jueves, 7 de octubre de 2010

EL CENTRO DEL UNIVERSO

Teofrasto Paracelso

VIVIR MUY CERCA DEL ÓNFALO

En la hacienda de Moerkhoej se detuvo el tiempo. Cuenta Peter Høeg en su novela "El siglo de los sueños". El conde, dueño de aquella tierra, ordenó levantar un muro para aislar Moerkhoej del mundo tan cambiante en sus gustos, opiniones, modas y vestidos. Lo que convenció al conde para comenzar aquella disparatada empresa fue descubrir que Teofrasto Paracelso había visitado Moerkhoej y que el enigmático alquimista había determinado que el centro del mundo se encontraba en algún lugar de aquella finca.

A uno le dan ganas de tener una finca, aunque no se llame Moerkhoej y uno no sea -todavía- conde: cercar el perímetro de la propiedad, alzar un muro y aquí me las den todas. ¿El espacio cercado podría contener el tiempo, como una presa contiene el agua? Si se está cerca del centro del mundo, sí. Empantanar el tiempo lejos del centro del universo es momificarse. Pero, si propincuo al centro, se dedica uno a algo tan sencillo como puede ser vivir sin acelerones, el tiempo puede casi casi detenerse.

Habida cuenta de que nos fallan aquí las leyes de la naturaleza, será más eficaz encerrar el tiempo en una novela. Como el escritor noruego ha conseguido en "El siglo de los sueños".

El error del conde de Moerkhoej fue creer que el centro del mundo estaba dentro de los límites de su hacienda. Estaba equivocado el pobre conde cuando discurría así, pues tengo confirmado que el centro del universo está en algún lugar dentro de mis dominios.