domingo, 16 de mayo de 2010

RARO PEATÓN POR LA CARRETERA


EXTRAÑO... COMO MÍNIMO: EXTRAÑO

Pese al pudor que existe en lo atañadero a estos asuntos (de fantasmas, digo), he de confesar que no tengo ningún tapujo en contar lo que, sobre estas cuestiones, he llegado a experimentar. Son dos las ocasiones en que he visto fantasmas. Piénsese, pues, que no soy como aquel niño de aquella película "The Sixth Sense", que los veía a menudo.

La primera experiencia en este sentido que tuve fue en un viaje nocturno. Veníamos de Portugal, en dirección a Madrid, por una de esas carreteras malas. Pese a la hora, había tráfico: sobre todo, camiones portugueses de esos calificados como "Vehiculo Longo" a la velocidad que tienen por costumbre los camioneros lusitanos. El día había sido muy intenso. En Portugal, en la vía de circulación que atraviesa la Sierra de Caramulo, nos habíamos topado con un accidente mortal; otro más de los que dan razón para que aquella pista de circulación se llame "A estrada da morte". Dos jóvenes portugueses que iban en su turismo sufrieron un choque con un camión. Uno de los muchachos había muerto ipso facto; el otro, gravemente herido, había sido trasladado al Hospital de Coimbra, temiéndose por su vida.

Aquel siniestro de carretera podría haber sido uno más: de los que uno lamenta por humanidad, pero que, al haberle pasado a desconocidos tampoco tiene más relieve que una anécdota. Pero nosotros no éramos -como pensamos al principio- ajenos a aquel luctuoso suceso. Viajábamos con un portugués aquella mañana y, teniendo que pasar por esa carretera, nos encontramos un atasco, poco después de salir de Viseo. Era una cola inmensa la que formaban coches, camiones... Ante la retención, nuestro anfitrión lusitano comentó: "Otro accidente... Esta carretera tiene fama de mortal". Pero suena el celular de nuestro amigo portugués. Éste habla y se le demuda el rostro: en el accidente que ha provocado la interrupción de nuestro viaje -le comunican- el joven muerto es un íntimo amigo de nuestro conocido. Le piden por teléfono que, en lo que tarda en personarse la familia, vaya a la Morgue de Aveiro para identificarlo. Y allá que vamos. Entramos en el tanatorio de un hospital y nos encontramos con el cadáver destrozado de aquel joven. No voy a detenerme más, pero comprendan que -como es lógico- uno no visita frecuentemente estos sitios. Esperando a la familia, el portugués, mi amigo español y yo rezamos un Rosario ante el cadáver.

Por la noche, después de todo aquel viaje y sus sucesos, con el tropel de imágenes, regresábamos a España. El portugués, fatigado por el día y la pérdida de su amigo, duerme en el asiento de atrás. Mi amigo conduce. Es de noche. Una carretera regional, provincia de Salamanca. Llevamos delante un camión portugués, el que dije: "Vehiculo Longo". El portugués ronca atrás. Mi amigo y yo que estoy en el asiento del copiloto, llevamos un buen rato sin hablar. El sonido del motor es como un zumbido hipnótico. El camión portugués va delante de nosotros a una velocidad asombrosa para la hora que es. Estamos en pleno descampado. El chofer y yo miramos adelante. En un momento -no sabría decir cuánto- la silueta de un joven cruza la carretera, entre el camión y nosotros. No me sobresalto. Pienso para mí, primero, lo temerario que había sido por parte de aquel muchacho cruzar la carretera. Luego, pienso que la hora (las 2 ó 3 de la madrugada, aproximadamente) y el lugar no son los más apropiados para una persona vestida como aquel "bulto" iba vestido: con ropa elegante de ciudad, y una mochila como de cartero -pero negra- a la bandolera. Estamos en pleno campo. Pero ni me sobresalto -ya digo- ni me estremezco, ni pienso en principio que haya que decir nada al conductor que viene a mi lado. Incluso pienso que puede haber sido una alucinación, debida a la tensión acumulada del día.

Después de unas horas estamos en Madrid. Nos despedimos del amigo portugués y nos quedamos a solas mi amigo, el que había conducido, y yo. Después de toda la jornada, parece mentira, nos da por hablar -tal vez con la inconsciente pretensión de ordenar un poco todo aquel día tan extraño. En un momento, me dice el conductor:

-Parece mentira que se haya cruzado un tío en pleno descampado, entre el camión que llevábamos delante y nuestro coche.

Han pasado horas. Pero ahora sí siento un repelús al escuchar aquella confesión. La visión aquella de aquel joven atravesando la carretera con peligro de su vida no era una experiencia subjetiva, no era una alucinación mía: mi amigo había visto lo mismo que yo. En mí, lo tengo comprobado, el terror no tiene tanto poder como la curiosidad. Me preocupo de contrastar mi visión con la de mi amigo: ropa, aspecto de aquel "personaje"... Coincidimos prácticamente en todo.

En conversaciones telefónicas posteriores, nuestros amigos portugueses nos informan: aquella misma noche en que vimos a aquel extraño fuera de contexto, el joven herido en el accidente de tráfico había fallecido.

Meses después volvimos a Portugal y rezamos ante la tumba de aquellos jóvenes muertos en la Estrada da Morte. Mirando el retrato del difunto no sabría decir si es el que vimos en la carretera... Pero tampoco podría decir rotundamente que no era él.

2 comentarios:

Embajador en el Infierno dijo...

¿Fantasmas?. Almas del Purgatorio. En esas si que creo.

Maestro Gelimer dijo...

Un "fantasma" no es, en todo caso, otra cosa que una imagen... del alma purgante.

En los fantasmas no se puede creer. En todo caso, se han visto o no. En las Benditas Ánimas del Purgatorio claro que creemos.

Pero, ¿quién no ha visto un fantasma si ha visto el Congreso de los Diputados en una sesión?