamado "dios". Un "dios", por cierto, muy patético y con serios problemas de ser eterno. Pero un "dios", el yo, implacable. Cuando se le lleva la contraria, puede reeditar la cólera de los ídolos olímpicos, esos que con sus rayos desde el Olimpo destruían a los demás. Cuando se le halaga, corresponde con su ingratitud. Se adula a sí mismo, echándose miles y millones de fotografías, adoptando las poses más disparatadas, pero se mira en ellas y pronto se harta de todas... Y no tolera, ni mucho menos, la verdad. La verdad le parece muy cruda. La verdad es que cada uno de los "dioses egolátricos" que hoy viven en Occidente son, considerados en su individualidad, un fardo de vísceras purulentas, que hieden a perros muertos.
Tanto adoraron sus cuerpos, su aspecto exterior, tanto se maquillaron las pústulas con afeites, que al final perdieron el alma por falta de uso.
"El hombre es un lobo para el hombre", bien. Deja de ser un lobo, para convertirse en un borrego para el gobernante absoluto. Y, como borrego, termina rumiando tan plácidamente en el prado que, cuando llega la hora del matadero, camina a él pensándose un "dios".
Hobbes no pudo contar (¿o contaba con ello?) con que el "contrato social" (al hacernos "individuos") nos llevaría, de vuelta, al estado originario, en una nueva edición: "Cada hombre es un Júpiter irascible para todo hombre".
Se hizo verdad aquella anécdota de la Casa de los Locos de Toledo:
-Ese loco -le decía un inquilino a una visita- se cree el dios Júpiter.
-¡Hay que estar loco!
-Sí. Hay que estar muy loco para creerse Júpiter, cuando Júpiter soy yo.
Ese "Alguien" que ha conseguido hacer realidad el sueño de cada loco, induciéndole a pensar que cada uno es Júpiter y todo le está permitido, manda plenipotenciariamente hoy en el planeta. No es anónimo. Aunque nadie sabe su verdadero nombre, la última vez que se le vio fue en la sala de la meditación de la ONU... Según testigos presenciales -que murieron en accidente de tren, coche o avión, días después de confersarlo a sus seres más queridos- ese "Alguien", su Monarca Absoluto, tan esperado por el pueblo elegid para esperar en la protervia, desprendía un ligero tufo a azufre y se le vio bajo la gabardina asomar un rabo. Él es el más demócrata de los demócratas.
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