jueves 25 de noviembre de 2010

Y DE ENTRE LA NIEBLA SE PERFILARON...


UN OBELISCO Y UNA ESPADAÑA

En uno de estos desapacibles días novembrinos (como decía el recientemente difunto Miguel Labordeta), la niebla nos hace inescrutable cuanto tenemos por delante. Y de repente, envueltos en ella, emerge entre lienzo y lienzo de espesa niebla una espadaña, con su campana. Así me ha llegado la noticia de dos libros que, entre todo el material de aluvión que se edita hoy, me da la azadada de que merecerá la pena leerlos.

Contra el húmedo elemento, suelo calarme la boina y, cuando se disipa la neblina, salgo a ver el campo. Me gusta este tiempo otoñal: me gusta que llueva, y más todavía me agrada que suene el caer de las canales en la calle cuando estoy en mi cama, bien arropado. ¿Seré un epicúreo? Con el tiempo, uno encuentra maravillosa cada una de las menudas cosas que conforman ese elenco de pequeñas felicidades (burguesas, sí: ¿por qué no?): un chocolate bien caliente en el tazón, rebanadas de pan frito (alias, picatoste), un cigarro de vez en cuando, la boina, los libros de siempre -cuanto más antiguos y rancios, mejor- y el campo.

Cada día que pasa me siento más ajeno a todo lo que a otros parece preocupar: la crisis económica, el desgobierno, las bajadas de pantalones del Gobierno de Ocupación Mundialista, las histerias de los comentaristas (tanto de actualidad política como futbolística), la "música" que suena en las emisoras de radio de mayor audiencia, las series televisivas extranjeras (¿es que hay alguna española, que no sea calco de alguna extranjera?), los libros que se publican -podrían usar tanto papel en mejores empleos- y hasta el parte meteorológico... En fin, casi todo me la trae al pairo. Será que, aunque me ha costado mi trabajo, he tenido que terminar asumiendo que es muy poca cosa la que puedo hacer yo para arreglar España: sí, para salvarla. Desde que tengo uso de razón soy un "salvapatrias" convencido, aunque me lo han puesto bastante difícil a estas alturas; la única esperanza que me queda es que, frente a los que se burlaban de mí llamándome "salvapatrias" -casi todos ellos progresistas-, ahora los descubro en su papel de "salvamundos" y es que me parto de la risa.

No obstante, en estos tiempos de nieblas y tinieblas por doquier, como la espadaña de una ermita se alza una de las novedades bibliográficas que se anuncian. Y sobre la niebla, como el pico de un masónico obelisco, otro libro se muestra infiesto, de lo poco que podemos salvar en nuestro escrutinio de novedades editoriales:

El obelisco que surge de la niebla que nos circunda tiene un título: "Los días de gloria", de Mario Conde. La espadaña que divisamos, entre los celajes, se llama "Luz del mundo", de Benedicto XVI.

Resulta curioso, sí: el libro de un masón y el libro del Romano Pontífice son, de entre todo lo que se publica actualmente, dos libros que creo interesantes para leer. Pero, como no es el caso de tener por ahora esos libros a mano, me entretendré -hasta que me haga con ellos- con un poco de José Jiménez Lozano, dígase por caso "El mudejarillo", o lo mismo releo "Historia de un otoño".

De todas formas, como digo más arriba, las gasas neblinosas de estos días desapacibles hacen impracticable que escrutemos lo que tenemos unos metros al frente.