viernes 9 de diciembre de 2011

DE CURIOSOS SANTORALES

San Cristóbal

MÁS DE TRES SANTOS BRETONES


En nuestra época a San Cristóbal nos lo encontramos en pocas iglesias; hogaño no es como otrora, cuando estaba visible en la mayoría de los templos. Casi siempre se trataba de una representación pictórica de San Cristóbal, en lienzo, eso sí: siempre descomunal y, con harta probabilidad, nos lo encontraríamos cerca de la puerta; de tal forma que, al salir o al entrar al templo, siempre nos lo toparíamos, aunque no lo buscásemos. Allí San Cristóbal, cruzando el río y con el Niño Dios a cuestas.

Y es que lo pintaban de tal guisa debido a la acendrada creencia de nuestros mayores. Nuestros antepasados creían que a San Cristóbal, amén de ser uno de los muchos defensores contra la peste, Dios le había concedido la virtud de otorgar a aquel fiel que lo veía un determinado privilegio, la prerrogativa de no morir ese día en pecado mortal (algo tan importante, cuando todavía se temía el infierno). Era por eso que lo representaban colosal (también es cierto que su leyenda también nos lo hace gigante) y, por ello mismo, se ganó el nombre de San Cristobalón.

Pero si el tan católico San Cristóbal cruzó la mar de veces aquel río en que nos lo pintaban, las aguas torrenciales del modernismo -la misma aberración contra el espíritu que inundó la Iglesia Católica- arrollaron a San Cristóbal y, con San Cristóbal, fueron arramblados una multitud de santos que, tradicionalmente, eran venerados. Los sabelotodo modernistas les regateaban a esos santos el marchamo de auténticos y, como falsos santos, fueron evacuados del santoral, proscritos. Sus tallas y cuadros fueron arrumbados en las sacristías, cuando no malvendidos a coleccionistas de arte. Olvidados.


El bardo bretón Jaffrennou

Sin embargo, en los pueblos que todavía conservan celosamente sus tradiciones, sus santos -por fantásticas que sean las leyendas que se les atribuyen- siguen bendiciendo desde sus altares y venerados por sus devotos. Tal vez sea Bretaña una de las tierras en que más santos -de esta condición- hay. Uno de los versos del himno bretón, cuya letra se debe al bardo François Joseph Claude Jaffrennou, dice:

"Breizh, douar ar sent kozh, douar ar varzhed"

("Bretaña, tierra de los viejos santos, tierra de los bardos.")

El verso es fiel a la verdad de esa tierra, tierra que, generación a generación, se transmite un santoral propio, custodiándolo a contrapelo de la marea racionalista que sufrió la Iglesia Católica tras el Concilio Vaticano II.

El catálogo de santos bretones está compuesto por una pléyade de seres benéficos que llevan muy bien ser ciudadanos celestes a la vez que aldeanos bretones. Su número asciende a 777 santos: 777 no será un número cualquiera.

Los hay de todo aspecto físico y condición social. Así tenemos al enano San Felam que -cuentan- al ordenarse sacerdote creció, de súbito, tres cuartas. San Bernoec es pastor y parlamentaba con las ovejas de su rebaño, evangelizándolas y tuvo disputa teológica con una de ellas. Santa Angloath, hija de pescador, no quería casorio pero la forzaban a casarse: tranquila, le dijo a su señor padre y a su pretendiente que tal haría, pero que le permitieran antes encender una vela a Santa Ana y que, una vez que se apagara la vela, se irían a la boda. Encendió la vela Santa Angloath. Y Angloath y la vela, puestas de acuerdo, fueron capaces de aburrir al padre y al novio, pues se les pasó un año allí, mano sobre mano, aguardando a que la vela se agotara, pero ésta, lejos de darles gusto, siguió alumbrando sin que se consumiera la cera.

San Ronán, San Corentín, San Guenolé, San Mardoec, San Efflam... Son muchedumbre en el cielo y en la tierra bretona. Sus historias hagiográficas serán, irremediablemente, tachadas por los racionalistas que encontrarán para ellas los dicterios todos que quieran, pero ni todos los escrúpulos cientistas podrán permanecer en pie, sino que sucumbirán -por siesos y tiesos- ante la frescura de esas anécdotas que nos refieren las hagiografías de estos santos celtas.

Dos de estos santos de los que hemos tenido noticia nos remiten al misterio de la Trinidad.



Triskel

Sea el primero San Thelau. Nos ha cautivado por su precocidad. Cuentan que cuando San Thelau era escolar, se negó en redondo a aprender un número allende el tres, pues, como enamorado de la Santísima Trinidad, le bastaba con el tres: ¿para qué saber más? -decía tartamudeando, pues era tartaja. Frisando las 9 primaveras hizo San Thelau su ermita en el dolmen de Ménez Braz. Allí vivió retirado San Thelau, comiendo requesones, con su gallina ponedora que, además de ser roja, cacareaba en latín clásico remedando a Cicerón. Con 15 años oyó voces que le mandaban ir a los dominios del rey Clamong, para fundar cenobio.

Sea el segundo, San Thegonnec que, para explicar la Santísima Trinidad al rey Tardoc, convirtió milagrosamente una rosa en tres.

¿Cómo no poner en relación la arcaica figura del Triskell con ese número Tres (de la Trinidad), que tantas y tantas veces aparece en las leyendas hagiográficas bretonas?

¿Qué revelaciones pudieron recibir los celtas precristianos del advenimiento de Cristo y del insondable misterio de la Santísima Trinidad Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo?

Si somos racionalistas... No veremos ninguna relación. Si nos acaricia la poesía estaremos más cerca de la gracia.