
NIÑOS... Y SANTOS
No. No voy a hablar sobre el Secreto del Tercer Misterio de Fátima, que para eso es secreto. Puse ese famoso retrato de Jacinta, Lucía y Francisco... Y tampoco lo puse para relatar las torturas que los tres niños de Fátima sufrieron a manos de masones portugueses. Pero también hubiera podido poner retrato de Santo Dominguito de Val, un niño cristiano secuestrado y martirizado por judíos impíos en la Zaragoza de las Tres Culturas; o el Santo Niño de la Guardia -que lo fue en Toledo, también de las Tres Culturas; hay que ver el afán que algunos tenían, en una sociedad tan tolerante, de asesinar niños cristianos en rituales de sangre.
Quiero hablarles de algo distinto: de la santidad infantil... Y no por la vía rápida de la palma del Martirio.
Leyendo una antigua crónica del siglo XVIII que fija ciertas tradiciones propias de la aristocrática familia Centurión, me encontré con una anécdota que me pareció digna de considerar. Cuenta este historial que quedara viudo el Señor Don Adán Centurión de su primera esposa, Doña Mariana de Guzmán. El viudo Don Adán se retiró al sagrado de la Cartuja, pero determinó abandonar los silenciosos huertos de la Cartuja, para tomar esposa por vez segunda. Y así lo hizo con Doña Leonor María Centurión, Córdoba, Mendoza, su sobrina.
Tuvieron Don Adán Centurión y Doña Leonor María varios hijos en Granada. El primero se llamó Don Juan y, tras recibir las aguas del Bautismo de manos del Cardenal Espínola, Arzobispo de Granada, poco después falleció. La segunda hija de Don Adán se llamó Doña María y también fue bautizada solemnemente en la iglesia de San Cecilio de Granada, como lo había sido su hermano difunto; esta vez fue el Obispo de Guadix quien echó el agua bautismal, mientras el Cardenal la tenía en los brazos sobre la pila.
No tenían suerte Don Adán Centurión y Doña María Centurión, pues esta niña Doña María murió antes de cumplir los seis años de edad. Pero era tal el uso de razón, el juicio y la excelente virtud de que hacía gala aquella niña que a todos contristó grandemente su muerte tan temprana. Doña María -cuenta el tradicionista que escribe la crónica familiar- pasaba todo el día llorando y suspirando el día que no podía oír Misa. Frisaba las cuatro primaveras nuestra niña Doña María cuando, en cierta ocasión en que el Cardenal Espínola estaba de visita, hubo un breve parlamento entre el Purpurado y aquella zagala. El Cardenal, al oír hablar a la niña con tanto asiento que no pareciera propio de su edad, le dijo:
-Sobrina, eso que dices otros te lo previenen.
Doña María, ni corta ni perezosa, le contestó a su Eminencia:
-Cuanto yo digo lo oigo decir, pero lo pongo adonde es menester.
Respuesta que, a su edad, es prueba de la inteligencia y los dones que esta criatura tenía. Su enfermedad, la que la llevó a la tumba con seis añitos, es descrita como "enfermedad de muchas llagas". La terapia era dolorosa. A su tierna edad, aquella cría que cargaba tan infantil todavía con un "Doña" que bien merecía, en los dolorosos momentos que tuvo que sufrir por las curas de lo que no tenía remedio, sólo se le oía decir:
-Sea por los dolores que Cristo sufrió en sus llagas.
Pese a la edad, murió habiendo recibido todos los Santos Sacramentos -tras un detenido estudio y examen de los hombres más doctos de Granada, que resolvieron anticipárselos como si fuese una persona adulta. Su cuerpo fue sepultado en la Iglesia de San Cecilio. En su tumba fue enterrada posteriormente su hermana Doña Teresa, también niña. Cuando pasaron los años y la familia Centurión quiso trasladar los restos mortales de sus hijas al Convento de Santa Clara de Jesús de la Villa de Estepa, abrieron la tumba en que ambas hermanas habían sido inhumadas.
El cuerpo de Doña Teresa había sufrido la corrupción, consumiéndose. El cuerpo de Doña María se conservaba al lado del de Doña Teresa incorrupto hasta en sus vestidos. Aunque el cronista no omite decir que la parte que había tocado con el cuerpo de su hermana aparecía más deteriorada.
Y si alguien me reprocha que cuanto escribo es que lo leí, y me lo previnieron... Contestaré parafraseando a esta santa niña, con una frase que pareciera pronunciada en una Cátedra:
-Cuanto yo escribo lo he leído, pero lo pongo adonde es menester.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada