martes 29 de junio de 2010

LA CRUZ DE CRISTO Y LA CRUZ DE SAN PEDRO

Aparición de San Pedro Apóstol crucificado a San Pedro Nolasco, de Zurbarán.

DESBARATANDO SUPERCHERÍAS ESOTERISTAS DE JUAN ESLAVA GALÁN

Hoy -Festividad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo- es el mejor día para desfacer uno de los equívocos más graves que en materia de simbología cristiana se dan. Se trata de la problemática aneja a la Cruz de San Pedro.

¿Qué es la Cruz de San Pedro? La Cruz de San Pedro es una cruz de planta latina, pero boca abajo. Comúnmente los satanistas la han convertido en uno de sus símbolos identificativos. Pero la cruz boca abajo no es, en principio, la inversión satánica del símbolo cristiano por excelencia; sino que cuenta con una más que milenaria tradición iconográfica.


En la fotografía, puede verse a Su Santidad Juan Pablo II sentado en un trono que ostenta una cruz de planta latina invertida. Encontrarse con este símbolo no tendría que ser nada extraño para el católico. Dentro de la Iglesia, es cierto, existen siniestros personajes que tendrían que estar excomulgados. Pero la razón de la cruz que podemos ver en el sitial de S. S. Juan Pablo II no es otra que ser la representación de la Cruz de San Pedro.

Juan Eslava Galán, en su libro "
El enigma de la mesa de Salomón", interpreta falazmente el símbolo que puede apreciarse sobre las cuatro pilas de agua bendita de la S. I. Catedral de Jaén. En efecto, en mármol blanco, sobre cada una de las cuatro pilas benditeras, podemos ver lo que para cualquier profano puede ser un extraño símbolo: es una cruz normal pero que en el extremo inferior tiene otro brazo que forma una doble cruz. Eslava Galán se apresura a interpretar dicho símbolo como una clave iniciática que nos remitiría a un supuesto secreto esotérico que contendría la Catedral de Jaén. Pues con menos fantasía, también se puede vivir.

El símbolo que se encuentra inscrito en las placas de mármol es una doble cruz cristiana que nada tiene que ver con los enigmas ocultistas ni con la mesa de Salomón. En la cruz superior, esta cruz nos recuerda la Santa Cruz de Cristo; en la inferior, la de San Pedro. La tradición recoge que San Pedro fue crucificado en el Monte Vaticano por orden del vesánico Nerón, pero a la hora de su martirio, el Príncipe de los Apóstoles pidió a sus verdugos que lo crucificaran fijando la cruz cabeza abajo. Fue un gesto de humildad, pues San Pedro dijo no merecer morir como Jesucristo Nuestro Señor.



Beato Fray Diego José de Cádiz, apóstol del siglo XVIII.

Pero, hay más. Las investigaciones históricas de D. Juan Montijano Chica, canónigo de la S. I. Catedral de Jaén, llegaron a establecer el momento histórico y la razón por la cual se pusieron en la Catedral jaenera estas cruces dobles en aquellas lápidas sobre las pilas de agua bendita. Según D. Juan Montijano Chica, en la primavera de 1780 el capuchino Beato Diego José de Cádiz llegó a la capital del Santo Reino, para misionar. Y suya fue la idea; inspirado por Dios, Beato Diego José de Cádiz fue quien aconsejó al Cabildo Catedralicio que pusieran cuatro lápidas de mármol blanco en las que estuviera grabada, en una misma cruz, la Santísima Cruz de Cristo Jesús y la Cruz de San Pedro Apóstol. Y el Vicario capitular que ejerció la administración apostólica en el interregno de D. Antonio Gómez de la Torre y Jaraveitia y de D. Agustín Rubín de Ceballos, accedió a la petición del santo misionero. Y desde aquel entonces están esas cruces ahí.

Además de meter las cosas en razón, es nuestra intención que con este artículo muchos lectores piensen lo muy propensos que son los que se dedican a la infraliteratura esoterista y disparatada a falsificar los datos o, sencillamente, a ignorar la Historia revistiendo sus patrañas con grandes tramoyas para suscitar la sospecha sobre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana que, a diferencia de las sectas, no tiene ningún secreto que ocultar.



NOTA: Estamos esperando fotografía de las cruces dobles de lápidas marmóreas de la Catedral de Jaén. Cuando las tengamos, las añadiremos a este artículo. Pero hoy, por ser fiesta de San Pedro Apóstol, no podíamos dejar de honrarlo con estas palabras.

lunes 28 de junio de 2010

DE NUESTRA RAZA

Castellano y Leonés, por la gracia de Dios y para su gloria

BREVE HISTORIA DE NUESTRA RAZA


Hubo una raza que todavía nos mira desde las esculturas góticas. Una raza indómita que no aceptó someterse a un extraño invasor, de costumbres bárbaras. Era un pueblo de hombres nacidos libres, de melenas rubias visigodas y de pelo lacio hispano-romano. Se curtieron en la lucha contra el invasor y se hicieron tan fuertes que el mundo tembló al galope de sus caballos y al grito de guerra que lanzaban, invocando a Santiago y a San Jorge. Era una raza maciza, sin fisuras, de costumbres acrisoladas por la Santa Religión que la troqueló, de costumbres ecuestres y guerreras. Y ese pueblo, daba igual si hablaba vasco, catalán, portugués o gallego, se llamó España. Y esa es mi raza.

El caballero del Greco

Era una raza que veneraba a sus Reyes, pues sus Reyes habían sido Santos como Fernando III. Y la santidad de sus monarcas era tan grande que incluso la mezquindad de sus sucesores la disculpaba aquel pueblo magnánimo. Aquella raza siempre fue dominadora, no había nacido para ser mandada, sino para mandar en el mundo. Y estaba tan convencida de su dignidad, que a su dignidad la llamó Honor y a la pureza de sus mujeres -que tenían a la Virgen María como modelo- le llamó Honra. Y el Honor y la Honra no eran del rico, ni del que tenía escudos labrados en piedra en su fachada. El Honor y la Honra era también de Peribáñez, de Pedro Crespo, y de todo un pueblo que sabía tomarse la justicia por su mano, llamado Fuenteovejuna. Y aquella raza se extendió por el planeta, al encontrarse con América. Y aquella raza se unió en nupcias con las razas que esperaban la voz del misionero que levantaba el Crucifijo y les llevó la Palabra de Dios. Y ese pueblo, daba igual si hablaba castellano, zapoteco o quechua, se llamó España. Y esa es mi raza.

Francisco Tadeo Calomarde

En el siglo XVIII de aquella raza algunos degeneraron en señoritos. Y como señoritos estaban aburridos, y como tenían dinero dieron en viajar por Europa y leyeron libros que, por estar nuevos y flamantes, parecían traer el progreso. En el siglo XIX, aumentó el número de los que creyeron esas ideas que contradecían todo lo grande que esa raza había aportado al mundo. Panfletos más o menos voluminosos hablaban de libertades (de credo, de pensamiento, de expresión y de prensa), y aquellos de esa raza que creyeron los cantos de sirena ultrapirenaicos hicieron unas Cortes en Cádiz, y copiaron la Constitución de la revolución francesa, y le llamaron su Constitución. Era el año 1812.

Desde aquel año no hubo más paz. Aquellos lechuguinos quisieron imponer ese código de leyes extrañas, haciendo tabla rasa de las antiquísimas leyes y costumbres por las que se había regido aquella raza, haciéndose grande por no estar constreñida con leyes ajenas. Hubo lucha contra los que pugnaron por imponer sus "libertades" a los demás. Y considérese qué extraña y paradójica forma es ésta de traer la libertad, traer una supuesta "libertad", imponiéndola por el pronunciamiento, por el golpe militar, por el tumulto y la revolución, por la escuela y la prensa.

Pero los hombres más recios de aquella raza reaccionaron. Y fueron llamados "absolutistas", aunque, cuando se terciaba, el Rey absoluto -absolutamente cobarde y convenido- también los persiguió. Y ese pueblo, que quería la Inquisición por saberse protegido por ella, que amaba al Trono, aunque el Rey fuese un nefasto monstruo de vicios, se llamó España. Y esa es mi raza.

Tomás de Zumalacárregui

A la muerte de aquel deplorable reyezuelo, las partes más sanas y vigorosas de ese pueblo reconocieron a Carlos María Isidro como al buen hombre, piadoso y tradicional, servidor de Cristo y de su pueblo, y lo alzaron sobre el pavés proclamándolo Rey. Y sus huestes fueron llamadas "carlistas". Y combatieron por Dios, la Patria, los Fueros y el Rey. Y dieron su sangre para que España no cayera de rodillas ante el extranjero, ante el enemigo interno que minaba la integridad de aquella raza. Y ese pueblo que amparaba a sus guerrilleros, y esos guerrilleros que saltaban de peña en peña con más soltura que las cabras montesas, se llamó España. Y esa es mi raza.


Requeté de la Cruzada Nacional de 1936-1939

Llegó la hora de la verdad. Era un 18 de julio de 1936. Y aquel pueblo estaba listo para el combate. Ese pueblo no ha hecho otra cosa en su vida que combatir. Combatir al moro, combatir a los herejes, combatir a los caníbales idólatras, combatir a la piratería del Dragón inglés y a la piratería del Dragón turco. Combatir a los ingleses y sus cipayos, masones y liberales. Combatir a los soviéticos y sus esbirros, socialistas y comunistas. Y sufrir las pérdidas de los seres queridos caídos en la lucha, acusar la pérdida con resignación, ofreciendo el sacrificio a Dios. Pero también supo matar al que lo agrede y al que ofende a Dios. Pues es un pueblo que no nació para ser dominado, sino para dominar. Y ese pueblo que defendió el Santuario de Santa María de la Cabeza y el que defendió el Alcázar de Toledo, y el que aplastó a la Revolución bolchevique, se llamó España. Y esa es mi raza.


Jura de bandera de D. Sixto de Borbón, NÚCLEO DE LA LEALTAD


Estamos orgullosos de pertenecer a esa raza. Ha pasado mucho tiempo de aquellas gloriosas gestas por la libertad verdadera que es seguir a Cristo y combatir contra las falsas libertades liberales. Ha pasado mucho tiempo pero todavía hay en pie ejemplares de esa espléndida raza española, dispuesta tradicionalmente a defenderse y defender a los demás.

Juraron bandera y saben lo que obliga un juramento. Van con la cabeza bien alta. Se levantan y rezan a Dios. Van a Misa y ocupan el sitio de siempre. Bendicen la mesa para comer y para levantarse de ella. Rezan el Rosario a la misma hora todos los días. Y se acuestan rezando las Tres Avemarías.

Descreen de todo lo que cuentan en sus telediarios esos otros... los otros. La lucha continúa y continuará. Esa es mi raza. Y de ella estoy orgulloso. Y sé que, cuando llegue la hora, diremos "Aquí estamos" y nadie podrá impedirnos en nuestro avance hasta la victoria.

Creo en la victoria, pues creo en Dios y en la fuerza de mi raza.

viernes 25 de junio de 2010

APLASTAD AL INFAME


EL "DERECHO DE VISITANTE" SEGÚN KANT

"...un derecho de visitante, que a todos los hombres asiste: el derecho a presentarse en una sociedad. Fúndase este derecho en la común posesión de la superficie de la tierra; los hombres no pueden diseminarse hasta el infinito por el globo, cuya superficie es limitada, y, por tanto, deben tolerar mutuamente su presencia, ya que originariamente nadie tiene mejor derecho que otro a estar en determinado lugar del planeta."
"La paz perpetua", Inmanuel Kant.

Repárese en lo que dice este filósofo alemán. Sobre ese sofisma se ha montado la invasión que sufrimos. Veamos:

Alguien, en este caso Kant, me "obliga" (él o, a través de él, sus superiores graduales en la logia) me "exige", me "obligan", me "exigen" -¿será por "imperativo categórico"?- que, dado que la superficie del planeta es limitada, "debo tolerar" la presencia de "otros", por la única razón de que, según Kant, "nadie tiene mejor derecho que otro a estar en determinado lugar del planeta".

El espacio se ha convertido en abstracción filosófica de la Razón Pura. El espacio planetario se considera al margen de todo supuesto histórico, se prescinde de todo el curso de la historia que, en sus avatares de carácter bélico, ha marcado y definido realmente -no fantasmalmente- la territorialidad. El espacio -condición de posibilidad de la intuición sensible, según el mismo Kant en su "Estética trascendental" se ha convertido -por arte de birlibirloque- en el Coño de la Bernarda, que es de todos por no ser de nadie. Pero, el filósofo "iluminado" no se pregunta por algo: ¿qué es lo que hace que el otro sea "extranjero" en mi tierra y yo "extranjero" en la suya? ¿Qué es lo que permite que hablemos del "territorio extranjero" y del "extranjero en mi territorio"?

El "derecho de visitante" se convierte, a la postre y en virtud del optimismo antropológico de Kant, heredado de Rousseau, en "derecho de hospitalidad". De tal forma que si, en un caso hipotético, unos musulmanes norteafricanos pusieran unas bombas en unos trenes, causando una masacre, me queda el derecho de expulsar del gobierno al partido que ejercía el poder en ese entonces, pero aquí nadie habla de expulsar a todos los compatriotas de esos terroristas.

Y, por cierto, a todo esto: ¿quién es Kant para "obligarme a tolerar" eso que dice él, el supuesto derecho que Kant, desde el trono de su Razón Pura -la suya-, le otorga a todo ser humano, venga de donde venga? ¿Dónde está el supuesto principio de "la común posesión de la superficie de la tierra"?

Se suponía que Kant, así lo proclamó, nos quería emancipar, nos dijo que nos daba una "ética autónoma", pero lo que quería era tutelarnos. Y los licencidados en tontería cosmopolita se han dejado tutelar, maravillados por la pedantería ilustrada de un botarate que no se quitó jamás el pelo de la dehesa; sin haberlo leído jamás en la vida. Y los idiotas doctorados -que leyeron los prefacios de sus bodrios, y no pasaron de ahí- han inclinado su cerviz ante los mamotretos ilegibles de este escuchumizado de Königsberg. En 1795 escribió esa mamarrachada que no tiene ni pies ni cabeza, destartalada como la estampa del mismo desgraciado Inmanuel Kant. Estaba jorobado... Y quiso jorobarnos a las generaciones que estábamos por venir.

La filosofía de Kant es un sueño de la Razón Puta que sirve para mantener a una legión de siniestros holgazanes planificadores de nuestro futuro en la ONU, mientras nos ha llenado el patio de atrás de hordas muy peligrosas que saben que son "invasores", y no "visitantes" ni "huéspedes".

jueves 24 de junio de 2010

MONUMENTOS MACABROS DE LA BARBARIE


El héroe serbio Stevan Sinđelić, muerto contra los otomanos por la libertad de Serbia.


Calavera del héroe serbio Stevan Sinđelić

MONUMENTOS DE LA "CIVILIZACIÓN" MAHOMETANA EN EL MEDITERRÁNEO

Esta que ve usted ahí es una imagen de la macabra Torre de las Calaveras, levantada con 952 cráneos serbios, engastados en adobe. La mandó erigir el pachá Hurshid, como escarmiento de los rebeldes serbios, tras el 31 de mayo de 1809. Era la Primera Guerra de Emancipación serbia contra el Imperio Otomano (1804-1813). Un ejército de 12.000 rebeldes había sitiado la ciudad de Niš, defendida por una guarnición turca. Un ejército otomano que salió de Bulgaria atacó a los sitiadores serbios en la colina de Čegar, y Stevan Sinđelić, caudillo de los serbios, al verse rodeado por una fuerza muy superior de enemigos, cogió su pistola y disparó a un polvorín, provocando una enorme explosión, muriendo turcos y serbios en una hecatombe.


Cele Kula, la Torre de las Calaveras de Serbia, levantada por el pachá Hurshid, con 952 cráneos serbios.

En lo alto de la torre, Hurshid hizo colocar la calavera del heroico Stevan Sinđelić. Las cabelleras de los serbios fueron enviadas al sultán Mahmud II como trofeo. La torre, de base cuadrangular, alcanza los tres metros de altura y fue levantada junto al camino que llevaba hasta la que fuera capital del Imperio Otomano: la todavía irredenta Constantinopla. En 1892, cuando ya habían logrado su independencia, los serbios recaudaron donativos para construir una capilla y dar cristiana sepultura a sus héroes. Actualmente, en la torre, queda 58 calaveras. El cráneo de Stevan Sinđelić sigue ahí, oteando el futuro, como un monumento a una moderna versión del "Muera Sansón con los filisteos".

Burj al-Rus -la Torre de las Calaveras en los Gelves (Djerba)- levantada por Dragut con 5.000 cráneos españoles.

Pero la Torre de Stevan Sinđelić y los serbios encuentra su remoto antecedente en la Torre de las Calaveras de Djerba, la isla fortificada de Túnez. En junio de 1559, estando en Bruselas, Felipe II dio su aprobación para que una expedición hispanoitaliana capturara Trípoli. El plan estaba ideado por el Duque de Medinaceli, virrey de Sicilia y el Gran Maestre de los Caballeros de Malta, Jean de La Valette. 12.000 almas cristianas embarcaron en 90 barcos, y zarparon de Siracusa a principios de diciembre. Hasta finales de febrero de 1560, la Armada permaneció apostada en Malta por el mal tiempo. En marzo partieron y ocuparon Djerba (los Gelves). La demora permitió que los turcos capturaran a la Armada cristiana en mayo. Los turcos nos hundieron la mitad de nuestros barcos. Lograron escapar muchos italianos y españoles, pero una guarnición de más de 10.000 españoles que se guarecieron en el fuerte fue sitiada. En julio, los españoles cayeron en poder del turco. El cruel pirata Dragut fue implacable con los prisioneros, mandó decapitarlos a todos, respetando la vida del capitán Álvaro de Sande. La tradición dice que fueron 5.000 cráneos descarnados de españoles los que, mezclados en adobe, formaron una torre de 11 metros de altura. La torre se llamó en algarabía "Burj al-Rus".

La Burj al-Rus (la Torre de las Calaveras españolas de Dragut) no desapareció hasta 1848, por orden del bey de Túnez, que si no me equivoco era Ahmad I ibn Mustafa, un bey que tuvo sus dimes y diretes con el Imperio Otomano y que, por sus relaciones con Francia, en 1846 había abolido la esclavitud. En lugar de la truculenta Torre de las Calaveras, se alzó un monolito recordando el espantoso monumento alzado por el despiadado Dragut.


Monolito de Annual, levantado por la dinastía alauita de Marruecos, tan amiga de Juan Carlos de Borbón y de Felipe González


Y por último, del monolito de los Gelves (que sustituyó la Torre de las Calaveras) vayamos a Marruecos y visitemos el monolito levantado por Marruecos para celebrar la matanza que perpetraron los rifeños en Annual. En cuatro horas murieron unos 2.500 soldados españoles que estaban al mando del inepto Manuel Fernández Silvestre, amigo del no menos incompetente Alfonso XIII. Más otros 1.500 españoles masacrados en las posiciones próximas. Solo obtuvieron cuartel 492 prisioneros, de los que sobrevivieron 326. El monolito tiene una placa que dice en árabe:

"En este monte se ganó la batalla de Annual, que nadie olvidará. Fue el viernes 26 del Queada 1340 de la Hégira [21 de julio de 1921]. Los rebeldes iban dirigidos por su caudillo Mohamed el Jatabi que se enfrentó a las tropas invasoras españolas, formadas por 60.000 soldados que, bajo su general Silvestre, aquí encontraron la muerte. Quedó así patente la voluntad de los marroquíes deseosos de libertad. Se alzón el Rif con todos sus hijos, que elevaron una muralla muy alta contra el ejército invasor, al que aplastaron".

La jactancia con que se escribió esta lápida conmemorativa ofrece una ligera idea de lo que los marroquíes piensan de España... La Historia ofrece el ejemplo de lo que los fanáticos hicieron con serbios y españoles.

miércoles 23 de junio de 2010

HISTORIAS QUE CONTABAN LOS QUE MURIERON

El caudillo Savalls, conquistador de Olot

VIAM UNIVERSAE CARNIS INGRESSO

Eran tiempos de aparente paz, manifiesta anarquía y, por eso, todo presagiaba la guerra. En aquella villa los vecinos disputaban en defensa de sus opiniones contrarias. Y podían esperarte en lo oscuro de la noche y, en cualquier calle tan mal alumbrada, podían asestarte unas cuchilladas, como las que le dieron a Ramón. Julián no quería ir a la guerra, pues se había enamorado de la hija del sacristán, buena moza morena, lozana y donairosa, que respondía al nombre de Magdalena. Pero lo habían llamado a filas, y en el norte volvían los carlistas a alzarse. Julián le dijo a Magdalena:

-¿Quieres ser mi viuda?

Ella rió la gracia y asintió. Se casaron, Julián vestido de soldado y Magdalena, de virgen.

Partieron al norte. Dorregaray dominaba el Maestrazgo. Destinaron la compañía en que iba Julián a defender Olot. Y Savalls tomó Olot. En la confusión de aquella conquista, a Julián lo dieron por muerto. Lo que nadie supo es que había desertado. Julián llevaba mal ese uniforme. No quería servir a los enemigos de su abuelo, a los mismos enemigos de su abuelo con otro collar. Y, aprovechando la quiebra de las líneas, se había ido al bosque, como quien no quiere la cosa, como quien va a buscar setas.

Llegó a la puerta de una masía. El payés había quedado viudo meses antes. Y a su hijo lo habían matado los que vestían el mismo uniforme que veía que traía Julián. El payés lo miró con desconfianza y apretó el cayado, por si tuviera que propinarle un garrotazo al forastero. Julián se persignó. Y el payés amainó, reconociéndolo cristiano. Julián le dijo: "Soy andaluz y carlista". Y el payés, sonrió: "¿Carlí?" -dijo, irónico, fijando sus ojos en las hechuras de su uniforme. Julián se apresuró a quitarse la guerrera. Y dijo: "Si usted me diera techo y cama...". El campesino no descifró de la última frase de Julián más palabra que "cama". Y el viejo, tocándose la pierna, dijo que sí: que estaba cojo. A la postre, se entendieron como cristianos y el payés lo acogió, dándole de su ropero vestido con el que cambiar la indumentaria de campaña. Y allí se quedó Julián, a esperar que la guerra la ganaran los carlistas.

Más allá de Despeñaperros, al pueblo de Julián llegaron las nuevas. Julián había caído en la defensa de Olot -decían. Y Magdalena bien que lo lloró, al menos durante tres semanas; pues a las tres semanas, a Magdalena se le murió el padre, aquel sacristán, y las lágrimas por el malogrado esposo se tornaron en lágrimas por el padre -y por el sustento.

Como era mujer de buen ver, pronto hubo quien la pretendiera. Como era mujer que había quedado sola en el mundo, y había menester, pronto aceptó al pretendiente. Era su pretendiente un solterón que, hubiera podido aguardar, pero que no esperó que a la calva le salieran más pelos.

Una noche estaba Magdalena con su nuevo hombre en la cama. En la casa de él que, por ser hombre de haberes, era de dos pisos. Habían hablado de arreglar su situación, pues estaba la pareja, por estar en pecado, en boca de todo el pueblo. Y al irse a dormir, tranquilo el hombre por saber que Magdalena había dado el "", terminó el hombre por declarar la incertidumbre que lo atenazaba, la única hesitación que aquel bienaventurado tenía ante el futuro tan halagüeño que, él creía, con mujer así le aguardaba:

-¿Y qué hacemos si Julián regresa? -preguntó.

Y Magdalena, muy tranquila, dijo:

-Pues podría vivir en el piso de arriba.

El amante de Magdalena abrió los ojos, en la oscuridad de la alcoba. Y después de la sorpresa que aquella respuesta le había granjeado, se dijo para sí: "Con razón decía mi santa madre que las mujeres son unas frescas...". Y dicho esto, sin que le oyera Magdalena, se agarró a la cintura y se echó a dormir con la fermosa fembra. Magdalena y su enamorado pidieron licencias para casarse. Se hicieron todas las gestiones pertinentes, y como todo estaba en orden fueron marido y mujer; aunque el marido, con un tenue resquemor (como si algo le dijera que el difunto esposo de Magdalena estaba vivo), siempre que miraba para el piso de arriba veía en él instalado a Julián. Tuvieron hijos y el primogénito se llamó Julián -por así quererlo Magdalena y secundarle su esposo, que de ese modo se pensaba que -en caso de volver Julián- podría esgrimir tal argumento para congraciarse con él.

Julián no regresó. Bien es verdad. A Julián se le quitaron las ganas de retornar cuando supo que Carlos VII había traspasado la frontera y los carlistas se habían desbaratado; tal era el temor a que lo declararan desertor, con las consecuencias que ello traía aparejadas. Y se conformó a aquella vida, ayudándole al anciano, en las faenas. Y murió el viejo payés, y Julián heredó la remota masía aquella, en los profundos de la Garrotxa.

Y un buen día... Julián "viam universae carnis ingresso", como se decía en los buenos tiempos: que traducido es lo que diríamos: "pasó a mejor vida" y su carne ingresó por la vía de toda carne, que es pudrirse.

Aquel día de su muerte, el marido de su esposa resopló. Como si lo hubieran aliviado de un peso que lo apesgaba. Pero, sin saber ni cómo, en ese mismo momento le dijo a su mujer:

-¿Y en la otra vida...? ¿Quién estará contigo, Magdalena?

Y Magdalena, muy tranquila, le dijo:

-Pues... ¿Quién iba a estar, zoquete?

Y dijo el marido, angustiado:

-Sí... Sí... ¿quién de los dos?

Magdalena, más tranquila todavía, terminó diciendo:

-Pues aquel que de los dos no se vaya de mi lado.

viernes 18 de junio de 2010

LO QUE EL LIBERALISMO NOS TRAJO: LA SERVIDUMBRE Y LA BARBARIE


Antiguo grabado que representa la aparición de Ntra. Sra. de Linarejos, en tiempos de Fernando III el Santo.

LECCIÓN HISTÓRICA DE LAS INCIDENCIAS DEL LIBERALISMO EN EL CASO DE LINARES, REINO DE JAÉN


CRISTIANAS MINAS DE LINARES

Un padre y un hijo trabajaban en la mina "El Madroñal" de Linares. Un derrumbe obturó la galería y quedaron "trasconejados" (que es como le llamaban los mineros de Linares cuando se quedaban incomunicados en la mina por estos accidentes). Los compañeros se percatan de haber perdido a aquellos dos. La camaradería no consiente que dos compañeros -la ruina de una casa, si mueren- queden allí enterrados y vuelven sobre sus pasos, con riesgo de sus vidas. El padre y el hijo se arrodillan y piden que la Virgen de Linarejos (Patrona de Linares) los remedie y salve. El socorro de los mineros golpea las paredes -en lo que se denominan "retretas"-, para cerciorarse de que padre e hijo están al otro lado, todavía vivos. Hay respuesta y durante cuatro días, peligrando la vida de los "trasconejados" y la de sus fieles compañeros, padre e hijo salen con vida de aquel agujero, rescatados por los otros que abrieron pasillo.

Luego de pasados unos días, padre e hijo -acompañados por una muchedumbre formada por los demás mineros y otros vecinos- se encaminan, con la pobre ropa que tienen, pero sus mejores galas, al Santuario de la Virgen de Linarejos. Van a cumplir la promesa que, en aquella lóbrega madriguera obstruída, le habían hecho a su Virgen Madre y Señora de Linares. Todo el pueblo asiste a aquella muestra de gratitud filial y sencilla. La sacra imagen de la Virgen María es sacada a la plazuela de su Santuario y cuando la Virgen aparece, los linarenses allí congregados estallan en aplausos y vítores. Y nos cuenta un testigo que "Ante el altar improvisado se arrodillan aquel padre e hijo; sus ojos quieren fijarse en los de la imagen y no la pueden ver, porque las lágrimas les ciegan y esta emoción la sentimos todos; yo niño lloraba con ellos, igual que ellos y, sin equivocarme, creo que todos llorábamos". (Antonio de la Torre Covaleda, artículo "La Virgen Minera", Revista "Linares", núm. 23, pág. 7). El suceso no lo he podido datar como conviene, pero podríamos afirmar que este suceso ocurrió a finales del siglo XIX, todo lo más en los primeros años del XX.

Estatua del Minero, en la ciudad de Linares.

LA COLONIZACIÓN DE ESPAÑA POR EL CAPITAL ANGLOJUDÍO

Los yacimientos de plomo en Linares habían sido explotados desde tiempo inmemorial. Desde la ley de minas de 4 de junio de 1825 todos los yacimientos mineros pertenecían a la Corona, la cual reservaba para la Real Hacienda la explotación de las minas más ricas, entre las cuales se hallaba la linarense mina de Arrayanes. La Corona se hacía beneficiaria de los yacimientos más ricos, pero podía conceder a terceros el aprovechamiento de los restantes. Pero en 1849, el banquero catalán Gaspar Remisa abandonó la explotación de dicha mina, por considerarlo poco rentable. Por esta brecha penetraron las compañías extranjeras, creándose con capital extranjero la "The Linares Lead" -según algunos historiadores en 1849 y según otros en 1852. Los ingleses introdujeron máquinas de vapor para los desagües y le hicieron rendir a la mina, explotando la riqueza nacional en beneficio de Inglaterra, tal y cual si España fuese una de sus colonias. Los liberales y progresistas de La Gloriosa de 1868 facilitaron más todavía las labores de parasitación británica -tapadera del capital judío. Aquellos ufanos extranjeros se jactaban de colonizar Linares, como se infiere de los nombres con los que llamaron a sus minas: "The Linares Lead", "The Fortuna". Las 183 minas del distrito de Linares llegaron a ser explotadas por 73 sociedades. Con tres fábricas, y las tres eran extranjeras. Si esto no es colonización, y si los políticos liberales -conservadores y progresistas- no eran cipayos del capitalismo anglojudaico de los Rothschild que, a través de tantos tentáculos, se nutría de las venas subterráneas de nuestra Patria... Si eso no es servidumbre, ¿qué lo será?

La riqueza minera nacional en poder de extraños que se lucraban, gracias a las prebendas concedidas por los liberales. Y la clase social más pobre y necesitada -de Linares, como de Almadén- era explotada salvajemente por esos extranjeros. La clase política liberal, mientras tanto, haciendo las mejores leyes para que los colonizadores tuvieran todas las ventajas y ningún inconveniente. La Guardia Civil a su disposición, Milord. Lo que Napoleón no había conseguido con las bayonetas, Rothschild & Co. lográbanlo tirando de talonario.


El hogar minero español, según un dibujo de época, siglo XIX.

Pero ahí no acaba la cosa. No sólo se trataba de un deplorable rebajamiento del pueblo español que, en 1808, había demostrado su fiereza y gallardía, su coraje y valía. No sólo era sumir a un pueblo noble en la servidumbre esclavista, al mismo pueblo que había dominado los mares y el mundo, que había dado vida a un Continente. Los extranjeros -los ingleses, para más señales- también traían consigo sus malas costumbres: la francmasonería, el espiritismo, el alcoholismo... Y todos los miasmas que desprende el alma precita de la Inglaterra herética desde Enrique VIII.

En Linares, el amor por la Virgen de Linarejos estaba arraigado. Los mineros se encomendaban a Nuestra Señora, con la confianza de una fe sencilla e infantil. Eran hombres curtidos por el duro trabajo, pero en ninguno de los pozos centrales de cada una de las minas de Linares faltaba una imagen de la Virgen de Linarejos, una estampa de Ella clavada en la pared, y ante esa estampa ardía sin que se consumiera una lámpara de aceite que se alimentaba de las gotas que cada minero vertía de su candil, como una ofrenda, antes de empezar su tarea. Era una entrañable tradición que se repetía desde tiempo inmemorial. Y así, con nostalgia, lo contaban los mayores de Linares.

James de Rothschild

LA BARBARIE ROJA DESTRUYE EL SANTUARIO Y LA IMAGEN DE LA VIRGEN MINERA

En la mañana del 18 de julio de 1936, una mojiganga de milicianos se dirige por la Avenida Carlos Marx -antiguo y actual Paseo de Linarejos. Van armados y cuando llegan al Santuario llaman a golpes de culata. El capellán les abre, le empujan con desprecio y el cabecilla dice:

-¿Eres tú el cura de esta iglesia?

-Sí, yo soy.

-Venimos en nombre de la República a hacer un registro para encontrar las armas que tengáis escondidas.

-Pueden ustedes registrar: no encontrarán absolutamente nada.

-Eso ya lo veremos.

Registraban el Santuario, la casa del capellán donde vivía su anciana madre, y llevaron a este al Sagrario encañonándole con una escopeta y con los brazos en alto. Uno de esos criminales cogió la llave del Sagrario, metió sus manos en él y, tomando el copón, derramó las sagradas formas. Otro gritaba:

-¡Vamos a prender fuego a todo esto! Traed los bancos y juntadlos aquí en medio. ¡Los trapos!

Pero no pudieron consumar el incendio completo, pues la policía llegó y salieron huyendo, habiendo cometido el sacrilegio, robando la cubertería de plata del capellán y habiendo quemado solo los bancos. Una vez que se fueron aquellos sacrílegos pirómanos, los vecinos acudieron a sofocar las llamas. A las dos horas, volvieron otra vez aquellos bastardos. Expulsaron al sacerdote y a su anciana madre... Y devastaron el Santuario, desapareciendo la antigua y sacra imagen de Nuestra Señora de Linarejos.

¿Pero cómo es posible que un pueblo obrero que rezaba a su Patrona, pasados los años, se hubiera bestializado, convirtiéndose en blasfemas y sacrílegas manadas de facinerosas alimañas?

LOS VERDADEROS DESTRUCTORES DE ESPAÑA

Un anciano minero pudo contar a Juan A. Sánchez Caballero, devoto de la Virgen de Linarejos, algo que le contaron sus mayores, también mineros:

"Un día llegaron los "extranjeros". Venían de más allá de los Pirineos. Bien trajeados, nos miraban por encima del hombro, reían entre ellos y con nosotros gastaban pocas palabras en "español". Bajaron a nuestras minas, a inspeccionarlas, para ver si les sacaban tajada o no, y vieron las estampas de la Virgen de Linarejos clavadas, como siempre había sido, en las paredes. Se burlaron, se reían y decían "supersticiones"."
Esos extranjeros no eran anarquistas ni marxistas desalmados, eran desalmados burgueses: puede que protestantes o judíos laxos, a buen seguro que masones y liberales, ingleses lustrosos de desayunos fuertes y sportmen; con muecas desdeñosas de superioridad e ironía hacia sus dominados, un pueblo que se había quedado sin Rey ni buen gobierno, un pueblo vendido como ganado en la feria de San Miguel. Cuando ese pueblo imitó a sus colonizadores en el desprecio por sus propias tradiciones, la necesidad inexorable hizo el resto: el liberalismo es el heraldo de los bárbaros.

Aquellos extranjeros de los que hablaba aquel testigo no eran rojos iconoclastas. Era gente "liberal"... Liberales escépticos. No obstante, Vázquez de Mella, con su poderoso Verbo, dejó escrito:
"Así como nos inspira menos desprecio el sectario que el escéptico, preferimos las hordas bárbaras, que ya golpean las puertas de Bizancio, a los degenerados bizantinos, que viven con el corazón enervado en los placeres y el entendimiento sumido en estériles disputas".
Un revolucionario, en su tenebrosa noche, incluso puede ver la luz de la verdad... Pero un liberal "de derechas" nunca podrá verla, pues es una contradicción humana o un escéptico rematado.

BIBLIOGRAFÍA:

-La Revolución industrial en España (1814-1913), Jordi Nadal, Biblioteca Historia de España.

-Historia de Ntra. Señora de Linarejos, Juan A. Sánchez Caballero, Linares, 1955.

-Artículo "La Virgen Minera", Antonio de la Torre Covaleda, en Revista "Linares", núm. 23, pág. 7.

-Antología de Vázquez de Mella, en Breviarios del Pensamiento Español, Ediciones FE, 1939.

miércoles 16 de junio de 2010

CURIOSIDADES FORALES DE LA FRONTERA

Repárese en el largo del pincho de las espuelas que calza el caballero

DEL MATAR A ESPUELAZOS A FUERO DE ANDÚJAR
"Título CCLXXVIII. DEL QUE A OTRO MATARE CON LAS ESPUELAS Qualquier que a otro matare con espuelas o con agijones, peche CCC sueldos sy el querelloso firmar pudiere, e si non, sálvese con XII vezinos e sea creydo."
Así reza uno de los títulos del Fuero de Andújar que hoy por la tarde consulté, sin muchas ganas de habérmelas con el castellano antiguo, la verdad sea dicha. Y cuando vi lo de matar con las espuelas pensé que tenía que ser usanza de la época, como se colige de cierto suceso que relata la "Crónica de Sancho IV".

Sucedió que Don Martín García, a la sazón Obispo de Astorga allá por el año de 1287, recibió por orden de Don Sancho a dos judíos que pleiteaban por quedarse con la administración de la hacienda. Llegaron ante el Obispo de Astorga aquellos dos judíos. Uno respondía al nombre de Don Samuel de Belorado, protegido del mismo rey, y el otro al de Don Abrahem el Barchilón, éste bajo el favor de Don Lope de Haro. El Obispo Martín decidió el pleito a favor de don Samuel de Belorado. Don Lope irrumpió en el tribunal, encolerizado, y le faltó el respeto al Obispo "con denuestos malos e feos". Y ante todos bramó Don Lope de Haro, dirigiéndose al Prelado:

-¡Me maravillo de no sacarte el alma a espoladas!

Y busqué el pasaje reproducido arriba, para hablar con propiedad y no inventarme las cosas sobre la marcha. Y tuve suerte, y lo hallé y por eso lo cuento. Pero después pensé que esta costumbre, tan pedestre, de matar a espuelazos no era cosa de aquella época, que me acordé -sin que haya podido hallar la cita exacta- de lo que le pasó al bandolero "El Pernales" -que mató a hierro y a hierro lo mataron en el siglo XX. "El Pernales" también tuvo el mismo acuerdo de cruzarle la cara con las espuelas a un su enemigo.

La expresión "espolear" se ha entendido siempre, según el uso corriente, como acción de "hincar espuelas al caballo". Pero cuando decimos que alguien terminó "espoleado", no pensemos que corrió cual corcel. A buen seguro lo mataron con las espuelas. En Jaén, no sé si en otras partes, el verbo "espolear" se emplea con bastante frecuencia. Conforme desaparecen los equinos, menos; también es cierto.

En España puede ser que no marquemos goles de tacón... Pero, si se cruza alguno en nuestro camino, siempre podremos atenernos al Fuero de Andújar. Y luego, ya sabe el lector: a buscar a doce vecinos que testifiquen a nuestro favor, si el "espoleado" tuvo la mala suerte de ser de la LOGSE.

EL PROVISIONAL TRIUNFO DEL "DIONISO" DE HEINE

Heinrich Heine

HEINE... EL SILENCIOSO ARTÍFICE DE NUESTRA ÉPOCA

Su razón llevaba Heinrich Heine cuando afirma que: "En Westfalia, la antigua Sajonia, no todo lo que está enterrado está muerto". Es cierto, lo sabemos en España, que las Vírgenes veneradas por nuestros antepasados fueron ocultadas, en los más remotos escondrijos, para librarlas de la destrucción agarena. En España, Heine, no todo lo que está enterrado está muerto.

Heine se refería a los dioses paganos cuyos ídolos, según cuenta el poeta revolucionario, estaban escondidos en Westfalia y, según era costumbre, los ancianos moribundos transmitían en el lecho de muerte al nieto más joven el lugar exacto de su escondrijo. Conforme las huestes cristianas avanzaban en su Reconquista de la tierra presa de la morisma, las Vírgenes aparecían -milagrosamente, muchas... ¿cuántas lo hicieron, en vez de milagrosamente, por saber sus descubridores donde las habían escondido generaciones y generaciones antes?

Pero, vayamos a nuestro tema: Heine, judío descreído de la Sinagoga y anticristiano militante, abogó siempre por la vuelta del paganismo. Descreído de la Sinagoga, pero perfectamente en concierto con los de su raza, por ejemplo, la riquísima otrora y ahora familia Rothschild.

Antes que Friedrich Wilhelm Nietzsche acuñara su vocablo "dionisíaco" (pieza de su filosofía puesta en curso, de un modo digamos que oficial, en "El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música", de 1872), el poeta judeoalemán Heine se había anticipado al filósofo tudesco unas décadas antes, aclamando el advenimiento del panteón pagano -y ensalzando, por encima de todos los ídolos, a Dioniso: "...marcha triunfal del Salvador divino, del Redentor de la sensualidad, para danzar de nuevo la danza alegre del paganismo, el canto del mundo antiguo, sin enmascaramientos hipócritas, sin la presencia del sargento de policía, representante de una moral espiritualista, para divertirse y gritar con júbilo, al uso de la desenfrenada locura de los viejos tiempos: ¡evohé, Baco!". Este pasaje de "Los dioses en el exilio" lo publicaba Heine en abril de 1853.

Considérese a quién denomina "Salvador" y "Redentor" este procaz Heine: a Dioniso. "Redentor de la sensualidad", le llama el poeta en ese ensayo provocador. Podríamos retrotraernos a Hölderlin, para encontrar los primeros amagos de evocación dionisíaca en la cultura alemana. Pero el asunto toma cuerpo, no obstante, con Heine... Y esta apología del paganismo que retorna se convertirá en algo muy del gusto decimonónico. Heine tiene su "Dioniso" particular.

Hasta Baudelaire, cantor de Satán, censurará esa moda pagana propagada por mimetismo, secundada por los imitadores de Heine; y es que un satánico, después de todo, no deja de ser, por mucho que provoque y alborote, un cristiano invertido. En un mundo pagano, hasta el satánico se desorienta, dado que su razón de ser es profanar y execrar todo lo cristiano. La acción del pagano -aun siendo del mismo Satán- es, a la larga, más virulenta y cuesta más trabajo estar alerta contra ella. El pagano querrá convertir a Satán en un dios más de su politeísmo... Incluso, como podemos apreciar en los movimientos de Nueva Era, hasta reservará el pagano un trono, al lado de Buda y Gea, a Cristo, por intolerable y execrable desfiguración que sea ese Cristo de Acuario que no es nuestro Cristo Jesús; pero que hace las veces de engañabobos.

Nietzsche exaltó a Dioniso. Creyó descubrir en el espíritu dionisíaco la perfecta metáfora poética de lo que habían creído descubrir sus predecesores: la charca donde sumergirse y olvidarse de la individualidad desgarradora y doliente. A fin de cuentas, esa charca no es otra que el panteísmo, esa tentación persistente en los filósofos alemanes, desde Jakob Böhme hasta Schopenhauer que tanta huella dejó en Nietzsche. Nietzsche profesó admiración por el judío sefardita Baruch Spinoza, lo que nos hace pensar hasta qué punto el alemán se puede confundir con el judío, tanto como el panteísmo confunde a Dios con el mundo. Pero, después de todo... Hasta Nietzsche, en su deicidio proclamado, en su exaltación de Dioniso, nos trae otro Dioniso, más sufriente y, tanto más absurdo, como es el "superhombre". La anti-sociedad que pensó Nietzsche, formada por "Übermenschen" no es, ni mucho menos, la anti-sociedad que hoy tenemos.


Daniel Cohen-Bendit, payaso típico del Mayo del 68: obsérvese con qué sonrisa estúpida desacata al policía... Con el tiempo, a este "simpático" payaso le fue descubierto que practicaba la pederastia, abusando sexualmente de niños de guardería.

EL DIONISO DE HEINE... EL DIONISO DE LOS PAYASOS


¿Pero podemos decir que la anti-sociedad actual es "dionisíaca"? En un sentido no-nietzscheano, sí.

La filosofía de Heine, atenuada por el tono frívolo y, por lo tanto, tanto más letífera por ser más fácil de instilar en las venas morales de sus lectores, consiste en una reivindicación de la sensualidad y de los placeres que se alzan frente y contra la cultura tradicional. La cultura del "sargento de policía" (figura que encarna la represión achacada a la moral espiritualista) es la cultura que hay que atropellar, según postula Heine. Han sido calificados como "filósofos de la sospecha" tres filósofos: Freud y Marx (de origen judaico) y Nietzsche. Pero podríamos contar a Heine.

Tendrían que pasar ciento y pocos años para que los revolucionarios del mayo del 68 recogieran la enseñanza de Heine. Y hacer que triunfara el Dioniso heineniano. Frente y contra el "sargento de policía" -tanto de occidente como del oriente comunista-, elevar la provocación y la payasada perpetua como acusación contra una sociedad, la de los "mayores", considerada como sociedad senil y, por ello mismo, seria y adusta, aburrida y prosaica. Y daba igual si esa sociedad era todavía cristiana o era comunista ortodoxa. Esa sociedad se consideró -y todavía está así considerada- como una sociedad heredera de los valores cristianos. Incluso en aquellas sociedades que sufrieron la deplorable persecución y perversión que de esos valores perpetró el socialismo soviético, el cristianismo estaba ahí -pues no todas las cosas que están enterradas en Westfalia están muertas. Y los sargentos de policía, tanto los de aquende como allende el muro de Berlín, eran -para esta manada de maleantes con nariz de payaso, los revolucionarios del 68- sargentos de policía. Y el payaso siempre lo tiene claro: está contra la seriedad, da igual que sea la de la Guardia Civil que la de la Guardia Roja. Y el payaso triunfó, pues nadie se percató de lo payaso que era ese asesino. Es curioso que, después de las resacas de mayo del 68, no pocas novelas de terror y películas hayan presentado al mal bajo aspecto de payaso: me acuerdo, a bote pronto, del payaso misterioso y asesino de "It", de Stephen King.

Heine fue, durante su vida, el poeta palatino de la familia Rothschild, el protegido del barón James de Rothschild. Y Heine fue bufonesco, cuando había que serlo, y siempre fue un estómago agradecido que se desataba en panegíricos y encomios por sus dueños. Por arrimarse a sus correligionarios, Heine tuvo la fortuna de prosperar en los negocios (lo hizo con la especulación de ferrocarriles), algo que otros escritores meritorios, como Honoré de Balzac, por mucho apegarse a los Rothschild no pudieron hacer.

¿Qué papel le dieron los Rothschild a Heine en la prefiguración del mundo que hoy tenemos? Es difícil descubrirlo, con pruebas fehacientes, pero a la luz de sus escritos, se lo mandaran los Rothschild por encargo o no lo fuera, Heine contribuyó como pocos a viciar el alma europea, sugiriéndole un regalado mundo de placeres. Lógico hasta su última consecuencia, Heine fue hedonista por ateo y ateo, por hedonista. Tal vez, si hubiera que parangonarlo con algún poeta, tuviéramos que acudir al epicúreo latino Lucrecio, salvando el abismo que hay entre el hedonismo epicúreo (defensor del placer calculado) y el hedonismo actualmente vigente (practicante de los excesos).

Después de Mayo del 68, los discípulos ateos de Heine -no los de Nietzsche- llevaron a muchas almas al hedonismo. Y del hedonismo fue fácil la caída en el paganismo, en el paganismo dionisíaco que impera.

El Dioniso de Nietzsche no triunfó; triunfó el de Heine...

Pero sobre todos los Dionisos y Prometeos, nosotros sabemos que triunfará el Crucificado.

NOTA BENE: Ni que decir tiene que el uso de las palabras "judío", "judaico"... Etcétera, no tienen para nosotros ninguna otra acepción que la descriptiva. Lo dejamos por escrito para ahorrarles tiempo a los malpensados.

martes 15 de junio de 2010

YO OS CONTARÉ LA TRANSICIÓN "DEMOCRÁTICA"...

El P. Llanos, modelo de cura rojo, con la Pasionaria... ¡Menudos años aquellos!

LA HISTORIA DE ADOLFO ITLER GILES

Doña Eufrasia vivía en una casa de robustos y vetustos muros. No puede decirse que la señora Eufrasia perteneciera al patriaciado de la villa, pues aquella villa no conserva en su vecindario la vieja flor y nata de los rancios linajes de la antigua nobleza. Doña Eufrasia era bisnieta de un tabernero que hizo una pingüe fortuna, comprando aquí y allá sus hazas de tierra o cobrándoselas a los morosos que le vaciaban los toneles de vino. Pero aquel tabernero, laborioso y fino para los negocios, había ido haciendo con su esfuerzo sus caudales. Y los había invertido, cuando nadie podía en la villa, para convertir al abuelo de doña Eufrasia en Notario. El notario, primogénito del tabernero, había prosperado y así el padre de doña Eufrasia no supo lo que era la Universidad, pero tampoco la taberna... Se dedicó a las fincas heredadas y murió, dejando herederos.

Doña Eufrasia vivía en una villa cualquiera, de una provincia cualquiera, pero digamos que a la doña Eufrasia que conocimos, la conocimos en una remota villa que se hallaba en la provincia de Jaén y de la que nadie se acuerda para maldita la ocasión. Durante la guerra civil, doña Eufrasia perdió a tres de sus hermanos: uno en la Ciudad Universitaria siendo alférez de complemento, y dos en la retaguardia, fusilados por los revolucionarios por el crimen de ser nietos de un Notario. Al tío cura de doña Eufrasia también lo habían asesinado los rojos: imagine usted la razón. La señora Eufrasia era la última que quedaba de su estirpe, y a Dios gracias que tenía la compañía fiel de su sirvienta -la Timotea- que, como una hija, había crecido en la casa y prácticamente dueña era de la casa. Doña Eufrasia se quedó soltera, pues siempre le puso pegas a sus pretendientes. Y ya en el crepúsculo de la edad, esta buena señora había decidido no escatimar su dinero para poder pagar los estudios a los pobres que, siendo sus paisanos, parecía que tuvieran cualidades para el sacerdocio.

A uno de esos zagales mantenía doña Eufrasia en el Seminario Diocesano de Jaén, hijo de la Isidra que, por ser buena mujer de costumbres impecables y adicta a Franco, tenía mucha privanza con doña Eufrasia, señora que no cerraba sus puertas a los pobres, sino que las tenía abiertas para poder comunicar sus bienes con sus prójimos por el amor de Dios. El niño de la Isidra se llamaba Adolfo, pues Bartolomé Giles, el marido de la Isidra, había tenido un turbio pasado republicano y, cuando Franco ganó la guerra, no se le ocurrió mejor cosa a Bartolo que ponerse a buenas con los vencedores. Por eso tuvo la ocurrencia de bautizar a su hijo con el nombre de Adolfo (por Adolf Hitler; que Bartolomé pronunciaba a la española: "Itler", y no como nosotros los modernos que decimos "Jitler"; y, gracias a Dios que el cura párroco le previno para que Bartolo no le agregara a su hijo, con el nombre de Adolfo, el apellido de "Itler" -como si fuese nombre); así, con ese nombre de resonancias tan germánicas, Bartolomé creía que en la villa se olvidarían de sus pretéritos fervores por José Stalin.

El niño de la Isidra y del Bartolomé, llevamos dicho, se llamaba Adolfo Giles. Y era un mozalbete con mucha unción, que la había aprendido en la sacristía, observando a qué monagos desdeñaba el cura párroco por bárbaros, y a qué monaguillos -por su finura- se les premiaba con unos reales. Adolfo, quién se lo dijera hoy en día, aprendió mucho en las sacristías... Y una de las cosas que primero aprendió fue a meter la mano en el cepillo y hurtar unas monedas, sin que nadie se percatara. Después esta cleptomanía la desarrollaría abundantemente, como veremos al término de esta historia.

Vino Adolfo de vacaciones a la villa. Y, como no podía ser menos, la Isidra le previno que era justo y necesario que fuese a visitar a doña Eufrasia, como gesto de gratitud, por los muchos favores que de su largueza recibía Adolfo. Y Adolfo, dócil a los dictámenes de Madre Isidra, allá que fue, con su sotana para causar más impresión, dejándose caer en la casa de doña Eufrasia a la hora del chocolate, para hacer unos remilgos y después inflarse.

Y así fue como aquella tarde, Adolfo llamó al timbre y la Timotea le abrió. Hiciéronle muchas fiestas al seminarista, que era como la joya de la corona de cuantos bienes tenía doña Eufrasia. Doña Eufrasia, soñadora, pensaba que cuando ella muriera, en el futuro Padre Adolfo tendría a ese sacerdote que oficiaría misas en sufragio de su alma, que tan convenientes son para quien tiene el Purgatorio en sus miras de ultratumba. La Timotea encarecía lo lustroso que venía el hijo de la Isidra, que ya parecía un Licenciado. Y Adolfo, con unción de cura viejo en seminarista joven, ladeaba la cabeza y dejaba caer latinajos, entre frases de agradecimiento por los cumplidos:

-Miren que son ustedes... Hay que ver... Si es lo que yo digo... Las almas piadosas son caras a los ojos de Dios.

Doña Eufrasia estaba feliz. El dinero que se estaba gastando en la formación de aquel seminarista redundaría algún día para bien de su alma y para bien de las almas que aquella alma sacerdotal curaría. Y así fueron los años finales de la década de los años 60.

Pero llegaron los años 70. Y al Régimen se le veía de capa caída. Pronto, a la muerte del Dictador, cambiarían las cosas. Había pasado el Concilio, y al Seminario -como bombones envenenados- habían llegado libros ponzoñosos: con catecismos de marxismo y otra pornografía ideológica se llenaban las cabezas los seminaristas más incautos. Y la pasión por seguir a Cristo se tornó en la pasión de seguir a Lenín o al Che Guevara. Sueños de revanchismo social, de teología de la liberación: ¿por qué no nos podemos casar? -se decían; ¿por qué estamos anquilosados en la tradición y no avanzamos con las fuerzas de progreso? Y las fuerzas de progreso eran, ahora, las mismas que habían fusilado seminaristas y sacerdotes en los años 1936-1939. Y parecía que todos aquellos ríos de sangre se habían olvidado.

El Padre José María Llanos vivía en el Pozo del Tío Raimundo, pero no se acordaba que allí habían asesinado al Obispo de Jaén, Don Manuel Basulto Jiménez, con muchos otros inocentes. Y los habían fusilado los mismos a los que ahora él, un sacerdote, se prestó indignamente para prestigiarlos. Adolfo entendió muy bien aquel mensaje. Conoció al Padre Llanos y empezó su viraje.

Adolfo Giles fue el primero en la diócesis a la hora de indisponerse con las autoridades jerárquicas del Seminario. Luego, en su desobediencia, llegó a enfrentarse con el Señor Obispo. Adolfo prescindió de la sotana, se camufló y... En el vértigo del año 75, cuando expiraba Franco, hasta la colgó. Cuando se legalizó el PCE, se declaró públicamente comunista y en 1978 se presentó a las elecciones. La señora Eufrasia, su pía prócer, por poco si se muere del disgusto. Dejáronse de hablar las familias. Y a Bartolomé, muerto Franco, le revivió el fervorín por Stalin, acompañando a Adolfo a sus mítines, donde apelaba a la Hoz y el Martillo.

A Adolfo le duró el sarampión comunista justo el tiempo que tardó en comprender que nunca ganaría el PCE en España. Y como de tonto no tenía ni un pelo, en un nuevo alarde de cinismo social y oportunismo político, se cambió de chaqueta y se hizo del PSOE.

Actualmente, Adolfo goza de un cierto prestigio social. Muchos en Andalucía hasta creen que luchó en la clandestinidad contra la Dictadura de Franco. Aureolado por esa falsa orla, Adolfo -el de la Isidra y el del Bartolomé- se retiró de la política, después de haberse asegurado un retiro muy cómodo, apoltronado en una de las muchas universidades andaluzas, vino a tener su propio despacho, bajo el membrete de un cargo tan rimbombante como inútil para la sociedad. Cuando es la hora de montarla parda, sus amos lo llaman por teléfono y, presto y servicial, como cuando iba a ver a doña Eufrasia, marcha a la batalla para defender a los mismos jueces, si hiciera falta.

Adolfo... ¡Qué individuo tan deplorable! ¡Qué sujeto tan nauseabundo! El otro día me lo encontré. Estaba Adolfo recogiendo firmas, para que la Justicia no pase por la puerta del Juez Garzón. Él no sabía que yo sé su historia. Que tengo amigos entre sus antiguos vecinos que casi todo lo saben de Adolfo, que todo me lo cuentan. Y que, sabiendo estas cosas, ¿cómo puedo tenerle el menor de los respetos? Adolfo es el truhán que se ha enseñoreado, como muchos otros, de la vida pública española desde el año 1975 a nuestros días. Lo acaparan todo: periódicos, universidades, centros docentes... El rastro de baba que van dejando cuando reptan es fácilmente reconocible: siempre tienen las mismas palabras en la boca... Progreso, Democracia, Tolerancia, Diálogo... Pero quien mejor que nadie detecta esas mucosidades que expelen estos bichos es quien conoce su pasado, tan franquista como turbio.

Adolfo "Itler" Giles aprendió en la sacristía a tomar de lo ajeno y hacerlo suyo, metiendo la mano en el cepillo de las limosnas... Pero Adolfo Giles, a tiempo entendió que el erario le dejaría más dinero que los donativos de la feligresía. Adolfo Giles, rufián de mando en plaza universitaria, vivirá del cuento, hasta que se muera.

Pero... Adolfo, si me estás leyendo: no cuentes con nuestro respeto. Te detestamos. Eres sencillamente la sombra de un Judas que no tiene la vergüenza de ahorcarse.

*Adolfo Giles existe, efectivamente, con otro nombre y apellidos... Y hay tantos como plaga de langostas. En cada ciudad de España, el lector podrá encontrar unos cuantos especímenes de este típico pulgón que trajo la cópula execrable del comunismo y el clero progresista. Adolfo Giles es un arquetipo infrahumano.

lunes 14 de junio de 2010

MORIR POR LLEVAR EL SACRAMENTO A SUS HERMANOS

En la fotografía, Beato Martín Martínez, momentos antes de ser asesinado por los rojos. Fue fotografiado por un fotógrafo soviético -pinchar aquí para saber el origen de la fotografía.

"Hasta ocho pregones municipales sucesivos, los días 26 de julio, 17 y 18 de agosto de 1936, conminaron al vecindario de Valdealgorfa (provincia de Teruel y diócesis de Zaragoza) para que descubriese el paradero de todos los sacerdotes ocultos en el lugar. El último de estos bandos dictaba pena de muerte contra aquellos que fuesen sorprendidos en la ocultación de clérigos.

Puestas así las cosas, fueron los mismos sacerdotes los que se presentaron directamente al Comité, a sabiendas de que este gesto les iba a costar la vida. Pero prefirieron todos esto a provocar un peligro semejante en los hogares de deudos o amigos que los acogían. Durante la mañana del 18 de agosto quedaron sucesivamente concentrados en los calabozos de la casa-ayuntamiento cinco sacerdotes seculares y un operario diocesano. Este último, don Martín Martínez, prefecto del Seminario de Murcia y con sólo veintiséis años de edad, había logrado ocultarse en una cueva de las cercanías, y ciertamente no hubiera sido descubierto de no presentarse él espontáneamente a los que iban a ser sus verdugos. Lo que le movió no fué precisamente el bando municipal, sino la preocupación porque sus hermanos sacerdotes carecieran en las últimas horas del Santísimo Sacramento, que él tenía habitualmente consigo por haber salvado a tiempo en el convento de las clarisas un copón con hostias consagradas. Al entrar por las calles del pueblo, fueron muchos los vecinos de orden que le aconsejaban volverse, teniendo su muerte por segura. En igual sentido, y con lágrimas en los ojos, se pronunciaban ante él algunas buenas mujeres. Llegó al Comité y fué internado con los demás en los bajos del calabozo. Allí pudo dar a sus otros compañeros la gratísima sorpresa del sacramento eucarístico, que todos recibieron, luego de confesarse mutuamente, en calidad de viático y con manifiesta devoción. En iguales sentimientos y prácticas se ejercieron otros nueve detenidos de condición seglar, en cuya condena pesaron notablemente los motivos religiosos.

Nadie cuidó de disimular lo más mínimo ni el acto mismo de la ejecución ni sus inmediatos prolegómenos. Públicos habían sido los tres bandos que dieron por resultado la redada de los 15 detenidos. Tratábase de un triunfo del Comité, y éste cuidó de airearlo, paseando a las 15 víctimas por las calles más concurridas del pueblo en las horas centrales del día. De ahí que fueron tantos los testigos de la alta serenidad con que se conducían las dos filas de presos. Llegados a las afueras de la población, les esperaba un camión, al que subieron con gran ánimo, estimulándose mutuamente, al par que decían a sus verdugos palabras de perdón. El recorrido fué corto. A cosa de un kilómetro de Valdealgorfa, muy cerca del cementerio y en el llamado "Mas de Marcos", fueron bajados a tierra y matados a tiros de fusil, mientras aclamaban a Cristo Rey".

(Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939, D. Antonio Montero Moreno, páginas 222-223)

viernes 11 de junio de 2010

EL DESCENSO DE MARÍA A JAÉN EL AÑO DE 1430

Talla de la Virgen de la Capilla, sin ropa talar ni coronas en Madre ni en su Divino Hijo.

Y VIERON PASAR EL BLANCO CORTEJO

En la noche del 10 al 11 de junio del año del Señor de 1430 María Sánchez, mujer del pastor Pedro Hernández, se levantó entre las 11 y las 12 de la noche, para dar agua a un hijo suyo, niño y enfermo. La casa, situada en los arrabales de Jaén, se iluminó de pronto. María contó que parecía "como resplandor de oro reluciente cuando le da el sol". Pensó que podría ser un relámpago, tuvo miedo y cayó de hinojos en el suelo, impetrando la misericordia de Dios...
Y vio pasar el Blanco Cortejo.

Juana Hernández, mujer de Aparicio Martínez, vivía frente al cementerio de la iglesia de San Ildefonso. Se levantó tras el primer sueño y, desvelada y doliente, fue a su corral de la casa. Allí le sorprendió un súbito resplandor cual no había visto nunca. También pensó que era relámpago, pero luego pensó que no podía serlo pues era muy resplandeciente la claridad y asaz persistente, que no cedía a la noche...
Y vio pasar el Blanco Cortejo.

Poco más abajo de la casa de Juana Hernández, dormían en el molino de Alonso García, Juan -el hijo del molinero-, Juan el hijo de Usanda Gómez y Pedro, el hijo de Juan Sánchez, casero de la viuda de Ruy Díaz de Torres. A la media noche, Juan el hijo de la Usanda se despierta y advierte que la casa se ha iluminado con una claridad que le hizo pensar que se habían dormido, tanto que el día les hubo echado la delantera. Los siete perros cazadores que tenían en la casa ladraban, pero también ladraban más perros a los que se les oía fuera de la casa. Se levantó del lecho y, sin vestirse, entreabrió la puerta y, entre la puerta y la pared, asomó la cabeza...
Y vio pasar el Blanco Cortejo.

Juan el de Usanda entró, tras asistir al paso del Blanco Cortejo. Cerró Juan la puerta tras de sí, echándole la tranca, corrió a llamar a sus amigos, y llamó a Pedro, hijo de Juan Sánchez, y díjole:

-Verás, Pedro, qué cosa es ésta, cuánta gente va por la calle, en blanco, y una señora.

Y Pedro le preguntó:

-
¿Por dónde va?

Y Juan le respondió:

-
Por ahí arriba va, de cara a San Ildefonso.

Juan se vistió y se echó sobre un poyo, pensando en lo que había visto. Dándole vueltas estuvo un rato desvelado, hasta que se durmió.


Felipe II, uno de los devotos más ilustres de la Virgen María, en su advocación de la Capilla, de Jaén.

Mientras tanto, se puso Pedro su camisón y salió a un corral de la casa que daba frente a la iglesia de San Ildefonso, y asomándose por la tapia, a eso de una piedra que se tira con la mano, allí encaramado, el bueno de Pedro... vio pasar el Blanco Cortejo.

Al clarear el día, Pedro salió. Su idea era la de ver si había quedado vestigio alguno de aquella gente que había visto envuelta en luz. Pero no halló rastro alguno. Al regresar del cementerio de San Ildefonso vio a Juan, el hijo de Usanda, que hablaba con Miguel Fernández de Pegalajar, al que contaba lo que había visto. Pedro se les unió y dijo: "
Yo lo vi todo". Y viendo Pedro que Juan el de la Usanda tenía la cara amarilla, va y le pregunta: "¿Cómo estás así, tan amarillo?". Y Juan le contestó: "Del miedo de anoche".

¿Qué habían visto? ¿Cómo se componía aquel Blanco Cortejo misterioso que en la noche del viernes al sábado transitó por la Collación de San Ildefonso de la ciudad de Jaén?

De todos los testigos, el que mejor lo vio todo fue Pedro, y su testimonio coincide con lo que declararon los otros haber visto:

Siete Crucíferos (barbirrapados, los describió Juan el de la Usanda), vestidos los siete con albas ropas talares, uno en pos de otro, abrían la procesión portando siete cruces. Veinte personas, también vestidas de blanco hasta los pies, formadas en dos filas caminaban rezando. Tras ellos venía una Señora, más alta que todos los demás, vestida con una halda larga, sin nadie al lado, con una criatura, también vestida de blanco, en el brazo derecho. María Sánchez, mujer de Pedro Hernández, primero quedó sobrecogida de espanto, pero después reconoció en esa Señora a la Virgen María, según estaba Santa María representada en el altar de San Ildefonso, y tuvo -confiesa- gran placer y consuelo.

De la Señora y del Niño salía tal resplandor que todo se iluminaba, y tan radiante era la luz que brotaba de ella que Pedro tuvo, varias veces, que apartar la vista por deslumbrarse ante aquella Señora de Luz. El séquito de la Señora con el Niño venía en tropel (que Pedro calculó como de trescientas personas) compuesto de hombres y mujeres vestidos de blanco: primero, más cerca de la Señora, iban las mujeres y a la zaga de estas venían los hombres: todos juntos, que esta bienaventurada muchedumbre no desfilaba en procesión. Y tras esa gente, Pedro vio hasta cien hombres armados, vestidos también de blanco, portando lanzas y haciendo sonar sus armas. Juana Hernández, la mujer de Aparicio, quedó deslumbrada por la luz de aquella misteriosa procesión y, recobrándose un poco, con las manos palpando la pared para no caerse, fue a su cuarto, para acostarse temblando al lado de Aparicio, su marido.

A las espaldas de la iglesia de San Ildefonso, por la parte de fuera de la capilla, vio Pedro que se había aparejado un altar. Los paramentos de la pared eran blancos y colorados. Los veinte que iban delante de la Señora cantaron en voz alta. No había ningún clérigo revestido en el altar. La Señora llegó al altar y tomó asiento como en un trono de plata.

Los moros tenían en aquellos días cercada la ciudad de Jaén. Sin que nadie sepa el motivo, levantaron el sitio y se fueron de allí.

Santa María de la Capilla, en su Descensión a Jaén, tomó posesión de la ciudad haciéndola suya para siempre.

¡Sí! Somos tuyos, María, enteramente tuyos... De tal forma que aquel que se diga de Jaén y no venere, por encima de los Santos y los Ángeles, a María Santísima y no siga la religión de sus mayores, ese no es de Jaén, sino un maldito renegado. Y por eso, por ser tuyos Señora Nuestra, aborrecemos todo lo que no venga de Vos, Vos la que nos trajo al mundo a Jesucristo Nuestro Señor, sin merma de su Virginidad, y Vos, la que nos volverá a traer a Jesucristo Nuestro Señor a través de los fulgores del Reino Santo, Místico y Social de Cristo Rey.

INTERPRETACIONES

Don Juan Montijano, en su poema en prosa "El Blanco Cortejo" (Premio del Certamen Literario organizado por el Instituto de Estudios Giennenses, de 1961) hace una interpretación magistral de la composición de aquel descenso de María y las celestiales huestes. Veamos lo más destacado:

Los siete cruciferarios: "Siete cruces parroquiales a la vanguardia del Blanco Cortejo, que representan a los fieles todos de Jaén, sin excluir a ninguno...".

Los veinte clérigos: "Veinte clérigos rezando y cantando salmos e himnos litúrgicos [...] son los ministros del Santuario que en la presencia de Dios, y como premio a la vocación correspondida, gozan de perdurable felicidad".

La muchedumbre de mujeres y hombres: "Son seglares piadosos en la tierra, y ahora dichosos en el Cielo porque gozan eternamente de la presencia de Dios"... "Son los que lavaron sus vestiduras manchadas y las blanquearon en la sangre del Cordero".

La Milicia Celestial, la Hueste que cerraba la procesión: "Ángeles de la Gloria o las almas de los que sucumbieron en la santa lid contra el mahometano invasor. Un escuadrón, representante de cuantos ofrendaron en el altar de la Patria el heróico sacrificio de su sangre y de sus vidas, formaban la retaguardia de la maravillosa procesión".

Nosotros creemos que, en la procesión descrita por los testigos oculares, se plasma figurativamente toda una enseñanza de hondo calado teológico-político-social:

Abre la procesión el clero, como heraldo de la Virgen María, Madre Purísima que, cual Sagrario y Custodia, porta a Jesucristo Nuestro Señor. Jesucristo aparece en figura de Niño que tiene que ser protegido por la Madre Purísima Sin Pecado Concebida. El clero marcha delante, a la cabeza, y su disposición en la procesión hace pensar en la disciplina de vida que observan los sacerdotes y religiosos. La muchedumbre de los fieles no va en orden de desfile, sigue a la Reina y camina libremente: las mujeres son más santas que los hombres -es algo que haría que pensáramos si consideramos el privilegio que supone que sean ellas -las mujeres- las que inmediatamente siguen a Nuestra Señora. Y por último, cerrando la comitiva, contemplamos a la Sagrada Milicia, vestida de punta en blanco, con corazas, yelmos, cotas de malla, armados, pertrechados y haciendo sonar sus armas. La Hueste Celestial (compuesta por Ángeles y Cruzados) protege al pueblo y cierra la marcha: al igual que el clero, también los Guerreros sujetan su vida a una disciplina estricta y a una Regla de vida que hace del Honor la Divisa.

Es, no puede ser otra cosa, una prefiguración de lo que será el Reino de María, aquel Reino que le fue concedido a San Luis María Grignion de Montfort profetizar. Un ejército de Santos Sacerdotes se adelanta a la llegada del Reino de María, portadora del mismo Cristo Jesús. El pueblo fiel será amparado... Y un ejército en formación de batalla defenderá las espaldas, y todos los costados de ese Reinado Social de Jesucristo.


ORACIÓN POR JAÉN

Jaén, vuelve tus ojos a María Santísima de la Capilla. Reconócete a ti misma en tus venerandas tradiciones. Hermoso es, Jaén, que tus hijas lleven el nombre de María de la Capilla, y que todos honremos este día como el día de nuestro rescate. Cuando más amenazados estábamos por la morisma, más grande fue la prueba de amor de nuestra Soberana la Virgen María. Ahora que también lo estamos, Ella no nos desamparará. Y piensa, Jaén, que si eres infiel... el infiel te dominará. Y si eres fiel, hasta las huestes angelicales combatirán de tu parte contra las avalanchas infernales.


En el retablo barroco de San Ildefonso se plasma de modo maravilloso el descenso, sin faltarle -en un segundo plano- las cabezas asomadas de aquellos vecinos de la Collación de San Ildefonso que fueron testigos de aquella Santa Compaña de Bienaventurados Confesores, Mártires, Santos y Guerreros que acompañaban a Santa María Nuestra Señora de la Capilla.
EPÍLOGO

El 20 de mayo del año de gracia de 1570, Su Católica Sacra Real Majestad Felipe II visitó Jaén, hospedándose en el Palacio Episcopal. Era a la sazón Obispo de Jaén Don Francisco Delgado. El Rey Prudente y el Obispo Delgado fueron a la Catedral de Jaén a venerar la Verónica. Y de ahí pasaron a venerar a Santa María de la Capilla. El Rey Felipe, conmovido de ternura y devoción, veneró a la poderosa protectora de la capital del Reino de Jaén. El Obispo contó a Felipe II la tradición que arrancaba de aquella noche de junio de 1430. El Rey encargó al Obispo que se hiciera grande estima y aprecio de este santuario. Tiempo después, cuando a Felipe le recordaron, en El Escorial, el Descenso de la Virgen María a Jaén, sentenció el Rey Felipe nuestro señor:

"En la materia ninguno llega a ser como el milagro de Jaén, que entre los grandes es el mayor".

miércoles 9 de junio de 2010

INTELECTUALES ESPAÑOLES Y APOLOGISTAS DEL ISLAM

Eugenio Trías, el que reconoce a Mahoma como profeta

Los intelectuales occidentales, en su gran mayoría, no sólo son cómplices silenciosos de la islamización de Europa. Son también agentes activos de la misma, profesen o no -abierta o encubiertamente- el Islam. El Islam que avanza -ese "islam" que crece amenazante en nuestro suelo, y que, por mucho que Tiay Tatary quiera engañarnos, diciendo que significa "paz", significa y es "SUMISIÓN".

Así se expresaba el filosocialista sirio, intruso en España y guía de la mezquita de Abu-Bakr (que ocupa suelo español): "Islam quiere decir paz" -decía Tiay Tatary en una entrevista concedida a la revista MUY HISTORIA, Núm. 26, año 2009, pág. 22. Y no, Islam no significa "paz", significa otra cosa que Tatary se la calla: "La palabra misma islam se traduce del árabe como "sumisión" u obediencia" (a la voluntad y las leyes de Alá establecidas en el Corán), y la palabra "musulmán", que tiene la misma raíz en árabe significa "la persona o cosa que obedece la ley de Alá"." ("¿Qué es el Islam?", Chris Horrie y Peter Chippindale, Alianza Editorial, Madrid, 1990.)

Algunos "intelectuales" españoles están desarrollando una inusitada actividad pro-islámica que ellos presentan como meritoria prueba de su talante tolerante. Vamos a presentar a alguno de ellos, para que nuestros lectores sepan a qué atenerse con respecto a cada uno. De ese modo, el lector se evitará el ingrato sinsabor de sufrir el camelo, el fraude intelectual, que supone dar crédito a las fábulas sobre un "islam" falseado: ese del que hacen propaganda, justificándolo y proponiendo su establecimiento, cuando de algo tan serio como es el islam estamos hablando: algo que, de implantarse en España (Dios no lo permita nunca), supondría la destrucción radical de España. Por eso -por afán de destruirla- será que los socialistas y todos sus tentáculos, se empeñan en promocionar el islam.

Imágenes del atentado -supuestamente islámico- del 11-M

EUGENIO TRÍAS Y SU SHAHADA (PROFESIÓN DE FE MAHOMETANA) FILOSÓFICA

Un árabe -al parecer, según se afirma- le preguntó a Eugenio Trías la opinión que le merecía el islam, aprovechando uno de esos encuentros digitales de EL MUNDO:
"Soy de los pocos que he dado mi opinión en un sentido distinto del que suele ser habitual, cosa que pueden comprobar si leen mi libro principal de filosofía de la religión, "La edad del espíritu", donde consagro una atención extraordinariamente cuidadosa a la filosofía y a la espiritualidad islámica. Y hace menos de dos meses escribí un texto titulado "El Islam espiritual" en las páginas de Opinión de El Mundo donde reflexionaba sobre la necesidad de acercarse al Islam de una manera abierta y de rescatar los valores más notables de su espiritualidad."

En otra ocasión nos hemos referido a Eugenio Trías, para corregirle su "libro principal de filosofía de la religión", "La edad del espíritu". En aquel lugar (pinche aquí) le enmendábamos un error histórico que cometía el filósofo catalán en la susodicha obra. Recordémoslo con las palabras textuales con las que lo hacíamos: "Digamos que Eugenio Trías se equivoca cuando escribe, a tenor de "La ciudad de Dios", que: "En los tiempos apocalípticos en que Agustín escribe, tras el saqueo de Roma por parte de Odoacro..."; por simple atención cronológica es un disparate atribuir a Odoacro el saqueo que impelió al Obispo de Hipona a escribir "La Ciudad de Dios": Odoacro nació el año 435 y murió en 493; el saqueo de Roma que conmocionó a San Agustín se produjo en 410. No estaría mal que un profesor de Filosofía de su talla corrigiera este anacronismo que, a buen seguro, no perdonaría él corrigiendo a sus alumnos." (LIBRO DE HORAS Y HORA DE LIBROS.)

Una golondrina no hace verano, dirían los más indulgentes. Pero -pensamos- el problema no es tener un desliz en un dato histórico (todos nos podemos equivocar); el problema es disparatarse, como le ocurre a Eugenio Trías en lo concerniente a su "estudio" del islam, estudio del que afirma que constituye: una "atención extraordinariamente cuidadosa a la filosofía y a la espiritualidad islámica". Después de leer atentamente su libro "La edad del espíritu", nosotros pensamos que Eugenio Trías realiza en él una apología del islam cuya raíz es el pensamiento gnóstico en que se mueve dicho filósofo. Pero sepamos algo de Eugenio Trías.

Eugenio Trías Sagnier nació en Barcelona el 31 de agosto de 1942. En su autobiografía "El árbol de la vida" nos cuenta que fue miembro numerario del Opus Dei (o sea, de los que eligen hacer la promesa del celibato), ahí Trías reconoce que, a pesar de haber abandonado el Opus Dei, su paso por la Obra (el Opus Dei) le sirvió para tomar un contacto con la filosofía y, por fin, descubrir su vocación profesional. En 1960 comenzó los estudios de Filosofía en la Universidad de Barcelona, continuándolos en la Universidad de Navarra (Pamplona), y pasando posteriormente por Madrid, Bonn y Colonia. Del Opus Dei, Eugenio Trías pasó al PCE (Partido Comunista de España). Después de una trayectoria docente considerable tanto en Hispanoamérica como en España, en el año 1992 es nombrado profesor de Filosofía en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Actualmente es catedrático de Filosofía de dicha Universidad. Durante el curso 1995-1996 también pasará a dirigir el Institut de Cultura, adscrito a la misma Universidad. Asombra el hecho tan radical de pasar del Opus Dei al PCE. Pero, todo sea dicho con benevolencia, no vamos a juzgarlo por esa mutación tan radical. Y además, el mismo Trías reconoce que su paso por el PCE fue como "el teatro del absurdo".

La edad que nos espera... Si no reaccionamos, no será precisamente la Edad del Espíritu

LA EDAD DEL ESPÍRITU... PERO NO DEL ESPÍRITU SANTO

Pero entremos en materia. "La edad del espíritu" es uno de los libros más ambiciosos de Trías. No nos duelen prendas reconocerlo. Él mismo lo ha calificado como libro de "Filosofía de la Religión". El libro constituye una interpretación que se muestra muy deudora de un esquema progresista. En virtud de ese esquema progresista, el recorrido que Trías realiza a lo largo de la Historia de las Religiones viene a concluir que toda religión supera a la anterior, por lo que el islam -según Trías- sería una superación que gana en excelencia al cristianismo. Con entusiasmo casi poético así nos presenta la aparición del islam:

"
En él sólo subsiste el Dios Uno y Único, sin asociación, sin imposturas trinitarias, sin hipóstasis; frente a él, con los brazos levantados, con el oído atento y con el cálamo y la tablilla preparada, el oidor, el memorialista, el gran Testigo Profético de la revelación, cuyo nombre es Muhammad. Y entre Dios y el profeta, el Libro Santo, que desciende del cielo, escrito por Dios en lengua árabe. Muhammad es el transmisor de la revelación divina. La sabiduría de Dios es el verdadero cálamo que escribe el texto sobre la tablilla".

Después de esta presentación, tendremos que pensar que Trías se ha convertido al islam o bien pensaremos que toda la puesta en escena de esta pomposa presentación del islam no es otra cosa que vana retórica con alharacas. Si alguien habla así del islam y así alaba a aquel a quien llama "Testigo Profético" (esto es: Mahoma) no entendemos a qué espera para profesar la religión mahometana. Pero, independientemente de eso, vayamos al párrafo de marras del filósofo que fabla pomposo de la "Pompeu Fabra", el que hemos reproducido.

Lo que nos está diciendo Trías es que frente al cristianismo (considerado por el filósofo barcelonés como una "impostura trinitaria") se alza el profeta del Alcorán. Y otra vez, como le pasó con Odoacro (véase más arriba), Trías patina: nos pinta con tonos de epopeya a un Mahoma "
con los brazos levantados, con el oído atento y con el cálamo y la tablilla preparada, el oidor, el memorialista, el gran Testigo Profético". Como si Trías hubiera estado allí, o quisiera que nos imagináramos al receptor del Corán. Pero, en honor a la verdad, por lo que se sabe de las circunstancias de Mahoma habría que tener en cuenta que, de imaginárnoslo, tendríamos que pensar que en todo caso Mahoma se quedaría con los brazos levantados y no con el cálamo y la tablilla, dado que Mahoma era analfabeto.
"Mahoma era analfabeto, de forma que repetía cada revelación después de haberla recibido. Algunas de ellas se escribían en lo que más a mano hubiera, fuese pergamino u hojas de palmera o huesos de animales, pero en su mayor parte, conforme a la tradición de la época, se aprendían de memoria".
("¿Qué es el islam?", Chris Horrie y Peter Chippindale, Alianza Editorial, Madrid, 1990, pág. 29).

Así que, Don Eugenio Trías... Menos lobos. Puede usted, Don Eugenio, sosegarse y moderarse en su adoración por Mahoma que, todo sea dicho, no escribió el Corán... Lo recitaba de memoria y otros, aquellos que lo secundaron, vinieron a registrar el Alcorán después. Pero no puede ser, Don Eugenio se ha embalado y su devoción musulmana le lleva a afirmar:

"Y entre Dios y el profeta, el Libro Santo, que desciende del cielo, escrito por Dios en lengua árabe. Muhammad es el transmisor de la revelación divina. La sabiduría de Dios es el verdadero cálamo que escribe el texto sobre la tablilla".

No podemos confirmar su pertenencia al islam, pero dicho lo de ahí arriba hemos de preguntarnos otra vez: ¿Es Eugenio Trías musulmán, cripto-musulmán o... simplemente actúa como un actor, interpreta como un histrión cuando gasta ese fervorín por Alá, el Corán y Mahoma?

Decir eso que dice Trías es, con más florituras y en castellano, hacer lo que llaman los musulmanes la "Shahada" que se recita en árabe y constituye el Credo islámico: "No hay más Dios que Alá; y Mahoma es su profeta". Y, analizando ese párrafo, Trías ha declarado haberse convertido al islam... O es que nos está tomando el pelo. Trías ha realizado, en esas páginas de "La edad del espíritu" su Shahada, sin que le falte nada: lo que de la "Shahada" se hace llamar la "kalima" [No hay más Dios que Alá] que es la profesión de la unidad divina (sin "imposturas trinitarias": "
En él sólo subsiste el Dios Uno y Único, sin asociación, sin imposturas trinitarias, sin hipóstasis", escribía Trías). Y lo que de la "Shahada" se viene a llamar la "risalla" [y Mahoma es su profeta]: la aceptación de Mahoma como profeta. Así dice Trías, volvemos a repetirlo: "Y entre Dios y el profeta, el Libro Santo, que desciende del cielo, escrito por Dios en lengua árabe. Muhammad es el transmisor de la revelación divina. La sabiduría de Dios es el verdadero cálamo que escribe el texto sobre la tablilla".

Volvemos a repetir: ignoramos si Trías se ha convertido al islam, pues de quien fue del Opus Dei y luego del PCE podemos esperarlo. Tampoco nos quita el sueño que lo haya hecho. Pero sin que tenga que importarnos mucho la cuestión: que Trías haga lo que quiera con su fe -si es que la tiene... Lo que nos importa a nosotros es algo de otra índole, de índole intelectual:

¿Qué es lo que ha llevado a Eugenio Trías a emitir estas alabanzas para el islam y Mahoma? Creemos que, siguiendo las pesquisas filosóficas que hemos hecho, podemos decir que Trías ha llegado a esa concepción tan benevolente del islam, siguiendo la misma vía que todos los gnósticos del siglo XIX y XX: el francés René Guénon (convertido al islam con el nombre de Abd al-Wâhid Yahyâ) o el suizo Frithjof Schuon (convertido al islam con el de Sheikh Issa Nureddin Ahmad al-Shadhili al-Darqawi al-Alawi al- Maryami) son ejemplos de lo que decimos. Es la gnosis -el supuesto conocimiento secreto y oculto- la que lleva a Trías a ese paroxismo que acaba convirtiendo al islam en la religión más perfecta de todas, pretendiéndose superación de todas las revelaciones anteriores a la de Mahoma (con el consecuente rebajamiento del cristianismo, la negación de la divinidad de Cristo y la fundación divina de la Iglesia). Fue la gnosis la que condujo a la mezquita a Guénon y a Schuon.

Hasta donde nosotros sabemos, a Eugenio Trías la gnosis no lo lleva a otra parte que al aulario de la Pompeu Fabra, para que sus alumnos le escuchen estas profesiones de fe coránica que tan desgraciados pueden hacernos.