sábado 30 de octubre de 2010

ACTITUDES EN LA VIDA


DE LOS ESTRELLEROS Y DE LOS QUE COGEN EL TORO POR LOS CUERNOS


Antiguamente, se les llamaba "estrelleros" a los caballos que se habían viciado en llevar la cabeza para arriba, pues parecían equinos astrólogos queriendo descifrar el horóscopo de la circunstancia.

Hay suficientes cosas que están mal. Bastantes, no. Muchísimas. Y hay quien mira al techo, creyendo que -como el avestruz esconde la cabeza en el suelo- en el techo está la solución. A diario son las contrariedades, adversidades las hay, los fallos son incontables, muchos los defectos del mundo y de uno mismo.

Hay quien mira al techo, queriendo encontrar la escapatoria. Y su actitud se reputa de "prudente", para cubrir la cobardía. Pero no hay evasión en el techo. Y no es prudencia dejar que las cosas sucedan, sin ponerle correctivo. Preferir no hacer las cosas no es un modo de hacerlas: es no hacerlas.

Y hay quien mira al frente. Y coge al toro por los cuernos, a riesgo de una cornada.

De cada uno depende mirar al techo o mirar al frente.

A mí no me llamarán "estrellero".

jueves 28 de octubre de 2010

VIAJANDO NO SE CURA EL CARLISMO

Pío Baroja

REFUTACIÓN DE UNA FRASE TÓPICA POR EL MISMO AUTOR SUPUESTO DE LA MISMA

"El carlismo se cura viajando". Una de esas frases que se le atribuyen a Pío Baroja. Una de esas frases que han cumplido y cumplen una función descalificadora, dicha por presuntos emisores cultos que no han leído lo suficiente a Pío Baroja.

En la trilogía "Las agonías de nuestro tiempo" del escritor vasco, formada por "El gran torbellino del mundo", "Las veleidades de la fortuna" y "Los amores tardíos", el protagonista es José Larrañaga, un vasco que viaja por Europa. Las novelas de esta trilogía encajaron las impresiones que Baroja tuvo de Europa tras un viaje que realizó por Alemania, Holanda y Dinamarca con su amigo Paul Schmitz. Del personaje principal, José Larrañaga, ha podido decir un estudioso del novelista que "trazó Pío Baroja el tipo humano que quizá refleja más ampliamente lo que pudiéramos llamar "el lado bueno" del propio autor".

¿Qué piensa Baroja de esa actividad de viajar? Tendríamos que suponer que si es cierto que "El carlismo se cura viajando", el carlismo habría que verlo como una especie de "enfermedad" o "tara", y el viaje sería la terapia que vendría a paliar dicho presunto mal. Pero, miremos lo que su "alter ego": Larrañaga -"la cara amable" de Baroja- le dice a su interlocutora; este párrafo constituye una declaración de lo que Baroja pensaba de la actividad viajera:

"...hay una pequeña cultura del viajar y del saber dos o tres idiomas. Es una cultura muy ínfima. Hay gente que supone que a cada traqueteo del tren, o a cada balanceo del barco, el hombre debe irse sublimando. No creo que se pueda aprender gran cosa viajando más que algo muy superficial. Esa ciencia de unas cuantas cosas prácticas no tiene valor ninguno. Si el máximum del conocimiento fuera saber dos o tres idiomas y andar en el tren, todos los que tienen algún dinero serían sabios en poco tiempo. Viendo pueblos se adquiere una cierta cultura; pero es una cultura de viajantes de comercio, de intérpretes y de cocottes que saben decir cuatro o cinco frases en cinco o seis idiomas diferentes".

En el caso de ser cierto que Baroja hubiera pronunciado o escrito esa frase que se le atribuye: "El carlismo se cura viajando", el autor parece que cambió de opinión. El carlismo -en el caso de ser una patología; cosa que no lo es- no tiene como tratamiento curativo el viajar.

La frase tópica de Baroja que parecía justificar un cosmopolitismo tan moderno es insostenible. Si verdaderamente dicho lugar común lo acuñó Pío Baroja, tendríamos otra contradicción más de las muchas que podemos encontrar en nuestros autores noventayochistas. Pero, quien tenga el atrevimiento de achacársela a Baroja, que lo demuestre cotejándola con este pasaje categórico que reproducimos arriba, y que niega en firme las supuestas virtudes que infunde el viaje entre los modernos.

Viajando no se cura nada... Ni el carlismo.

BIBLIOGRAFÍA:

Baroja, Pío, "Las veleidades de la fortuna", Primera parte "Hostilidad conyugal", capítulo VI "Explicaciones de Pepita", Espasa-Calpe, Madrid, 1980, pág. 44.

Pérez, Francisco, "Los curas en Baroja", trabajo publicado entre los que conforman el libro "Pío Baroja", edición de Javier Martínez Palacio, Editorial Taurus, Madrid, 1979.

martes 26 de octubre de 2010

LAS MODAS Y LOS MODOS

María Antonieta

LAS MODAS, RIDÍCULAS Y CORRUPTORAS


Nos cuenta Madame Campan, en "Esplendor y ocaso de María Antonieta" que:

"Todas querían lucir al instante los mismos adornos que la reina, y llevar aquellas plumas y guirnaldas a las que su belleza, entonces deslumbrante, prestaba un encanto infinito. Aumentaron considerablemente los gastos de las damas jóvenes, con las quejas consiguientes de sus madres y maridos; algunas contrajeron deudas; y hubo desagradables escenas de familia y matrimonios desavenidos. Comenzó a rumorearse que la reina acabaría arruinando a todas las damas francesas".

Madame Compan

Y en 1617 escribía fray Antonio Marqués, ermitaño de San Agustín, en "Afeite y mundo mujeril" que:

"No hay polilla ni carcoma que así gaste los bienes y hacienda de una casa, por opulenta que sea, como la mujer vana y amiga de bien parecer. Sino miren hoy en España y verán en muchas casas las haciendas, de unas menoscabadas, de otras empeñadas y de otras consumidas y deshechas, como la sal en el agua, por las galas de las mujeres, que cuanto más mira la cara más destruye la casa."

Continuaba Madame Campan pintándonos el extremo ridículo al que habían llegado las modas de la aristocracia cortesana:

"La moda sufrió continuos cambios y los peinados alcanzaron tal altura con el andamiaje de gasas, flores y plumas, que las señoras no encontraban coches suficientemente altos y se las veía a menudo ir con la cabeza gacha o sacarla por la puertecilla. Otras optaron por arrodillarse, para dominar de un modo más seguro el ridículo edificio con que se habían sobrecargado
."

Y nos pinta fray Antonio Marqués, en el libro más arriba dicho, el destino de aquellas cabezas, tras la muerte y su consecuente corrupción cadavérica:

"...la cabeza, para quien se inventaron tantas galas, rizos y listones, hecha cabeza de tiñoso pelada, sin adorno y llena de mal olor".

Kirsten Dunst, en su papel de María Antonieta, película de Sofía Coppola.


Las cabezas de María Antonieta y de sus nobles damas nunca resplandecieron más que cuando fueron cortadas por la guillotina, transformando a las mejores de aquellas -que habían sido tan frívolas- en espléndidos ejemplares, en nobles víctimas... Y hasta en mártires de Dios.

Es menester que grupos pensantes y actuantes transformen las modas corrompidas de la sociedad, pues cuando una sociedad no cambia sus modas decadentes... Termina corrompiéndose por el efecto de esas mismas modas. Y la barbarie acaba por devastarla.

domingo 24 de octubre de 2010

ESCENAS ESPAÑOLAS DEL SIGLO XX

D. Juan Vázquez de Mella, el Verbo de la Tradición.

DOS MESAS, UNA SEÑORA, UN SEÑOR Y UN REPRESOR


Casi enfrente del Hotel Ritz tenía su vivienda don Juan Vázquez de Mella y Fanjul. Entre sus vecinos estaba la familia Rivas Cherif. En la familia destacaba, entre toda la prole, Cipriano de Rivas Cherif. En 1914 Cipriano había regresado a España, tras haber completado estudios en la Universidad de Bolonia. De Bolonia se había traído el doctorado en Leyes. Una de las hermanas del flamante doctor en Derecho se llamaba Dolores de Rivas Cherif. La señorita Lola sentía una natural simpatía por aquel senecto caballero, de misa diaria, tan atilado en su vestuario, con sus antiparras anticuadas y, tras las lentes, sus ojos estrábicos por las fatigosas y continuadas lecciones. Lola saludaba a D. Juan siempre que se lo cruzaba, pese a que su familia no congeniara con las ideas -"reaccionarias", decían en su casa- que sostenía y defendía el tradicionalista caballero, tan dotado de facundo verbo y lógica inexorable.

Cuando Lola saludaba a don Juan, éste le correspondía con cumplida caballerosidad quitándose el sombrero e inclinando levemente la cabeza ante la señorita. A veces, cuando uno de los discursos de Vázquez de Mella hacían historia, Lola sentía el impulso de felicitar al caballero. A ella los discursos la aburrían y nadie hubiera logrado hacerle perder el tiempo leyendo ni uno; pero en tiempo de debates reñidos, las intervenciones del ilustre vecino eran puestas por las nubes en los periódicos, y hasta la prensa adversaria no podía acallar la admiración que sentía ante la elocuencia del tribuno tradicionalista.

Aquel mediodía, como tenía por costumbre, don Juan salió de su casa para ir a pasear por la Carrera de San Jerónimo. Vestido con sobria elegancia, en su corbata llevaba prendido el alfiler crucífero de perlas, se devanaba los sesos pensando que, otra vez más, el sistema había cambiado el gabinete. Las crisis se agravaban y los gobiernos se sucedían sin poder frenar la violencia, el pistolerismo y el anarquismo. La ineptitud de aquellos gabinetes estaba fuera de toda duda. Los masones turnaban a los cristianos liberales y todos sonreían, y todos ganaban en la lid política. Don Juan pensó:
"Si se ahorcara a todos los miembros de un Gabinete... Subiríamos el nivel moral de la política española... Señor mío, perdóname que piense así, pero sabes que tengo la afición a los radicalismos; soy aficionado a los extremos: repudio las tintas medias y los crepúsculos. Tendría que haber nacido en otra época."

En este banquete puede verse a Azaña, y a su lado Lola de Rivas Cherif, su esposa.

Era en esos paseos por la Carrera de San Jerónimo cuando Vázquez de Mella aprovechaba para pensar -que, en él, era una continua oración a Dios. Y en aquellos paseos recibía la inspiración para sus discursos y artículos. Luego, al regresar a casa, se destocaba quitándose la chistera, la colgaba en la percha, se despojaba de la levita y se la daba al sirviente. Se iba a su despacho, con su biblioteca bien surtida, se sentaba, atraía hacia sí los trebejos de la escribanía y en las cuartillas de papel timbrado con el escudo nobiliario, don Juan comenzaba a escribir, muy complacido de hacerlo en la misma mesa en que Jaume Balmes había trabajado sus libros.

Por aquellos tiempos se añejaba Manuel Azaña, avinagrándose por las ambiciones incumplidas y por el hastío que le producía su oscuro trabajo en la Dirección General de los Registros y del Notariado. En la Cacharrería del Ateneo, alguno que otro embromaba a Azaña, diciéndole mientras guiñaba el ojo a los otros:

"Don Manuel: usted que trabaja donde trabaja, podría contestarme: ¿escribir sobre la mesa de Don Francisco Tadeo Calomarde, imprime carácter?".

Manuel Azaña podría haber contestado con una de esas muchas frases ingeniosas, de esas que pensaba él en sus noches de insomnio, pero solía suceder que la ironía nunca le salía cuando tanta falta le hacía. Por eso mismo, Azaña esbozó una sonrisa -a mal tiempo, buena cara- y acertó a decir con muy poca gracia que él estaba vacunado contra todo género de reaccionarios, incluyendo a Calomarde.

Y, toda la verdad sea dicha, muy mala fama le habían dado a Calomarde, ignorándose todo lo bueno que hizo durante su mandato. Azaña y los liberales estaban absolutamente convencidos de que Calomarde era un personaje siniestro, obscurantista y retrógrado.

Con Vicente Rojo, Manuel Azaña.

Don Juan Vázquez de Mella escribía en sus cuartillas:

"Por eso podréis decir lo que queráis de nosotros; pero nadie se atreverá a calificarnos de Sancho Panzas; de Quijotes, quizá, y no nos importa, porque somos una especie de caballeros andantes de la generosidad y del honor, que vivimos defendiendo a nuestra Dulcinea, a la señora de nuestros pensamientos (...)"

Y tras escribir "pensamientos", pensó poner "España". Y se dijo: "Ella es la señora de nuestros pensamientos, ella es nuestra Dulcinea". Pensándolo mejor, prefirió omitirlo y continuó:

"...en toda suerte de torneos y de justas, para sacarla ilesa y ponderar siempre su hermosura, sin que nunca el aliciente material, jamás el goce del Poder, nada que pueda considerarse como medro personal, sirva de norte a nuestros corazones".

Y volvió a leer entero aquel párrafo. Ya quedaba menos. Era sazón de rematar el discurso con el párrafo final.

Casas Viejas: matanza de anarquistas perpetrada por orden de Azaña en 1933.

Murió don Juan Vázquez de Mella. Lola de Rivas Cherif se había mudado hacía años y ya estaba casada con aquel hombre adiposo y escurridizo de Alcalá de Henares, siempre insatisfecho, llamado Manuel Azaña Díaz. Llegó la Segunda República y aquel oscuro covachuelista que escribiera sobre la mesa del absolutista Calomarde trepó a las posiciones más altas del poder político. Don Manuel Azaña Díaz era en 1933 Presidente del Consejo de Ministros de España. En Casas Viejas (Cádiz) unos anarquistas protagonizan una revuelta y la Guardia Civil y la Guardia de Asalto tienen que intervenir.

Se le piden instrucciones a Azaña. Y Azaña responde: "No quiero heridos. Los tiros a la barriga". Y así se hizo: no hubo clemencia para aquellos desgraciados.

Por la noche, queriendo olvidar todo ese desagradable zipizape de la CNT, Manuel Azaña hablaba trivialidades con Lola. O mejor diremos: Lola le hablaba a Manuel.

-¿Te acuerdas de Don Juan Vázquez de Mella, Manolo? Pues, según me ha dicho Charito, D. Juan, después de muchos años intentando saber dónde estaba, logró encontrar la mesa de Jaime Balmes y la compró.

De la conversación que animaba su esposa, a la cual apenas prestaba atención, refulgió una palabra: "mesa", y Manuel Azaña recordó aquel día, de sopetón, aquella mesa de Calomarde sobre la cual había trabajado tantos años y la chanza del Ateneo y atinó a decir, sin que Lola pudiera saber a qué se refería:

-¡Vaya! ¿Llevaría razón aquel cretino de la Cacharrería del Ateneo? Lola: la mesa de Calomarde imprimía carácter.

Y Lola, sin saber de qué le hablaba su marido, le dijo:

-Anda, Manolo, acuéstate, que tienes que estar frito de sueño con el día que llevas.

Cuando Lola apagó la lámpara de la mesita de noche en Casas Viejas todavía hedía a carne humana chamuscada.


NOTA: Esta evocación literaria está inspirada sobre hechos y datos reales. Hemos tenido que "inventar" muy poca cosa.

En efecto, los Rivas Cherif fueron vecinos de Vázquez de Mella durante muchos años. La mesa en que trabajó Balmes fue la mesa que D. Juan Vázquez de Mella empleó para escribir, tras dar con ella y adquirirla como una reliquia. Y D. Manuel Azaña se pasó algunos años, accidentalmente, escribiendo a diario sobre la mesa de D. Francisco Tadeo Calomarde de Retascón y Arriá, Ministro de Gracia y Justicia de Fernando VII. La masacre de Casas Viejas es un hecho histórico que muestra la brutalidad de la represión ejercida por la Segunda República.

La única licencia literaria que nos hemos permitido son los diálogos y el argumento.

sábado 23 de octubre de 2010

GIBRALTAR DE LA DIÁSPORA, GIBRALTAR IRREDENTO


En nuestros días asistimos -con más frecuencia de la que deseáramos- a la puesta en escena de despropósitos de todo tipo: se presenta la candidatura de los moriscos al Premio Príncipe de Asturias, por ejemplo, o se ruedan series televisivas en las que se manipula la Historia de España, ofendiendo a todo lo que nos hizo grandes (Felipe II, verbigratia, o los Tercios), mientras se exalta todo lo que nos amenazó y continúa amenazándonos. Se pinta a todos los que haga falta (judíos, moriscos, rojos y masones perseguidos por Franco) como humillados y ofendidos y -con todo el ceremonial victimista- cualquier cosa que no sea España, es lo que más les conviene. Sin embargo, aquí nadie quiere acordarse de los verdaderos perjudicados de la Historia: nosotros, los españoles de verdad.

EL ÉXODO DEL PUEBLO DE GIBRALTAR

El 28 de abril de 1656, Oliverio Cromwell escribía al almirante Montague:

"...Acaso sea posible atacar y rendir la plaza y castillo de Gibraltar, que en nuestro poder, y bien defendido, serían a un tiempo una ventaja para nuestro comercio y una molestia para España: haciendo posible, además, con sólo seis fragatas ligeras establecidas allí, hacer más daño a los españoles que con toda una gran flota enviada desde aquí".
Treinta años antes el coronel Henry Bruce presentaba al príncipe de Gales un plan de conquista y ocupación de Gibraltar. Ni Bruce ni Cromwell vieron realizarse sus pérfidos proyectos. Pero con la guerra de sucesión, el almirante-pirata sir Jorge Rooke en el verano de 1704 cumplió el testamento de Cromwell. El gobernador don Diego de Salinas tuvo que defender Gibraltar con cien soldados y apenas una docena de cañones, contra 61 buques de guerra dotados de 4.104 cañones y 25.583 artilleros y 9.000 soldados de distintas nacionalidades: ingleses, holandeses y hasta españoles de Cataluña y Levante que, ellos así creían, estaban sirviendo al Archiduque Carlos de Austria en sus pretensiones por ocupar el Trono de España.

El domingo 4 de agosto, la formidable escuadra enemiga abrió fuego intenso, durante seis horas. La población civil (mujeres, niños y ancianos) se refugiaron en el Santuario de Nuestra Señora de Europa. Desembarcaron los invasores. Treinta y ocho españoles, mal armados y paisanos, defendieron el Muelle Nuevo: eran los supervivientes que quedaban entre las ruinas de aquellas posiciones pasadas a fuego.

La plaza de Gibraltar se rinde en las primeras horas de la fatídica tarde del 4 de agosto de 1704. El príncipe de Hesse-Darmstadt fija el estandarte imperial en la Puerta de Tierra, proclamando:

"¡Gibraltar por el rey Carlos Tercero de España!".

El pirata Rooke, puesto por nosotros boca abajo, como merece cualquier despreciable bellaco que no tiene palabra de honor.

El almirante-pirata Rooke, rodeado de su Estado Mayor, deja hacer y cuando el leal Darmstadt se aleja. Rooke da órdenes a Hicks, y éste arranca el estandarte austríaco. Rooke tremola tres veces la bandera inglesa y se posesiona de Gibraltar en nombre de la reina Ana de Inglaterra.

El vecindario de Gibraltar tenía derecho a permanecer en la plaza recién conquistada. Pero, con su Concejo a la cabeza, los leales vecinos de Gibraltar decidieron salir todos, abandonando sus viviendas y haciendas tras ellos para nunca ser súbditos ingleses. Este éxodo se verificó el 6 de agosto de 1704. Don Diego Salinas, con su diezmada guarnición y los vecinos de Gibraltar, se presenta al marqués de Villadarias, capitán general de Andalucía. El regidor, don Bartolomé Luis Varela, haciéndose cargo del pendón de la ciudad, y seguido de otros regidores y la muchedumbre de vecinos sin hogar, caminaron sobre huertas y viñedos, en dirección a un altozano donde sus antepasados habían erigido en 1640 una devota ermita dedicada a San Roque, a media legua de Gibraltar. Allí levantaron la ciudad de San Roque, a la cual llamaron los Reyes de España: "Mi ciudad de Gibraltar residente en su Campo".

Romero de Figueroa, cura de la iglesia parroquial de Santa María La Coronada de Gibraltar, escribió al margen de un libro parroquial el 6 de agosto de 1704:

"...de mil vecinos que tenía la ciudad quedaron tan solamente hasta doce personas, abandonando sus casas, bienes y frutos; fué ese día un miserable espectáculo de llantos y lágrimas de mujeres y criaturas viéndose salir perdidos por esos campos en el rigor de la canícula; este día, así que salió la gente, robaron los ingleses todas las casas, y no se escapó la mía y la de mi compañero, porque mientras estábamos en la iglesia la asaltaron los más de ellos y robaron; y para que quede noticia de esta fatal ruina puse aquí esta nota".
Se cumplieron los propósito de Cromwell. Durante los siglos XVIII y XIX, Gibraltar fue un foco de francmasonería que propagaba su lepra ideológica y que, en tiempos de persecución, cobijaba a los liberales "españoles" que conspiraban para echar a perder a España, convirtiéndola en una caricatura de lo que fue.

LAS CHURRAS Y LAS MERINAS

Escudo del Honrado Concejo de la Mesta de los Pastores de Castilla

IR POR LANA Y SALIR TRASQUILADO


Por los días en los que el frío empieza a arreciar, arropado bajo mis mantas dormía en el más plácido de los sueños cuando de súbito abrí los ojos... Entonces me llegó a los oídos como el lejano, el jubiloso y el arcaico rumor de las esquilas de un rebaño. En su desconcierto cencerrero los ojos del alma se me traspusieron y vi avanzar a la orquesta gregaria, vi al can que cuidaba de las pécoras y hasta al rehalero pude ver, arreándoles con el pitillo en los labios. Y a las mientes se me vino el Honrado Concejo de la Mesta de los Pastores de Castilla y las Cañadas Reales.

Descubrí -al levantarme. Y no sin tristeza- que aquel ruido procedía de la televisión que alguien estaba viendo en el comedor.


¿Qué se hizo de aquellos pastores con su zurrón? ¿Qué fue de aquellos cayados y flautas? ¿Dónde están los Salicios y Nemorosos de nuestro ínclito Garcilaso de la Vega? ¿Qué fue de aquellas Cañadas Reales? ¿Qué de aquellos hatos? ¿Dónde están aquellas ovejas cristianas viejas y aquellas cabras de Viriato?

...Ubi sunt?

Cuánto debe nuestra mejor literatura, nuestro refranero, nuestra cultura verdadera a la ganadería.

...Y aquel Honrado Concejo de la Mesta de los Pastores de Castilla. Y aquella Castilla que, como bien escribiera Miguel Delibes, no cuenta el tiempo por años, sino por siglos.

jueves 21 de octubre de 2010

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR


EL SELLO TRADICIONALISTA EN LA FALANGE Y EN LAS JONS.


El universo de lecturas de un hombre -cuando es culto- puede ser tan amplio como era el de José Antonio Primo de Rivera.

Stanley Payne nos pone sobre la pista. A decir de Payne, José Antonio contemplaba entre sus lecturas la obra de "los tradicionalistas españoles". Pero será Felipe Ximénez de Sandoval quien revele que José Antonio Primo de Rivera, leía con provecho: "sobre todo, a Vázquez de Mella, cuyas obras lee apasionadamente, como las de sus predecesores, Donoso Cortés y Balmes".

Se ha insistido mucho en la impronta del "orteguianismo" en José Antonio, pero se ignora que José Antonio le hizo ciertos reproches por escrito a Ortega y Gasset. Se ha presentado a un José Antonio, yendo por los extravíos modernos; pero poco se ha dicho de su perseverante profesión de fe católica.

Algunas citas de José Antonio pueden dar buena cuenta del peso que el tradicionalismo español -lo que ni decir tiene, católico- ejerció en su obra:

"No somos nacionalistas porque el nacionalismo es el individualismo de los pueblos".

"La actitud liberal es una manera de tomar a broma el propio destino".

"El siglo XVI introdujo el libre examen, se empezó a dudar de todo. El siglo XVIII ya no creía en nada".

"El verdadero peligro para las sociedades comenzó el día en que la gran herejía del siglo XVI obtuvo el derecho de ciudadanía".

El antimodernismo de José Antonio está tan claro como la luz del sol. No enturbiemos su imagen, confundiéndolo con lo que no fue.

Y recordemos también que Onésimo Redondo era un lector apasionado de Vázquez de Mella. El único fascista español, el único español de aquella época que podría decirse fascista fue Ramiro Ledesma Ramos que, según José Cuadrado Costa, calificaba peyorativamente al tradicionalismo carlista de "mostrenquería reaccionaria y carroña pasadista y conservadora".

BIBLIOGRAFÍA:

Payne, Stanley. "Falange. Historia del fascismo español", Madrid, Editorial Sarpe, 1985, pág. 49.

Ximénez de Sandoval, Felipe. "José Antonio (Biografía apasionada)", 7ª Edición. Madrid, Fuerza Nueva Editorial, 1976, pág. 55.

Argaya Roca, Miguel. "Entre lo espontáneo y lo difícil. Apuntes para una revisión de lo ético en el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera", Ediciones Tarfe, Oviedo, 1996.

martes 19 de octubre de 2010

LOS CARLISTAS EN LA LITERATURA

LOS CARLISTAS DE VALLE-INCLÁN

Las guerras carlistas fueron siempre motivo de inspiración para muchos escritores de la transición de siglo XIX al XX. Tales los casos de Valle-Inclán, Unamuno, Baroja... "Paz en la guerra" de Unamuno, "Zalacaín" de Baroja o la trilogía de "Las guerras carlistas" de Valle-Inclán, son ejemplos a los que cualquier amante de la buena literatura que se precie puede acudir. "Las guerras carlistas" de Don Ramón María están compuestas por las novelas "Los cruzados de la causa", "El resplandor de la hoguera" y "Gerifaltes de antaño". Pero Valle-Inclán no reduciría el tratamiento del carlismo a esta trilogía. A lo largo de toda su producción literaria, el Marqués de Bradomín de las "Sonatas" es un personaje que recorre muchos libros del universo valleinclanesco, presentándosenos como un carlista a veces cortesano, a veces montaraz; lo mismo a la vera del Rey que organizando las levas para el levantamiento de partidarios gallegos. Pero, Bradomín es sobradamente conocido para aquellos que de Valle-Inclán han leído lo justo.

Aunque siempre se jactó de carlista, y existen muchas pruebas que parecen afianzar su postura, nosotros mantemos hacia Valle-Inclán una cierta reserva en cuanto a la "oportunidad" de su carlismo. Entiéndasenos: aquí, "oportunidad" viene a significar que, después de leerle muchas cosas y saber otras muchas de su vida privada (de sus peligrosos coqueteos con la teosofía, por ejemplo), a nosotros no nos parece que Valle-Inclán sea, precisamente, un autor al que reivindicar como carlista. Más allá de "Las guerras carlistas" y de las "Sonatas" (y sus variaciones), existe un relato brevísimo de Valle-Inclán en el que el autor ofrece -de una manera literariamente magistral, tal y como era sólito en él- una pésima imagen de los carlistas.

El relato a la sazón se titula "Un cabecilla". El mismo apareció, por vez primera, en septiembre de 1893, publicado en la revista EXTRACTO DE LITERATURA de Pontevedra. En un estudio comparativo, A. G. Solalinde apuntó que el relato de Valle-Inclán se inspiró en otro de Prosper Mérimée -"Mateo Falcone"- que data de 1828. Podemos encontrarlo publicado en "Jardín Umbrío. Historias de santos, de almas en pena, de duendes y ladrones", recopilación de cuentos que nos llevan a la Galicia patriarcal y céltica que forma en gran medida el mundo valleinclaniano.

"Un cabecilla" nos cuenta la truculenta historia del castigo que un hombre inflige a su mujer. Un hombre que es molinero, pero que en la segunda guerra carlista se echó al monte -nos cuenta Valle-Inclán- como atroz partidario carlista. El molinero, con sus cinco hijos, se ha emboscado con la facción. La mujer queda a cargo del molino, pero en una visita de los negros liberales al molino, la pobre mujer -forzada por las circunstancias y asustada- delata a la partida de su esposo. El marido es presentado como un carlista: fanático obscuro, arriscado y cruel. Ni corto ni perezoso se adentra en el fondo del bosque con su mujer, a la que lleva a punta de escopeta y, al pie de un retablo de las Benditas Ánimas del Purgatorio, tras darle el rosario de cuentas de madera a la mujer, le dice:

"Está bendito por el señor obispo de Orense, con indulgencia para la hora de la muerte".

Y tras el rezo del rosario, el viejo carlista se echa la escopeta a la cara, apunta y sin que lo disuadan ni los lloros ni los gritos de su desgraciada mujer que le ruega: "¡No me mates!", el cabecilla de la partida dispara a su mujer y la mata.

"El cabecilla alzó de la arena ensangrentada su rosario de faccioso, besó el crucifijo de bronce, y sin detenerse a cargar la escopeta huyó en dirección de la montaña".

Valle-Inclán sirvió, con esta narración, a la propaganda liberal que pintaba a los carlistas como feroces fanáticos sedientos de sangre. El "faccioso" (así le llama el mismo Valle-Inclán al personaje) de su relato, el cabecilla que da título al mismo, es un hombre tan despiadado que no titubea en inmolar a su mujer en las aras de la causa política.

Atentado anarquista contra el público en el Liceo de Barcelona, 1893.

Recordemos que el relato es de 1893. Hacía mucho tiempo que había acabado la III Guerra Carlista: en 1876 era tomada Estella y se abolían los Fueros de las Vascongadas. Para recrear una truculencia, no le hacía falta a Valle-Inclán pintarnos a un carlista uxoricida, pues el anarquismo español estaba en plena efervescencia: el 7 de noviembre del mismo año 1893, Santiago Salvador Franch arrojó una bomba en el Liceo de Barcelona, causando 20 muertos. Podría haber elegido a un anarquista asesinando a su esposa, a su madre o a su padre; que los tenía más cerca. En cambio, prefirió imaginarse a un "cabecilla" carlista, fanático religioso del rosario y desalmado, que matara a su mujer. Decimos "imaginarse", puesto que como demostró el estudioso Solalinde el relato "Un cabecilla" es una traslación del argumento del "Mateo Falcone" de Mérimée. Nunca existió, que se sepa, un cabecilla carlista que matara a su mujer (de haberlo existido, hubiera sido convenientemente aireado por la propaganda negra), lo que sí hubo fueron muchos carlistas a los que les masacraron la familia,

Valle-Inclán podría tener muchas virtudes, pero si hubiera sido un auténtico carlista: ¿Habría dado esos tintes macabros y tremendistas a los hombres de la causa...? Sin poder afirmar que estuviera a sueldo de la propaganda del sistema canovista, lo que sí nos parece Valle-Inclán en este relato que hemos presentado es, en todo caso, un frívolo irresponsable. O un inoportuno.

Flaco fue su favor, cuando pintó así a los bravos hombres que defendieron los sacrosantos principios de la Tradición.

lunes 18 de octubre de 2010

PARA EL DÍA DE JALOGÜÍN Y PARA TODOS LOS DÍAS...


PROPONEMOS VESTIR A LOS NIÑOS DE PELAYOS

Cuando se pierde el norte, todo lo que se proponga termina llevando al sur.

La Conferencia Episcopal Española copia una idea de la Conferencia Episcopal Británica (¿será que están en plena newmanmanía?). Nuestra Conferencia se lanza ahora a animar a los cristianos para que, en Jalogüín, nuestros niños españoles se disfracen de San Jorge, San Francisco o Santo Domingo. Esta propuesta, lejos de ser recibida como ellos podrían pensar, ha sido el hazmerreír de la progresía, que todavía está haciendo chistes con esta proposición absurda. Y, lo que es peor, aprovechando para blasfemar de Dios y ofenderlo en sus santos.

Esta propuesta de la Conferencia Episcopal me sacude cabalmente cuando, ayer mismo, releyéndome "El terror de 1824" de Pérez Galdós, leí que los dos hijos pequeños de Don Benigno Cordero (el liberal desterrado en la novela) eran vestidos por su madre, Doña Robustiana Toros de Guisando, de frailecillos.

Parece que, precisamente, en la primera mitad del siglo XIX era costumbre disfrazar a los niños. Galdós insinúa que en el Trienio Negro (la historiografía liberal lo llama "Trienio Constitucional": 1820-1823), era de buen tono entre el negrerío* liberalazo disfrazar a los niños de Milicianos Nacionales. Así los había tenido su madre a aquellos dos rapaces, hasta que -una vez llegada la Restauración de Fernando VII tras la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis- cae en el acuerdo de vestirlos de religiosos, según cuenta Galdós:

"En aquel tiempo las familias discurrían el modo de congraciarse con el bando dominante, y uno de los sistemas más eficaces durante el trienio había sido vestir a los niños de milicianos nacionales. Cambiadas radicalmente las cosas, doña Robustiana, que quería estar en paz con la situación, siguió la general moda vistiendo a los borregos de frailes. Los domingos Primitivo y Segundito salían a la calle hechos unos padres priores que daban gozo".
("El terror de 1824", Cap. VIII)

No es, por lo tanto, ninguna cosa ajena a nuestra tradición vestir a los niños de frailes. Hasta hace poco incluso iban a su Primera Comunión con los hábitos: claro que luego llegaron los vientos del Almirantazgo y nos vistieron de Almirantes o de grumetes -pues siempre ha habido ricos y pobres.

Pero volvamos al Jalogüín de la Conferencia Episcopal.

La idea, para empezar, ni es propia. (Lamentable.) Llevamos dicho que la han tomado prestada de la Británica. (Deplorable.) Esto, en principio, es un indicador de la falta de ideas que padece nuestro alto clero. (Tristísimo.)

Ni por las mientes se les ha podido pasar que otras costumbres hispánicas para el Día de Todos los Santos tendrían que ser, en principio, las primeras que habría de resucitar. En cada pueblo de España, el Día de Todos los Santos se celebraba con costumbres propias: en el Santo Reino de Jaén, por ejemplo, las gachas eran alimento imprescindible, y supongo que no será costumbre restringida a Jaén.

Quiero decir, Reverendísimos e Ilustrísimos Señores, que tendrían que haber ido a preguntarles a sus párrocos: "¿Qué se sabe que hacían los antiguos en Tremedal de las Espigas?". Y el párroco, charlando con los viejos del lugar, recopilara las tradiciones perdidas de Tremedal de las Espigas. Y, con bendición episcopal, exhortar en una carta pastoral a recuperar inmediatamente las tradiciones locales, pues nos las están cambiando por mariconadas.

Y por costumbres perdidas, Reverendísimos e Ilustrísimos Señores, no iba a faltar en una España (la de hoy), prácticamente convertida en un erial. En una España, cada día más triste y menos España; en la que falta casi todo (lo que se tuvo, y ya no está, y podemos hacer que vuelva; por supuesto). Maldita la falta que nos hace ir al extranjero para corregir una situación que se ha ido de las manos, ¿verdad? Además, que eso sería cuasi, permítamente refranearme a mis anchas: "Desvestir un santo, para vestir a otro".

Empecemos, pues, por donde hay que empezar: no se trata de proponer que los niños se vistan de santos. Se trata de que los niños sean santos. Y, para eso, mucha gracia (de Dios) y mucho arte tenemos que emplear en, primero, reintegrarnos en nosotros mismos, sin consentir que modas y costumbres extranjeras se nos peguen, pues desfiguraría completamente nuestro estilo y nuestro ser hispánicos. Y, segundo, recuperar cuanto hemos perdido en esta larga marcha por el desierto de la maldita higuera sin frutos que se llama modernidad.

Y no lo olvidemos. Ese aquelarre de Jalogüín no es cosa nuestra. Lo que está faltando es oponerse frontalmente, sin ambigüedades, a todo intento de aculturación. Pero para eso la Iglesia tiene que recobrar la integridad que fue perdiendo cuando cedió y concedió tanto y tanto a sus enemigos, que -por lo que vemos- los tiene dentro.

Tendrían que hacerme mucho más caso a mí, Reverendísimos y Excelentísimos. A mí, o a otros. Mientras se lo piensan, vuelvo a mis "Episodios Nacionales" de Galdós.


*NOTA PARA LA POLICÍA DE PENSAMIENTO: En esta bitácora, cuando escribimos peyorativamente "negro" lo hacemos para referirnos a los liberales, así llamados desde 1812, y tal vez antes.

viernes 15 de octubre de 2010

VALLE-INCLÁN Y SU PANFLETO ALIADÓFILO


LOS MONSTRUOS QUE VIO VALLE-INCLÁN

Un autor muestra su calidad literaria cuando, hasta en un panfleto partidista, es capaz de conseguir combinar las palabras que producen las más portentosas imágenes. Recientemente lo hemos podido comprobar leyendo "La media noche. Visión estelar de un momento de guerra", de Ramón María del Valle-Inclán. En 1916, Valle-Inclán viaja al frente de batalla, muy cerca de Verdún, como corresponsal de EL IMPARCIAL y LA NACIÓN. Aquella experiencia de reportero bélico cuajó en "La media noche". La postura francófila de Valle-Inclán era notoria.

El supuesto reportaje se convierte en la mano de Valle-Inclán (lo decimos por su manquera) en un libelo francófilo a la par que antigermánico. No hay ecuanimidad alguna; queda descartada toda justificación para el enemigo tudesco. Los "boches" son presentados como bárbaros, haciendo "una guerra de tribu porque su civilización aún no es bastante vieja para poder crear normas superiores de conciencia" (cualquiera diría esto si se tuviera en cuenta la de filósofos, músicos y poetas que ha dado el mundo germánico: sin entrar en bizantinismos). Los alemanes son vistos como una horda incivilizada y criminal. Y toda la simpatía del autor gallego se reserva para Francia. Pero, si ponemos a un lado esa petulante injusticia de aliadófilo, esa manía contra Alemania que le lleva a deshumanizar al ejército teutónico de la Primera Guerra Mundial, Valle-Inclán todavía puede ser defendido como un auténtico autor, uno de los más grandes que hemos tenido, incluso en la calidad literaria (estrictamente literaria y nunca ideológica) de ese panfleto hecho por encargo de los franceses.

Vean esta imagen con la que describe a los pilotos aéreos de la Gran Guerra:

"Vestidos con pieles, con grandes gafas redondas y redondos cascos de cuero, tienen una forma embrionaria y una evocación oscura de monstruos científicos".

Esta descripción para sí la quisiera Ernst Jünger; y lo decimos nosotros, germanófilos confesos que hemos aprendido mucho en "Tempestades de acero". Cuando leemos a Valle-Inclán, al igual que a otros escritores, sentimos cierta nostalgia por la belleza de una prosa que todavía es capaz de hacernos simpático a alguien tan alejado de nuestras ideas como fue Valle-Inclán, que -no lo olvidemos- fue teósofo, por mucho que ejerciera como "carlista". El carlismo estético de Valle-Inclán es algo que, ni siquiera alegando la probada amistad con el Rey Carlos, puede convencernos.

miércoles 13 de octubre de 2010

LA CONJURA DE SIBONEY

LA CONSPIRACIÓN MASÓNICA DE LOS INSURGENTES CUBANOS CONTRA ESPAÑA


Ambientada en el período de la Guerra Grande de Cuba (1868-1878), La conjura de Siboney narra las peripecias del teniente Castillo, destinado a aquella isla caribeña en 1874 para ponerse al frente de una sección de la Guardia Civil en Puerto Príncipe (hoy Camagüey). Con el telón de fondo de las intervenciones armadas en que toma parte contra las partidas de mambises y bandoleros, ante el lector se va presentando, con vivo realismo y un extraordinario manejo de la documentación, el ambiente que el joven oficial se encuentra a su llegada a Cuba, agotada por una larga guerra: las ciudades con decadente sabor colonial, la variopinta población, los combates en la manigua o la situación de un ejército aquejado de mil carencias y acosado por las enfermedades tropicales.

Más tarde, el protagonista es ascendido a capitán. Gracias al prestigio granjeado durante la campaña, es enviado en comisión de servicio a Sancti Spíritus al mando de un pequeño equipo de colaboradores. Allí investigarán una extraña trama que ha provocado el asesinato de varios hacendados cubanos que estaban dispuestos a terminar con el esclavismo concediendo la libertad a sus trabajadores negros. Las sociedades secretas de los ñáñigos, las logias masónicas que comenzaban a proliferar y los propios grupos insurgentes pasarán a estar en el punto de mira de los investigadores.

El lector de encontrará ahora frente al ambiente de opulencia todavía existente en las grandes haciendas del Valle de los Ingenios y el contraste con la dura vida que arrastran los esclavos de los bateyes; los contactos de los rebeldes en el exilio de Cayo Hueso y las remesas clandestinas de armas o las labores de espionaje en Nueva York. Pero también las controversias políticas de la época, en cierto modo reflejo de las de la Península, y la hipocresía de una sociedad en la que hay mucho de doble moral. Al margen de sus compañeros de armas, pocas personas se harán dignas de la confianza del capitán Castillo y sus hombres, que se enfrentan a una hermética organización, aunque más próxima a ellos de lo que imaginan. Sobre ella planeará la sombra de la trama cubana que participó en el asesinato del general Prim y que no descansará hasta cometer un nuevo magnicidio. Esto hará que al final se precipiten los acontecimientos, dando lugar a un desenlace tan trepidante como inesperado.


El autor de esta novela, D. Eduardo Martínez Viqueira, tiene sobrados méritos militares, así como diversas publicaciones, entre las que destaca otro libro en su haber: Recuerdos de Irak.

Título: LA CONJURA DE SIBONEY

Autor: Eduardo Martínez Viqueira

Editorial: De Librum Tremens Editores. Madrid, 2010. 483 págs.

ISBN: 978-84-15074-06-9

Información extraída del blog: LA CAZOLETA DEL ARCABUZ

lunes 11 de octubre de 2010

UNA LENGUA SUPREMA: LA LENGUA ESPAÑOLA

Carlos II adorando el Santísimo Sacramento

LOS POETAS, CUSTODIOS DE LA TRADICIÓN


Una de las primeras manifestaciones que, en la historia de nuestra literatura, puede aspirar a denominarse tradicionalista la constituye la actitud del poeta Cristóbal de Castillejo (1490-1550). Si bien no fue el único, las máximas autoridades en Historia de la Literatura afirman que, cuando otros poetas castellanos cedieron, Cristóbal de Castillejo se mantuvo refractario a emplear las formas italianas que habían importado Boscán y Garcilaso de la Vega. En su "Reprensión contra los poetas españoles que escriben en verso italiano", Castillejo fustiga a los introductores de la moda italiana:

"Y en lugar destas maneras
de vocablos ya sabidos
en nuestras trovas caseras,
cantan otras forasteras,
nuevas a nuestros oídos:
sonetos de grande estima,
madrigales y canciones
de diferentes renglones,
de octava y tercera rima
y otras nuevas invenciones."

El fenómeno de la reacción de Castillejo podría interpretarse como una suerte de purismo castizo. La razón que blande Castillejo no es mera cuestión de xenofobia literaria. Lo que enfada a Castillejo es el prurito de los poetas castellanos que, arrinconando la métrica de nuestra tradición poética, se ufanan de la elegancia traída de la Toscana desdeñando el buen poetizar de los hispanos Juan de Mena, Jorge Manrique, Garci-Sánchez y otros menos famosos que, para los modernos:

"Daban, en fin, a entender
aquellos viejos autores
no haber sabido hacer
buenos metros ni poner
en estilo los amores;
y qu’el metro castellano
no tenía autoridad
de decir con majestad
lo que se dice en toscano
con mayor felicidad."

A la postre, Castillejo no pudo, por más que satirizó esta modernura, contener la invasión italiana que cundió entre los poetas de nuestro Siglo de Oro. El poderoso ejército de endecasílabos italianos venció a la infantería castellana de los ágiles octosílabos cultivados en el siglo XV por nuestros vates; y, también muy empleados en el XV por nuestros poetas, vino a sucumbir el solemne dodecasílabo, tan porfiado. La copla de arte mayor y el romance fueron suplantados por el soneto, la octava real, el terceto, la lira y la silva... La reivindicación de Castillejo fue desoída. No embargante, aquella imitación fue fecunda: España era por aquellos entonces un Imperio, y la salud íntima de nuestra robusta raza no iba a sufrir por mucho que un grupo selecto de poetas italianizara.

En cambio, cuando no se es una nación imperante, la introducción de modas extranjerizantes (vengan de donde vengan) sí que puede acarrear severas pérdidas, sin ganancia que las justifique.


Cuando empieza el siglo XVIII todavía hay, en la aristocracia española, hombres que merecerán los elogios de un francés tan observador como el Duque de Saint-Simon, por ejemplo:

"Villafranca, jefe de la casa de Toledo, era un hombre de setenta años, español hasta los dientes, apegado a las máximas, a las costumbres, a las etiquetas de España hasta la última minucia; valiente, altivo, orgulloso, severo, dechado de honor, de valor, de probidad, de virtud; un personaje chapado a la antigua, de todos querido, considerado, respetado, sin enemigos de ninguna clase, muy venerado y amado del pueblo, y, con lo que luego diré, de inteligencia mediocre".
Pero, una vez establecido en el trono de España Felipe V, por más que el mismo Rey de origen francés se españolizara, la corte fue afrancesándose sin remedio. Y fue el XVIII el siglo de los afrancesados, más en lo peor que en lo mejor que pudiera tener el afrancesamiento. Se convirtió en señal de buena nota, entre los aristócratas españoles, apropiarse de las maneras y vestires francesas; y los pisaverdes hablaban en francés para mostrar su consonancia con el siglo.

Con el tiempo, ante el eclipse del poderío francés, en España vino a ponerse de moda el inglés conforme Inglaterra dominaba los mares y, con la colaboración de los liberales, convertía España en una reserva de recursos naturales que explotaba ella, como hacía en la India. Y, tanto la aristocracia como la alta burguesía españolas, se sumían en el esnobismo, diciendo "smoking", "roadster": Agustín de Foxá describió como nadie, en "Madrid, de Corte a Checa", el ambiente decadente en que vivían los señoritos "intelectuales" de izquierda (Alberti, Bergamín, García Lorca...), en sus costumbres, en su jerigonza, en sus gustos artísticos:

"Todo arte exótico, fuera negro, indio o malayo, se admitía con fruición con tal de quebrar la claridad clásica y católica de los viejos museos".
Dice Foxá.

Hoy en día, con el predominio de la lengua inglesa, impuesta planetariamente por muchas razones, entre las que hemos de apuntar la tecnológica, corremos el peligro de degradar nuestra lengua castellana al contacto con esa algarabía anglosajona.


Es por ello que los poetas -y no hay poeta verdadero que no sea un patriota- han de alzarse como guardianes de la pureza de nuestra lengua, custodios del tesoro que hemos recibido de nuestros antepasados: esa morada, decía Heidegger, del ser que es nuestro ser mismo: la Lengua de Quevedo, de Cervantes, de Lope, de Aldana, de Cadalso, de Larra, de Galdós, de Pereda, de Azorín, de los Machado, de Valle-Inclán, de García Márquez, de Jorge Luis Borges, de Rubén Darío, de Delibes, de Cela, de Cunqueiro... Y de tantos otros que, por aliviar, no cito.

Que los poetas custodien nuestra lengua. Que los escritores guarden el verbo castizo y la española palabra. Pues es ese elemento oral y escrito el santuario de nuestra raza.

Si se expugnara ese Alcázar, mezclándose torpemente nuestra lengua española, superior en todas las acepciones, con esa jerga de piratas y malhechores multiseculares, el mundo se cubriría de nieblas y todo se degradaría.

sábado 9 de octubre de 2010

EL OCTAVO SACRAMENTO


Ser español no es ser cualquier cosa. Y menos todavía podemos estar de acuerdo con eso que quería Cánovas del Castillo, quien afirmó que: Es español quien no puede ser otra cosa”. Cánovas no pudo decir semejante tontería de no ser por ser él, por su liberalismo, cualquier cosa menos español.

Para quien se toma las cosas en serio, ser español -no nos vayamos a engañar- es un sacramento.

jueves 7 de octubre de 2010

EL CENTRO DEL UNIVERSO

Teofrasto Paracelso

VIVIR MUY CERCA DEL ÓNFALO

En la hacienda de Moerkhoej se detuvo el tiempo. Cuenta Peter Høeg en su novela "El siglo de los sueños". El conde, dueño de aquella tierra, ordenó levantar un muro para aislar Moerkhoej del mundo tan cambiante en sus gustos, opiniones, modas y vestidos. Lo que convenció al conde para comenzar aquella disparatada empresa fue descubrir que Teofrasto Paracelso había visitado Moerkhoej y que el enigmático alquimista había determinado que el centro del mundo se encontraba en algún lugar de aquella finca.

A uno le dan ganas de tener una finca, aunque no se llame Moerkhoej y uno no sea -todavía- conde: cercar el perímetro de la propiedad, alzar un muro y aquí me las den todas. ¿El espacio cercado podría contener el tiempo, como una presa contiene el agua? Si se está cerca del centro del mundo, sí. Empantanar el tiempo lejos del centro del universo es momificarse. Pero, si propincuo al centro, se dedica uno a algo tan sencillo como puede ser vivir sin acelerones, el tiempo puede casi casi detenerse.

Habida cuenta de que nos fallan aquí las leyes de la naturaleza, será más eficaz encerrar el tiempo en una novela. Como el escritor noruego ha conseguido en "El siglo de los sueños".

El error del conde de Moerkhoej fue creer que el centro del mundo estaba dentro de los límites de su hacienda. Estaba equivocado el pobre conde cuando discurría así, pues tengo confirmado que el centro del universo está en algún lugar dentro de mis dominios.

martes 5 de octubre de 2010

EL PSOE CONTRA LOS CAMAREROS

En la foto, Largo Caballero... Como siempre: los marxistas y... la realidad tan lejos de ellos.

LAS PROPINAS Y EL PSOE

Cuenta una biografía oficiosa y plúmbea de Pablo Iglesias que Pablo Iglesias, hospicianito él (en el Hospicio de San Fernando), mientras su santa madre se ganaba la vida fregando suelos, empezó a granjearse unas propinas repartiendo periódicos. Y aquel niño, nacido en tan adversas circunstancias, con el sumando de aquellas propinas, se hizo aficionado a la lectura. Es una lástima que no nos digan los libros que Paulino Iglesias leía: en aquel entonces había mucha literatura pornográfica, tanto sexual como política. El caso es que la historia con ínfulas de hagiografía del PSOE -y de UGT- siempre ha elevado a pía leyenda áurea la parte que las propinas tuvieron en la "formación/de-formación" del fundador del socialismo español. La desmemoria histórica de la izquierda española (e internacional) es tanta, que tiene que constituir asociaciones para recuperar la que le interesa. Pero cualquiera diría que las propinas estuvieran en el origen del socialismo español. Tenían que haberle cortado la mano a quien fue tan dadivoso con aquel repartidor de periódicos que luego gastaría barba, para esconder todo su resentimiento de clase y su afán de venganza.

En diciembre de 2007, el socialista Pedro Solbes hacía las cuentas de la lechera, suponiendo que la propina que los españoles dejan en un bar, por un café, es de un euro; se notaba que le iba bien a la cartera del ex-ministro de Economía y Hacienda. Así fue como señaló que los españoles todavía "no hemos interiorizado lo que significa un euro". Como paradigma, señaló lo que pasa con las propinas, que "o no dejas o te pasas", sin hacer la cuenta de que 20 céntimos son 33 pesetas. "La gente se toma dos cafés y deja de propina un euro", comentó." (así lo recoge el periódico gubernamental Público.es que se apresuraba, en tono alabancioso, a pregonar las virtudes pedagógicas del ministro de Economía.)



Les hemos llamado desmemoriados, pues se olvidan muy pronto de su historia. Vamos a recordársela. De 1931 a 1933, el PSOE pudo probar las mieles del poder: Largo Caballero ocupó el Ministerio del Trabajo. Entre los decretos emanados por el ministerio marxista uno que no tiene precio: el PSOE prohibió las propinas que se daban a los camareros, alegando que esa costumbre burguesa rebajaba la dignidad del trabajador. A los camareros, la medida les sentó como ustedes pueden figurarse. Y para corregir el error y paliar el daño, los bares y cafés subieron los precios a sus clientelas, resarciendo así a los serviciales garzones del perjuicio económico que les infligía el gobierno. Y, ahí es nada: el mismo día en que el sector tenía que subir los precios de las consumiciones a sus parroquianos, la hidalguía española -tan reacia a deshacerse de sus vetustas costumbres- continuó ofreciendo dádivas a los profesionales de la bandeja.

Todo esto me lo contó un anciano que en sus años mozos fue camarero y se acordaba de aquello. Le pregunté si verdaderamente a él le parecía humillante recibir propinas, como habían supuesto los artífices de tan absurda ley. El buen hombre que todavía seguía siendo de izquierdas cuando me lo contaba, dijo: "Pues anda que no me venían bien a mí las propinas". Y, como soy un tanto insidioso, volví a preguntarle:

-¿Y qué piensa usted que los llevó a los socialistas a prohibir las propinas que tan bien les venían a ustedes?

-Pues, hijo, ¿qué iba a ser? Que eran unos agarrados y, como venía de no tener ni mierda en las tripas, no querían dar una propina ni aunque los mataran.

Pablo Iglesias pudo aficionarse a la lectura gracias a las propinas. Luego, con la Segunda República, los socialistas prohibieron las propinas -bajo el pretexto de ser un modo vejatorio burgués. Y Solbes daba un euro cuando le ponían un café. Cualquiera entiende a los socialistas, cuando de propinas se trata.

lunes 4 de octubre de 2010

"TERROR Y TERRORISMO" DE CARO BAROJA

D. Julio Caro Baroja

CONTRA EL TERRORISMO


¿Hubo algún libro que no leyera este gran hombre? Don Julio Caro Baroja pasó su vida leyendo y pensando. Y tuvo el buen acuerdo de componer este librito que acabamos de releer: "Terror y Terrorismo". Ciento setenta y dos páginas de texto, y -como era costumbre en el polígrafo vascongado- no pocas de notas, capítulo por capítulo.

El libro es de 1989. El Terror es abordado desde una perspectiva histórica, etnológica, literaria, criminológica, con dos grandes capítulos dedicados uno al bandolerismo y el otro al anarquismo. Desde la remota antigüedad, echando mano a los textos clásicos, incluso remontándose a lo que los estudios etnológicos han podido aportar, Caro Baroja trata de explicarse racionalmente esa tremenda realidad que es el Terror y el Terrorismo. Se vislumbra así que, a lo largo de los tiempos, siempre fueron asociaciones juveniles las que instrumentalizaron el terror con propósitos poco justificables moralmente. Desde la depravada cuadrilla que encabezaba Catilina hasta los excesos del Ku Klus Klan, lo que se patenta es que, en el fenómeno del terrorismo, la "hybris" juvenil se expansiona, siendo o no instrumentalizada por gentes menos jóvenes que manipulan a los adolescentes -con sus desmesuras propias de la edad- para lograr sus finalidades políticas, económicas o sociales.

Las asociaciones terroristas han cultivado la captación de jóvenes al objeto de relevar a las camadas sicarias, para perpetuar su control del terror y seguir obteniendo sus rentas. Las actividades ilegales de los grupos terroristas generan toda una infracultura del secreto, de la jerga propia, de la cohesión grupal que crea la ficción de una inexpugnabilidad absoluta.

Portada del libro "Terror y Terrorismo"

Casos como la Mano Negra, el Ku Klus Klan, el grupo terrorista de Kenya "Mau Mau" (compuesto de negros kenyatas brutalmente racistas) surgen de las páginas del ensayo de Caro Baroja, para demostrarnos que el terror es antiguo y universal, y el terrorismo no lo es menos. Otra cosa es que los medios con que cuenta el terrorismo de hoy en día sean de tal poder que nos espeluzne a todos.

Bandolerismo y anarquismo han sido succionados por la historia, pero los referentes literarios y mitológicos de la figura legendaria del bandolero y del anarquista han sido y están siendo rentabilizados por algunos grupos terroristas occidentales. El imaginario de una sociedad obra así, de forma inconsciente, a favor de los enemigos de esa misma sociedad: el mito del bandido que roba a los ricos para dárselo a los pobres, sería una muestra de ello. Los grupos terroristas más inteligentes -o sea, más peligrosos- favorecen que pueda establecerse -para el espectador que mañana puede ser su víctima- una comparación entre la figura mítica del bandido bueno con sus miembros más conspicuos (los más criminales).

Caro Baroja afirma que "somos ya bastantes los que ante ciertos hechos del dominio de la historia, como éste, pensamos que para explicarlos hay que ceder el paso a los psiquiatras, psicopatólogos y aun psicoanalistas". Pero pensamos que también es competencia de la educación afrontar una cuestión como ésta, desmontando los mitos que, soterráneamente, operan en el imaginario colectivo para poder tolerar -e incluso simpatizar- con criminales cuyos asesinatos no pueden ser justificados de ninguna de las maneras.

Moralmente, como sostiene Caro Baroja, el fin nunca puede justificar cualquier medio. Por mucho que la propaganda pretenda revestir de justificable el atropello de las vidas y haciendas de las víctimas del terrorismo.

Cuando escribió este excelente opúsculo, el terrorismo islámico no había afectado a Occidente. Es por ello que siempre tendremos que echar de menos que el sabio vasco no analizara, con la profundidad suya y la riqueza de su vasta cultura, una realidad que nos amenaza constantemente y cuyos remedios no parecen ser, ni mucho menos, la intervención directa en países mahometanos.

DE MONTEJURRA 1976

Romería en Montejurra, años 60

DE LAS TURBIAS CLOACAS DE LA TRANSICIÓN POLÍTICA ESPAÑOLA

La edición de "España en la memoria", correspondiente al domingo 3 de octubre, ha tenido como tema central el Carlismo y el Requeté. Si bien hemos de felicitarnos por este paso adelante que consiste en presentarnos ante la opinión pública, se nos suscitan varias cuestiones tras haber visto dicho programa. Y para no dejarlo para luego, mejor lo hacemos ahora en caliente -pero con la serenidad que requiere algo tan importante para nosotros como el carlismo.

En primer lugar, en el programa se ha mostrado el carlismo que intervino en la Cruzada Nacional de 1936-1939. La presentación del magnífico libro compuesto por Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga, "Requetés. De las trincheras al olvido" (pinchando sobre el título, puede leerse una recensión de Embajador en el Infierno), así lo mandaba. Se ha omitido explicar el carlismo desde sus orígenes (ex ovo omnia), y se ha optado en el programa por presentarlo "in media res"; no obstante, el programa ha servido para aproximar más al español a una realidad histórica que muchos prefieren orillar. Y eso es digno de celebrar.

Si algo nos ha disgustado del programa es esa sensación que se ha podido transmitir de estar hablando de cosas pasadas, de algo bonito, pero muerto y más tieso que la mojama. Y de eso, amigos de INTERECONOMÍA, pues no, va a ser que no y nada de nada. Se agradece que ustedes den cabida al carlismo, pero que nadie pueda leer -pues leería mal- que estamos dispuestos a ceder el testigo, conformándonos con estremecernos con las glorias del pasado. Que nadie piense que, como esto ya está acabado, aquí hay que ser "práctico" y votar al Partido Popular. Esa conclusión será negada por cualquier carlista que se precie; nunca nos hemos distinguido por nuestro sentido pragmático.

Y, en otro orden de cosas, nos hubiera gustado, es cierto, que ya que en el programa se ha hablado del desarrollo del carlismo tras la victoria de Franco, se hubiera tocado más a fondo cuestiones que son clave para entender el punto en que ahora estamos. Y esas cuestiones han sido aludidas, pero han dejado en nosotros la miel en los labios.

¿Qué pasó en Montejurra el 9 de mayo de 1976?

Montejurra, Monte Sagrado de la Santa Tradición

La fuerza del carlismo era todavía en 1976 muy respetable y considerable. Estábamos en plena transición -una época que por reciente, todavía está por estudiar más a fondo. Se estaba en plena faena estableciendo en España lo que para España habían diseñado en otra parte, que no era España: un modelo democrático a la estadounidense. Una democracia partitocrática, fundada sobre mitos que se irían instalando en la opinión pública. Bipartidismo: un partido a la izquierda (PSOE) y un partido a la derecha (Alianza Popular) eran el fin, para eso -por la calle del medio- enfilaría UCD hacia su bifurcación final, posicionándose unos con el PSOE y otros con AP.

A la izquierda, los comunistas -traicionados otra vez por Santiago Carrillo- y la CNT -ninguneada como si no hubiera existido- fueron anulados. A la derecha, fue anulada Fuerza Nueva. Estos eran los malos, claro: la extrema izquierda, los primeros y la extrema derecha los segundos. El Falangismo fragmentado en un rompecabezas de microfalanges reacias a prescindir del legado de José Antonio, según la hermenéutica de textos. Y los carlistas, ni a la izquierda ni a la derecha, pues nacimos antes, ahí estábamos... De romería en Montejurra.

Y, claro, nos la hicieron todavía peor. Primero, Hugo apostando por el socialismo autogestionario, en versión secularizada del aggiornamiento eclesiástico, tras el CV II. Y, al otro lado, los partidarios de Don Sixto. Con ello se ofrecía a la opinión pública un carlismo escindido. Pero no bastaba con eso, había que ahondar más en la división, y tuvieron que montar la que se montó en Montejurra. Era urgente liquidarnos de la escena política, meternos en las catacumbas.

Y estas cosas hay que estudiarlas más a fondo. Y poco nos equivocaremos si encontramos culpables (o, como poco, cómplices), en última instancia, a los que salieron gananciosos con todo ese follón.

Manuel Fraga Iribarne jurando los Principios del Movimiento

El juicio que merecieron los acontecimientos de Montejurra a D. Alfonso Ossorio, ministro de la Presidencia con el primer gobierno de Juan Carlos y, posteriormente, por ser confidente y de la privanza de Adolfo Suárez, nombrado vicepresidente segundo del Gobierno de Suárez, nos deja en la incertidumbre:

"En mi opinión, aplicando a los hechos un criterio puramente lógico, creo que los enfrentamientos que se produjeron junto al monasterio de Irache fueron fortuitos; que los que tuvieron por escenario la cumbre de Montejurra fueron premeditados y que alguien, de alguna manera, deseó que así sucediese. ¿Quiénes fueron los terroristas? Lo ignoro; no sé la respuesta".
(Alfonso Ossorio, "Trayectoria política de un ministro de la Corona", 1980.)

El encargado de realizar las investigaciones sobre la mariamorena que se armó en Montejurra sería Manuel Fraga Iribarne, a su regreso de Venezuela -pues se encontraba allí el 9 de mayo de 1976.

Lo que pasó en Montejurra no está todavía esclarecido. La versión que cunde es la que acusa a unos carlistas (los de Sixto) de abrir fuego contra otros carlistas (los de Hugo). Es la versión que le interesaba al poder: a la monarquía emanada del franquismo, a Henri Kissinger & Co. Pero, ¿quién había urdido toda la trama? ¿quién salía reforzado con todo ese jaleazo? Hasta un personaje como D. Alfonso Ossorio -nada sospechoso de carlismo, por cierto- puede afirmar que los tiros "fueron premeditados y que alguien, de alguna manera, deseó que así sucediese".

Manuel Fraga Iribarne investigó. Él sabrá mejor que nadie, bajo el bombín británico con que se cubría la cabeza en aquel entonces, lo que en Montejurra sucedió. A la larga, muchos de aquellos carlistas terminaron votando a Alianza Popular, y hoy lo hacen a su mutante, el Partido Popular.

Y va siendo hora de recuperar la unión, la comunión de todos.

viernes 1 de octubre de 2010

FÉLIX KIR EN "LA COMEDIA HUMANA"

Como siempre, ameno por su cultura y reconfortante por su excelente prosa, nuestro amigo Un Chouan, firma una entrada en su blog LA COMEDIA HUMANA, en que hemos tenido el honor de ser citados. Agradecidos por la dedicatoria, reproducimos íntegramente esta entrada de LA COMEDIA HUMANA, invitando a nuestros lectores a seguir las interesantes reflexiones de Un Chouan, titular de esta bitácora amiga.

Un tipo verdaderamente curioso

En la última entrada de la bitácora “Libro de horas y hora de libros” que dirige “Maestro Gelimer”, gran amigo de “La comedia humana”, de la que tiene el honor de haber sido el primer seguidor oficial, nuestro ínclito amigo se define como anarco-tradicionalista.


Leer esta entrada me ha resultado como siempre un gran placer, y sus reflexiones, que puedo suscribir casi literalmente, son interesantísimas y muy acertadas.

Pero en concreto la expresión “anarco-tradicionalista” me resulta especialmente simpática. Me ha hecho recordar a uno de los personajes más simpáticos de la historia de Francia en el siglo XX, al que, entre otras muchas cosas, se le llamó “anticomunista pro-bolchevique”.

Se trata del canónigo Félix Kir, nacido en 1876 en el seno de una familia de origen alsaciano que se había instalado en Borgoña seis años antes.

Habiendo destacado como gran orador, patriota, escritor y luchador incansable por el bien de sus feligreses, defendiendo, con la palabra y la obra, las enseñanzas de León XIII en la “Rerum novarum” y oponiéndose con igual pasión a todos los totalitarismos, “comunistas o hitlerianos”, usando sus propias palabras, su hora de saltar a la primera línea de la lucha política llegó en junio de 1940.

Una vez que los políticos locales, con el alcalde a la cabeza, hubiesen huido por miedo al avance imparable de las tropas del tercer Reich, dejando, como suele ser habitual en la clase política, a sus conciudadanos abandonados ante el peligro, el canónigo Kir y un puñado de valientes se hicieron cargo de la administración de la ciudad de Dijon.

Resistente desde la primera hora, su lucha incansable durante toda la guerra es digna de la mejor película de aventuras de Hollywood.

En 1945 fue elegido alcalde de Dijon, cargo que no abandonaría, reelección tras reelección, hasta el día de su muerte.

Fue Consejero General de Côte-d'Or y diputado de la Asamblea Nacional entre 1945 y 1967, en las filas del CNIP (Centre national des indépendants et paysans), siendo el decano de la Asamblea de 1953 a 1967 y el último clérigo en ejercer un mandato legislativo.

Pero, lo que son las cosas, si por algo es conocido el canónigo Félix Kir, tras haber sobrevivido a las bombas alemanas, a la Gestapo y a los colaboracionistas franceses, o tras haber organizado la fuga de miles de prisioneros de guerra, es por haber dado nombre a uno de los cócteles franceses más populares a la hora del aperitivo.

Con el fin de impulsar los productos locales, Félix Kir siempre agasajaba a sus visitas oficiales con un vaso de “blanc-cass”, es decir, 1/3 de crema de cassis de Dijon, licor de grosellas, con 2/3 de “Bourgogne Aligoté”, el famoso vino blanco de Borgoña.

Finalmente el “Kir royal”, la variante que sustituye el vino blanco por champán, en una proporción de 1 medida de cassis por 10 de champán, es actualmente la más popular.

Debo reconocer que mi conocimiento de la existencia del canónigo Kir, me llegó por mi afición a este cóctel y no por haberme interesado directamente por la historia del más famosos de los alcaldes de Dijon. De hecho suelo aprovechar mis viajes a Francia para adquirir la “crème de cassis” que es difícil de encontrar fuera del “hexágono”.

Por cierto, la variante “doble K”, que añade vodka a la mezcla, es conmemorativa de su “amistad” con Nikita Khrouchtchev, y de ahí lo de “anticomunista pro-bolchevique”.

Y ahora termino esta entrada para prepararme un kir a la salud de "Maestro Gelimer" y todos los lectores de "La comedia humana", los de mi bitácora y los de Balzac. ¡A vuestra salud!