martes 21 de diciembre de 2010

CON LOS VIEJOS LOBOS DE MAR

Jack London



Edward Goldenberg Robinson, en el papel de Lobo Larsen, de la película "El lobo de mar" (1941)

Llueve. Mientras tanto, en estos días de aguaceros, releo viejas novelas que hace mucho tiempo me hicieron el aburrimiento -y el destierro- más llevadero. Sí. El destierro, pues tal es el nombre que le doy a mis años de estudios universitarios, apartado de mi suelo, llevado a otras latitudes.

En aquellos tiempos de formación, leí casi todo lo que alimentó un suelo, no físico esta vez, sino literario. Y conformó parte de ese suelo "El lobo de mar", de Jack London. El personaje del capitán del "Fantasma", Lobo Larsen, se me representó como uno de los muchos avatares literaturescos del superhombre de Nietzsche: ateo, brutal, amoral, sin faltarle algún que otro rudimento de signo biologicista, tan propio del darwinismo social, Lobo Larsen es un personaje cruel. Un ente de ficción que se desdobla -pudiéramos decir que psiquiátricamente- en dos personalidades: la del hombre convertido en animal de presa que lucha por la supervivencia, y la del hombre curioso de los libros, que explora el misterio humano en sus incursiones como lector. En el capítulo X, confiesa Lobo Larsen: "Mi error fue abrir un día un libro".


En pocas novelas encontramos una expresión más acabada del nietzscheísmo como en la de Jack London. El efecto de Nietzsche en la literatura norteamericana, también en Howard Phillips Lovecraft, es un asunto que últimamente me ocupa. Y de rebote, el efecto de esas novelas -sobre todo de la de Jack London- en la literatura española. "El lobo de mar" es de 1904. Pío Baroja escribió posteriormente "Las inquietudes de Shanti Andía" (otro libro de marinería que espera su turno en mi mesita de noche, para ser releído).

Volví a Jack London hace unos días, tras releer el fabuloso relato "Una avanzada del progreso" (de Joseph Conrad) que pone ante los ojos la degradación hasta su auto-exterminio de dos robinsones del sector comercial del mundo moderno, llevados al corazón de la selva africana para sostener una factoría donde traficar con el marfil, y que a la postre resultan engañados por el africano que hace de colaborador.

Con Jack London, la literatura norteamericana toca los graves y profundos temas de ese mundo con un pie en el siglo XIX y el otro en el XX.

Volver a estos libros siempre es un placer que, por si fuese poco, también se ve recompensado por ser una vía de acceso a un mundo que prefiguraba éste en el que estamos. Pudo ser literatura de entretenimiento -incluso se "vende" como literatura juvenil-, pero las cuestiones que aborda conciernen a la gran cuestión teológica: el hombre, de espaldas a Dios, es una mala bestia.

Jack London no fue tan sólo un autor. Fue una víctima más del mundo moderno: su alcoholismo, su adicción a las drogas... Su supuesto suicidio así lo confirman.

Merece la pena volver a sus páginas.

Llueve, y me imagino a Lobo Larsen enfrentándose como un tragicómico titán -un superhombre nietzscheano- a la más grande de las tempestades.