DOS MESAS, UNA SEÑORA, UN SEÑOR Y UN REPRESOR
Casi enfrente del Hotel Ritz tenía su vivienda don Juan Vázquez de Mella y Fanjul. Entre sus vecinos estaba la familia Rivas Cherif. En la familia destacaba, entre toda la prole, Cipriano de Rivas Cherif. En 1914 Cipriano había regresado a España, tras haber completado estudios en la Universidad de Bolonia. De Bolonia se había traído el doctorado en Leyes. Una de las hermanas del flamante doctor en Derecho se llamaba Dolores de Rivas Cherif. La señorita Lola sentía una natural simpatía por aquel senecto caballero, de misa diaria, tan atilado en su vestuario, con sus antiparras anticuadas y, tras las lentes, sus ojos estrábicos por las fatigosas y continuadas lecciones. Lola saludaba a D. Juan siempre que se lo cruzaba, pese a que su familia no congeniara con las ideas -"reaccionarias", decían en su casa- que sostenía y defendía el tradicionalista caballero, tan dotado de facundo verbo y lógica inexorable.
Cuando Lola saludaba a don Juan, éste le correspondía con cumplida caballerosidad quitándose el sombrero e inclinando levemente la cabeza ante la señorita. A veces, cuando uno de los discursos de Vázquez de Mella hacían historia, Lola sentía el impulso de felicitar al caballero. A ella los discursos la aburrían y nadie hubiera logrado hacerle perder el tiempo leyendo ni uno; pero en tiempo de debates reñidos, las intervenciones del ilustre vecino eran puestas por las nubes en los periódicos, y hasta la prensa adversaria no podía acallar la admiración que sentía ante la elocuencia del tribuno tradicionalista.
Aquel mediodía, como tenía por costumbre, don Juan salió de su casa para ir a pasear por la Carrera de San Jerónimo. Vestido con sobria elegancia, en su corbata llevaba prendido el alfiler crucífero de perlas, se devanaba los sesos pensando que, otra vez más, el sistema había cambiado el gabinete. Las crisis se agravaban y los gobiernos se sucedían sin poder frenar la violencia, el pistolerismo y el anarquismo. La ineptitud de aquellos gabinetes estaba fuera de toda duda. Los masones turnaban a los cristianos liberales y todos sonreían, y todos ganaban en la lid política. Don Juan pensó:
"Si se ahorcara a todos los miembros de un Gabinete... Subiríamos el nivel moral de la política española... Señor mío, perdóname que piense así, pero sabes que tengo la afición a los radicalismos; soy aficionado a los extremos: repudio las tintas medias y los crepúsculos. Tendría que haber nacido en otra época."
Era en esos paseos por la Carrera de San Jerónimo cuando Vázquez de Mella aprovechaba para pensar -que, en él, era una continua oración a Dios. Y en aquellos paseos recibía la inspiración para sus discursos y artículos. Luego, al regresar a casa, se destocaba quitándose la chistera, la colgaba en la percha, se despojaba de la levita y se la daba al sirviente. Se iba a su despacho, con su biblioteca bien surtida, se sentaba, atraía hacia sí los trebejos de la escribanía y en las cuartillas de papel timbrado con el escudo nobiliario, don Juan comenzaba a escribir, muy complacido de hacerlo en la misma mesa en que Jaume Balmes había trabajado sus libros.
Por aquellos tiempos se añejaba Manuel Azaña, avinagrándose por las ambiciones incumplidas y por el hastío que le producía su oscuro trabajo en la Dirección General de los Registros y del Notariado. En la Cacharrería del Ateneo, alguno que otro embromaba a Azaña, diciéndole mientras guiñaba el ojo a los otros:
"Don Manuel: usted que trabaja donde trabaja, podría contestarme: ¿escribir sobre la mesa de Don Francisco Tadeo Calomarde, imprime carácter?".
Manuel Azaña podría haber contestado con una de esas muchas frases ingeniosas, de esas que pensaba él en sus noches de insomnio, pero solía suceder que la ironía nunca le salía cuando tanta falta le hacía. Por eso mismo, Azaña esbozó una sonrisa -a mal tiempo, buena cara- y acertó a decir con muy poca gracia que él estaba vacunado contra todo género de reaccionarios, incluyendo a Calomarde.
Y, toda la verdad sea dicha, muy mala fama le habían dado a Calomarde, ignorándose todo lo bueno que hizo durante su mandato. Azaña y los liberales estaban absolutamente convencidos de que Calomarde era un personaje siniestro, obscurantista y retrógrado.
Don Juan Vázquez de Mella escribía en sus cuartillas:
"Por eso podréis decir lo que queráis de nosotros; pero nadie se atreverá a calificarnos de Sancho Panzas; de Quijotes, quizá, y no nos importa, porque somos una especie de caballeros andantes de la generosidad y del honor, que vivimos defendiendo a nuestra Dulcinea, a la señora de nuestros pensamientos (...)"
Y tras escribir "pensamientos", pensó poner "España". Y se dijo: "Ella es la señora de nuestros pensamientos, ella es nuestra Dulcinea". Pensándolo mejor, prefirió omitirlo y continuó:
"...en toda suerte de torneos y de justas, para sacarla ilesa y ponderar siempre su hermosura, sin que nunca el aliciente material, jamás el goce del Poder, nada que pueda considerarse como medro personal, sirva de norte a nuestros corazones".
Y volvió a leer entero aquel párrafo. Ya quedaba menos. Era sazón de rematar el discurso con el párrafo final.
Murió don Juan Vázquez de Mella. Lola de Rivas Cherif se había mudado hacía años y ya estaba casada con aquel hombre adiposo y escurridizo de Alcalá de Henares, siempre insatisfecho, llamado Manuel Azaña Díaz. Llegó la Segunda República y aquel oscuro covachuelista que escribiera sobre la mesa del absolutista Calomarde trepó a las posiciones más altas del poder político. Don Manuel Azaña Díaz era en 1933 Presidente del Consejo de Ministros de España. En Casas Viejas (Cádiz) unos anarquistas protagonizan una revuelta y la Guardia Civil y la Guardia de Asalto tienen que intervenir.
Se le piden instrucciones a Azaña. Y Azaña responde: "No quiero heridos. Los tiros a la barriga". Y así se hizo: no hubo clemencia para aquellos desgraciados.
Por la noche, queriendo olvidar todo ese desagradable zipizape de la CNT, Manuel Azaña hablaba trivialidades con Lola. O mejor diremos: Lola le hablaba a Manuel.
-¿Te acuerdas de Don Juan Vázquez de Mella, Manolo? Pues, según me ha dicho Charito, D. Juan, después de muchos años intentando saber dónde estaba, logró encontrar la mesa de Jaime Balmes y la compró.
De la conversación que animaba su esposa, a la cual apenas prestaba atención, refulgió una palabra: "mesa", y Manuel Azaña recordó aquel día, de sopetón, aquella mesa de Calomarde sobre la cual había trabajado tantos años y la chanza del Ateneo y atinó a decir, sin que Lola pudiera saber a qué se refería:
-¡Vaya! ¿Llevaría razón aquel cretino de la Cacharrería del Ateneo? Lola: la mesa de Calomarde imprimía carácter.
Y Lola, sin saber de qué le hablaba su marido, le dijo:
-Anda, Manolo, acuéstate, que tienes que estar frito de sueño con el día que llevas.
Cuando Lola apagó la lámpara de la mesita de noche en Casas Viejas todavía hedía a carne humana chamuscada.
NOTA: Esta evocación literaria está inspirada sobre hechos y datos reales. Hemos tenido que "inventar" muy poca cosa.
En efecto, los Rivas Cherif fueron vecinos de Vázquez de Mella durante muchos años. La mesa en que trabajó Balmes fue la mesa que D. Juan Vázquez de Mella empleó para escribir, tras dar con ella y adquirirla como una reliquia. Y D. Manuel Azaña se pasó algunos años, accidentalmente, escribiendo a diario sobre la mesa de D. Francisco Tadeo Calomarde de Retascón y Arriá, Ministro de Gracia y Justicia de Fernando VII. La masacre de Casas Viejas es un hecho histórico que muestra la brutalidad de la represión ejercida por la Segunda República.
La única licencia literaria que nos hemos permitido son los diálogos y el argumento.




4 comentarios:
Un artículo realmente evocador. Yo, desde siempre, estoy convencido de que los objetos tienen "alma", o al menos, que parte de la de sus usuarios puede quedar impregnada en ellos. Escribir en una mesa "de Ikea" no puede ser lo mismo que hacerlo en una con más de cién años de servicio, fabricada por un auténtico artesano y en la que se ha escrito con pluma y tintero.
En mi humilde morada, en la medida de mis posibilidades, abunda el mobiliario antiguo, parte de herencia y parte adquirido en brocantes y anticuarios. Y creo que, a veces, siento su "alma" flotando por la casa.
Un chouan:
Pienso exactamente lo mismo: es como si las cosas captaran y retuvieran el aura de las personas. Y a los objetos antiguos les ocurre eso: a más antigüedad, más espíritu.
Quisiera ofrecer unas "claves hermenéuticas" para demostrar lo que he dicho en la nota final:
LA MESA DE BALMES:
"Mella tuvo la suerte de hacerse con la mesa donde Balmes trabajaba, y sobre ella también estudió y escribió muchos años".
Rafael García y García de Castro, "Vázquez de Mella. Sus ideas. Su persona", Editorial y Librería Prieto, 1940, página 363.
LA MESA DE CALOMARDE:
"Aunque Azaña ha ascendido ya a jefe de negociado en la Dirección General de los Registros y el Notariado, y además trabaja sobre la mesa de Calomarde..."
Emiliano Aguado, "Don Manuel Azaña Díaz", Editorial Sarpe, 1986, página 108.
Un cordial saludo, querido amigo Un Chouan.
Estimado Don Miguel, con sorpresa ví que en mi pobre página aparece Ud como "seguidor". Lamento el error: yo cabalgué detras suyo por toda España.
Sí. Soy seguidor de su blog, pues merece la pena serlo por lo que llevo visto.
Volveremos a cabalgar España otra vez... Pero esperemos no tener tan mal fin como tuvimos, amigo Juan.
Un cordial saludo.
Publicar un comentario en la entrada