jueves 30 de septiembre de 2010

UNA ASIGNATURA PENDIENTE

El P. José Antonio Laburu Olascoaga

LA NECESIDAD DE UN AUTÉNTICO OBRERISMO CATÓLICO

José Antonio Laburu Olascoaga nació en Bilbao, el 4 de junio de 1887 y pasó a mejor vida el 4 de diciembre de 1972 en Roma. Estudió en Zaragoza y Madrid, licenciándose en Farmacia. En 1906 ingresó en la Compañía de Jesús. Pasó por Oña, Loyola y Valkenburg en Holanda. Profesor de Biología, Antropología y Caracteriología en la Universidad Gregoriana, lo fue anteriormente en Oña. Pero destacó como un autor prolífico y un conferenciante capaz de electrizar a sus auditorios. Su labor en varias universidades iberoamericanas (Caracas, Montevideo, Buenos Aires y Chile) fue notable.

En 1934 pronunció una conferencia en Madrid, en el Teatro Coliseum para ser precisos. Tengo impresa aquella ponencia en mi biblioteca y, leyéndola, me sorprendió esta anécdota que cuenta el P. Laburu:

"Una anécdota real que la he transcrito como me la ha contado la persona a quien inmediatamente se la refirieron.

Madrid. Pasa un obrero católico sin trabajo delante de una Iglesia, cuya fachada se está revocando por obreros no católicos. Uno de éstos le increpó irónicamente, desde lo alto del andamio, al católico, y le dijo:

"Nosotros quemamos las Iglesias y luego acuden a nosotros para que las reconstruyamos, mientras vosotros estáis sin trabajo".


Este es un hecho, pero es un símbolo de lo que pasa.

Meditad, meditad, señores, que existiendo tantas Empresas regidas por católicos, sin embargo, hay muchos obreros católicos que están ausentes de ese trabajo. ¿Sabéis -al que lo sepa no le digo nada-, saben siquiera muchos patronos católicos de Madrid que existen en Madrid los Sindicatos de la Federación Española de Trabajadores, agrupación verdaderamente profesional y al mismo tiempo católica? Y que además, existen otros Sindicatos, también católicos? Si no lo sabes, ¿a quién has llamado y a quién das tu trabajo en tus Empresas?

Meditad un momento, patronos.

Aduláis al enemigo de miedo, y aduláis al enemigo más franco y abierto que podéis tener para vuestras Empresas y para vuestras personas.

Patronos, meditad. Sostenéis con vuestro dinero a los mismos que ansían estar seguros y disponer un buen día de medios eficaces para deshaceros y borraros.

Oidme: el miedo por evitar los males os entrega de pies y manos atados como víctimas a los que sinceramente os odian y son vuestros más encarnizados enemigos."

Estas palabras son de 1934. En 1936 se hicieron trágicamente realidad. Esos que quemaban iglesias y luego las reconstruían asesinaron impíamente a obreros, patronos, sacerdotes y seglares.

Sigue faltando hoy en día un sindicalismo auténticamente católico. Sigue faltando actualmente esa solidaridad laboral entre católicos.

Y es que, lejos de hacer por más tiempo el bobo, un empresario católico tiene que preguntar al aspirante a ocupar un empleo en su empresa:

¿Eres católico?

Y si el candidato al empleo no es católico... ¡Que le dé trabajo el Estado anticristiano o sus tentáculos!

¡Qué grandes jesuístas había antiguamente!

miércoles 29 de septiembre de 2010

ESPAÑA LIBERAL, ESPAÑA SOMETIDA A INGLATERRA

James Rothschild, de quien su misma madre llegó a decir:
"Si mi hijo no quisiera, no habría guerra"
. Se nota que su hijo no era pacifista: el siglo XIX estuvo cuajado de guerras.


Oficiales británicos posan con sus cipayos en India. También hubieran podido posar con sus cipayos en España: la mayor parte de los gobiernos liberales del siglo XIX.

DE LAS GRANDES FORTUNAS QUE VIENEN Y VAN


INTROITO

Es uno de nuestros propósitos, en esta bitácora, hacer saltar por los aires ciertas tesis históricas establecidas como incontestables. Así lo hicimos con las Tres Culturas, y venimos haciéndolo sobre la suerte corrida por España durante el siglo XIX; prácticamente, desde el final de la Guerra de la Independencia librada contra Napoleón que es decir: librada contra la revolución francesa... Y decir contra la revolución francesa es decir contra la Masonería del Grande Oriente de Francia.

España, bien es verdad, combatió heroicamente y venció a la francmasonería gala. Pero otra francmasonería de actividad más solapada iniciaba el asalto a nuestra Patria, tras la expulsión de las tropas napoleónicas: la Gran Logia Unida de Inglaterra, matriz de todas las masonerías regulares e irregulares.


Su acción corrosiva fue mucho más profunda, más duradera y, para nuestra desgracia, más eficaz que las bayonetas napoleónicas. Hasta que nosotros -en LIBRO DE HORAS- no hemos levantado el hacha de guerra, los estudios históricos concernientes a la España del siglo XIX apenas se han percatado de esto. Si el lector echa mano de cualquier manual de Historia, por bueno que sea (actualmente no se hacen muchos buenos, pero los hay), todo parece transcurrir como si lo que sucediera en España, a lo largo del siglo XIX, no fuese otra cosa que la lucha por la implantación de las "ventajas" modernas -la implantación del Estado moderno- contra los restos supérstites del Antiguo Régimen: el Estado liberal lucha contra los vestigios del Antiguo Régimen. Pero todo es presentado como si de una lucha interna se tratara. Nosotros hemos cambiado la perspectiva: no es una lucha interna, por más que cuente con cómplices españoles del extranjero (los liberales). De tal manera que la lucha de los carlistas decimonónicos fue la prolongación de la Guerra de la Independencia; pero con la gran diferencia de que a Napoleón se le podía combatir. A los ingleses, encubiertos tras los liberales, no se les podía combatir abiertamente.

Los carlistas estaban desprevenidos ante esta nueva amenaza. Su inocencia era tal que incluso tantearon la posiblidad de captar la ayuda británica contra María Cristina de Borbón y luego contra Isabel la llamada II; ni que decir tiene que estas "embajadas" fueron de todo punto infructuosas para el carlismo. Inglaterra contemplaba a los liberales como los mejores candidatos a ser convertidos en cipayos suyos. Los carlistas no sólo representaban, sino que eran -y somos- la auténtica esencia de España. Y a Inglaterra no le convenía.


Combatieron, pues, la España liberalesca y la España tradicional. Pero, a efectos reales, decir "España liberalesca" es decir la Anti-España. Por más que hubiera liberales -vamos a ser caritativos- bienintencionados, su actividad redundó siempre en beneficio de Londres y en perjuicio de España. Así fue como, señores historiadores que no se quitan las anteojeras, España se convirtió en dominio de Inglaterra. No era ya Gibraltar, no: la presa era España entera. Esta es la dominación que denunciamos aquí. España se convirtió en colonia británica, gracias a los liberales. Fueron muchas convulsiones, es cierto, las que se produjeron en la España del XIX. Fueron muchos los factores que concurrieron a configurar la España que hoy tenemos. Pero, aunque se retardara el proceso, el proceso ha sido consumado con la democracia surgida después de 1975. Claro está, ahora no es Inglaterra nuestra dueña. Ahora, invisiblemente, los dueños de España son las logias. Y, económicamente, la familia de banqueros judíos Rothschild con todos sus tentáculos y derivados.

El gran filósofo argentino D. Nimio de Anquin

Aunque en otro contexto, empero sin que se aparte del mismo orden de cosas, un filósofo argentino supo verlo como nadie. Nos referimos a Nimio de Anquin. En su magnífico opúsculo titulado "Mito y política" (1958)
, el filósofo argentino advertía con clarividencia:

"6.- Creer que la democracia liberal juega algún papel positivo en la historia universal, es ingenuidad, o ignorancia, o mala fe.
Objetivamente, la democracia de hoy es una forma de dominación de los Estados omnívoros, fomentada sistemáticamente en los Estados mediatizados. Los casos mas ejemplares son las dos Alemanias e Italia. España se libró de ser mediatizada gracias a la Revolución Nacional que le restituyó la libertad soberana y aventó la democracia. El día que España sea democratizada será el día de su aniquilamiento: se dispersará como polvo, y se habrá cumplido el deseo satánico de Cromwell que en 1656 declaraba al español "el enemigo natural, el enemigo providencial" ("the natural enemy, the providential enemy”) y exhortaba a sus súbditos a no darle tregua hasta destruirlo."

Extraemos, del párrafo citado, el pasaje más significativo:

"El día que España sea democratizada será el día de su aniqui-lamiento: se dispersará como polvo, y se habrá cumplido el deseo satánico de Cromwell que en 1656 declaraba al español "el enemigo natural, el enemigo providencial" ("the natural enemy, the providential enemy”) y exhortaba a sus súbditos a no darle tregua hasta destruirlo."
Ignoramos en qué fuente leyó Nimio de Anquin la declaración de Oliverio Cromwell, pero el deseo de Cromwell se ha visto satisfecho con creces de unas décadas a esta parte.


José María de Salamanca y Mayol, retrato de juventud

LAS EXTRAÑAS RIQUEZAS DE JOSÉ MARÍA DE SALAMANCA Y MAYOL

Por eso hemos leído uno de esos libros que tanto nos iluminan para dar cuerpo a esta tesis histórica que sostenemos. Se trata de una biografía escrita por D. Álvaro de Figueroa. Y el biografiado es un personaje clave para entender los avatares político-económicos de buena parte del siglo XIX: José María de Salamanca y Mayol (1811-1883). Nuestro propósito no es recensionar el libro en cuestión, ni tampoco hacer ninguna biografía.

Nació Salamanca en 1811 en Málaga en donde por aquel entonces prosperaba una "colonia inglesa" a la cual Salamanca se apegaría desde muy joven, hasta prácticamente operarse una inculturación perfecta:

"Andando el tiempo se descubre en Salamanca y en sus costumbres cierto sabor exótico que acusa esta influencia".

Dice su biógrafo.
Su liberalismo es, pues, muy temprano y no cabe duda que el molde del mismo es de sello británico. Incluso se especula que, en sus años de juventud cuando estudió Leyes en el Real Colegio de los Santos Apóstoles San Bartolomé y Santiago el Mayor de Granada, se enamorara perdidamente de la mítica Mariana Pineda. Sus vínculos con la familia de Torrijos también están comprobados. Por recomendación de Cea Bermúdez es nombrado alcalde de Monóvar (Alicante). El gobierno cristino atraviesa una de sus muchas crisis financieras. Inglaterra aprieta las clavijas y el ministro, digamos que de Economía (no me hagan mucho caso con la nomenclatura, pues cito de memoria), llama a Salamanca, le expone el problema y Salamanca se ofrece a resolverlo yendo personalmente a Londres. La negociación que realiza el malagueño en Londres es ventajosa coyunturalmente para el gobierno y el mozo chalán regresa para gozar el triunfo, y para montar su primer negocio. Un negocio del que, enigmáticamente, nos dice su admirado biógrafo:
"Renunciamos a averiguar cómo Salamanca reunió el capital indispensable para su primer negocio".

Salamanca, en la cúspide de su crédito social

Pero sí que el autor de la biografía, para nada sospechoso de tenerle aversión al biografiado, nos da una velada pista que apunta a la familia Rothschild:

"En los años a que nos referimos, la vida política y económica dependía de ellos, la suerte del mundo estaba en sus manos, con razón la madre de James podía decir: "Si mi hijo no quisiera, no habría guerra"."

No se nos ofrece con exactitud el lugar ni el día en que Salamanca se asocia con Buschental. Pero así será como estos espabilados -y, nominalmente, Salamanca- se adueñan del monopolio de la sal hasta tal punto que, poco después de abrirse las hostilidades entre Salamanca y D. Ramón María de Narváez, el Espadón de Loja podría decir de Salamanca, con graciosa ironía: "No es pájaro de cuenta; es muy "salao"". También adquiere ventajosamente el monopolio de la Renta de Aduanas. Y, mientras acumula beneficios, Salamanca ayuda a financiar la guerra contra los carlistas.

Tras el gobierno Pacheco, los ingleses animan desde su prensa la instalación de un gobierno progresista en España, Lord Palmerston apoya la línea progresista, dado que "se había forjado la ilusión de que un gobierno progresista favorecería abiertamente la expansión librecambista de Gran Bretaña". El embajador inglés en España durante aquellos días era el hermano de Sir Edward Bulwer-Lytton, que resultaría expulsado por uno de los gobiernos impuestos por Narváez. También Salamanca conocería el exilio en más de un cambio de signo político entre moderados y progresistas.

Agustín Muñoz, llamado Duque de Riánsares, consorte morganático de María Cristina de Borbón, socio de muchos chanchullos de Salamanca

Pero continuemos con Salamanca. Siempre con ávido de incrementar sus riquezas prueba también a hacer negocio con el ferrocarril, lo cual salpicaría a María Cristina y a su segundo marido morganático, el guapo Muñoz, "Duque de Riánsares". Resulta curioso -y abona la conjetura de que Salamanca no fuese otra cosa que un agente de los Rothschild- que, después de tejer las redes ferroviarias, generosamente concedidas por la Casa Real usurpadora, Salamanca venda a los Rotschild las líneas realizadas. Así nos lo dice el Conde de Romanones:


"La Casa Rothschild le compró una vez terminada, la línea de Aranjuez a Alicante en el precio de 131 millones de pesetas; hicieron los Rothschild un buen negocio, pues con tal adquisición se adueñaron de lo que había de ser la base de las dos principales redes de ferrocarriles nacionales".

Salamanca también es uno de los primeros españoles que especula con obras de arte, sobre todo pictóricas españolas, adquiridas en almoneda por él. Valiosísimos óleos y otras piezas de arte, procedentes de los conventos desamortizados, así como de linajudas familias venidas a menos -como es la rancia Casa de Altamira, tesorera de una de las mayores colecciones pictóricas de la época-, van a parar a sus garras. En 1867, ante una de las muchas quiebras que sufre este agiotista, Salamanca subasta a precios irrisorios estas obras maestras de nuestro arte nacional en la Exposición Universal de París. Cuadros de Goya, de Velázquez, de Murillo se dispersarán por las colecciones privadas de la burguesía financiera de la Europa de aquel entonces, para paliar las heridas arcas del millonario.

Salamanca, el ricachón liberal al servicio de la banca mundial

Y es que Salamanca experimenta, a lo largo de toda su carrera de negociante, algunas bancarrotas de las que se restablece. El biógrafo, rendido admirador de Salamanca, quiere que esa capacidad de recuperación sea debida estrictamente a las capacidades del genio de Salamanca, pero resulta verdaderamente sospechoso que se produzcan tantos altibajos. Siempre, eso sí, persiste en Salamanca el gusto formado a la inglesa. Cuando construye sus residencias palaciegas en Madrid, lo hace lo más fiel a las hechuras de los palacios Rothschild que tuvo ocasión de visitar tantas y tantas veces:

"El palacio se construyó con rapidez, según el proyecto de un arquitecto francés, como lo muestra su estilo. La distribución del interior fue del propio Salamanca, copiándola de las residencias de los Rothschild y otros potentados de Europa, de los cuales había sido huésped".

Mal acabó Salamanca, pese a haber gozado del éxito bursátil y haber sido ennoblecido por Isabel II con varios títulos nobiliarios, entre los que hay un Marquesado de su apellido. Terminó pésimamente, arruinado, aunque no tanto como para no seguir siendo compañero de cacerías de Alfonso el llamado XII.

El biógrafo de Salamanca tenía razones para admirar al empresario, pues el mismo biógrafo fue considerado en su época el hombre más rico de España. Pero, al margen de las cualidades que pudiera tener para ganar y rehacerse, para nadar en la abundancia y ser reconocido socialmente por la agradecida familia de María Cristina, Muñoz e Isabel la llamada II, Salamanca no deja de ser otro paradigma más del agente liberal de los Rothschild en España, al igual que lo fue el nefasto ministro judaico Álvarez Mendizábal.


Si Salamanca tuvo alguna cualidad no la puso al servicio de España, sino al servicio de su enriquecimiento sin escrúpulos, incluso a costa de vender la sal (y el pan) del pueblo español a sus sórdidos socios radicados en Londres, esos que vivían en los palacios que el nuevo rico malagueño, maravillado por el lujo moderno, trataba de emular en España, probando así una falta tanto de gusto español como de lealtad patriótica.

Salamanca, cipayo de Inglaterra. Salamanca, lacayo de aquellos que no evitaban las guerras cuando podían lucrarse con ellas, tal y como sus mismas madres eran capaces de admitir.


*

Las citas, menos la de Nimio de Anquin, son todas del libro:

"Salamanca", del Conde de Romanones.

martes 28 de septiembre de 2010

DUBILANDEA SUCUMBE A LA ACOMETIDA ESPAÑOLA: 1575

LA OFRENDA DE DUBILANDEA A SAN MIGUEL ARCÁNGEL

"En el año de mil y quinientos y setenta y cinco, a veintiocho de septiembre, víspera de San Miguel, el Capitán Isidro Pacheco con otros capitanes y dos mil soldados, vadearon un piélago de mar de dos leguas en el país de Dubilandea a pié para ganalles unos fuertes quél enemigo tenía hechos, en unos pasos que eran de mucha importancia, y no lo hicieron tan secreto quel enemigo no fuese dello avisado, y salieron al paso con unas barcas y garabatos y palos y otras muchas armas en las barcas, para matar a los españoles que iban metidos en el agua hasta la cintura, y a veces a los pechos y otras veces a la espinilla, y mataron más de cincuenta españoles, y de otras nacionaes con aquellos palos y garabatos, y como iban metidos en el agua no podían pelear, más se defendieron muy valerosamente y si no fuera por el mucho ánimo con que pelearon, no quedara hombre de todos, según la muchedumbre que a ellos salió y con tanta ventaja, y ansí pasaron intolerable trabajo y fortuna en aquella mar hasta salir en tierra, adonde estaban cinco mil luteranos aguardando que saliesen, muy alegres y contentos, entendiendo tener ellos cierta la victoria, y no hicieron más de salir del mar y escurrírseles el agua de las ropas, cuando vinieron sobre ellos tres escuadrones de enemigos con una furia infernal.


Escena de "Alatriste": soldados españoles fatigados por los trabajos y el hambre en Flandes.

Lo cual, visto por los españoles, el sitio y lugar adonde estaban, y que no tenían remedio de socorro ni ayuda de ninguna parte, encendidos en cólera y mortal rabia sus fogosos corazones, arremetieron con los enemigos con ánimo y esfuezo peregrino. Más los franceses con muestra valerosa resisten la allegada presurosa de los contrarios ánimos sangrientos, más la gente española valerosa aunque pasen grandes impedimentos, con temeroso coraje porfiado, rompieron por lo más fuerte ymás cerrado, haciendo grande estrozo y cruda guerra.

Hierve el coraje y crece la contienda en la española gente belicosa, y atruena aquel valle, el gran bullicio, armas grita, clamor triste se oía, y ansí la española gente victoriosa con prestas manos y pies ligeros siguieron a los enemigos más de media legua, hasta donde tenían sus fuertes, haciendo grande matanza en ellos, que mataron más de dos mil y seiscientos con perdida de cincuenta soldados españoles.

Los enemigos se embarcaron a mucha priesa y los españoles cerraron con los fuertes y los ganaron, degollando cuanta gente había dentro, que cierto fué cosa milagrosa podellos ganar según la gran fortaleza que tenían y cierto questa gente pelearon tanto y con tantos enemigos enla mar y tierra que merecían ser de la eterna fama levantados, pues hicieron tan famosos hechos en sus tiempos más que los godos y romanos.

Y ansí ganados los fuertes les pusieron por nombre, por honra del santo, "los fuertes de San Miguel" por haberse ganado en su víspera, y dexaron allí muy buena guarnición".

El Maestre de Campo General, D. Cristóbal de Mondragón

EL PIONERO EN LOS VADEOS Y ASALTOS: DON CRISTÓBAL DE MONDRAGÓN Y OTÁLORA


Decían los veteranos que Don Cristóbal de Mondragón y Otálora era de Miranda del Ebro, pero todos lo presumían vasco por su apellido, corta lengua y largas obras. Él no lo desmentía, pues por sus venas corría sangre vizcaína. Fue conocido como Coronel de Valones, aunque su auténtico título era el de Maestre de Campo.

Fue el primero en atravesar con sus soldados los países inundados por los flamencos. El agua helada hasta las barbas durante trechos que llevaron horas recorrerlos, y así se apoderó de la isla y ciudad de Goes. Pero, no conformándose con hacerlo una vez, volvió a repetir la hazaña tomando Dubilandea, con Ossorio de Ulloa. Tres leguas y medias anduvo el Coronel de Valones Mondragón con sus soldados, para asistir a Isidro Pacheco.

Los españoles, siguiendo devotamente a D. Cristóbal, marchamos esa vez desnudos, la pica al hombro, y colgando del extremo una talega con pan y queso y la pólvora. En la otra mano, los pertrechos mortíferos. Cruzamos el pantano, otra vez con el agua a la cincha, a veces por las rodillas y otras veces hasta la boca. Pero, por si fuese poco, en el fragor de una tormenta. Cuando caímos sobre los flamencos, los aterrorizados enemigos pensaron que éramos monstruos marinos. Tal fue el coraje y la furia de la acometida nuestra.

Pasó a mejor vida D. Cristóbal de Mondragón cuando era anciano y Alcaide del Castillo de Amberes, en el castillo del que era castellano. Y murió como un roble de 89 años, tras haber servido con esfuerzo y valor al Emperador Carlos y al Rey Felipe. Temido por nuestros enemigos. Venerado por el ejército católico. Sus restos mortales fueron traídos a Medina del Campo, donde abrió por primera vez los ojos a la luz.

Gloria a los soldados de Flandes.
Gloria a sus bravos Capitanes.
Gloria a sus Maestres de Campo valerosos.

Ejército Católico de España en Flandes: Milicia terrenal de San Miguel Arcángel.


domingo 26 de septiembre de 2010

BÁRBARAS COSTUMBRES DE HEREJES INGLESES

El Héroe católico Guy Fawkes, soldado de España y soldado de Cristo Rey

QUEMAR AL PAPA O A GUY FAWKES

"En el día 5 de Noviembre se celebra el aniversario de la famosa conjuración, cuando quisieron volar con pólvora el Parlamento: maldad atribuida a los papistas. Algunos días antes andan los chicos pidiendo dinero por las calles para quemar al Papa. En el día del aniversario, la gente rica se emborracha en banquetes suntuosos; las viejas van a rezar a la iglesia (donde se celebra con oficio particular el suceso); los muchachos y la gente del pueblo pasean por la ciudad varias figuras de paja, perfectamente parecidas al pelele que se mantea en Madrid el Martes gordo. Estas figuras representan, en su opinión, al Papa; entretiénense todo el día con él, le insultan, le silban, le escupen, le tian todo, le arrastran por las patas, le dan pinchazos, y al fin muere quemado a la noche, con grande satisfacción y regocijo público".
De "Apuntaciones sueltas de Inglaterra" es esta anotación de Leandro Fernández de Moratín. Moratín nos proporciona aquí la descripción de una más de las bárbaras "tradiciones" inglesas, de la cual él es testigo a finales del siglo XVIII. Como podemos ver, los ingleses cuentan con una larga tradición de antipatía antipapal, por lo cual las manifestaciones contra Benedicto XVI con motivo de su última visita a Inglaterra, tampoco tienen nada de novedad -pese a que los medios laicistas hayan querido exagerar las reacciones antipapistas, con el malevolente ánimo de perjudicar la imagen de Benedicto XVI.

Guy Fawkes es capturado

Para llegar al origen de esta tradición londinense de "quemar al Papa" es preciso, en efecto, remontarnos al 5 de noviembre de 1605, cuando el yorkiano católico Guy Fawkes fue capturado cuando se disponía a llevar a cabo un atentado terrorista contra el Parlamento. La brutal represión que en Inglaterra se estaba perpetrando contra los católicos era insoportable. Los fieles ingleses eran perseguidos y, no faltaron tampoco los tremendos martirios, como el de Santa Margaret Clitherow que fue aplastada el Viernes Santo de 1586 por darle refugio a unos sacerdotes católicos bajo su techo. Santa Margaret Clitherow era paisana de Fawkes. Sufriendo aquella represión, algunos católicos ingleses concibieron acabar drásticamente con los verdugos protestantes. Aquellos bravos católicos, acaudillados por Sir Robert Catesby, un gran amigo de España, planificaron una conspiración, la llamada "conspiración de la pólvora". Guy Fawkes estaba entre los conspiradores.

Santa Margarita Clitherow, aplastada viva por ser refugio de sacerdotes católicos

El plan consistía en secuestrar a la familia real de Jacobo I y asesinarla, mientras se hacía estallar por los aires el parlamento, con toda la aristocracia protestante dentro. A Fawkes se le encomendó, por su larga experiencia militar, prender fuego a la pólvora que acumularon en una de las criptas del Parlamento. Fawkes había servido en las filas del ejército español en Flandes, nada más y nada menos que diez años dedicó al servicio de España. Pero, por desgracia, el plan fue frustrado. Los escrúpulos morales de alguno de los conjurados destaparon el plan, alertando a los protestantes. A finales de octubre de 1605, el parlamentario Lord Monteagle recibió un anónimo advirtiéndole que no fuese por el parlamento por su bien. Lord Monteagle puso en conocimiento de las autoridades aquel anónimo, y el mismo 5 de noviembre de 1605, mientras revisaban las bodegas del parlamento, la guardia capturó a Guy Fawkes con las manos en la masa... De pólvora. Con los barriles de pólvora y los leños, a punto todo para prenderle fuego cuando estuvieran dentro los tiranos.


Martirio de la Perla de York, Santa Margarita Clitherow

Jacobo I, el rey bajo cuyo reinado se asesinaba a los católicos: objetivo de los conspiradores

Guy Fawkes fue torturado, pero no denunció a ninguno de sus cómplices. Se recrudecieron los tormentos, pero Guy sólo dio los nombres de aquellos que ya sabía que estaban apresados. Lo ejecutaron en enero del año siguiente, pero no se dieron el gusto de ahorcarlo, pues se arrojó con la cuerda al cuello del patíbulo, rompiéndose el cuello.



Los conspiradores de la Pólvora, católicos ingleses, favorables a una intervención española que reintegrara Inglaterra a la Cristiandad, sacándola de las tinieblas heréticas

Moratín habla de un pelele que, representando al Papa, era maltratado, vejado y, por ende, quemado. Todavía se sigue quemando en efigie a Guy Fawkes. Nosotros, los españoles, estamos en deuda con Fawkes. Es triste que apenas sepamos de él, para rendirle los honores que se merece por haber sido un soldado bajo nuestras banderas y por haber sido un convencido luchador por la libertad religiosa, proscrita y salvajemente castigada por los protestantes ingleses.

Quisimos recordar al héroe católico Guy Fawkes.

Todavía se celebra en Londres -cada 5 de noviembre- la noche de las Hogueras, pero parece que lo que actualmente se quema es un pelele que no representa al Papa -como en tiempos de Moratín-, sino a Guy Fawkes.



El pelele de Guy Fawkes, llevado a quemar

Sin embargo, ahí tenemos a personajes como Ken Follet -con toda la chusma anticatólica- queriendo echarle mano al Papa, para procesarlo. Hay costumbres que, como vemos, no se pierden por mucho Cardenal Newman que haya. Más Fawkes hacen falta...

viernes 24 de septiembre de 2010

¿PERO QUÉ CELEBRAN ESTOS?

José I Napoleón Bonaparte, el Rey Intruso

AFRANCESADOS DE AYER Y HOY

Mucho afrancesado de tapadillo es lo que hay en nuestra actual España. Y así nos luce el pelo. Hoy se dan cita en San Fernando (Cádiz) un buen plantel de ellos. Han ido allí, con sus sonrisas de anuncio dentrífico, para conmemorar -dicen- el 200 aniversario de la primera reunión de las Cortes de Cádiz. Están felices, o al menos lo fingen muy bien, por sentirse herederos de algo que nos quieren hacer pasar como nuestro, cuando ni las funestas Cortes de 1810 ni la perniciosa Constitución de 1812 pueden ser, bajo ningún concepto, reconocidas como un producto genuinamente español. Todo lo contrario, fue el principio del final: los preliminares del procesual desmantelamiento de España.

En una España asaltada por Napoleón, se ve que estos liberales no tenían mejor cosa que hacer que reunirse para, aprovechando el caos de la guerra, afanarse en destruir el orden tradicional e imponer su desorden moderno. Siguiendo su estela, los que hoy han ido a festejar el II centenario de tal desaguisado, no tienen tampoco mejor cosa que ir a pavonearse de algo que, más que un título, es una infamia. En medio de la crisis económica, social, política, nacional e internacional estos inútiles que no tienen el decoro de defender Ceuta y Melilla, se van a Cádiz y allí se invisten de lo que, en su ignorancia y su incultura, no saben ni lo que fue: las Cortes y la Constitución. La multitud de los ignorantes los aplaudirá, celebrando cual inconscientes suicidas el fabuloso hallazgo de la soga corrediza con la que ahorcarse.


Alegoría de la Constitución de 1812

La Constitución -la de Bayona- fue el principal instrumento de propaganda demagógica de que se sirvió Napoleón. Veámoslo:

"La Constitución es la protección de los pobres y oprimidos; concede a pequeños y grandes el mismo derecho para la libertad civil y la seguridad de la propiedad" -dice Mazarredo en una proclama del 15 de mayo de 1809.

¿Y quién era Mazarredo? José de Mazarredo y Salazar (1745-1812)
fue uno de los ministros del gobierno colaboracionista y traidor que lamía las botas de José I Napoleón Bonaparte, Pepe Botella. Esto es, Mazarredo fue uno de los muchos afrancesados que tuvimos.

Claro, se refería a la Constitución de Bayona (que no es la de Cádiz) -pudiera aducirse. Sí, bien. Pero, la misma cantinela era la que se traían los liberales de Cádiz, pregonando las intangibles virtudes de la Constitución de 1812. Se suponía que, con una Constitución, el pueblo sería feliz.

El afrancesado josefino José de Mazarredo, ministro español del gobierno de ocupación napoleónico.

El parentesco entre afrancesados declarados y liberales de Cádiz está en el mismo vocablo con que se identificaban unos y otros: liberales.

Cunde la falsa leyenda de que el término "liberal" fue acuñado ahí, en Cádiz, en los años que van de 1810 a 1812. Pero es una falsedad histórica que se encarga de denunciar magistralmente el hispanista alemán Hans Juretschke:

"El término liberal, en el sentido moderno de la palabra, es, pues, con respecto a España, de indiscutible ascendencia francesa y aparece por primera vez en el lenguaje oficial español con los decretos de Napoleón. El que se lo apropiase posteriormente el partido progresista de Cádiz y que se creyese por momentos que la expresión había nacido en Cádiz, carece de significación".
Y Juretschke recurre a la autoridad del P. Alvarado -El Filósofo Rancio- que cita, para explicar el significado de la palabra "liberal", la carta del general Sebastiani a Jovellanos, así como una serie de decretos napoleónicos donde emerge de sus renglones la palabra "liberal". La carta del general Sebastiani a Jovellanos es de 1809: las Cortes se convocaron en 1810.


José Manuel Romero, pintado por Goya, afrancesado josefino. Luce en su recargada y pomposa casaca algunas condecoraciones estrelladas que dan buena cuenta del signo masónico para el que servía.


Uno de los momentos más brillantes de aquellas Cortes fue la elocuente intervención del diputado Blas de Ostolaza. Ostolaza había nacido en Trujillo (Perú) y era clérigo. El hecho de ser diputado americano levantaba suspicacias tanto entre la bandería liberal como entre los absolutistas. Pero, con mucha seguridad, el hecho de ser español del Perú dotara a Ostolaza de la perfecta sindéresis para captar el absurdo de las discusiones que fomentaban aquellos burguesotes liberalones. Así dijo el gran Blas de Ostolaza.

"Esta manía de parecernos a los franceses, de que habla un poeta español, es la que ha producido tantos eruditos a la violeta, tantos traidores a la patria y tantos débiles que se han mantenido en países ocupados, y acaso al lado del rey intruso, hasta un mes antes de la instalación de vuestra majestad, y de los que puede ser que alguno esté aplaudiendo en secreto el apoyo de las ideas de Napoleón, manifestadas en el decreto que fulminó a la vista de Madrid, suprimiendo los señoríos; decreto muy parecido a la proposición materia de estos debates, ciertamente muy impolíticos y extemporáneos en las circunstancias tan críticas en que se halla la nación, y en los que sólo se debe tratar de proporcionar fondos para arrojar a los franceses, único voto de los pueblos, cuya felicidad consiste en esto y no en providencias, que con el prestigio de ideas liberales coinciden con las revolucionarias de Robespierre, el mayor enemigo del pueblo a quien halagaba".

Manía... Así califica Ostolaza la actitud de los liberales, tan afanados en asemejarse a los franceses (si no a los de Napoleón, a los de Robespierre). Impolítica... Una reunión que, en vez de resolver la financiación de la guerra contra el invasor, se dedicaba a desbaratar el orden estamental. Extemporánea... Una asamblea que se proponía redactar una Constitución, como si España no estuviera constituída desde los tiempos de Recaredo.

Y así fueron las cosas. Las Cortes de Cádiz y la Constitución de Cádiz fueron, a otra escala, la misma traición de los afrancesados cooperadores del gobierno josefino-napoleónico. Pero, si cabe, la traición de los afrancesados de Cádiz fue todavía peor. Si Urquijo, Mazarredo, Llorente, Fernández de Moratín tomaron el partido del colaboracionismo más declarado, los liberales de Cádiz, proclamando su presunto "patriotismo español", hacían por debajo mayor y peor daño. Los liberales colaboracionistas eran despreciados por su declarada postura; pero los afrancesados de Cádiz eran unos hipócritas que, aparentando patriotismo, implantaban por servil mimetismo las aberrantes perversiones doctrinales, ideológicas, políticas, sociales y culturales, antieclesiales, de la Revolución Francesa.

El "patriotismo" de los liberales de Cádiz era idéntico al patriotismo de los afrancesados josefinos. Unos y otros compartían la misma interpretación negativa de la Historia de España, despreciando y renegando de todo cuanto nos hizo poderosos y grandes. La opinión de estos dos grupos afrancesados (que, muchas veces y pese a la separación por la guerra, parecen ser uno e ir de consuno) sobre la Historia de España estaba mediatizada por la ilustración inglesa y francesa. Y en eso, los liberales de Cádiz y los liberales de José I Bonaparte, eran hijos de la misma madre, aunque el padre fuese distinto. La opinión de Juretschke nos merece mucho respeto:

"Los afrancesados poseían patriotismo, querían lo mejor de su país, ciertamente, pero no creían en él. Espiritualmente minados por una ideología extranjera, justamente aquella ideología, según la cual España vivía ya durante tres siglos, o más exactamente, a partir del desposeimiento político de las Cortes por Carlos V, bajo un poderío despótico, y se encontraba, por decirlo así, en decadencia continua, tal y como lo habían asegurado la ilustración francesa e inglesa, los Robertson, Voltaire...".

El actual Jefe del Estado "español" (lo de "español", tratándose del actual Estado es un decir), Juan Carlos; uno de los que -con otros como Pepe Bono- ha ido a celebrar el II Centenario de la Cortes de Cádiz, aquí ataviado según otra tradición que no es la nuestra

A primera vista, tendríamos así que todos los españoles que vivieron y se vieron envueltos en las convulsiones de 1808-1814, serían patriotas. Todos: tanto los colaboracionistas napoleónicos, como los liberales gaditanos, como los absolutistas. Todos eran patriotas. Y cuando pensamos esto, sentimos como operarse una consoladora absolución histórica concedida a todos cuantos vivieron aquella época. Nada tenemos que oponer nosotros a ello. Pero sí queremos extraer de aquí, la consecuencia para nuestro presente y para nuestro futuro:

La verdadera cuestión no es determinar si los colaboracionistas y los liberales gaditanos fueron tan patriotas como los tradicionalistas. La cuestión es otra. Y sólo se puede resolver cuando se conteste a estas preguntas:

  • ¿Se puede ser patriota si no se cree absolutamente en la inextinguible fuerza de la propia Tradición patria?

  • ¿Se puede ser patriota, cuando se admira sumisamente otros modos de ser, de organizarse, de vivir, propios de otras naciones?

  • ¿Se puede ser patriota cuando se admira a naciones que rechazan nuestro propio modo de ser, de organizarnos, de vivir tal como somos?

Respuestas:

Se será, en el mejor de los casos, mal patriota si no se cree en la Patria. Y en la Patria hay que creer como creyeron aquellos guerrilleros antinapoleónicos, que combatieron al invasor contra todos los cálculos humanos y arriesgando la vida entera. La Historia demuestra que el escepticismo patriótico es infidencia.


No se puede ser patriota si se considera que otras tradiciones ajenas (de otras naciones) son mejores, que otras tradiciones son mejores, que otras formas de ser -hasta de vestir- son mejores que la propia. Si así piensa alguien, pues que haga las maletas y se vaya a vivir con aquellos que, según su opinión, siguen una mejor forma de vida que los compatriotas. La Historia demuestra que el servilismo extranjerista es infidencia.


No se puede ser patriota, bajo ningún concepto, cuando -por si fuera poco- las tradiciones que se admiran son tradiciones que nos rechazan, por motivos religiosos sobre todo, aunque también por envidia multisecular y odios atávicos.

Así que, sabiendo todo esto, tres clases de afrancesados hay:

1. Los afrancesados josefinos, colaboracionistas a cara de perro con el invasor. Su traición es manifiesta: muchos de ellos la pagaron siendo ejecutados por las fuerzas patrióticas, linchados por el pueblo enardecido, purificados de la administración pública, la mayoría de ellos conoció el exilio.

2. Los afrancesados gaditanos; no se piense que eran todos de Cádiz, claro que no. Les llamamos "gaditanos" por ser en Cádiz donde se manifestaron como lo que eran: unos auténticos imitadores de los jacobinos. Pasaron por ser patriotas intachables, pero sus veleidades políticias sumieron a España en grandes trastornos que costaron mucho dolor. Estuvieron al servicio de la masonería y de los intereses británicos -y, a veces, franceses. Su traición es de peor grado que la de los josefinos, pues actuaron contra España de modo más oculto.

3. Los afrancesados actuales: no tienen ni idea de lo que hablan, ni de lo que dicen, ni de lo que celebran, pero -eso sí- irán a los fastos y pompas que celebren todo cuanto haya servido al rebajamiento y humillación de España. Su traición es actual: se reclutan entre la clase política, pero también los hay entre la grey periodística. Por la vida van dándoselas de intelectuales y gustan alardear de lo que llaman "progreso". Algunos son apátridas y cosmopolitas declarados. Otros todavía tienen la poca vergüenza de llamarse "patriotas constitucionalistas", como si la Patria pudiera ser reducida a un cuadernillo constitucional. Por mucho llamarse "afrancesados", lamentablemente no aplican nada positivo a España de cuanto hoy puede verse hacer en la Francia actual.

Ergo, el afrancesado es un traidor. Y siempre lo será.

jueves 23 de septiembre de 2010

EL IMBÉCIL PODER QUE NOS ATRAÍLLA


Fernando Villaamil Fernández-Cueto, Héroe español muerto en Cuba

ESPAÑA PURA Y NETA CONTRA LA ANTIESPAÑA

"Un pueblo que recibe la noticia de la catástrofe de Cavite y, en lugar de anonadarse, se levanta gritando ¡Viva España! es inmortal. Todo lo que aquí es clásico, todo lo que no es extranjerizado, lo que se conserva puro y piensa y habla y siente y respira a la española quiere la guerra hasta la último; pero, en cambio, ese enjambre de políticos funestos, esa clase corrompida y vestida a la extranjera, importadora del liberalismo, del parlamentarismo, defensora de las libertades modernas y todas las concupiscencias que nos aniquilan, esa clase maldita, ¡quiere, en cambio, la paz!"

(EL PUEBLO CATÓLICO, Mayo de 1898).

"Somos de los que opinan que la pérdida de las Antillas y Filipinas, lejos de traernos perjuicios nos reportarán ventajas, desde que estamos convencidos de que la posesión de estas colonias nos viene costando mucha sangre, mucho dinero y mucha atención de los gobiernos y del comercio que en cualquier parte sería mejor reemplazado y de más seguros resultados para la Península"

(EL IDEAL DE JAÉN, Julio de 1898).

No hay dos Españas. Hay una sola España que es la que se expresa en el primer párrafo que reproducimos: la España que es española, pues no se puede ser España... Y pensar y hablar y sentir y respirar a la inglesa, a la gabacha, a la moruna. Y hay otra cosa -que no es España-, hay algo monstruoso y ridículo a la par: la Anti-España. La Anti-España es la que se expresa en el segundo párrafo, perteneciente a EL IDEAL DE JAÉN de 1898: esa Anti-España está compuesta por toda la piara que mantiene y justifica a ese enjambre de políticos corrompidos y extranjerizados, liberales de ayer, y hoy: socialistas y liberales.

La de EL IDEAL DE JAÉN es la España sin vergüenza, con la que soñaban como tierra en que vivir los sinvergüenzas. Los cobardes de toda casta encuentran la perfecta coartada a su cobardía. Así razona la Anti-España:

-En una España sin Héroes, nosotros podremos vivir cómoda y tranquilamente; nadie nos escupirá a la cara por ser tan cobardes, tan miserables. ¿Para qué recordar lo que fueron aquellos españoles que vencieron a la morisma, que dominaron el mundo, que murieron con honra frente a ejércitos superiores? No los reconocemos, no los queremos reconocer como nuestros antepasados. Es mejor imaginarnos descendientes de un judío industrioso que hace su fortuna en su sórdida cueva, donde preside la Menorá y la telaraña espera atrapar a los incautos... Es mejor imaginarnos que somos otra cosa, que tenemos otros orígenes. Para eso hay que ser: modernos, liberales, progresistas, pacifistas... ¿El oficio? Vendedor; vendedor de lo que haga falta: de "ultramarinos", de garbanzos, de la Honra... ¡Vendedor de la honra!" Y, vendiéndola, se miraron los unos a los otros con estúpida jactancia: "Ahora, sin Honra, podremos vivir en paz para siempre. Los militares, los antiguos, los carlistones, el clero ultramontano nos llevaba por las sendas de la guerra, de la muerte, de todo lo desagradable y espantoso. Ahora, sin Honra, por fin vendida podremos ser una nación avanzada, democrática y moderna."

Pero pese a la corrosión liberal que desde 1812 venía minando los cimientos de la Santa Tradición, en 1898 todavía quedaban españoles en España y dondequiera que estuvieran.

Monumento que sus convecinos erigieron en 1911 a la memoria gloriosa del Héroe del FUROR, D. Fernando Villaamil. En el pueblo de Castropol.

A D. Fernando Villaamil Fernández-Cueto, nacido el 23 de noviembre de 1845 en Asturias, cuna de la España restaurada en 1492, le debe la Patria y nosotros, sus compatriotas, grandez proezas con las que honró a España. Fue un gran genio nacido para la Armada. Diseñó el primer destructor. Circunnavegó el mundo en la corbeta "Nautilus". Y el 3 de julio de 1898 realizó la proeza más grande de todas cuales pueden hacerse: ofrendó su vida en aras de la Patria, en el sacrificio más generoso que puede hacerse. Dar la vida por el Honor de una nación que, por culpa de sus políticos, está perdiendo la vergüenza... ¡Ha perdido la vergüenza, el honor y la Honra!

Cuando todo está perdido, cuando barcos tecnificados con el armamento más poderoso hostigan a barcos de madera, es cuando hay que demostrar lo hombre que se es. Y ahí, aquel 3 de julio de 1898, fue cuando Fernando Villaamil demostró quién es un español. Embarcado en el pequeño destructor FUROR, que él mismo había diseñado, y a la cabeza de la escuadrilla formada por el TERROR y PLUTÓN, Villaamil -viéndolo todo perdido- bajo el fuego enemigo montó en la torreta para disparar el cañón de proa y morir matando. FUROR, TERROR y PLUTÓN se fueron a pique, devastados por los modernos buques de guerra yanquis.

La Anti-España miraba a otra parte. El sacrificio de la Armada española era una inútil ofrenda a la terrible divinidad del Honor -esa divinidad para la cual hay que nacer, sin dejar por un momento de ser, de pensar, de hablar, de sentir y respirar a la española. La catástrofe y la humillación... "lejos de traernos perjuicios nos reportarán ventajas" -se decían los mercaderes, relamiéndose los labios, y anudándose el mandil masónico donde los caballeros se ciñen la espada.

Pero la España de los españoles puros y netos, entonaba el canto fúnebre:

¡Oh mi España infeliz! A tus pendones
doblaron los dos mundos la rodilla
y la robusta lengua de Castilla
sonó mandando en todas las regiones...

Hoy se encuentran postrados tus leones
y un imbécil poder los atraílla,
y una y otra política pandilla
tu gloriosa bandera hace jirones.

Un ciento de ambiciosos y otro ciento
de hambrientos traficantes adulando
mercadean con tu Honra arrogante

y un bando, sucediéndose a otro bando,
ha logrado, por fin, el vil intento
de verte ante la Europa agonizante.

Almendros Aguilar

La mayor parte de los marinos españoles de la escuadrilla capitaneada por Fernando Villaamil sucumbió, dando el alma a Dios. Sus cadáveres nunca fueron recuperados y sus cuerpos sin vida, pero con honor, se hundieron en los abisales de las Antillas. Y allí, en los profundos reinos de Plutón, aguardan la resurrección del Día del Juicio Final.

Fernando Villaamil: siempre leales a la memoria de su sacrificio.

Frente a Santiago de Cuba murieron los españoles. No volvieron a España cantando, como quiere ese chabacano y soez dicho antiespañol, a buen seguro que creado por los chamarileros de la modernidad: de esos que truecan aceros toledanos por mandiles masónicos.

Que sepamos mantener su memoria, la de Fernando Villaamil y la de sus bravos mártires, y detestemos cada día con mayor convencimiento a la clase política que trapichea con nuestro Honor. Ese enjambre de parásitos charlamentarios y demócratas no tiene ni vergüenza ni honor, y no sólo trueca nuestra dignidad por sus intereses, también pone en peligro la integridad de todos nosotros, nuestras vidas, entregando nuevamente España al moro.

Y cuando la traición es tan colosal, el traidor requiere algo más que un "castigo electoral".

martes 21 de septiembre de 2010

VOLVER, PARA RECUPERAR LO PERDIDO

Soldados españoles en Cuba

DEL DESASTRE ESPAÑOL DEL 98: SUS CULPABLES INTERNOS Y EXTERNOS


Los últimos de Filipinas, eterno ejemplo de heroísmo español

"El día en que nos consideren como una nación moribunda; el día en que, atendiendo a las palabras del Sr. Moret, nos crean una raza gastada, con un suelo calcinado, con una nación empobrecida y compuesta de algunos caballeros y de muchos mendigos, alto el ideal, mísera y triste la realidad; el día en que así nos consideren, ya no serán las Antillas, ya no será Filipinas; será mañana Canarias, pasado las Baleares, al otro los presidios de África, y cerrado el porvenir de Marruecos, será el desprecio de Portugal, miembro separado de nuestra nacionalidad, que debiera completarla. [...] Nos habéis dividido en sectas, en escuelas, en partidos; habéis divorciado las inteligencias; están separadas por abismos las voluntades; las acciones no son comunes; hay un fondo de disolución; hay odios inextinguibles en las almas; hay rencores encendidos en los corazones."

Discurso de Juan Vázquez de Mella, "La responsabilidad de la catástrofe colonial", días 6 y 7 de mayo de 1898, pronunciado en el Congreso de los Diputados.


LOS CULPABLES INTERNOS DE NUESTRA VERGÜENZA NACIONAL

Con meridiana claridad, Vázquez de Mella apuntaba a los culpables del desastre del 98. Los culpables internos -Sagasta, Moret... Todos notorios masones- habían puesto de rodillas a la nación más orgullosa del mundo. Ellos, esos masones liberales, habían firmado el Tratado de París, avergonzándonos ante todas las naciones. Ellos, esos progresistas masones, habían ordenado silenciar los fusiles en Baler. Pero... La nación que emergía en el escenario mundial, Estados Unidos de Norteamérica, había sido la ejecutora de nuestra expulsión del concierto de naciones respetables. El liberalismo interior -desde las Cortes de Cádiz hasta la consumación del siniestro plan- había hecho sus deberes, cumpliendo paso a paso la hoja de ruta de la Gran Logia de Londres, cuando no del Grande Oriente de Francia. Y, en ese año, 1898... España es apeada de la Historia. Crisis de la conciencia nacional, para aquellos que tienen conciencia: la justa reclamación de la personalidad regional, laminada por el centralismo devastador, sufre un mutación (en algunas regiones, el regionalismo se convierte en nacionalismo), los noventayochistas -perplejos- se preguntan: ¿Qué es España? Miran a su alrededor... Y buscan culpables: ¿Quién nos ha traído a esta decadencia? Y ninguno tiene el valor de contestar, al menos hasta que lo haga Ramiro de Maeztu en su "Defensa de la Hispanidad" (1934): la culpa de nuestra ruina la tiene el liberalismo triunfante en el Cádiz de 1812, preparado con malignidad en los conciliábulos de la revolución ilustrada.

Moret nos califica como una "nación gastada". Un supuesto representante de la Nación se atreve a afirmar que, como raza, como nación... Nuestra hora ha pasado. Las patrañas teosóficas han hecho pupa: todos los aficionados a esa falsa filosofía esoterista están al tanto de ciertas supercherías, como la que podemos denominar "la ruta del sol". Ramón María del Valle-Inclán, activo miembro de la Sociedad Teosófica, lo ha asumido, se ha creído la patraña teosofista y dice:

"Nuestra civilización recogió en Grecia toda la fuerza primitiva de la India; el Mediterráneo fue el mar civilizado de Roma, hasta que España, heredera de ese pasado greco-latino, fundó la civilización atlántica con el descubrimiento de América. La civilización atlántica tiene su punto de apogeo en el esplendor de Inglaterra, neuva Jano que domina con su mirada la magnificencia de dos mundos. Inglaterra perecerá como perecieron los imperios de Grecia, Roma y España, porque una vez conseguido el fin para que vivieron, su materia muere y queda el perfume imperecedero e imborrable de su espíritu. Inglaterra perecerá; pero nunca a manos de Alemania, sino fatalmente a manos de los Estados Unidos de América, que están en la ruta del sol".

(Entrevista concedida por Valle-Inclán a Rivas Cherif, publicada en "España", 11 de mayo de 1916.)

Y Estados Unidos de Norteamérica, una nueva y joven nación surgida al calor de las ideas revolucionarias de la Ilustración, se erige en flamante potencia mundial, rival de las viejas naciones europeas. Pero, no hay poderío terrenal que no esté previamente diseñado -siquiera del modo más rudimentario- por un inteligencia que ha preparado los mitos capaces de movilizar a ese pueblo destinatario de un mensaje mesiánico.

Estados Unidos de Norteamérica se había lanzado a la conquista del "salvaje oeste". Había vencido a México. La doctrina Monroe, llamada también "el destino manifiesto", el darwinismo social combinado con las teorías eugenetistas de Galton, el racismo cada vez más pronunciado van configurando como la consistidura de lo que serán los EE.UU. Sí: el racismo.


El KKK, racista y criminal excrecencia de la Masonería norteamericana: enemigo de los negros, de los irlandeses, de los hispanos, de los italianos, de los católicos.

LOS CULPABLES EXTERNOS DE NUESTRA DERROTA EN LAS ANTILLAS

RACISMO MADE IN U.S.A.

Es difícil hablar de racismo en los Estados Unidos de Norteamérica, debido a la restricción que de este fenómeno se ha hecho en EE.UU. al reducirlo muy astutamente (permítasenos llamarlo así) al icono del Ku Klus Klan que, como movimiento terrorista, se halla localizado en los estados del Sur (estigmatizados como "sudistas" y negreros; por mucho que el fenómeno sea más complejo de lo que se nos pinta en los filmes típicos, como "Arde Mississippi", 1988). Con el KKK como icono del racismo estadounidense, otro racismo más larvado y sutil pasa desapercibido.

Los especialistas en la cuestión suelen hablar de dos KKK: la primera fundación correría a cargo de oficiales sudistas que, tras la derrota de la Guerra de Secesión, reaccionaron contra algunos negros que, convertidos en hombres libres, se tomaban la revancha sobre los blancos. De la segunda fundación del KKK será responsable Williams Joseph Simmons que en 1915, tras asistir a una supuesta aparición fantasmal de jinetes encapuchados en 1901, decide "trabajar" por la supremacía blanca, resucitando el KKK de los orígenes. El hecho de ser pastor protestante no entraba en conflicto, para la conciencia moral de Simmons, con la refundación de su mano de este movimiento racista.

Pero el imaginario mundial -confeccionado por una cultura de masas planetaria trabajada por los grandes medios de comunicación- tiene por racismo a estos dos fenómenos: el nazismo alemán y el KKK. Sin embargo, lo que vamos a ver es que el racismo era ingrediente sustancial de la mentalidad norteamericana cuando EE.UU. se lanzó a la guerra contra España, por el dominio de las Antillas (y, como tiene costumbre, alegando que intervenía para liberar a nuestras colonias de nuestro yugo.)

Soldados españoles en Cuba

Cuando Monroe decía "América para los americanos" lo que tenía en mente era que todo el continente americano estaba destinado a ser sometido por los anglosajones de los USA (United States of America). América había recibido de la Providencia (¿o del Gran Arquitecto del Universo?) la misión de extender los principios de la Democracia, liberando a todos los países del mundo de la tiranía con una mano, mientras con la otra le echaba la cadena de la servidumbre económica. Alfred T. Mahan es uno de los primeros en articular este imperialismo moderno, desprovisto de toda otra finalidad que no fuera la de imperar económicamente sobre el planeta entero.

Soldados norteamericanos en Puerto Rico

MÁS ALLÁ DEL KU KLUS KLAN Y MÁS ACÁ DE YALE

La filosofía pragmática, el utilitarismo, se combinará con el darwinismo social, admitido por la inmensa mayoría de ese sector que podemos llamar "culto" de la sociedad norteamericana. William Graham Sumner, profesor nada más y nada menos que de Yale, donde se educaba la crema y nata de esa nueva nación, lo dirá sin tapujos:

"Quede bien claro que no podemos salir de esta alternativa: libertad, desigualdad, supervivencia del más apto; no libertad, igualdad, supervivencia del menos apto. El primer término de la alternativa lleva a la sociedad hacia adelante y favorece todos su mejores miembros; el segundo lleva a la sociedad hacia atrás y favorece sus peores miembros".
Naturalismo, pues. Cientificismo y evolucionismo darwinista, bestialización del ser humano: el hombre no es más que una bestia, si quiere sobrevivir tiene que ser el más apto, adaptándose y aplastando a otros congéneres en la lucha por la vida. No queda un atisbo de humanidad, no la puede haber para quien ha renunciado a considerar a Dios. La dignidad humana que nos descubrió el Evangelio (y no, precisamente, la Revolución Norteamericana del siglo XVIII, ni tampoco la Francesa) se ha eliminado de toda consideración; esa humanidad que protegió y proteje la Santa Madre Iglesia Católica no cuenta para los superhombres de la industrializada, liberal y progresista sociedad norteamericana.

W. G. Sumner, como teórico, asumió los postulados del darwinismo dotando al capitalismo de la ideología que mejor le cuadraba: la del darwinismo social -impregnado de fuerte individualismo, de competitividad cruel en aras de los más aptos siempre.

A la zaga de Sumner, no tardarían en llegar los teóricos del racismo norteamericano.


Homer Lea, uno de los pioneros del racismo norteamericano

Tras la expulsión en Filipinas de los españoles, cuando estadounidenses y filipinos se enzarzaron, con la derrota de estos últimos, un senador por el estado de Indiana, por apellido Beveridge, llegó a justificar la anexión de las Filipinas como la clara manifestación del poderío de la raza aria anglosajona sobre la raza inferior nativa (los filipinos); tampoco se ahorró el comentario alusivo a la inferioridad de la raza española, que había ejercido con anterioridad el dominio sobre Filipinas. Pero este senador no hizo historia como panfletista; y un comentario en una cámara de charlamentarios, por estúpido que sea, al igual que una golondrina soltera no hace verano. Vayamos más bien a los panfletistas -llamarlos escritores sería concederles demasiado honor. Tenemos a Homer Lea (1876-1912), autor de "The Day of the Saxon" (1912), donde invita a la "raza anglosajona" a exterminar a la "raza teutónica" (esto es: alemana). ¿La razón de esta propuesta de exterminio? En las entedenderas de Homer Lea la única raza capaz de hacerle sombra a la anglosajona, en la conquista de la hegemonía mundial sin rival, era la raza germánica. Si Homer Lea fuese de nación alemana y hubiera escrito semejante barbaridad en contra de la raza anglosajona, Homer Lea sería tan conocido como Alfred Rosenberg (el mil veces maldecido teórico racista del III Reich). Pero Homer Lea tiene la suerte de pertenecer a un pueblo que salió victorioso del nazismo, independientemente de que lograra tal triunfo en alianza con la URSS, uno de los ingenios más diabólicos y asesinos de toda la Historia universal.

Madison Grant, eugenetista racista norteamericano

A Homer Lea le siguió el abogado eugenetista Madison Grant (1865-1937), teórico del racismo y activo promotor de todas las medidas para impedir el mestizaje de la raza anglosajona con razas consideradas inferiores. Grant también jugó un gran papel en las políticas anti-inmigratorias estadounidenses. Escribió varios libros, como "The Passing of the Great Race" (1916) ó también es digno de destacar "The conquest of a continent; or, The expansion of races in America" (1933). Pero tampoco se le conoce, como por ejemplo se conoce al británico Houston S. Chamberlain, avecindado en Alemania y tan importante teórico del racismo para la conformación de la ideología racista de Adolf Hitler.

Lothrop Stoddard, racista norteamericano

Al neoyorquino Madison Grant le sigue Lothrop Stoddard (1883-1950) que escribió "The Rising Tide of Color Against White World Supremacy" (1920), entre otros libelos racistas. Stoddard murió en 1950 y fue testigo del racismo nazi. Con ese cinismo que caracteriza la cultura puritana, Stoddard podía ser a la par que antropólogo racista también pacifista; y como político y periodista, un convencido partidario de la anti-inmigración. Tomen nota, pues, nuestros actuales intelectuales profesionales: se puede ser anti-inmigración y ser pacifista, ¿por qué no? La expulsión de aquellos que sobran en un país no tiene por qué hacerse a través de la violencia.

Marcha de autoafirmación del Ku Klus Klan; años 20.

En resumidas cuentas: Los Estados Unidos de Norteamérica se lanzaron contra una España que, como nos recordaba D. Juan Vázquez de Mella, no estaba agotada: recuérdese el valor de los últimos de Filipinas, la furia española en Cuba y Puerto Rico, aguantando y resistiendo a ejércitos superiores en número, mejor abastecidos y mejor armados. No, no fue nuestra raza la que nos condujo a la vergüenza de ser expelidos de la Historia Universal por los EE.UU. que se crecían superiores, atiborrándose de subliteratura racista, tan despreciable como la que en Alemania abundaba en aquellos mismos años. No. Los culpables de nuestra derrota y de nuestra humillación internacional fueron los liberales, los masones de Sagasta y Moret.


El masón Sagasta, culpable de la Vergüenza del Tratado de París



"El Pueblo Católico", cabecera del tradicionalismo del Santo Reino de Jaén, en su edición de 21 de abril 1898 publicaba una prolija editorial titulada ¡GUERRA! lo decía con elocuencia:

"...manifestaciones múltiples se celebran en la Corte, en las capitales y en los pueblos en pro de la guerra, único medio adecuado de volver por nuestro honor nacional, hecho jirones por los gobiernos liberales de toda casta, con la cooperación decidida del catolicismo liberal y al que pretende dar el golpe de gracia ese conglomerado informe de todas las razas, asesino cruel y alevoso ayer de los pieles rojas, patrocinador de los inmundos Congresos de religiones, conculcador de todas las leyes divinas y humanas, alevoso, traidor y cobarde centro de la Masonería universal, sólo comparable por su artería y ruindad a las tribus bereberes".

En la larga nómina de los ideólogos que patentaron la fórmula supremacista norteamericana, también habría que incluir -como es obvio- a los publicistas, pero también a los poetas: Allan Poe fue un ilustre denostador de España (recuérdese sus relatos infamando a la Inquisición, haciendo uso de la más burda leyenda negra contra el Santo Oficio) y también el menos popular en España, pero ciertamente sí que famoso en EE.UU., el poeta neoyorquino Francis Bret Harte (1836-1902).

Queremos que el mismo Francis Bret Harte, el poeta de la nación enemiga, sea nuestro oráculo. Por eso, hemos abierto un libro -un viejo libro que tenemos en nuestra biblioteca: "The poetical works of Bret Harte", London, George Routledge and sons, Broadway, Ludgate Hill, 1886. Es una antología de poemas del mencionado Bret Harte, y leemos uno que, por su título, nos llama poderosamente la atención: "The lost galleon" (El galeón perdido). La palabra "galeón" evoca en nosotros esas embarcaciones que estarán, por siempre, indisolublemente unidas a la grandeza, a la pujanza hispánicas. Y leemos la historia, pero nos quedamos con unos versos que el poeta pone en la boca de un tal Fray Antonio Estavan (sic):

"Nothing is lost that you can regain:
And the way to look for a thing is plain
To go where you lost it, back again".

["Nada des por perdido que no puedas recuperar:
y no hay otra manera de buscar cualquier cosa
que no sea, volver otra vez allí adonde la perdiste".]

Y sí, a la postre, queremos agradecer al poeta norteamericano Bret Harte estos versos. Con ellos nos ha proporcionado, a modo de oráculo, la fórmula de recuperar lo que nos arrebataron ellos por la fuerza.

Volveremos otra vez allí, al mismo lugar donde perdimos el Imperio de nuestros antepasados, para recuperarlo; y lo recuperaremos no por la fuerza de las armas, sino por la imparable fuerza de la fe en Cristo Rey y de la fe en nosotros, los españoles de cualesquier rincón del mundo que habló y habla la lengua con la que rezaba Felipe II en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

¡Volveremos!

Sí, los españoles volveremos, para restituir la dignidad humana a todos los seres humanos, independientemente de su raza, de su color de piel... Volveremos, para demostrar a los bestializantes darwinistas que los seres humanos, a diferencia de los animales, también cuentan con algo más que su aptitud para sobrevivir en un mundo hostil: cuentan con el amor de Dios, y con la caridad de sus prójimos que, por amor de Dios, aman a los más débiles; pues todo ser humano es imagen y semejanza del Altísimo, y todo bautizado con el agua verdadera es hijo de Dios. Volveremos, sí, para demostrarles a esos racistas que el imperialismo siempre será una caricatura de lo que es el Imperio, el Sacro Imperio Romano-Germánico-Hispánico.

¡Volveremos!

Pues lo que perdimos allí, españoles, novohispanos, hispanoamericanos, tagalos y todas las razas que abrazó nuestra cultura, fue la misma dignidad humana, rebajada por el masonismo bestial de gentes sin Dios ni tradición.

lunes 20 de septiembre de 2010

SYLLABUS ERRORUM: DOCTRINA SANTA

Su Santidad el Romano Pontífice Beato Pío IX

CONVIENE REPASAR CONTINUAMENTE LOS ERRORES DOCTRINALES,
PARA NO CAER NUNCA EN ELLOS Y DEFENDER LA SANTA DOCTRINA

El Syllabus Errorum es el elenco de los errores que condenó el Dulce Cristo en la Tierra, nuestro bienamado Beato Pío IX. Se habla mucho del "Syllabus" y no se ha leído. Se le suele citar, con el perverso propósito de condenar a la Iglesia como intransigente y cerril: a lo primero, digamos que en efecto, la Iglesia es INTRANSIGENTE CON LOS ERRORES (aunque sea paciente y dulce con los errados) y tiene que ser INTRANSIGENTE pues con el error no se puede transigir. Y si transigera con el error, no sería la Iglesia. A lo segundo: los cerriles son las mentes pervertidas por Satanás que, por soberbia o inconfesables conveniencias, no quieren apearse del error que proponen o abrazan. Su cerrilismo los llevó a la apostasía (y una sociedad difusa, como la que tenemos, ha elevado a la idolatría a cuantos fueron protervos herejes y cerriles heréticos).

Creemos que este texto, convenientemente leído puede ser una oración muy provechosa para robustecer una total comunión de nuestros lectores con la Verdad Perenne e Infalible del Magisterio de la Santa Madre Iglesia.

* * *

Indice de los principales errores de nuestro siglo
Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores
ya notados en las Alocuciones Consistoriales y otras Letras Apostólicas de Nuestro Santísimo Padre Pío IX

§ I. Panteísmo, Naturalismo y Racionalismo absoluto

I. No existe ningún Ser divino [Numen divinum], supremo, sapientísimo, providentísimo, distinto de este universo, y Dios no es más que la naturaleza misma de las cosas, sujeto por lo tanto a mudanzas, y Dios realmente se hace en el hombre y en el mundo, y todas las cosas son Dios, y tienen la misma idéntica sustancia que Dios; y Dios es una sola y misma cosa con el mundo, y de aquí que sean también una sola y misma cosa el espíritu y la materia, la necesidad y la libertad, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

II. Dios no ejerce ninguna manera de acción sobre los hombres ni sobre el mundo.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

III. La razón humana es el único juez de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal, con absoluta independencia de Dios; es la ley de sí misma, y le bastan sus solas fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

IV. Todas las verdades religiosas dimanan de la fuerza nativa de la razón humana; por donde la razón es la norma primera por medio de la cual puede y debe el hombre alcanzar todas las verdades, de cualquier especie que estas sean.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Encíclica Singulari quidem, 17 Marzo 1856)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

V. La revelación divina es imperfecta, y está por consiguiente sujeta a un progreso continuo e indefinido correspondiente al progreso de la razón humana.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

VI. La fe de Cristo se opone a la humana razón; y la revelación divina no solamente no aprovecha nada, pero también daña a la perfección del hombre.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

VII. Las profecías y los milagros expuestos y narrados en la Sagrada Escritura son ficciones poéticas, y los misterios de la fe cristiana resultado de investigaciones filosóficas; y en los libros del antiguo y del nuevo Testamento se encierran mitos; y el mismo Jesucristo es una invención de esta especie.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

§ II. Racionalismo moderado

VIII. Equiparándose la razón humana a la misma religión, síguese que la ciencias teológicas deben de ser tratadas exactamente lo mismo que las filosóficas.

(Alocución Singulari quadam perfusi, 9 diciembre 1854)

IX. Todos los dogmas de la religión cristiana sin distinción alguna son objeto del saber natural, o sea de la filosofía, y la razón humana históricamente sólo cultivada puede llegar con sus solas fuerzas y principios a la verdadera ciencia de todos los dogmas, aun los más recónditos, con tal que hayan sido propuestos a la misma razón.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Gravissimas, 11 diciembre 1863)
(Carta al mismo Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

X. Siendo una cosa el filósofo y otra cosa distinta la filosofía, aquel tiene el derecho y la obligación de someterse a la autoridad que él mismo ha probado ser la verdadera; pero la filosofía no puede ni debe someterse a ninguna autoridad.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Gravissimas, 11 diciembre 1863)
(Carta al mismo Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

XI. La Iglesia no sólo debe corregir jamas a la filosofía, pero también debe tolerar sus errores y dejar que ella se corrija a sí propia.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Gravissimas, 11 diciembre 1863)

XII. Los decretos de la Sede apostólica y de las Congregaciones romanas impiden el libre progreso de la ciencia.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

XIII. El método y los principios con que los antiguos doctores escolásticos cultivaron la Teología, no están de ningún modo en armonía con las necesidades de nuestros tiempos ni con el progreso de las ciencias.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

XIV. La filosofía debe tratarse sin mirar a la sobrenatural revelación.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

N.B. Con el sistema del racionalismo están unidos en gran parte los errores de Antonio Günter, condenados en la carta al Cardenal Arzobispo de Colonia Eximiam tuam de 15 de junio de 1847, y en la carta al Obispo de Breslau Dolore haud mediocri, 30 de abril de 1860.

§ III. Indiferentismo. Latitudinarismo

XV. Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

XVI. En el culto de cualquiera religión pueden los hombres hallar el camino de la salud eterna y conseguir la eterna salvación.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Ubi primum, 17 diciembre 1847)
Encíclica Singulari quidem, 17 Marzo 1856)

XVII. Es bien por lo menos esperar la eterna salvación de todos aquellos que no están en la verdadera Iglesia de Cristo.

(Alocución Singulari quadam, 9 diciembre 1854)
(Encíclica Quanto conficiamur 17 agosto 1863)

XVIII. El protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera Religión cristiana, en la cual, lo mismo que en la Iglesia, es posible agradar a Dios.

(Encíclica Noscitis et Nobiscum 8 diciembre 1849)

§ IV. Socialismo, Comunismo, Sociedades secretas, Sociedades bíblicas, Sociedades clérico-liberales

Tales pestilencias han sido muchas veces y con gravísimas sentencias reprobadas en la Encíclica Qui pluribus, 9 de noviembre de 1846; en la Alocución Quibus quantisque, 20 de abril de 1849; en la Encíclica Noscitis et Nobiscum, 8 de diciembre de 1849; en la Alocución Singulari quadam, 9 de diciembre de 1854; en la Encíclica Quanto conficiamur maerore, 10 de agosto de 1863.

§ V. Errores acerca de la Iglesia y sus derechos

XIX. La Iglesia no es una verdadera y perfecta sociedad, completamente libre, ni está provista de sus propios y constantes derechos que le confirió su divino fundador, antes bien corresponde a la potestad civil definir cuales sean los derechos de la Iglesia y los límites dentro de los cuales pueda ejercitarlos.

(Alocución Singulari quadam, 9 diciembre 1854)
(Alocución Multis gravibusque, 17 diciembre 1860)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

XX. La potestad eclesiástica no debe ejercer su autoridad sin la venia y consentimiento del gobierno civil.

(Alocución Meminit unusquisque, 30 septiembre 1861)

XXI. La Iglesia carece de la potestad de definir dogmáticamente que la Religión de la Iglesia católica sea únicamente la verdadera Religión.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)

XXII. La obligación de los maestros y de los escritores católicos se refiere sólo a aquellas materias que por el juicio infalible de la Iglesia son propuestas a todos como dogma de fe para que todos los crean.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

XXIII. Los Romanos Pontífices y los Concilios ecuménicos se salieron de los límites de su potestad, usurparon los derechos de los Príncipes, y aun erraron también en definir las cosas tocantes a la fe y a las costumbres.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)

XXIV. La Iglesia no tiene la potestad de emplear la fuerza, ni potestad ninguna temporal directa ni indirecta.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

XXV. Fuera de la potestad inherente al Episcopado, hay otra temporal, concedida a los Obispos expresa o tácitamente por el poder civil, el cual puede por consiguiente revocarla cuando sea de su agrado.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

XXVI. La Iglesia no tiene derecho nativo legítimo de adquirir y poseer.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)
(Encíclica Incredibile, 17 septiembre 1863)

XXVII. Los sagrados ministros de la Iglesia y el Romano Pontífice deben ser enteramente excluidos de todo cuidado y dominio de cosas temporales.

(Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862)

XXVIII. No es lícito a los Obispos, sin licencia del Gobierno, ni siquiera promulgar las Letras apostólicas.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

XXIX. Deben ser tenidas por írritas las gracias otorgadas por el Romano Pontífice cuando no han sido impetradas por medio del Gobierno.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

XXX. La inmunidad de la Iglesia y de las personas eclesiásticas trae su origen del derecho civil.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)

XXXI. El fuero eclesiástico en las causas temporales de los clérigos, ahora sean estas civiles, ahora criminales, debe ser completamente abolido aun sin necesidad de consultar a la Sede Apostólica, y a pesar de sus reclamaciones.

(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)
(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

XXXII. La inmunidad personal, en virtud de la cual los clérigos están libres de quintas y de los ejercicios de la milicia, puede ser abrogada sin violar en ninguna manera el derecho natural ni la equidad; antes el progreso civil reclama esta abrogación, singularmente en las sociedades constituidas según la forma de más libre gobierno.

(Carta al Obispo de Monreale Singularis Nobisque, 27 septiembre 1864)

XXXIII. No pertenece únicamente a la potestad de jurisdicción eclesiástica dirigir en virtud de un derecho propio y nativo la enseñanza de la Teología.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

XXXIV. La doctrina de los que comparan al Romano Pontífice a un Príncipe libre que ejercita su acción en toda la Iglesia, es doctrina que prevaleció en la edad media.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

XXXV. Nada impide que por sentencia de algún Concilio general, o por obra de todos los pueblos, el sumo Pontificado sea trasladado del Obispo romano y de Roma a otro Obispo y a otra ciudad.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

XXXVI. La definición de un Concilio nacional no puede someterse a ningún examen, y la administración civil puede tomarla como norma irreformable de su conducta.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

XXXVII. Pueden ser instituidas Iglesias nacionales no sujetas a la autoridad del Romano Pontífice, y enteramente separadas.

(Alocución Multis gravibusque, 17 diciembre 1860)
(Alocución Jamdudum cernimus, 18 marzo 1861)

XXXVIII. La conducta excesivamente arbitraria de los Romanos Pontífices contribuyó a la división de la Iglesia en oriental y occidental.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

§ VI. Errores tocantes a la sociedad civil considerada en sí misma o en sus relaciones con la Iglesia

XXXIX. El Estado, como origen y fuente de todos los derechos, goza de cierto derecho completamente ilimitado.

(Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862)

XL. La doctrina de la Iglesia católica es contraria al bien y a los intereses de la sociedad humana.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Quibus quantisque, 20 abril 1849)

XLI. Corresponde a la potestad civil, aunque la ejercite un Señor infiel, la potestad indirecta negativa sobre las cosas sagradas; y de aquí no sólo el derecho que dicen del Exequatur, sino el derecho que llaman de apelación ab abusu.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

XLII. En caso de colisión entre las leyes de una y otra potestad debe prevalecer el derecho civil.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

XLIII. La potestad secular tiene el derecho de rescindir, declarar nulos y anular sin consentimiento de la Sede Apostólica y aun contra sus mismas reclamaciones los tratados solemnes (por nombre Concordatos) concluidos con la Sede Apostólica en orden al uso de los derechos concernientes a la inmunidad eclesiástica.

(Alocución In consistoriali, 1º noviembre 1850)
(Alocución Multis gravibusque, 17 diciembre 1860)

XLIV. La autoridad civil puede inmiscuirse en las cosas que tocan a la Religión, costumbres y régimen espiritual; y así puede juzgar de las instrucciones que los Pastores de la Iglesia suelen dar para dirigir las conciencias, según lo pide su mismo cargo, y puede asimismo hacer reglamentos para la administración de los sacramentos, y sobre las disposiciones necesarias para recibirlos.

(Alocución In consistoriali, 1º noviembre 1850)
(Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862)

XLV. Todo el régimen de las escuelas públicas, en donde se forma la juventud de algún estado cristiano, a excepción en algunos puntos de los seminarios episcopales, puede y debe ser de la atribución de la autoridad civil; y de tal manera puede y debe ser de ella, que en ninguna otra autoridad se reconozca el derecho de inmiscuirse en la disciplina de las escuelas, en el régimen de los estudios, en la colación de los grados, ni en la elección y aprobación de los maestros.

(Alocución In consistoriali, 1º noviembre 1850)
(Alocución Quibus luctuosissimis, 5 septiembre 1851)

XLVI. Aun en los mismos seminarios del clero depende de la autoridad civil el orden de los estudios.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

XLVII. La óptima constitución de la sociedad civil exige que las escuelas populares, concurridas de los niños de cualquiera clase del pueblo, y en general los institutos públicos, destinados a la enseñanza de las letras y a otros estudios superiores, y a la educación de la juventud, estén exentos de toda autoridad, acción moderadora e ingerencia de la Iglesia, y que se sometan al pleno arbitrio de la autoridad civil y política, al gusto de los gobernantes, y según la norma de las opiniones corrientes del siglo.

(Carta al Arzobispo de Friburgo Quum non sine, 14 julio 1864)

XLVIII. Los católicos pueden aprobar aquella forma de educar a la juventud, que esté separada, disociada de la fe católica y de la potestad de la Iglesia, y mire solamente a la ciencia de las cosas naturales, y de un modo exclusivo, o por lo menos primario, los fines de la vida civil y terrena.

(Carta al Arzobispo de Friburgo Quum non sine, 14 julio 1864)

XLIX. La autoridad civil puede impedir a los Obispos y a los pueblos fieles la libre y mutua comunicación con el Romano Pontífice.

(Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862)

L. La autoridad secular tiene por sí el derecho de presentar los Obispos, y puede exigirles que comiencen a administrar la diócesis antes que reciban de la Santa Sede la institución canónica y las letras apostólicas.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

LI. Más aún, el Gobierno laical tiene el derecho de deponer a los Obispos del ejercicio del ministerio pastoral, y no está obligado a obedecer al Romano Pontífice en las cosas tocantes a la institución de los Obispados y de los Obispos.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)
(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

LII. El Gobierno puede, usando de su derecho, variar la edad prescrita por la Iglesia para la profesión religiosa, tanto de las mujeres como de los hombres, e intimar a las comunidades religiosas que no admitan a nadie a los votos solemnes sin su permiso.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

LIII. Deben abrogarse las leyes que pertenecen a la defensa del estado de las comunidades religiosas, y de sus derechos y obligaciones; y aun el Gobierno civil puede venir en auxilio de todos los que quieran dejar la manera de vida religiosa que hubiesen comenzado, y romper sus votos solemnes; y puede igualmente extinguir completamente las mismas comunidades religiosas, como asimismo las Iglesias colegiatas y los beneficios simples, aun los de derecho de patronato, y sujetar y reivindicar sus bienes y rentas a la administración y arbitrio de la potestad civil.

(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)
(Alocución Probe memineritis, 22 enero 1855)
(Alocución Cum saepe, 26 julio 1855)

LIV. Los Reyes y los Príncipes no sólo están exentos de la jurisdicción de la Iglesia, pero también son superiores a la Iglesia en dirimir las cuestiones de jurisdicción.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)

LV. Es bien que la Iglesia sea separada del Estado y el Estado de la Iglesia.

(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

§ VII. Errores acerca de la moral natural y cristiana

LVI. Las leyes de las costumbres no necesitan de la sanción divina, y de ningún modo es preciso que las leyes humanas se conformen con el derecho natural, o reciban de Dios su fuerza de obligar.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

LVII. La ciencia de las cosas filosóficas y de las costumbres puede y debe declinar o desviarse de la autoridad divina y eclesiástica.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

LVIII. El derecho consiste en el hecho material; y todos los deberes de los hombres son un nombre vano, y todos los hechos humanos tienen fuerza de derecho.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

LIX. No se deben de reconocer más fuerzas que las que están puestas en la materia, y toda disciplina y honestidad de costumbres debe colocarse en acumular y aumentar por cualquier medio las riquezas y en satisfacer las pasiones.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)
(Encíclica Quanto conficiamur, 10 agosto 1863)

LX. La autoridad no es otra cosa que la suma del número y de las fuerzas materiales.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

LXI. La afortunada injusticia del hecho no trae ningún detrimento a la santidad del derecho.

(Alocución Jamdudum cernimus 18 marzo 1861)

LXII. Es razón proclamar y observar el principio que llamamos de no intervención.

(Alocución Novos et ante, 28 septiembre 1860)

LXIII. Negar la obediencia a los Príncipes legítimos, y lo que es más, rebelarse contra ellos, es cosa lícita.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
Alocución Quisque vestrum, 4 octubre 1847)
(Encíclica Noscitis et Nobiscum, 8 diciembre 1849)
(Letras Apostólicas Cum catholica, 26 marzo 1860)

LXIV. Así la violación de cualquier santísimo juramento, como cualquiera otra acción criminal e infame, no solamente no es de reprobar, pero también es razón reputarla por enteramente lícita, y alabarla sumamente cuando se hace por amor a la patria.

(Alocución Quibus quantisque, 20 abril 1849)

§ VIII. Errores sobre el matrimonio cristiano

LXV. No se puede en ninguna manera sufrir se diga que Cristo haya elevado el matrimonio a la dignidad de sacramento.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

LXVI. El sacramento del matrimonio no es sino una cosa accesoria al contrato y separable de este, y el mismo sacramento consiste en la sola bendición nupcial.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

LXVII. El vínculo del matrimonio no es indisoluble por derecho natural, y en varios casos puede sancionarse por la autoridad civil el divorcio propiamente dicho.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)
(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

LXVIII. La Iglesia no tiene la potestad de introducir impedimentos dirimentes del matrimonio, sino a la autoridad civil compete esta facultad, por la cual deben ser quitados los impedimentos existentes.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

LXIX. La Iglesia comenzó en los siglos posteriores a introducir los impedimentos dirimentes, no por derecho propio, sino usando el que había recibido de la potestad civil.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

LXX. Los canones tridentinos en que se impone excomunión a los que se atrevan a negar a la Iglesia la facultad de establecer los impedimentos dirimentes, o no son dogmáticos o han de entenderse de esta potestad recibida.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

LXXI. La forma del Concilio Tridentino no obliga bajo pena de nulidad en aquellos lugares donde la ley civil prescriba otra forma y quiera que sea válido el matrimonio celebrado en esta nueva forma.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

LXXII. Bonifacio VIII fue el primero que aseguró que el voto de castidad emitido en la ordenación hace nulo el matrimonio.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

LXXIII. Por virtud de contrato meramente civil puede tener lugar entre los cristianos el verdadero matrimonio; y es falso que, o el contrato de matrimonio entre los cristianos es siempre sacramento, o que el contrato es nulo si se excluye el sacramento.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)
(Carta de S.S. Pío IX al Rey de Cerdeña, 9 septiembre 1852)
(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)
(Alocución Multis gravibusque, 17 diciembre 1860)

LXXIV. Las causas matrimoniales y los esponsales por su naturaleza pertenecen al fuero civil.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)
(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

N.B. Aquí se pueden dar por puestos los otros dos errores de la abolición del celibato de los clérigos, y de la preferencia del estado de matrimonio al estado de virginidad. Ambos han sido condenados, el primero de ellos en la Epístola Encíclica Qui pluribus, 9 de noviembre de 1846, y el segundo en las Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 de junio de 1851.

§ IX. Errores acerca del principado civil del Romano Pontífice

LXXV. En punto a la compatibilidad del reino espiritual con el temporal disputan entre sí los hijos de la cristiana y católica Iglesia.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

LXXVI. La abolición del civil imperio, que la Sede Apostólica posee, ayudaría muchísimo a la libertad y a la prosperidad de la Iglesia.

(Alocución Quibus quantisque, 20 abril 1849)

N.B. Además de estos errores explícitamente notados, muchos otros son implícitamente reprobados, en virtud de la doctrina propuesta y afirmada que todos los católicos tienen obligación de tener firmísimamente. La cual doctrina se enseña patentemente en la Alocución Quibus quantisque, 20 de abril de 1849; en la Alocución Si semper antea, 20 de mayo de 1850; en las Letras Apostólicas Cum catholica Ecclesia, 26 de marzo de 1860; en la Alocución Novos, 28 de septiembre de 1860; en la Alocución Jamdudum, 18 de marzo de 1861; en la Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862.

§ X. Errores relativos al liberalismo de nuestros días

LXXVII. En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos.

(Alocución Nemo vestrum, 26 julio 1855)

LXXVIII. De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno.

(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

LXXIX. Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

LXXX. El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización.

(Alocución Jamdudum, 18 marzo 1861)