domingo, 6 de junio de 2010

CONTRIBUCIONES A LA MEMORIA HISTÓRICA

En la fotografía, el Obispo Mártir.

EL MARTIRIO DE DON MANUEL BASULTO JIMÉNEZ



Nemesio Pozuelo y José Aroca, jefecillos comunistas, entraron el 2 de agosto de 1936 en el Palacio Episcopal de Jaén, frente a la Catedral. Sería las 11:30 de la mañana. Después de poner en la balconada el trapo rojo, comunicaron al Obispo de Jaén, Don Manuel Basulto Jiménez, que el Palacio cambiaba de propietario. Le ordenaron al Obispo que éste, en compañía de sus familiares, y el vicario general que le acompañaba, a la sazón D. Félix Pérez Portela, ocuparan los bajos del Palacio en donde habían estado ubicadas las oficinas de la curia. Nemesio o Aroca, uno de los dos, le dijo al Obispo:

-¿Dónde están tantos amigos como usted tenía, para que vengan ahora a defenderle?

El Obispo sonrió y no contestó nada. El cuñado del obispo, su hermana, el vicario general y el Obispo quedaron confinados en esas dependencias vigilados por parejas de milicianos. A las horas, llegó Pasagalli, profesor de la Escuela Normal. Aunque era izquierdista, se mostró educado con los cuatro prisioneros y le dijo a los clérigos que se despojaran de la sotana, para pasar a la cárcel que habían improvisado las milicias en la misma Catedral. El Obispo pidió a Pasagalli que le permitiera consumir las sagradas formas del Sagrario, con el propósito de evitar el sacrilegio. Pasagalli se lo permitió. Y el Obispo con sus tres acompañantes fueron conducidos a la cárcel-catedral.

En la catedral había 1.200 detenidos, clérigos y laicos de todas las condiciones que iban siendo concentrados procedentes de todos los pueblos de la provincia. Al Obispo, por la razón que fuere, se le confinó en la sacristía del templo catedralicio, al margen de todos los demás prisioneros. En la tarde del día 11, Don Juan Montijano Chica, sacerdote diocesano que luego sería canónigo arcipreste de la catedral, pudo llegar al Obispo. Previamente el P. Montijano -por conversaciones con un miliciano paisano suyo, con el que no se lleva mal- puede anticiparle al Prelado una confidencia: los nombres de éste y sus acompañantes figuraban en una lista, para partir aquella noche en el tren que saldría en dirección a la cárcel de Alcalá de Henares. El Obispo dijo: "Todo sea por Dios" y, en la entrevista con D. Juan Montijano, le encargó las normas de gobierno para que el P. Montijano se las transmitiera al arcediano de la catedral, D. Juan Aragón. Montijano se despidió de Monseñor Basulto: serenidad y emoción sellaron aquella despedida que nunca pudo olvidar D. Juan Montijano.

Una larga hilera de presos esperaba en la nave del evangelio la orden de marcha. El señor obispo con sus familiares atraviesa la muchedumbre de presos, algunos serán compañeros de ese último viaje. Son personas decentes cuyo único delito es confesar su fe en Cristo. Al paso digno del Prelado, sus feligreses inclinan la cabeza, muchos otros, imitando a los sacerdotes, se arrodillan. El Obispo los bendice disimuladamente. Al llegar a la puerta de salida, el Obispo Basulto miró a la capilla donde se custodia el Santo Rostro. El fervor contenido de aquella mirada estremeció a todos los testigos. El Obispo, después de mirar hacia la capilla donde todavía hoy se venera la Santa Faz, mira ahora a su feligresía y Don Manuel Basulto, serena, solemne, majestuosamente, como si fuese una gran solemnidad que está oficiando, levanta sus manos y bendice, trazando tres veces la señal de la cruz, a su grey, prisionera de los lobos.


El viaje en tren hasta Madrid es un suplicio. Se hacinan los presos. Bullen en las cabezas y en los corazones el destino incierto que les aguarda. El tren como un cortejo fúnebre pasa Despeñaperros, cruza La Mancha, en la noche y en la madrugada. Luis López Muñoz, jefe de estación de Santa Catalina -cerca de Atocha- ve llegar el tren a la hora del Ángelus del día 12 de agosto de 1936. Partidas de milicianos aguardan el arribo de la locomotora y los vagones atestados de seres humanos que sudan, tiemblan y se angustian. Los milicianos jalean a los prisioneros, rezuman saña y vitorean la llegada del tren. Llegan dos camiones de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto que quieren disolver a los piquetes armados que huelen a aguardiente y tabaco y se excitan ante la proximidad de sus indefensas presas. La Guardia Civil y la de Asalto quiere conducir el tren a su destino: Alcalá de Henares. Pero la milicianada se opone y discute. Se habla con el Ministro de la Gobernación y con la Dirección de la Guardia Civil. Un tal Arellano, el cabecilla de aquellos facinerosos, coge el teléfono y habla con Casares Quiroga, el Ministro de la Gobernación, y le dice:

-Mira, chacho, si no nos entregan los prisioneros, matamos a los guardias.

El Ministro de la Gobernación contesta: "Si es la voluntad del pueblo, que se los entreguen".

La Guardia Civil, herida en su amor propio tiene que acatar la orden de la "autoridad" y se retira. Los milicianos se hacen cargo del tren y los prisioneros. Lo llevan en dirección a Vallecas, pero antes de llegar, en el sitio que llaman Caseta del Tío Raimundo, detienen el tren. El reloj marca las 3 de la tarde. Hace calor agosteño. Los milicianos van obligando a los prisioneros a bajar en tandas. Según testimonios, fueron colocados en grupos de veinticinco sobre un repecho de ese paraje. Tres ametralladoras a pocos metros escupen sin cesar su metal mortífero. Los milicianos están haciendo lo único que saben hacer: asesinar.

El Señor Obispo de Jaén, puesto frente a sus verdugos, cae de rodillas. Tiene en las manos el breviario y el rosario y dice, antes de recibir la muerte:

-
Perdona, Señor, mis pecados y perdona también a mis asesinos.

Llega el turno de la hermana del Obispo que es la única mujer -una señora mayor- del macabro convoy. Y la mujer se dirige a las bestias rojas, diciéndoles, casi implorándoles: "Esto es una infamia; yo soy una pobre mujer". Uno de aquellos degenerados, se supone que sería hombre antes de convertirse en alimaña tras haberse intoxicado fatalmente con el odio de los demagogos, le contesta a la señora:

-No te apures; a ti te matará una mujer.

Y de entre esa horrenda mojiganga de monos y pañuelos rojos al cuello, sale una miliciana -como todas ellas, con fama de puta. Se llama Josefa Coso y la apodan "La Pecosa", y a sangre fría descarga, a bocajarro, su arma sobre la anciana hermana del Obispo.

El lema del episcopado de Don Manuel era: "Quien a Dios tiene, nada le falta". Se nota que era de Ávila. Dios lo tiene a él en su gloria, para que no faltara otro Obispo de Jaén que llevara la palma del Martirio y sea intercesor de esta Diócesis ante Jesucristo Nuestro Señor.


Así fue como martirizaron al Obispo de Jaén D. Manuel Basulto Jiménez y con él, a su hermana y su cuñado. Y lo dejé aquí escrito por si algún historiador a sueldo del PSOE se le ocurre falsear la verdad histórica. En Jaén, y en toda España, estamos hartándonos de que nos cuenten la historia como les dé la gana.

Pienso que si hubiera un solo director de cine -español o extranjero- capaz de recrear estas escenas de fidelidad martirial y de heroísmo en una película, la falsa Memoria Histórica que nos quieren imponer se desvanecería como lo que es: un fantasma formado por el delirio y la mentira sectarias.

2 comentarios:

Soldado Vikingo dijo...

Anoche en Telelvisión Española echaron "Los girasoles ciegos", y un mes antes le había tocado el turno a "Las 13 rosas".
Esto muestra cual es la verdad oficial, por que los socialistas se creen poseedores de la Verdad Absoluta.

Maestro Gelimer dijo...

Estimado Soldado Vikingo: la propaganda -que es la Mentira- hay que contrarrestarla con la verdad -que pudiéramos llamar "contra-propaganda".

Las 13 rosas eran trece flores carnívoras, alguien las pisó y yo lo celebro.

¡Viva Cristo Rey y arriba España!