
Cuadro de Millet, "Sembrando patatas"
Recuerdo cierta anécdota en la que, si yo no fui el protagonista, me tocó ser espectador. Hoy la he traído a las mientes y quiero dejarla aquí plasmada, por si sirve al caminante que pase por aquí.
Pasaba por aquellos días -hace muchos años de esto- que un amigo mío se hallaba un tanto indispuesto con su padre (que en paz descanse). La razón de aquella discordia doméstica no me acuerdo ahora si fue por haberse emborrachado mi amigo días antes, llegando a la casa en la que vivía con su padres casi a gatas.
Pocos días después de aquel bochornoso episodio de la curda, ocurrió que fuimos -mi amigo y yo- una tarde a su huerta. A la sazón, mi amigo había descuidado mucho -supongamos que por la resaca- sus deberes: días llevaba sin visitar la huerta paterna, pese a estarle encomendado el riego. Llegados al campo, allí que nos encontramos al padre de mi amigo. Estaba el hombre afanado en sus cultivos. A mí me saludó, a mi amigo no le dijo ni media palabra. Por lo que podía verse, la relación entre padre e hijo se había deteriorado, y el padre se había cerrado como una ostra, ceñudo y mohíno.
Mi amigo creyó que era hora de congraciarse con el padre. Por tal de hacerlo, por eso que se dice de romper el hielo, sería que no se le ocurrió otra cosa que comentar en voz alta, dirigiéndose a su padre con respeto:
-Están crecidos los tomates.
A lo que el padre de mi amigo, sin dignarse a mirarlo, respondió:
-¡Será del agua que tú les echas!
Sonó cortante, como una cuchilla... El sarcasmo de aquella respuesta fue de antología. A la luz estaba que lo que ponderaba su padre era, precisamente, la incuria en que su hijo tenía a los tomates por vistosos que estuvieran. Mi amigo prefirió el silencio, con el que se otorga y respetuosamente se acata el veredicto de una autoridad.
Más tarde, cuando la relación entre padre e hijo volvió a su cauce, fueron muchas las veces en que, embromándole, le solté a mi amigo: "¡Será del agua que tú les echas!". Y nos reíamos de aquella respuesta.
Ha pasado el tiempo. Hoy vi a otra luz aquella anécdota. Y pienso que aquel reproche bien nos lo pudiéramos hacer a nosotros mismos. Que cada uno de nosotros, cada vez que nos quejamos de lo mal que anda todo, podemos con más que sobrada razón decirnos a nosotros mismos:
"¿Será del agua que yo le echo a los tomates?".
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