
Conversación en un bar, ante unas cervezas. Venimos comprobando que la cerveza puede ser más eficaz que la Sibila y todos los oráculos de Delfos. Gambrinus nos inspira maliciosos comentarios.
Hablamos sobre el artículo de Carlos Herrera Me llamo Juan Mierda (pinchar sobre el título para leerlo: magnífico). Carlos Herrera ha atinado en muchas, pero se calla las mejores. Es normal que, teniendo a la mujer trabajando para el ente público, sea más comedido que nosotros. Don Carlos Herrera nos sabrá agradecer que nosotros (que somos más bárbaros) digamos las cosas con todas las de la ley... De apellidos.
Y es que, para concebir esta ley, se nota que, por hijoputeces varias, estos leguleyos y guisadores de leyes de mierda no hayan hecho jamás un árbol genealógico en sus perras y rastreras vidas: algo de esperar, cuando de hijos de puta tratamos.
Cuando el PSOE viene con esta gilipollez que, según su mojigato discurso, trata de truncar el patriarcalismo machista, el PSOE demuestra renovadamente que su ignorancia es tan grande como su atrevimiento. Sin un pueblo de nulidades no podrían gobernar estas nulidades.
Y es que no se puede decir -en ningún sitio donde haya una persona mínimamente informada- que la costumbre de anteceder el apellido de la línea paterna, poniéndolo delante del de la materna, sea un síntoma de la opresión machista. Las feministas que tal dicen son lo que ya sabemos todos: unas vulgares marujas convertidas en catedráticas de Universidad... Hay que ver que el carnet del PSOE es la piedra filosofal que convierte la mierda en oro, o lo que es decir parecido: los inútiles e incultos en catedráticos. Así nos va.
La costumbre de poner el apellido del padre delante de la madre, en España, es muy reciente (Aquí hablamos los que tenemos más de 1000 años, muy bien cumplidos). Decir que esa costumbre es machista indica el calibre de la cretinez de sus portavoces: gilipollas rematados sin solución.
Cualquiera que haya intentado hacer su árbol genealógico sabe de buena tinta que, antes del siglo XVIII, cualquiera era bueno para ponerse el apellido de la abuela materna si así lo tenía a bien. Es que hay que ser GILIPOLLAS -insistimos- para decir tal gilipollez: que es lo que suelen decir los gilipollas, gilipolleces. Y decirles GILIPOLLAS no nos harta, todo lo contrario nos produce un placer morboso decirlo. Se nos llena la boca.
A ver...
Otra vez:
GILIPOLLAS...
Giiiliiiipooooooooollaaaaaassssss.
Los cabestros -y gilipollas- de este desgobierno impresentable: ¿quieren que se ponga el apellido de la madre antecediendo al del padre?
Bien. Pues, sea. Amén. A los tontos, para quitárselos de encima (pues pueden ser tan pesados como una feminista histérica), hay que darles la razón.
Hablamos, sin que falten los tacos: este gobierno no merece otra cosa que la expulsión, la burla, el Tribunal y la Depuración.
La conversación se anima y salta uno:
-¿Y entonces, con la nueva ley de estos surrealistas, cómo se llamaría la hija de Sus Altezas Irreales Felipe de Borbón y Letizia Ortiz?
-Pues Leonor de Todos los Santos Ortiz Borbón.
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