miércoles 23 de junio de 2010

HISTORIAS QUE CONTABAN LOS QUE MURIERON

El caudillo Savalls, conquistador de Olot

VIAM UNIVERSAE CARNIS INGRESSO

Eran tiempos de aparente paz, manifiesta anarquía y, por eso, todo presagiaba la guerra. En aquella villa los vecinos disputaban en defensa de sus opiniones contrarias. Y podían esperarte en lo oscuro de la noche y, en cualquier calle tan mal alumbrada, podían asestarte unas cuchilladas, como las que le dieron a Ramón. Julián no quería ir a la guerra, pues se había enamorado de la hija del sacristán, buena moza morena, lozana y donairosa, que respondía al nombre de Magdalena. Pero lo habían llamado a filas, y en el norte volvían los carlistas a alzarse. Julián le dijo a Magdalena:

-¿Quieres ser mi viuda?

Ella rió la gracia y asintió. Se casaron, Julián vestido de soldado y Magdalena, de virgen.

Partieron al norte. Dorregaray dominaba el Maestrazgo. Destinaron la compañía en que iba Julián a defender Olot. Y Savalls tomó Olot. En la confusión de aquella conquista, a Julián lo dieron por muerto. Lo que nadie supo es que había desertado. Julián llevaba mal ese uniforme. No quería servir a los enemigos de su abuelo, a los mismos enemigos de su abuelo con otro collar. Y, aprovechando la quiebra de las líneas, se había ido al bosque, como quien no quiere la cosa, como quien va a buscar setas.

Llegó a la puerta de una masía. El payés había quedado viudo meses antes. Y a su hijo lo habían matado los que vestían el mismo uniforme que veía que traía Julián. El payés lo miró con desconfianza y apretó el cayado, por si tuviera que propinarle un garrotazo al forastero. Julián se persignó. Y el payés amainó, reconociéndolo cristiano. Julián le dijo: "Soy andaluz y carlista". Y el payés, sonrió: "¿Carlí?" -dijo, irónico, fijando sus ojos en las hechuras de su uniforme. Julián se apresuró a quitarse la guerrera. Y dijo: "Si usted me diera techo y cama...". El campesino no descifró de la última frase de Julián más palabra que "cama". Y el viejo, tocándose la pierna, dijo que sí: que estaba cojo. A la postre, se entendieron como cristianos y el payés lo acogió, dándole de su ropero vestido con el que cambiar la indumentaria de campaña. Y allí se quedó Julián, a esperar que la guerra la ganaran los carlistas.

Más allá de Despeñaperros, al pueblo de Julián llegaron las nuevas. Julián había caído en la defensa de Olot -decían. Y Magdalena bien que lo lloró, al menos durante tres semanas; pues a las tres semanas, a Magdalena se le murió el padre, aquel sacristán, y las lágrimas por el malogrado esposo se tornaron en lágrimas por el padre -y por el sustento.

Como era mujer de buen ver, pronto hubo quien la pretendiera. Como era mujer que había quedado sola en el mundo, y había menester, pronto aceptó al pretendiente. Era su pretendiente un solterón que, hubiera podido aguardar, pero que no esperó que a la calva le salieran más pelos.

Una noche estaba Magdalena con su nuevo hombre en la cama. En la casa de él que, por ser hombre de haberes, era de dos pisos. Habían hablado de arreglar su situación, pues estaba la pareja, por estar en pecado, en boca de todo el pueblo. Y al irse a dormir, tranquilo el hombre por saber que Magdalena había dado el "", terminó el hombre por declarar la incertidumbre que lo atenazaba, la única hesitación que aquel bienaventurado tenía ante el futuro tan halagüeño que, él creía, con mujer así le aguardaba:

-¿Y qué hacemos si Julián regresa? -preguntó.

Y Magdalena, muy tranquila, dijo:

-Pues podría vivir en el piso de arriba.

El amante de Magdalena abrió los ojos, en la oscuridad de la alcoba. Y después de la sorpresa que aquella respuesta le había granjeado, se dijo para sí: "Con razón decía mi santa madre que las mujeres son unas frescas...". Y dicho esto, sin que le oyera Magdalena, se agarró a la cintura y se echó a dormir con la fermosa fembra. Magdalena y su enamorado pidieron licencias para casarse. Se hicieron todas las gestiones pertinentes, y como todo estaba en orden fueron marido y mujer; aunque el marido, con un tenue resquemor (como si algo le dijera que el difunto esposo de Magdalena estaba vivo), siempre que miraba para el piso de arriba veía en él instalado a Julián. Tuvieron hijos y el primogénito se llamó Julián -por así quererlo Magdalena y secundarle su esposo, que de ese modo se pensaba que -en caso de volver Julián- podría esgrimir tal argumento para congraciarse con él.

Julián no regresó. Bien es verdad. A Julián se le quitaron las ganas de retornar cuando supo que Carlos VII había traspasado la frontera y los carlistas se habían desbaratado; tal era el temor a que lo declararan desertor, con las consecuencias que ello traía aparejadas. Y se conformó a aquella vida, ayudándole al anciano, en las faenas. Y murió el viejo payés, y Julián heredó la remota masía aquella, en los profundos de la Garrotxa.

Y un buen día... Julián "viam universae carnis ingresso", como se decía en los buenos tiempos: que traducido es lo que diríamos: "pasó a mejor vida" y su carne ingresó por la vía de toda carne, que es pudrirse.

Aquel día de su muerte, el marido de su esposa resopló. Como si lo hubieran aliviado de un peso que lo apesgaba. Pero, sin saber ni cómo, en ese mismo momento le dijo a su mujer:

-¿Y en la otra vida...? ¿Quién estará contigo, Magdalena?

Y Magdalena, muy tranquila, le dijo:

-Pues... ¿Quién iba a estar, zoquete?

Y dijo el marido, angustiado:

-Sí... Sí... ¿quién de los dos?

Magdalena, más tranquila todavía, terminó diciendo:

-Pues aquel que de los dos no se vaya de mi lado.