lunes, 3 de mayo de 2010

ESLABONES DE UNA CADENA

ESTAMOS EN TRADICIÓN

Este fin de semana pasado ha supuesto una novedad. Lo traigo a colación, pues se ha reiterado en varias ocasiones cotidianas una misma vivencia.

El otro día, en plenas fiestas, nos regalábamos los amigos a la puerta de una taberna, tomando el sol con una cerveza. Llegó un chaval a nuestra mesa y, pidiendo permiso, me pregunta si sé algo de su casa, una de las más antiguas de la ciudad en la que vivo; parece que alguien le ha dicho que un servidor sabe de estas cosas. Puedo asegurar que de su actual casa bien poco sé, pues no he entrado allende su zaguán; pero sí que tengo papeles del siglo XVII en adelante que pueden satisfacer su curiosidad.

Cuando el niño se despedió de nosotros, me vino a la cabeza que yo -hace muchos años- también abordaba en la calle a los mayores, para preguntarles por las cosas antiguas del pueblo. Y pensando esto tuve la sensación de estar haciéndome viejo. Una nube de melancolía se interpuso entre el sol y nosotros (todos de la misma edad, más o menos).

Pero, la nube fue pasajera, muy pronto dejó que el sol volviera a alumbrarnos -ni mortecino ni abrasador. Y entonces pensé:

"Esto es la Tradición: lo que recibí, lo entrego. Estamos en tradición".

Y me sentí feliz por ser un eslabón de una larguísima cadena: la formada por mis antepasados, por el tupido entramado de los antepasados de toda mi gente... Y por los que están haciéndose nuestros sucesores. Esa cadena es fuerte.

1 comentarios:

Un chouan dijo...

Efectivamente, sin duda en esto reside nuestra fortaleza. Nuestras vidas no tienen sentido alguno si no ocupan su lugar en la cadena, fundamentalmente en la familiar.
Honrar a nuestros padres y transmitir nuestro legado a los hijos es una obligación inexcusable de los hombres de bien.
Que sepan de dónde vienen, qué tradiciones les amparan y les sostendrán en sus tribulaciones. Que no se dejen engañar por falsificadores y embaucadores de última hora.
Eso y no otra cosa es el patriotismo.
Qué triste una hija a quien su madre no le ha enseñado a cocinar, qué lastima un hijo que no ha aprendido de su padre la historia de su familia. Qué terrible impresión la del catequista que recibe a los niños, enviados a regañadientes por sus padres para preparar su primera comunión, cuando descubre que nadie les ha enseñado las más elementales oraciones. (“Dos años de catequesis, qué barbaridad”, “se van a perder el entrenamiento de futbol y la clase de danza”, “a ver si dicen ya la fecha que hay que buscar restaurante”...)