
O JUEZ... O PARTE
"¿Cómo se explica el instinto de fijar lo vivido y pensado, anunciándose así ya pronto la vocación de escribir? La soledad se repite en situaciones sin esperanza: en tierra de nadie, en el invierno ártico, en un satélite fuera de órbita. Sin embargo, el instinto permanece; el soliloquio es principio y fin, será siempre el núcleo de la escritura. Donde dos se encuentran, aunque sea en un escenario vacío, siempre está presente un tercero, o un tercer elemento. La palabra se torna superflua, pero, en cuanto último saludo, en cuanto salut au monde, es un acto simbólico."
Así Ernst Jünger en "Pasados los setenta II. Diarios (1981-1985)."
Releer a Jünger siempre es para provecho: sus Diarios, ante todo. El pasaje que reproduzco me ha hecho pensar en la de memorias, autobiografías y apuntes que conozco: y me refiero a los manuscritos o mecanografiados, esos testamentos -más o menos voluminosos- que no han conocido el honor de la imprenta. Son de personas diríamos que insignificantes (ni generales ni estadistas), personas que, más o menos dotadas para el arte de la escritura, con mayor o menor nivel cultural, se atrevieron a dejar por escrito lo que vivieron: grandes acontecimientos de la Historia. Vivieron -aquí no significa protagonizaron; significa, más bien: participaron como comparsas. Conocí a algunas de esas personas, y hasta algunas de ellas -o sus descendientes- me dejaron los documentos que se ocuparon de escribir. He llegado a tener en casa escritos así; los he leído con deleite cuando de algún conocido o amigo se trataba. Cualquiera puede tenerlos, a poco que busque: nunca falta alguien que, al acercarse el crepúsculo, quiera escribir lo que vivió. Son documentos que pueden pertenecer a personas de toda condición y nivel cultural: basta con saber escribir o con tener un amanuense al dictado. Desde el sacerdote que sufrió torturas en la cárcel marxista y por fortuna pudo ponerse a salvo, evadiéndose a zona nacional, hasta las de un teniente de las Milicias Rojas (un viejo amigo mío) que, como él decía: "Para ser teniente en el ejército republicano, bastaba con saber leer y escribir... Sumar y restar". Las de un soldado en África a finales del siglo XIX o principios del XX... O las de un carlista de la Guerra de los Siete Años. Las anécdotas, bien relatadas, son mejores -sin duda- que las reflexiones.
Y de entre las anécdotas, en esos memoriales, suelen salir siempre mejor paradas las anécdotas que tienen como protagonistas a otros, y peor las que, contándolas el interesado, tienen al mismo que las redacta, después de años, como protagonista (esa maldita tendencia a vernos a nosotros mismos con lupa, agigantándonos, para lo poco bueno que tenemos; aminorando u omitiendo lo malo. Esa incapacidad de ser jueces y parte.)
No obstante, cuando se tiene la frialdad de Jünger, hasta lo que cuenta que le sucede es bueno. Se dice de Jünger que, en cierta ocasión en que resultó herido en la cabeza (una metralla o una bala, no recuerdo le pasó de refilón), el herido llegó a preguntar a los que le asistían:
-¿Se ve el cerebro?
Esta pregunta que, en caso de referirse a la cabeza de cualquier otro, pudiera resultar inoportuna y morbosa se torna en este caso en cifra de toda una actitud vital: Jünger se refiere con ella a su propio cráneo y cerebro. Es la actitud de un observador nato y neto de la realidad, y en la realidad se incluye su propia sesera, como si no le afectase. Jünger no pregunta: "¿Sobreviviré a esta herida?", "¿Es muy grave?"... La pregunta es: "¿Se ve el cerebro?" -y ni siquiera dice "¿Se ve mi cerebro?". Aquí, la capacidad de "extrañarse", de salir fuera se convierte en una rotunda refutación del monismo de algunos neurocientíficos.
Para el común de los mortales no rige esta "objetividad" con fulgores de acero. Más bien, lo que todos acreditadamente tenemos demostrado es poseer una ilimitada indulgencia para con nuestra imagen, la imagen de nuestro hacer y de nuestro ser mismo: la identificación con nosotros mismos y nuestras acciones (por censurables que estas sean) es tan plena que estamos dispuestos a ser muy clementes para con nuestros errores y, por desgracia, no parece que estemos dispuestos a beneficiar al prójimo con estas amnistías e indultos que nos otorgamos a título individual y reflexivo. El prurito de escribir nuestras experiencias y reflexiones -por Diario, por Glosas, en un libro o en una bitácora- nos vuelve al tema de la pregunta inicial: el instinto de fijar lo vivido y lo pensado.
La práctica incapacidad para vernos a nosotros mismos con "objetividad" (aquí querría decir: ser capaces de vernos desde fuera, como si fuésemos "objeto" y no "sujeto") podría ser, bien pensado (y no meramente presentado así a vuelapluma) el meollo de una nueva demostación de la existencia de Dios -y permítaseme decir la palabra "nuevo", por muy sospechosa que me resulte: dado que soy de los que, al fin y al cabo, piensa que nada hay nuevo bajo el sol.
Una nueva demostración de la existencia de Dios podrían desarrollar los teólogos. Sus líneas generales serían algo así como:
Si no valgo para juzgarme a mí mismo, es necesario que Otro me juzgue. Ese "Otro" que nos juzgará es Aquel a quien llamamos Dios.
Miserere Domine.
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