jueves, 22 de abril de 2010

GUARDANDO EL BIEN DE LA TIERRA EN SERVICIO DEL REY

En la imagen, el Castillo de Andújar donde tuvo lugar el episodio.


EL ALCAIDE QUE, POR LEALTAD, CORRIGIÓ A SU REY

"Lloremos un caso ya tan desastrado
pues vemos los nuestros envueltos en guerras
y unos a otros tomarse las tierras
que nos les dejamos con tanto cuidado.
Lloremos, lloremos, pues han acordado

que todo perezca sin otra mancilla,
lloremos pues vemos la nuestra Castilla
arderse por causa de un solo privado".

Coplas de Pedro de Escavias.

En el año 1472, el poderoso e intrigante Marqués de Villena había hecho las paces con Enrique IV, después de haber acaudillado una rebelión contra el mismo Rey. Aquella rebelión nobiliaria había costado una guerra civil: Castilla se dividió entre los partidarios de Enrique y los del partido de los nobles. Los caballeros del Condestable de Jaén, a la sazón Miguel Lucas de Iranzo, habían permanecido con su Condestable fieles a Enrique IV y habían combatido con arrojo a los banderizos del de Villena que se enseñoreaban del Reino de Jaén, a excepción de las ciudades de Jaén y Andújar, con algunos otros puntos aislados.

Reanudada la privanza de Juan Pacheco -el Marqués de Villena- con el Rey, el hábil oligarca ensaya una maniobra política, consistente en debilitar a su rival -y antiguo enemigo de armas- el Condestable Iranzo. Pacheco pretende castigar al Condestable desposeyendo a los más leales caballeros de Iranzo de sus títulos y cargos. Entre esos caballeros se señalaba el culto cronista y poeta Pedro de Escavias, alcaide de Andújar entre otros títulos. Escavias, descendiente de noble linaje oriundo de Cuenca, había combatido al partido de Pacheco y a los freiles de la Orden de Calatrava que, con Girón -de la sangre de Pacheco- se habían alzado contra Enrique IV. En 1472 el mismo Enrique IV, pusilánime de él, se había puesto a merced de los consejos de Pacheco, que antes le había traicionado y con quien ahora se había amigado. Enrique IV se presenta ante las puertas de la murada ciudad de Andújar. Y exige a Pedro de Escavias que éste le entregue la alcaidía de la ciudad, para otorgársela a uno de los antiguos enemigos de Enrique y de Escavias.

El alcaide Escavias se negó rotundamente a cederle al Rey la ciudad de Andújar, pues eso era entregarla a sus enemigos. El Rey le reprochó su negativo en muy duros términos, calificándole de infiel y traidor. Y así le contestó, desde las almenas, el anciano caballero a su Rey, en presencia de cuantos acompañaban al monarca, séquito compuesto por los antaño enemigos del Rey y de Escavias. Con serenidad, afirmándose en la razón que de su parte estaba, esto fue lo que le dijo Pedro de Escavias a Enrique IV:

"Señor rey, todo lo que Vuestra Alteza dize es a mí notorio, si lícito sea llamar rey a quien por su voluntad se faze siervo. E çierto es las leyes destos reynos disponen a los reyes no se nieguen las fortaleças por los alcaydes, ni creo yo sea notado por desleal habiendo fielmente guardado esta fortaleça por el condestable, en tanto que los desleales a vos con muy grandes injurias vos trataban, yo siempre guardando vuestro serviçio y el bien de la tierra, tirando muchos daños della, resistiendo aquellos de quien era deservido e duramente injuriado. ¡Y aquellos queréis que sean de vos señores, e así confirmáis e fazéis verdad todas las cosas que de vos se dicen, porque verdaderamente más monstruo o bruto animal debe ser llamado que rey! E a tales reyes gran serviçio se les hace en denegarles las fortaleças, porque dellas no pueda usar en daño suyo y en destruymiento de los bienes de la corona. Ni éstos habrán vergüenza, según su fidelidad, llamar lo que ellos hicieron maldad, los cuales olvidados los grandes benefiçios de vos resçibidos, no solamente os son ingratos, mas siempre acresçienta en vuestras injurias. ¡E consentís ser notados de infidelidad aquellos que grandes angustias e trabajos han sofrido por vuestro serviçio, a quien el gran poder de los infieles a vos no pudo jamás atraer a seguir sus errores! En la memoria debíades tener el áspero y duro çerco que la çiudad de Jaén por vuestro serviçio sufrió del maestre de Calatrava don Pedro Girón, el qual así mesmo quisiera esta villa ocupar, con toda la provinçia de Andaluçía. En ninguna parte desta comarca érades habido por rey, salvo en la çiudad de Jaén y en esta villa. E si nosotros de infidelidad somos notados, por haber pasado los trabajos e fatigas que pasamos, teniendo siempre vuestra firme obediençia, ¿por qué causa podéis haber por leal al maestre, a quien tenéis por señor e obedesçéis, por diversos respetos contrarios, e habéis por fiel a quien por entonces de necesidad conviene tener por verdadero o agora por desleal? El qual, e los otros de su parçialidad, ingratos a tan grandes benefiçios quantos que de vos resçibieron, mas sin vergüença y temor injuriaron de gran fealdad de obras e palabras vuestra persona real, lo qual todo tenéis olvidado, e por las leyes por ellos quebrantadas e por nosotros guardadas, ¿a ellos queréis haber por leales y a nosotros por traidores?"*.

Así le respondió el caballero a su Rey que tan mal le pagaba su probada lealtad. Se cuenta que, dicho esto, el rey "con gran turbación, ninguna cosa respondió, e vueltas las riendas, salió de la villa".

*Texto original de Mosén Diego de Valera, actualizado parcialmente en su grafía.